Una familia en misión: aprendiendo del hogar de Estéfanas
- David Warnes
- 18 dic 2025
- 7 Min. de lectura

Las familias son un don de Dios y los bloques esenciales sobre los que se edifica la sociedad humana. Desde el principio, el plan de Dios para la creación incluyó que el hombre y la mujer se unieran en matrimonio y tuvieran hijos. En el matrimonio, ambos formarían una unión de "una sola carne" (Gn. 2:24) y, junto con sus hijos, llegarían a ser una familia. Los hijos son siempre un don de Dios (véase Sal. 127:3), no una carga que deba soportarse. Las familias sanas crean las condiciones para que las personas florezcan y tienen también una profunda importancia espiritual.
Todo cristiano puede afirmar que forma parte de "la familia de Dios" (Ef. 2:19). El Evangelio según Juan nos dice que a quienes creen en su nombre, Dios les dio derecho de ser hechos hijos de Dios (véase Jn. 1:12). Esta familia espiritual es eterna, mientras que nuestras familias terrenales pertenecen a este tiempo y lugar.
A partir de esto surgen algunas preguntas:
¿Cómo administramos estas responsabilidades dadas por Dios de manera que nuestras familias sean un testimonio para el mundo que nos rodea?
¿Cómo vivimos de tal modo que dejemos un legado de generaciones que sirvan al Señor, si es que él aún no ha venido?
Creo que toda familia que desea servir al Señor tiene tres opciones. La primera es aquella en la que servir al Señor y servir a la familia se ponen en oposición; a este conflicto lo llamaré «Familia versus misión». La segunda es el peligro de que la vida familiar se convierta en un ídolo, lo que podríamos llamar «La familia como misión». La tercera es vivir como una familia unida que sirve a Dios: «Una familia en misión».
Familia versus misión
En 1 Corintios, el apóstol Pablo menciona que una ventaja de la soltería es la libertad de ciertas preocupaciones. Afirma que, como creyentes solteros, nuestra única prioridad debería ser agradar al Señor. Sin embargo, una vez casados, surgen otras responsabilidades: cuidar del cónyuge y, si el Señor nos bendice así, de los hijos. Pablo describe esta situación como tener intereses divididos (véase 1 Co. 7:32-34). Esta tensión suele ser experimentada por padres creyentes que saben que tienen responsabilidades terrenales, pero también un llamado a vivir vidas dedicadas al servicio del Señor. A veces parece que estos dos intereses compiten entre sí, y que es necesario elegir entre servir al Señor o servir a la familia.
En 1 Corintios 7, Pablo resalta los beneficios y oportunidades particulares que él tenía, como hombre soltero, para servir al Señor. Evidentemente, algunas de estas cosas no son posibles para quien tiene familia. Sin embargo, Pablo no estaba sugiriendo que solo existan dos opciones excluyentes: o servir a Dios o cuidar de la familia.
Vivir para servir a Dios implica necesariamente tomar en serio nuestras responsabilidades terrenales. Aunque esto conllevará sacrificios en ciertos momentos, es posible tener una familia espiritualmente sana y, al mismo tiempo, servir personalmente al Señor.
Lamentablemente, muchos hombres destacados han caído en esta trampa de «lo uno o lo otro». En última instancia, han sacrificado el bienestar espiritual de su familia en el altar del servicio. Otros, en cambio, han desperdiciado sus vidas de manera distinta: descuidaron oportunidades de servir al Señor para vivir exclusivamente para su familia.
La familia como misión
La segunda opción es que la familia se convierta en nuestra misión y que toda nuestra energía se concentre en ella, en detrimento del servicio a Dios en otros ámbitos. Las familias terrenales con las que Dios nos ha bendecido son, sin duda, nuestro principal campo misionero. El misionero C. T. Studd dijo:
«La luz que llega más lejos es la que primero brilla con mayor fuerza en casa».
Este principio bíblico se ve en el mandato del Señor a sus discípulos (véase Hch. 1:8), cuando les dijo que serían sus testigos "en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra". Con frecuencia, escuchamos la acertada frase de que «Dios no tiene nietos». Como padres, debemos aprovechar toda oportunidad para compartir el evangelio con nuestros hijos. Siguiendo el mandato dado a los hijos de Israel (véase Dt. 6:7), debemos hablar del Señor y del evangelio dentro y fuera del hogar, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos.
Sin embargo, existe el peligro de que la familia se convierta en un ídolo. Esto sucede cuando el éxito y la reputación familiar pasan a ser lo más importante en nuestra vida. Los padres cristianos pueden caer en la trampa de pensar que su mayor objetivo es tener hijos presentables, respetables y exitosos en este mundo. Aunque tal vez no afirmemos que el éxito deportivo o académico sea nuestro mayor anhelo, la manera en que empleamos nuestro tiempo y dinero revela dónde está verdaderamente nuestro corazón. Como padres cristianos, deberíamos tener aspiraciones más elevadas que simplemente hijos salvos que no nos avergüencen. Las familias que solo se preocupan por la conformidad externa intentarán encubrir el pecado y vivirán con temor a la vergüenza.
Una familia en misión
Existe otro camino: vivir conforme a un llamamiento más elevado, como una familia en misión. Esta tercera opción consiste en vivir como una familia unida en el servicio al Señor. Pablo, en su primera carta a los corintios, nos da un excelente ejemplo. Dice:
"Ya conocen a los de la casa de Estéfanas, que fueron los primeros convertidos de Acaya, y que se han dedicado al servicio de los santos” (1 Co. 16:15).
