





La oración es la respiración del nacido de nuevo. A Ananías se le dijo sobre el nuevo discípulo Saulo: "… pregunta en la casa de Judas por un hombre de Tarso llamado Saulo, porque él está orando" (Hch. 9:11). Es el medio por el cual nos comunicamos con Dios—ya sea para adorarlo, darle gracias, rogarle, pedirle o suplicarle (véase 1 Ti. 2:1; Fil. 4:6; Ef. 6:18).
Los creyentes del Antiguo Testamento también oraban a Dios (véase Neh. 2:4; Gn. 20:7; Sal. 32:6, etc.). Sin embargo, ellos no gozaban de la relación que ahora tenemos en Cristo. Conocemos a Dios como Padre y podemos dirigirnos a él como "Abba, Padre". Hemos recibido la vida eterna, lo que nos capacita para tener comunión con el Padre y el Hijo (véase 1 Jn. 1:3). Podemos orar teniendo como base esta nueva relación de hijos y el conocimiento pleno de quién es Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Además, el Espíritu Santo mora en nosotros y nos ayuda en nuestra debilidad al momento de orar (véase Ro. 8:26).
La oración no es solo un asunto individual—también puede ser colectiva. Dos o tres pueden ponerse de acuerdo sobre algún asunto en la tierra (véase Mt. 18:19; Hch. 13:2). Por ejemplo, la iglesia oraba por Pedro mientras este estaba en la cárcel (véase Hch. 12:5); y en la casa de la madre de Juan Marcos, "muchos estaban reunidos y oraban" por él (Hch. 12:12).
Una de las características de la nueva dispensación es que tenemos libertad para acercarnos con confianza delante del trono de la gracia (véase He. 4:16) y “en Cristo Jesús nuestro Señor… tenemos libertad y acceso a Dios con confianza por medio de la fe en él” (Ef. 3:12). Por lo tanto, debemos ser cuidadosos de ir contra de esta libertad, ya sea individualmente como colectivamente.
Por ejemplo, muchos sinceros creyentes han utilizado la oración del Señor (véase Mt. 6:9-13) en el Evangelio según Mateo como un rezo repetitivo, lo cual contradice lo que él mismo enseñó justamente antes: “Al orar, no usen ustedes repeticiones sin sentido, como los gentiles, porque ellos se imaginan que serán oídos por su palabrería” (v. 7).
En otros casos, se dice que no está bien dirigir las oraciones al Señor Jesús, sino que siempre deben dirigirse al Padre, pues esta fue la forma en que Jesús oró. De hecho, esto aplicaría no solo en peticiones y ruegos, sino también en la adoración y la acción de gracias, tanto personal como congregacional. Evidentemente, Jesús oró al Padre porque él era quien elevaba la oración—sería ilógico pensar que elevaría una oración a sí mismo.
Sin embargo, el Nuevo Testamento está lleno de casos de creyentes dirigiendo su adoración y sus oraciones al Señor Jesús. Incluso cuando era un niño, él recibió adoración de parte de los sabios de oriente que habían venido para ese propósito (véase Mt. 2:11). Durante su ministerio terrenal, muchas personas se acercaron a él para pedirle cosas o adorarlo, cosa que él no impidió (véase por ejemplo Mt. 8:2; Jn. 9:38). En Juan 20:28, Tomás expresa una oración en la que declara la deidad de Cristo: "¡Señor mío y Dios mío!".
Antes de que Felipe invitara a Natanael a conocer al Mesías, este se encontraba debajo de una higuera. La higuera era un lugar común para recogerse a orar y meditar en las Escrituras y las promesas mesiánicas. En ese momento del año, las higueras estaban frondosas, siendo así un lugar perfecto para retirarse tranquilamente a meditar y orar. Por eso, cuando el Señor Jesús le dijo: "Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi" (v. 48), Natanael reconoció en Jesús al Hijo de Dios, al Rey de Israel—¡era el mismo Dios a quien estaba orando momentos atrás!
