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Manteniendo las relaciones en la iglesia local

 

Los creyentes en Colosas ya se habían despojado del viejo hombre con sus hechos y se habían revestido del nuevo (véase Col. 3:9-10). Esto fue algo que sucedió, como en todo verdadero cristiano, fundamentalmente cuando creyeron en el Evangelio (véase Col. 1:5-6). Ahora, Pablo los insta a abandonar aquellos rasgos de su ‘viejo hombre' que la conciencia natural podría considerar menos ofensivos, y a 'hacer morir' no solo aquellos pecados flagrantes en los que habían vivido anteriormente. Los exhorta dejar también toda “ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca" (Col. 3:8).


En los versículos siguientes, Pablo transita desde su comportamiento general hacia el comportamiento unos con otros en particular. Más adelante, en el versículo 5 del capítulo 4, habla sobre la necesidad de andar sabiamente con aquellos que están fuera, pero aquí, en los versículos 9 a 17, se dirige explícitamente a los que están dentro, y expone la actitud y el comportamiento que deben manifestar entre ellos.


No mintáis los unos a los otros

En el versículo 9, somos exhortados a no mentirnos unos a otros, habiéndonos despojado del viejo hombre con sus hechos y sus acciones. Esta exhortación no se limita únicamente a nuestras palabras, sino que abarca toda forma de engaño. En Hechos 5, leemos acerca de Ananías y Safira, quienes mintieron al Espíritu Santo al intentar obtener reconocimiento por algo que no era cierto acerca de ellos. En su caso, el juicio divino fue inmediato. Debemos recordar que el diablo es “mentiroso, y padre de mentira” (Hch. 5:3; Jn. 8:44). En contraste, el Señor Jesús vino al mundo para dar testimonio de la verdad y siempre la proclamó (véase Jn. 18:37; 8:40). Él era totalmente verdadero, sin rastro de hipocresía (véase Jn. 8:25). ¿Qué lugar ocupan las mentiras entre el pueblo de Dios? Estas quebrantan la confianza que deberíamos tener unos a otros. En lugar de ello, debemos hablar "verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros." (Ef. 4:25).


Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados

A continuación, Pablo anima a los colosenses a considerar quiénes eran en Cristo. En él, ellos eran escogidos de Dios, santos y amados; vivían a la luz y el amor de esto y podían descansar en la ayuda del Señor mientras buscaban, en dependencia de él, responder a las exhortaciones de esta sección. Vestirse de estas cualidades no es un acto superficial. Cristo era su vida, y estas características se manifestarían en ellos a medida que vivieran en él.


En esta sección se destaca el carácter de Cristo (vv. 12-14), la paz de Cristo (v. 15) y la palabra de Cristo (v. 16). Estos aspectos se presentan en forma de exhortaciones y, si respondemos de manera positiva a ellas, podemos estar seguros de que esto contribuirá grandemente a la armonía en la iglesia local.


Entrañable misericordia y benignidad

En primer lugar, debían caracterizarse por una preocupación genuina entre ellos (comp. Fil. 2:20). La compasión no es un sentimiento pasivo, sino que nos impulsa a actuar frente a una necesidad conocida. En otras partes, leemos acerca de la “entrañable misericordia de nuestro Dios” y su intervención en Cristo (Lc. 1:78). Leemos acerca de Cristo: "Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas" (Mr. 6:34). Él entonces les proporcionó el adecuado alimento espiritual para sus necesidades espirituales, pero también, antes de despedirse de ellos, les proveyó alimento material para sus necesidades físicas (véase también 1 Jn. 3:17).


La benignidad es una característica del amor divino (véase 1 Co. 13:4). La benignidad trae alegría (véase Pr. 19:22). La expresión “entrañable misericordia” enfatiza el sentimiento interno y profundo del cual procede la acción, mientras que la “benignidad” pone más énfasis en el carácter y el espíritu del individuo que ejecuta tal acción. Estas cualidades inspiran confianza y construyen relaciones sólidas entre los santos. También refuerzan la unidad práctica de la iglesia local.


