

Henning Panthel
2 minutes ago6 min read



W. Kelly
Mar 1213 min read



Ernst-August Bremicker
Feb 144 min read

“Lleven los unos las cargas de los otros, y cumplan así la ley de Cristo.” (Gá. 6:2).
Al leer este versículo, solemos pensar enseguida en la ayuda mutua y en la benevolencia cristiana. Sin duda, son virtudes propias de la vida cristiana; pero ¿agota esto todo lo que el pasaje quiere decir? Consideremos más de cerca esta exhortación y preguntémonos, en concreto, cómo podemos nosotros, como padres, llevarla a la práctica con nuestros hijos —especialmente con adolescentes y jóvenes adultos.
Pablo, el autor de la epístola, estaba profundamente preocupado por los gálatas. Habían escuchado a falsos maestros, y algunos llegaron a pensar que debían guardar las ordenanzas del Antiguo Testamento (en particular, la circuncisión) para ser justificados delante de Dios. Como consecuencia, perdieron de vista que solo la gracia de Dios —recibida por la fe en la obra del Calvario— puede salvarnos.
En el capítulo 5, Pablo contrasta las obras de la vieja naturaleza —que aún está en nosotros después de la conversión— con el fruto que produce el Espíritu Santo cuando puede obrar libremente (véanse vv. 19-23). El primer versículo del Gálatas 6 muestra que un creyente todavía puede pecar: puede tropezar y caer, es decir, ser sorprendido en alguna falta. Sin embargo, esto no describe el estado normal del creyente, sino una excepción. En tales casos, los creyentes espiritualmente maduros deben restaurarlo. En el versículo 2 se presenta otro servicio mutuo: “Lleven los unos las cargas de los otros, y cumplan así la ley de Cristo”.
La palabra “carga” aparece dos veces en este capítulo. En el versículo 5 (“porque cada uno llevará su propia carga”) se utiliza la palabra griega phortion. Esta palabra designa una carga apropiada o asignada, y también se empleaba para referirse a la carga de un barco. La palabra usada en nuestro versículo (griego baros) describe una carga pesada, difícil de soportar o agobiante. No se refiere a los pecados, porque nadie puede llevar los pecados de otro. Se trata de las cargas que llevamos sobre nosotros en el curso de la vida. En el caso de los gálatas, eran, por ejemplo, las cargas producidas por su actitud legalista.
Cuando pensamos en las cargas que afrontan nuestros hijos, vemos que pueden presentarse de muchas formas. Algunas son dificultades externas, como:
Accidentes, enfermedades, desempleo o problemas familiares.
Desafíos escolares o profesionales.
Desilusiones.
Inquietudes sociales o políticas.
Problemas en la iglesia local.
Otras, en cambio, son cargas internas, como:
Problemas sin resolver o decisiones difíciles.
Insatisfacción personal e inseguridad.
Temores y dudas relacionadas con la fe.
Esta lista no es exhaustiva; las posibles cargas que enfrentan los jóvenes son muy diversas. En particular, cuando aún tienen poca experiencia en la vida de fe, estas cargas pueden resultar demasiado pesadas e incluso convertirse en piedras de tropiezo que los hagan caer. Lamentablemente, como padres, a veces percibimos demasiado tarde las cargas de nuestros hijos —o no las percibimos en absoluto—, o bien las subestimamos.
Vivimos en un mundo cada vez más complejo, especialmente para los jóvenes. Las relaciones tienden a volverse más superficiales y la buena comunicación interpersonal se está perdiendo. Esta tendencia también nos alcanza a nosotros y a nuestros hijos. Con todo, los siguientes aspectos pueden ayudarnos:
Tiempo unos para otros: Solo podremos reconocer las cargas de nuestros hijos (y compartirlas con ellos) si dedicamos tiempo a estar cerca de ellos. Y, con frecuencia, eso es precisamente lo que falta. El trabajo, las responsabilidades domésticas, los pasatiempos y muchas otras actividades pueden absorbernos tanto que la vida familiar termina reduciéndose a ocasiones especiales. Sin embargo, el tiempo es uno de los regalos más valiosos que podemos ofrecer a nuestros hijos, tanto en familia como de manera individual.
Amor mutuo: Podemos amar a nuestros hijos porque son un regalo de Dios. Esto significa buscar no solo su bienestar material, sino también el espiritual y emocional. Amarlos implica estar presentes, disponibles y aceptarlos tal como son, con sus fortalezas y debilidades. Sin embargo, este amor no nace automáticamente.
Como padres, queremos pedir al Señor que nos ayude a amar de verdad a nuestros hijos y a buscar ocasiones para demostrarlo en la práctica. Del mismo modo, debemos comportarnos de tal manera que para ellos sea fácil percibir ese amor y responder a él.
Apertura mutua: La apertura es indispensable para reconocer las cargas que nuestros hijos llevan. Sin embargo, no siempre es fácil vivir de este modo, especialmente para nosotros, los padres. A veces tememos enfrentarnos a problemas para los que no tenemos una solución inmediata (a menudo pensamos principalmente en términos de soluciones). O tememos que nuestra apertura se interprete como control, o que termine hiriendo a nuestros hijos.