En Hechos 7, Esteban, antes de morir, se dirigió en oración directamente al Señor Jesús: "Señor Jesús, recibe mi espíritu" (v. 59). En Hechos 9, leemos cómo Ananías conversó con el Señor Jesús en los cielos—¿no es esto una oración? (véase Hch. 9:13-14). Cuando Pablo oró pidiendo que su aguijón en la carne fuera quitado, se dirigió directamente al Señor Jesús: "Acerca de esto, tres veces he rogado al Señor para que lo quitara de mí" (2 Co. 12:8). Incluso la última oración de la Biblia está dirigida a Jesús: “Amén. Ven, Señor Jesús” (Ap. 22:20)
Estos casos son individuales. Sin embargo, también tenemos ejemplos colectivos. En la elección del sucesor de Judas: "Tú, Señor, que conoces el corazón de todos, muéstranos a cuál de estos dos has escogido" (Hch. 1:24). Cuando el Espíritu separó a Pablo y Bernabé para ser enviados a predicar el evangelio a regiones lejanas, ellos se encontraban junto a otros tres hermanos de Antioquía, orando al Señor. La mención del ayuno deja implícito que estaban orando, entre otras actividades dirigidas directamente al Señor (véase Hch 13:1-3). Cuando Pablo escribió su Primera Carta a los Corintios, él dirige la carta “a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los que han sido santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con todos los que en cualquier parte invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro” (1 Co. 1:2). Es claro que acá es la iglesia la que invoca al nombre del Señor Jesús.
En Apocalipsis 5 leemos acerca de la adoración celestial dirigida al Cordero: "Y cantaban un cántico nuevo, diciendo: Digno eres… porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre compraste para Dios a gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación" (v. 9).
En otra ocasión, el mismo Señor Jesús dijo: “Y todo lo que pidan en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me piden algo en Mi nombre, yo lo haré” (Jn. 14:13-14), y luego: “Para que todo lo que pidan al Padre en Mi nombre se lo conceda” (Jn. 15:16). En este pasaje, él nos dice que podemos pedirle directamente a él (nótese que una buena traducción del v. 14 es: “Si me piden” o, literalmente, “si algo me piden en mi nombre”) y también pedir al Padre en su nombre.
Tengamos cuidado de poner un cepo que coarta la libertad en la oración, podemos dirigirnos al Padre —¡qué privilegio!—, pero también podemos dirigirnos directamente al Señor Jesús, tal como lo demuestran los diversos pasajes que he citado previamente. ¿Cuándo debemos hacerlo al Padre y cuándo al Hijo? Debe ser la libertad del Espíritu la que nos impulse, pero también el carácter de lo que estemos orando y cómo nuestro corazón dirige la petición, acción de gracias, adoración, etc.
En las reuniones de iglesia, por ejemplo, nos dirigimos al Padre cuando lo adoramos presentándole las glorias del Hijo, cuando lo exaltamos por sus propósitos eternos desde antes de la fundación del mundo (véase Ef. 1:3), o cuando le agradecemos por sus cuidados paternos en nuestra vida. Nos dirigimos al Señor cuando le damos la gloria y honra que él merece, porque él es digno (véase Ap. 5), para agradecerle por la salvación, y para exaltarlo por sus glorias oficiales y morales; por su obra en la cruz y su resurrección.
El Espíritu Santo nos impulsa a orar y nos ayuda en nuestra debilidad. No encontramos oraciones dirigidas a él en el Nuevo Testamento, lo cual indica que no debemos orar o adorar al Espíritu Santo—no porque no sea digno de adoración o no sea Dios —bendito por los siglos— sino porque su rol es otro. Oramos en el Espíritu (véase Ef. 6:18); él nos da a conocer lo de Cristo y nos guía a toda la verdad (véase Jn. 16:13,14); intercede por nosotros en relación con nuestras oraciones (véase Ro. 8:26-27).
En cuanto a orar al Padre o al Hijo, debemos evitar hacer demasiado énfasis en la separación de las personas de la Deidad. Recordemos que Dios es uno (véase Dt. 6:4) y que el Hijo y el Padre son uno (véase Jn. 10:30). ¿Quién se atrevería a decir que cuando adoramos al Hijo, el Padre no recibe esa adoración—y viceversa? Es mejor ser cautelosos con aquello que implica el santo misterio de la Trinidad.
Volvamos por un momento a Juan 14:13-14 y Juan 15:16 para meditar en la expresión: "En mi nombre". ¿Qué significa esto? ¿Implica necesariamente que nuestras oraciones deben finalizar con la expresión: «En el nombre del Señor Jesús. Amén»?