Estéfanas, como cabeza del hogar, evidentemente lideraba este ejercicio, pero todos los miembros de la familia lo compartían. No había conflicto entre el ministerio de Estéfanas y su familia; todos compartían el mismo objetivo y participaban activamente en el servicio. Estéfanas podía continuar con su ministerio personal—leemos que Estéfanas, Fortunato y Acaico viajaron para encontrarse con Pablo (v. 17). Las necesidades de la familia tampoco se oponían a las de la iglesia, como sucede hoy cuando con frecuencia se usa la excusa de pasar tiempo con la familia para no servir. Este no era el caso del hogar de Estéfanas, pues leemos que él y los suyos se dedicaban "al servicio de los santos" (v. 15).
La palabra 'dedicaron' también puede traducirse como ‘se pusieron a disposición’ o ‘se entregaron’. Es interesante notar que nadie designó ni instruyó a esta familia para servir al Señor. Ellos vieron las necesidades y se entregaron a atenderlas. Como familias, todos estamos situados en circunstancias únicas, con necesidades diversas. Esto no es casualidad. A menudo somos rápidos para diagnosticar los problemas de nuestras iglesias locales, cuando deberíamos estar ejercitados en suplir las necesidades de los santos.
La prioridad de esta familia era el servicio. Se entregaron al servicio del pueblo de Dios y fueron de refrigerio para el apóstol (v. 18). Como familias cristianas, deberíamos caracterizarnos por el servicio al pueblo del Señor como prioridad principal. Muchas otras cosas, incluso buenas, pueden competir por nuestro tiempo y atención, lo que puede llevar a que el tiempo con el pueblo del Señor se vea comprometido. Nuestras prioridades se revelan por la manera en que empleamos nuestro tiempo y con quién lo compartimos. Las prioridades de nuestras familias son un testimonio claro para el mundo que nos rodea. ¿Describirían sus vecinos a su familia como una familia dedicada a servir al Señor entre los creyentes?
Servir al Señor incluye asistir a las reuniones de la iglesia. Como familia, debemos dar prioridad a nuestra participación en las reuniones locales. Esto significa ordenar nuestras vidas de modo que primero llenemos nuestros calendarios y listas de tareas con las responsabilidades espirituales, y luego con los compromisos terrenales.
El servicio al pueblo del Señor va más allá de las reuniones programadas. Deberíamos ejercitarnos en visitar y pasar tiempo con nuestros hermanos y hermanas para serles de refrigerio. El hogar de Estéfanas se dedicó al servicio de los santos. No asistían a la reunión local en Corinto preguntándose cómo serían satisfechas sus propias necesidades, sino procurando atender las necesidades de los demás. Esta actitud desinteresada es saludable tanto para nuestras iglesias como para nuestras familias.
No se nos dice de qué manera específica el hogar de Estéfanas sirvió a los santos. Las posibilidades son varias: mediante la hospitalidad, preparando alimentos para creyentes pobres o necesitados, abriendo su hogar para las reuniones de la iglesia, o acogiendo a predicadores y apóstoles itinerantes. Todas estas actividades pueden involucrar a toda la familia, pues la hospitalidad compromete a todo el hogar. Aunque la responsabilidad recae en los padres, los sacrificios y el esfuerzo son compartidos por todos.
Incluso los más pequeños pueden participar en actos sencillos de servicio. Los niños responden bien cuando se les confían responsabilidades apropiadas. Como familias, necesitamos cultivar una visión e identidad compartidas: «Somos una familia que sirve al Señor». Como padres, es vital que modelemos este servicio y que regularmente nos animemos unos a otros a seguir el ejemplo de nuestro Señor, quien no vino para ser servido, sino para servir (véase Mr. 10:45). Esto se ve claramente en el hogar de Estéfanas, en el que sus miembros servían juntos y unidos.
El hogar de Estéfanas vivió conforme al mandato de Pablo: "Todas sus cosas sean hechas con amor" (v. 14). Su servicio brotaba de un amor desinteresado, distinto del que vemos en el mundo. El Señor señaló que hasta los recaudadores de impuestos amaban a quienes los amaban (véase Mt. 5:46). Como discípulos, estamos llamados a amar como nuestro Padre celestial, quien "hace salir su sol sobre malos y buenos" (Mt. 5:45). Como familias, no solo debemos amar a quienes nos aman, sino también a quienes lo necesitan.
Una cosa es segura: las necesidades abundan. Muchas almas cansadas y afligidas necesitan ser reanimadas mediante sencillos actos de bondad o compañía. Al abrir nuestros hogares y familias a otras personas, podemos ofrecer hospitalidad y servir a la iglesia. Al formar a nuestros hijos para que atiendan las necesidades de los demás en lugar de vivir para sí mismos, criamos una generación de verdaderos discípulos de nuestro Señor.
Vivir como una familia en misión requiere intencionalidad por parte de los padres. Si no nos proponemos servir a Dios, nuestras vidas pronto se llenarán de los afanes de este mundo. Los padres deben modelar esta vida de servicio delante de sus hijos. Toda la familia debe participar, considerando en oración cómo usar los dones y talentos que Dios les ha dado para suplir las necesidades de la iglesia y del mundo que nos rodea. Cada miembro debe estar dispuesto a hacer sacrificios para mantener el servicio como prioridad principal y como identidad central de la familia. Al hacerlo, evitaremos los peligros de sacrificar a nuestras familias por la gloria personal o el reconocimiento del mundo. En cambio, seguiremos el ejemplo del hogar de Estéfanas, quienes se dedicaron al servicio de los santos.
Traducido de la revista Grace and Truth, Enero 2026
Énfasis añadidos
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