Humildad y mansedumbre

Mientras que la misericordia y la benignidad se manifiestan en acciones concretas que satisfacen las necesidades de los demás, la humildad y la mansedumbre son cualidades internas que nos mantienen en el lugar correcto como seres que dependen completamente de Dios. Ambas cualidades se manifestaron claramente en el Señor Jesús (véase Mt. 11:29).


La humildad significa literalmente ‘mente baja’. Implica no tener un concepto más alto de uno del que se debe tener (véase Ro. 12:3). Esta es una cualidad que se desarrolla en nosotros cuando pasamos tiempo en la presencia de Dios. En su presencia, comprendemos su grandeza y nuestra pequeñez. De hecho, no somos nada por nosotros mismos, aunque la gracia de Dios tiene un propósito para cada uno de nosotros. Este propósito se cumplirá con certeza, pero toda la gloria le pertenece a Dios. Esta evaluación correcta de nosotros mismos nos lleva a no pensar más allá de lo que deberíamos. Esto es la base la salvación práctica; poseer una mente salva.


La mansedumbre, por otro lado, es la cualidad de aceptar todo de la mano de Dios y someterse a su voluntad (véase Mt. 11:1-26). No busca causas secundarias. Cuando atravesamos dificultades junto al Señor, aprendemos de él de una manera más profunda de lo que sería en otras circunstancias. Hay bendición en estas cosas. Esto excluye la amargura y nos eleva por encima de la ira y el resentimiento, emociones a las que nuestra carne rápidamente les da lugar.


Paciencia y soportarse unos a otros

Tras considerar las cualidades internas que mantienen nuestra dependencia en Dios y preservan nuestra tranquilidad, él apóstol menciona la paciencia y la tolerancia, cualidades que son esenciales debido al pecado que aún hay en nosotros.


Cuando somos pacientes, no reaccionamos de forma abrupta ante las provocaciones, sino que ejercemos dominio propio. Si es apropiado responder, entonces lo haremos de manera considerada. Debemos soportarnos unos a otros, recordando que "todos ofendemos (fallamos NBLA ) muchas veces" (Stg. 3:2). ¡Cuán paciente es Cristo con nosotros que fallamos tan a menudo! ¿Acaso no deberíamos hacer lo mismo los unos con los otros?


Los creyentes que conforman la iglesia local pueden tener orígenes distintos (véase, por ejemplo, Col. 3:11) y ser muy diferentes tanto en personalidad como en carácter. Mientras que el enemigo siempre intenta exagerar estas diferencias, el Espíritu de Dios dirige nuestra mirada a Cristo y en el hecho de que "Cristo es el todo, y en todos" (Col. 3:11) [1]. Como Cristo es todo para nosotros en la práctica, estaremos ocupados con lo que tenemos en común en él. Hemos sido “llamados en un solo cuerpo” (véase v.15), poseemos la vida de Cristo, y debemos relacionarnos entre nosotros en conformidad a ello.


Perdonándoos los unos a los otros

Debe haber perdón si hay ocasión para culpar a otro. La frase " si alguno… contra otro" podría abarcar no solo los conflictos individuales, sino también las dificultades que pueden surgir entre las familias, amistades, etc. Las palabras "de la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros", no solo demuestran cuán pronto se debe otorgar el perdón, sino también cuán completo debe ser este.


Sobre todas estas cosas vestíos de amo

El amor divino, inseparable de su fuente, solo se manifiesta en la vida de los creyentes cuando se vive en comunión con Dios. Este amor es descrito como el "vínculo perfecto" debido a su capacidad para unir, y esto de dos formas. Primero, une las diversas cualidades manteniendo su carácter divino. Estas cualidades son parte de la naturaleza moral de Dios, de la cual cada creyente ha sido hecho partícipe, por lo que no deben confundirse o mezclarse con la amabilidad natural. En segundo lugar, a medida que la vida y el carácter de Cristo se manifiestan a través de estas cualidades, los creyentes se unen en la práctica, lo cual fortalece la unidad y el testimonio de la iglesia local.


