GRANOS DE VIDA

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Experimentando la guía del Señor

El siguiente es un extracto del libro "Incidents in the Gospel Work" del evangelista Charles Stanley (1821-1888). Es mi anhelo que sirva de aliento espiritual para los creyentes de esta época moderna, y nos anime a buscar la guía constante y diaria del Señor en cada paso.

Ricardo Vasconcelo.


«... Estábamos celebrando una pequeña reunión de oración un sábado por la noche, cuando recibí un claro llamado del Señor para que fuera a Scarborough a predicar al día siguiente. Volví a casa, pero mi querida esposa en esta ocasión no sintió que fuera la voluntad del Señor. Le pedí al Señor que, si era su voluntad, nos diera un juicio unánime en el asunto. Después de orar, me acosté y me dormí. A las dos de la madrugada me desperté y me puse en pie junto a la cama, y el Señor me dijo: 'Debes ir a Scarborough'. Desperté a mi esposa, y ella me manifestó que ahora sentía que era la voluntad del Señor. Me preparé tranquilamente un sencillo desayuno, y luego me dirigí a la estación de tren. A esa hora había un tren que saldría hacia York, así que me subí en él con fe. Después de esperar un poco en York, fui informado de que a esa hora había un tren a Scarborough ese día del Señor por la mañana. Llegué a Scarborough aproximadamente a las nueve de la mañana. Sentí que lo mejor era no buscar a ningún hermano hasta que llegara la hora de partir el pan con algunos cristianos en aquella localidad que se reunían para ese propósito, según las Escrituras, en el nombre del Señor Jesús.


Me dirigí hacia la playa, y allí vi al hermano G. A. caminando lentamente, mirando hacia el piso. Me acerqué por detrás, y poniendo mi mano en su hombro, le dije: '¿Cómo estás?'. Él se dio la vuelta y dijo: '¡Bueno, qué amonestación acabo de recibir de parte del Señor! Resulta que el hermano B. ha sido llamado repentinamente para asistir a un funeral en Londres, y habrá una gran compañía de personas en el salón de reuniones esta noche; me deprimí al pensar que no habría nadie para predicar, y ahora el Señor lo ha enviado a usted'. Aquellos que nunca han experimentado esta clase de guía directa de parte del Señor, no se hacen una idea de la solemnidad que reviste.»


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«La ciudad de York estuvo en mis pensamientos durante algunos meses, y con frecuencia busqué la dirección del Señor en oración en cuanto a esto. Un día volvía a casa desde Scarborough, y tenía que esperar unas tres horas en York por el siguiente tren. Mientras caminaba por el puente, elevé mi corazón en oración y le pedí al Señor que, si era su voluntad que yo predicara la palabra allí, me diera una congregación ese día. Mientras seguía orando, me crucé con una gran multitud que bajaba por el camino del castillo. El Señor me dijo: 'Sigue a esa multitud'. Descubrí entonces que se realizaría el funeral de algún dignatario católico romano. Seguimos caminando hasta llegar a un gran cobertizo. En ese mismo momento comenzó a llover y la gente corrió para ponerse bajo el cobertizo. Sentí que era la voluntad del Señor que me pusiera en la parte delantera del cobertizo. Saqué mi Biblia y leí las palabras: "Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor" (Ap. 14:13). Un grupo muy numeroso se junto a mi alrededor. Algunos centenares escucharon la palabra con mucha atención. Los católicos romanos parecían pensar que yo era uno de ellos y, comenzaron a acercarse bastante. Me sentí impulsado a detenerme primero en la bendición de los que ahora duermen en Cristo. No me referí al tiempo particular al que se aplica este texto, sino, como hecho general, a lo bienaventurada que es el alma que parte de esta escena para estar con el Señor. Entonces les mostré que la Palabra no decía: 'Bienaventurados los que mueren en la iglesia católica romana, o en las iglesias protestantes' sino "en el Señor". Esto provocó un gran revuelo y murmullo, y después de unos instantes la multitud puso mayor atención a lo que se decía, mientras que me esforzaba por mostrar, a partir de las Escrituras, lo que significaba estar "en el Señor".


Cuando terminé, un hombre me preguntó, con una voz clara y distinguida, que fue escuchada por todos: '¿Entiendo que usted dice que un hombre puede saber en este mundo que es salvo, y que tiene vida eterna?'. Esta pregunta, y la respuesta, parecieron tener un gran efecto en muchos, ya que le mostré, a partir de la Escritura, que todos los creyentes tenían el privilegio de poder saber que eran 'justificados de todas las cosas' y que tenían paz con Dios. Porque la palabra dice: "Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree" (Hch. 13:38-39). Si le creemos a Dios, ¿cómo podemos dudar de lo que él mismo dice: "Sabed, pues, esto"? Cité entonces otros textos de la Palabra, y justo cuando terminé mi respuesta, llegó el encargado del funeral, quien llegó con dos horas de retraso. No piense el lector que esto fue algo extraño, no lo sería en lo absoluto si camináramos más por la fe».


Charles Stanley

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