Tampoco les resulta fácil a los hijos hablar de sus cargas. Quizá sientan vergüenza o teman que interpretemos sus luchas como señal de debilidad. Sin embargo, cuando actuamos con sensibilidad, claridad y apertura, por lo general reciben nuestra actitud con gratitud.
La palabra griega bastázo, traducida aquí como “llevar” o “sobrellevar” (RV60), significa literalmente levantar o tomar algo para cargarlo. Una ilustración quizás puede ayudarnos a entenderlo mejor: durante una caminata de montaña exigente con un grupo de jóvenes, uno llega al límite de sus fuerzas y quiere abandonar. Entonces los demás se acercan, toman su mochila y la cargan sobre sus propios hombros. Así, puede continuar el camino.
Esta imagen ilustra cómo podemos ayudar a nuestros hijos a sobrellevar sus dificultades, preocupaciones y aflicciones. Para ello, debemos acercarnos activamente a ellos, interesarnos por su bienestar —incluido su estado espiritual (véase 3 Juan 2)— y luego escucharlos con paciencia. En ocasiones, será apropiado aconsejarlos —lo cual requiere mucha sabiduría espiritual—; otras veces, será necesario exhortarlos. Y en algunas situaciones, simplemente tendremos que hacer lo que Pablo escribe en Romanos 12:15: “Gócense con los que se gozan y lloren con los que lloran”.
Probablemente esta sea una de las cosas más difíciles para nosotros como padres. Sin embargo, podemos —y debemos— orar con ellos y animarlos. A menudo también ayuda compartir nuestras propias experiencias de fe e incluso los errores que cometimos cuando éramos jóvenes.
Pero sobrellevar las cargas de otros también implica que los padres oren juntos por sus hijos: no solo cuando están a punto de sucumbir bajo el peso de sus cargas —aunque, sin duda, debemos hacerlo entonces—, sino a diario y con perseverancia, pidiendo al Señor que los preserve de tales cargas.
En general, el llamado a sobrellevar las cargas unos de otros se dirige a todos los creyentes y busca el bien de toda la iglesia. Sin embargo, cuando se trata de nuestros hijos, como padres tenemos una responsabilidad particular. Aunque otros puedan ayudarnos (por ejemplo, mediante el trabajo con jóvenes), es una tarea que no podemos simplemente delegar.
¿Qué se requiere para ayudar a los hijos a sobrellevar sus cargas? Si se trata de restaurar a alguien que ha sido sorprendido en alguna falta (véase el versículo 1), quienes lo hagan deben ser personas espirituales, guiadas por el Espíritu Santo.
Aunque esto no se menciona aquí como un requisito explícito, sin duda es una base importante para sobrellevar cargas. Como padres, deseamos crecer en discernimiento espiritual y firmeza en la fe. Sin embargo, si nos imponemos un listón demasiado alto, podríamos terminar inhibiéndonos de asumir esta responsabilidad. En esos momentos, debemos dirigir nuestra mirada al Señor Jesús, quien lleva perfectamente toda carga y es nuestro modelo perfecto en este servicio.
Como padres, llevar las cargas de nuestros hijos puede llevarnos al límite, y a veces nos preguntamos cómo podremos hacerlo. Por eso, la segunda parte del versículo dirige nuestra atención a la actitud con la que debemos servir a otros: “… y cumplan así la ley de Cristo”.
Esta “ley” es la ley del amor, vivida de manera perfecta por el Señor Jesús mientras estuvo aquí en la tierra. Para él, llevar las cargas de otros era una norma constante. Por eso pudo decir: “Vengan a Mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar” (Mt. 11:28).
Él tenía ojos y corazón para las necesidades ajenas: vio a la multitud desamparada y se compadeció de ella (véase Mr. 6:34). También dedicó tiempo a otros: permitió que sus discípulos descansaran con él después de una ardua jornada de trabajo y escuchó con atención lo que tenían que contarle (véase Mr. 6:30-31). Su corazón estaba lleno de amor y compasión: cuando recibió la noticia de la enfermedad de Lázaro, leemos que amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro; y cuando Lázaro murió, lloró (véase Jn. 11).
Por supuesto, él realizó este servicio de manera absolutamente perfecta, algo que jamás podremos igualar. Sin embargo, nos dejó un ejemplo para que aprendamos de él e imitemos su actitud. Y nosotros —como padres cargados y como hijos cargados— siempre podemos acudir en oración a Aquel que dijo: “Vengan a mí”.
Todo padre cuyos hijos ya han crecido entiende cuán necesaria es esta tarea. También percibe sus desafíos: lo poco que a menudo la hemos practicado y cuántas veces hemos fracasado en ella. Pero gracias sean dadas a Dios: su gracia inagotable aún está a nuestra disposición.
Cuando, como padres o madres, deseamos ayudar a nuestros hijos a llevar sus cargas, y se lo expresamos al Señor en oración y acudimos a él, entonces podemos estar seguros de que él nos dará la sabiduría y la fortaleza necesarias para hacerlo.
Cuando Dios nos confía cargas, no nos deja solos con ellas; él mismo nos sostiene mientras las llevamos. El rey David conocía bien esta realidad; por eso pudo decir:
“Bendito sea el SEÑOR, que cada día lleva nuestra carga, el Dios que es nuestra salvación” (Sal. 68:19
Traducido de thebiblestudy.site








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