La paz de Cristo

La paz de Cristo es aquella paz que Cristo experimentó durante su vida en la tierra y que él nos ha dejado (véase Jn. 14:27). Esta paz emana de la comunión con él y del entendimiento de que contamos con los recursos necesarios para enfrentar cualquier situación. Esta paz interior nos resguarda de la agitación y el temor que, de otro modo, podrían perturbar la armonía de la congregación. Al disfrutar de esta paz, los fieles pueden percibir de manera práctica la unidad del cuerpo espiritual de Cristo en su expresión local y nada impedirá la acción de gracias en la que todos participan.


La palabra de Cristo

La palabra de Cristo debe morar en nuestros corazones, guiando nuestros pensamientos y todas nuestras palabras y acciones. A medida que ocupa su lugar merecido en nuestras vidas, se incrementará nuestra comprensión espiritual, lo cual se manifestará en sabiduría hacia los demás creyentes, proporcionando una enseñanza pertinente y, cuando sea necesario, amonestación. La enseñanza desplegará la verdad de las Escrituras, mientras que la amonestación se enfocará en lo incorrecto y que necesita corrección. Evidentemente, cuando el estado espiritual es bueno, no existe resentimiento ni manifestaciones de orgullo cuando se lleva a cabo esta amonestación.


Cantando con gracia en vuestros corazones

Si la palabra de Cristo mora abundantemente en nosotros, entonces se manifestará a través de cánticos y alabanzas a Dios. Hay comunión a través de la Palabra y la libertad que da la gracia. Podemos cantar a Dios con discernimiento acerca de nuestras experiencias cristianas (las cuales están fundamentadas en una redención consumada), sobre Aquel en quien hemos sido bendecidos y sobre todo lo que es nuestro en él.


Dando gracias a Dios el Padre

Todo lo que decimos y hacemos debe ser realizado como representantes del Señor Jesús. Debemos ser conscientes del favor divino en el cual estamos y acciones de gracias a Dios Padre, quien es la fuente de todas nuestras bendiciones.

¡Qué bello es el escenario que se nos presenta en estos versículos! ¿Acaso no quisiéramos todos ser parte de una congregación así? De hecho, es posible si todos acogemos las exhortaciones de esta sección y, en dependencia del Señor, buscamos responder a ellas. ¡Que se nos conceda la gracia de hacerlo, incluso en estos últimos días!


Cuando las cosas van mal

Es notable cómo, tanto al inicio de su ministerio entre los judíos como al hablar posteriormente de la iglesia, el Señor proporcionó directrices claras para resolver conflictos entre hermanos. Él anticipó que tales dificultades surgirían y, en ambos casos, nos dejó instrucciones inequívocas acerca del procedimiento a seguir (véase Mt. 5:21-26; 18:15-20).


Mateo 5:21-26

Es evidente que se nos exige actuar y hacerlo tan pronto como nos demos cuenta de que hay un problema. Las palabras del Señor en Mateo 5:23-24 lo enfatizan de la siguiente manera: "Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda". Aunque el contexto es claramente judío, ¿no percibimos la fuerza de las palabras del Señor? Alguien está presentando una ‘ofrenda’ con la intención de honrar a Dios y al acercarse al templo se ejercita su conciencia. Luego, en el altar, la conciencia se despierta al hecho de que alguien tiene algo contra él. Podríamos pensar que lo correcto es siempre darle prioridad a Dios, que se debe ofrecer la ofrenda y luego buscar activamente la reconciliación con el hermano. Sin embargo, el Señor, que conoce nuestros corazones, muestra que bajo estas circunstancias la ofrenda está fuera de lugar. Debemos dejar la ofrenda en el altar, reconciliarnos primeramente con nuestro hermano, y entonces podemos presentar nuestra ofrenda.


Mateo 18:15-35

En Mateo 18, el contexto es cristiano. En el versículo 17 se menciona a la iglesia por segunda vez, tras la primera referencia en Mateo 16:18. Estos versículos no indican cómo debe actuar aquella persona que es consciente de que su hermano tiene algo contra él, sino cómo debe proceder aquel contra quien se ha cometido un pecado.