En la Palabra de Dios, el término nombre suele indicar la dignidad de la persona. Por ejemplo, sabemos que el nombre de la humanidad del Señor es Jesús. Sin embargo, la profecía dice: "Porque un Niño nos ha nacido, un Hijo nos ha sido dado… y se llamará Su nombre Admirable Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz" (Is. 9:6). Sabemos que ni José, ni María, ni sus discípulos lo llamaron de esta forma, pero todo esto estaba implícito en su bendita Persona. Por lo tanto, cuando él nos dice que pidamos "en su nombre", está diciendo que pidamos en conformidad con la dignidad de su Persona, es decir, conforme a su voluntad.
Un estudio del pasaje de Juan 14 mostrará que el Señor desarrolla este pensamiento en los versículos siguientes: "Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos" (v. 15). Es decir, «harán mi voluntad. De manera que si piden algo conforme a mi voluntad, yo lo haré». ¿Cómo es posible esto? Mediante la provisión del "otro Consolador", el "Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce, pero ustedes sí lo conocen porque mora con ustedes y estará en ustedes" (vv. 15-17). Cristo mismo se hace vida (v. 19b) en nosotros por medio de su Espíritu para que cumplamos su voluntad.
En conclusión, pedir en su nombre no significa que debemos añadir una cláusula al final de nuestras oraciones, como si se tratara de una firma formal y que solo así Dios nos escuchará. Orar o adorar en su Nombre significa hacerlo conforme a su voluntad en consonancia con la dignidad de su Persona. El salmista dijo: "Pon tu delicia en el Señor, y Él te dará las peticiones de tu corazón" (Sal. 37:4).
¿Entonces está mal decir «en el nombre del Señor Jesús»? No. No podemos ser dogmáticos en este punto. Lo importante es orar con la libertad que da el Espíritu y entender realmente lo que estamos diciendo. Nuestras oraciones no pueden ser simples repeticiones y rezos aprendidos; deben ser expresiones de nuestra comunión con el Señor. Si estamos alejados de él, se tornarán frías y formalistas; si estamos cerca de él, le hablaremos de sus intereses con toda libertad.
Ya hemos mencionado varias oraciones dirigidas al Señor Jesús. El lector puede volver a ellas y considerar si tenían una fórmula final o formal. Añado a esto algunos ejemplos más, especialmente de oraciones dirigidas al Padre.
En Hechos 4:24-30 encontramos una oración conjunta luego de las amenazas recibidas de parte de los principales sacerdotes. La oración está dirigida a Dios como Soberano (no como Padre). El término significa: «uno que tiene posesión absoluta y poder sin control alguno» (Diccionario Vine) y se aplica al Señor Jesús en 2 Timoteo 2:21, 2 Pedro 2:1, Judas 4; y también a Dios en Apocalipsis 6:10, Lucas 2:29 y en este pasaje de Hechos 4. Esta oración no culmina con "en el nombre del Señor Jesús". La expresión final: "…mediante el nombre de tu santo Siervo Jesús" no es el cierre de la oración, sino que se vincula directamente con la voluntad del Señor para hacer "curaciones, señales y prodigios", en plena consonancia con lo que Pedro y Juan dijeron a los gobernantes: "En el nombre de Jesucristo…este hombre se halla aquí sano delante de ustedes" (Hch. 4:10).
La doxología de Romanos 11:33-36 termina diciendo: "Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria para siempre. Amén".
Algo similar sucede en las doxologías de 1 Timoteo 1:17 y 6:15-16.
En 1 Pedro 5:10-11 leemos: "Y después de que hayan sufrido un poco de tiempo, el Dios de toda gracia, que los llamó a Su gloria eterna en Cristo, Él mismo los perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá. A Él sea el dominio por los siglos de los siglos. Amén".
¡Qué importante es estar sujetos a Dios en todo por medio de Jesucristo! ¡Qué gracia la suya al darnos libertad para entrar en su presencia y comunicarnos con él! Después de todo, "donde está el Espíritu del Señor, hay libertad" (2 Co. 3:17). Que podamos disfrutar de esta libertad que nos da la comunión con Dios, lograda por la obra del Señor Jesús y, viviendo a la luz de su voluntad, acercarnos confiadamente delante de él para orar y adorar a Aquel que es digno de toda alabanza y adoración.




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