





"El SEÑOR ha mirado desde los cielos sobre los hijos de los hombres para ver si hay alguien que entienda, alguien que busque a Dios. Pero todos se han desviado, a una se han corrompido; no hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno" (Sal. 14:2-3)
Este pasaje es una declaración enfática sobre la condición del hombre. Desde la caída en Edén, Dios ha mirado sobre esta tierra y no ha hallado a nadie que lo busque; todos se desviaron en su propio corazón. Pablo citó este salmo para enfatizar la condición miserable del hombre lejos de Dios (véase Ro. 3:9-18).
El objetivo de cada dispensación era demostrar la total incapacidad del hombre. Todo esto alcanzó su punto culminante en la cruz, cuando Jesús fue crucificado.
Sin embargo, el Hijo de Dios vino a este mundo. No se contentó con simplemente mirar desde los cielos sin hallar a nadie justo, sino que él mismo vino, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres (véase Fil. 2:5-7). Estando en la condición de hombre, se entregó a sí mismo, el "justo por los injustos", para llevarnos a Dios (véase 1 P. 3:18). Todo aquel que, por la fe, confía en Jesucristo, ahora es declarado justo delante de Dios —es justificado por la fe en Jesucristo (véase Gá. 2:16).
¡Qué descenso de la gracia! Me hace acordar a la estrofa de un himno:
«Mas desde el cielo no podías cumplir la eterna redención; al Gólgota tú mismo irías, tu cruz cargando en sumisión.» F. Ulrich
Desde los cielos miró y no vio a nadie justo, así que él mismo vino a este mundo para realizar la obra necesaria. ¡Por la fe en él y su obra, el pecador puede ser declarado justo! El profeta Isaías dijo: "Mira desde el cielo, y ve desde tu santa y gloriosa morada… ¡Oh, si rasgaras los cielos y descendieras!" (Is. 63:15, 64:1… seguir leyendo el resto del capítulo). ¡Y sí descendió, llevando a cabo la obra necesaria para nuestra salvación!
Ahora bien, consideremos el siguiente pasaje: "Después de esto, Jesús salió y se fijó en un recaudador de impuestos llamado Levi… No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento" (Lc. 5:27).
¡Qué precioso! Aunque desde los cielos no vio a ninguno justo, vino y fijó su vista en los pecadores. No vino a llamar a justos (porque no hay ninguno), sino a pecadores, a aquellos que reconocen su condición delante de él. Este era el propósito del bautismo de Juan: preparar al pueblo para la venida del Mesías, para que el pueblo confesara sus pecados. Jesús fijó su vista en tales pecadores y fue un canal de bendición para todos aquellos que, reconociendo su condición, se acercaban a él.
Considere ahora, querido lector, esta pregunta: ¿cómo es con nosotros? ¿Cómo miran nuestros ojos? ¡Cuán fácil es enorgullecernos de nuestra posición, como si lo que poseemos no lo hubiéramos recibido por gracia (comp. 1 Co. 4:7)! Si el Señor mismo —quien desde los cielos miró y no halló a ninguno justo— vino a esta tierra en gracia y fijó su vista en los pecadores, ¿por qué nosotros hemos de apartarla de ellos? Medite en esto cada vez que se vea tentado a enorgullecerse de su posición en comparación con alguien que aún no ha venido a los pies del Señor, o con algún creyente que, descarriado del camino, vuelve de un camino alejado de Dios.
Consideremos como mira el Señor. Sigamos su descenso de gracia y aprendamos de él. Esto es lo que Pablo nos exhorta a hacer: "Haya, pues, en ustedes esta actitud que hubo también en Cristo Jesús" (Fil. 2:5). Luego procedió a explicar este descenso de la gracia. Esta comprensión es la que hace arder la compasión en nuestros corazones por los millones de pecadores condenados al infierno que hoy hay en el mundo. Es esta actitud la que condujo a Pablo a soportar aflicciones por el evangelio. Es la que llevó a cientos de mártires que nos han precedido a arriesgar sus vidas por la salvación de las almas inmortales.
Esta actitud también nos llevará a amarnos unos a otros y a actuar correctamente con nuestros semejantes, sin retener bendiciones a aquellos a quienes el Señor quiere bendecir.
Considere, finalmente, una cosa más. Leví era un recaudador de impuestos —el tipo de personas con las que ningún judío quería tener relación alguna. Sin embargo, cuando el Señor lo vio, le dijo: "Sígueme", y él, "dejándolo todo, se levantó y lo seguía" (Lc. 5:27-28).
El Señor miró desde los cielos y no vio a nadie justo. Vino a este mundo para realizar la obra que no podía hacer desde el cielo y así declarar justos a aquellos pecadores que acuden a él por la fe. Mientras estuvo aquí, no fijó su vista en los que se creían justos, sino en aquellos que se reconocían pecadores. ¿Entiende usted las demandas del Evangelio aquí presentadas? Entonces déjelo todo, levántese y siga a Jesús.




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