En la parábola del reino de los cielos, en la última parte del capítulo, el Señor enfatiza que siempre debemos recordar cuánto nos ha perdonado Dios y evitar discutir por asuntos insignificantes. Un ejemplo de esto es el siervo que, tras ser perdonado de una deuda de diez mil talentos, exigió a su consiervo el pago de cien denarios hasta el punto de lograr que lo encarcelaran. Los demás siervos, al percatarse de la injusticia, informaron a su señor de lo sucedido. La severidad con la que el señor trató al "siervo malvado" muestra cuánto le ofendió este espíritu implacable. Después de presentar la parábola, el Señor Jesús agregó sus propias palabras solemnes: "Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas" (Mt. 18:35).


Ahora bien, queda claro que no se nos exhorta a insistir en asuntos triviales, pero si creemos que se ha cometido un pecado grave contra nosotros que no podemos simplemente pasar por alto, entonces debemos buscar resolver el asunto. Si no se toman acciones para resolverlo, la ruptura de la relación puede afectar a otros y, en última instancia, al testimonio público de la iglesia local.


Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele

El Señor establece de manera clara: “Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano” (Mt. 18:15). El Señor nos dice "ve", y eso es exactamente lo que debemos hacer. No se menciona nada acerca de escribirle al hermano o tratar el asunto a distancia.


También es importante destacar las palabras "repréndele estando tú y él solos". No debemos divulgar lo que ha sucedido, ni buscar juntar a otros a nuestra ‘causa’. Tales acciones no son útiles. Debería haber un encuentro privado, cara a cara, entre los dos hermanos involucrados, sin la presencia de otras personas. Debe quedar claro el pecado en cuestión y el hecho de que ha habido un daño real a la relación. Asimismo, debe quedar patente, por el espíritu con que se aborda todo el asunto, que se busca genuinamente "ganar" al hermano y que se está dispuesto a perdonar lo que se ha hecho. Esto no es algo que se hace solo porque el Señor dice que debe hacerse. Existe un deseo auténtico de que la relación pueda ser restaurada y, con ese propósito, se discuten las cosas con oración, en dependencia del Señor, y con la gracia que él proporciona.


Si no te oyere

Si el hermano que ha cometido el pecado no se ve afectado por la reprensión, se deben involucrar a uno o dos más “para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra” (Mt. 18:16). Aunque no se da más información sobre la expresión "dos o tres", debe haber integridad y ausencia de favoritismo personal o parcialidad en el asunto. Cuando "dos o tres" dejan en claro al hermano que ha pecado que actuó mal y lo instan a rectificar las cosas, es posible que el peso del testimonio conjunto conduzca al ofensor a meditar sobre el asunto ante Dios y a buscar la reconciliación.


Si el hermano ofensor sigue siendo indiferente, el asunto debe ser presentado a la iglesia (local), y si aun así no entra en razón, el hermano contra quien pecó debe considerarlo “gentil y publicano”. Esto es muy solemne. Ya no existe la obligación de reconocer al ofensor como hermano o de comportarse con él como tal. Es importante destacar que la expresión es “tenle” y no ‘ténganlo’. En este punto no se ha ejercido (aún) la disciplina de la iglesia, aunque si el hermano que ha pecado sigue sin arrepentirse, puede que con el tiempo esta sea necesaria.


¿Con qué frecuencia debemos perdonar?

Para finalizar, recordemos las palabras del Señor Jesús en la última sección de este capítulo. Pedro planteó una pregunta: “¿Cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí?” (v. 21). A lo que Jesús respondió: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete”. Como han indicado algunos, esto evidencia que realmente no hay un límite en la cantidad de veces que debemos perdonarnos unos a otros. Las palabras finales del Señor también resaltan la importancia de perdonar de corazón (véase v. 35). Cuando conseguimos hacer esto, el asunto deja de ser una preocupación constante y la comunión mutua puede ser restaurada y disfrutada nuevamente.


Notas al pie:

[1] Está en todos los santos, como su vida.


Traducido de la revista "Truth & Testimony, Issue 4, 2020"

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