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Y murió...


En Génesis 5 encontramos una lista de hombres de los cuales, una y otra vez, se nos dice algo solemne y contundente:


  • Vivió Adán 930 años… y murió (v. 5).

  • Vivió Set 912 años… y murió (v. 8).

  • Vivió Enós 905 años… y murió (v. 11).

  • Vivió Cainán 910 años… y murió (v. 14).

  • Vivió Mahalaleel 895 años… y murió (v. 17).

  • Vivió Jared 962 años… y murió (v. 20).

  • Vivió Matusalén 969 años… y murió (v. 27).

  • Vivió Lamec 777 años… y murió (v. 31).


Ocho veces resuena la misma frase, como campanadas solemnes: Murió… murió… murió… murió… murió… murió… murió… murió…


¿Suenan las campanas para usted?


La realidad es que usted y yo también vamos a morir. Si Cristo aún tarda en venir, la regla general para todo hombre y toda mujer sigue siendo esta: “Y así como está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio” (He. 9:27).


¿Está usted preparado? ¿Está listo si la muerte le sorprende hoy? Toda persona salva vive con la confianza de que, si la muerte llega, todo está bien entre su alma y Dios. El profeta Amós declara: “¡Prepárate para encontrarte con tu Dios!” (Am. 4:12).


Y David dijo: “Pero ciertamente, vive el SEÑOR y vive tu alma, que apenas hay un paso entre mí y la muerte” (1 S. 20:3).


Entonces, ¿qué significa todo esto? ¿Qué quiere enseñarnos Dios en Génesis 5, donde a simple vista solo vemos nombres y edades? Algo sencillo y contundente: la vida humana es breve y frágil.


Aunque estos hombres vivieron cientos de años, la gran verdad sobre cada uno de ellos es la misma: todos terminaron muriendo. Génesis 5 confirma las consecuencias del pecado anunciadas en Edén. La mayoría vive como si esta vida fuera eterna, olvidando que un día deberá presentarse delante de Dios. Pero este capítulo nos recuerda cuán corta y pasajera es nuestra existencia.


Isaías lo expresó así: “Toda carne es como la hierba, y todo su esplendor es como la flor del campo. Se seca la hierba, se marchita la flor cuando el aliento del SEÑOR sopla sobre ella; en verdad el pueblo es hierba. Se seca la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre.” (Is. 40:6-8).


No importa cuánto viva una persona —900 años, 500 años, 100 años o apenas 20—: si la vida se vive sin Cristo, no solo no es verdadera vida, sino que acaba siendo vacía, miserable y sin esperanza. Isaías pensaba en la hierba verde que cubre las colinas después de las lluvias de invierno y en cómo, rápidamente, se seca y deja todo marrón y estéril. Así de frágil es el ser humano. Así de fugaz es nuestra gloria.


Una breve anécdota


En una ocasión visitamos, en un hogar de ancianos, al abuelo de una hermana de la iglesia. Dos meses después tuvimos que visitarlo en su velorio. Era un hombre de 104 años, lúcido y amable. Cuando estuvimos con él en el hogar de ancianos, fue un verdadero placer escucharlo contar anécdotas de su vida en el campo: años de trabajo duro y honrado. Nos relataba cómo recogía algodón en las cosechas. El algodón se vendía por kilo y, como no pesa mucho, aquellos manojos debían ser enormes para ganar lo suficiente y llevar sustento a su hogar.


En aquel momento le hablamos del Señor Jesucristo. Nos dijo que creía en él y también mencionó a «San Pedro», es decir, el apóstol Pedro. Quiera Dios que este hombre longevo haya conocido verdaderamente la gracia salvadora del Señor; solo Dios conoce los corazones.


Había mucha familia en el velorio: hijos, nietos y bisnietos. Era una familia grande, trabajadora y honorable. Y eso nos dejó una enseñanza sencilla pero profunda: aquel hombre había hecho las cosas bien con su familia. Sin embargo, después de su muerte, la única pregunta verdaderamente necesaria es esta: ¿conoció verdaderamente al Señor Jesús?


Volvamos a Génesis 5


En medio de esta genealogía aparece un hombre diferente. De él no se nos dice: “Y murió”. “El total de los días de Enoc fue de 365 años. Y Enoc anduvo con Dios, y desapareció porque Dios se lo llevó.” (Gn. 5:23-24).


Curiosamente, Enoc fue el hombre que menos vivió de toda esta lista, pero es el único del que no se menciona la muerte. Mientras los demás simplemente vivieron, Enoc caminó con Dios. No fue un hombre perfecto —solo el Señor Jesús lo fue—, pero sí tuvo comunión íntima con el SEÑOR.

Caminar con Dios significa caminar por fe (véase 2 Co. 5:7), caminar en la luz (véase 1 Jn. 1:5-7) y caminar en acuerdo con Dios (véase Am. 3:3).


Alguien dijo que, después de tantos años caminando con Dios, un día el Señor le dijo a Enoc: «Ya no necesitas volver a tu casa… mejor ven a casa conmigo en el cielo». ¡Qué hermosa imagen de una vida vivida cerca del Señor!


Querido lector: ¿está usted caminando con Dios? ¿O simplemente está viviendo, sin pensar en lo que viene después de la muerte? Recuerde: “Está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio” (He. 9:27). Esto no es negociable.


Sin embargo, hay esperanza. La verdadera vida se encuentra solamente en Cristo. Él dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14:6). Hoy todavía hay tiempo para arrepentirse, buscar a Dios y reconciliarse con él. No espere a que la muerte toque a su puerta para pensar en su alma. La eternidad es demasiado larga como para vivir indiferente a Dios.


Tal vez usted ha vivido muchos años lejos del Señor, ocupado en el trabajo, los afanes y las preocupaciones de esta vida. Pero nada de eso podrá salvarlo cuando llegue el día del juicio.


Solo Cristo salva.

Solo Cristo perdona.

Solo Cristo da vida eterna.


Así como Enoc caminó con Dios, usted también puede comenzar hoy a caminar con él. Acérquese al Señor con humildad y fe. Entréguele su vida mientras aún hay oportunidad.


Porque el hombre que vive sin Dios simplemente existe… pero el que camina con Cristo tiene vida verdadera, aquí y por toda la eternidad.

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