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¡Sé fiel hasta la venida del Señor!

Actualizado: 24 jul

Traducción bíblica utilizada: NBLA

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"Por tanto, Yo vengo pronto. Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro". (Ap. 22:7)


¡Qué promesa tan maravillosa y qué llamado tan importante! Es un llamado que llega directo al corazón.


Dios quiere que nos aferremos a la verdad. Quiere que vivamos en ella. Y no debe ser solo una verdad teórica, sino también práctica. Por lo tanto, con respecto a la enseñanza de la Palabra de Dios:


Nada de palabras livianas y halagüeñas.

Nada de transigencia.

Nada de diluir el mensaje.


Esto se aplica tanto al libro de Apocalipsis como a toda la Biblia. ¡Qué valioso es para Dios que retengamos y practiquemos la verdad! Esto queda claro en las palabras que Juan escribe inspirado por el Espíritu Santo: “Pues me alegré mucho cuando algunos hermanos vinieron y dieron testimonio de tu fidelidad a la verdad, esto es, de cómo andas en la verdad. No tengo mayor gozo que este: oír que mis hijos andan en la verdad" (3 Jn. 3–4).


Para muchos, el libro de Apocalipsis es como un libro sellado con siete sellos. Les parece complicado, difícil de entender y misterioso.


Debido a este prejuicio, muchos cristianos lamentablemente no se atreven a estudiar este libro con profundidad. Sin embargo, al no hacerlo, ¡se pierden muchas bendiciones! Estudiar este libro trae gran provecho espiritual. Es por esto que se afirma explícitamente al comienzo del libro: “Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de la profecía y guardan las cosas que están escritas en ella, porque el tiempo está cerca” (Ap. 1:3).


Ser bienaventurado significa estar en buena condición. ¿Y quién no desearía eso?


Como ya se mencionó en una meditación anterior, Apocalipsis 1:19 nos proporciona la estructura de este libro. En los capítulos 2 y 3 vemos un panorama profético del testimonio cristiano a lo largo de la historia de la Iglesia.


En cada uno de los siete períodos mencionados (las siete iglesias), hay cosas que deben ser vencidas. Actualmente vivimos en los tiempos de Laodicea. Es una época caracterizada por la superficialidad, la tibieza y la complacencia. ¡Una época en la que Cristo está fuera… y llamando a la puerta!


¿Cómo podemos ser vencedores en estos últimos días? Dejando que el Señor abra nuestros ojos a nuestra verdadera condición espiritual, ¡comprando de Él colirio y arrepintiéndonos de nuestros fracasos (véase Ap. 3:18–19)!


Hoy en día, el Señor busca personas que respondan cuando él llama a la puerta de su corazón. Personas que se abran a él y que verdaderamente anhelen tener comunión con él.


Especialmente en nuestros días, lo siguiente se aplica más que nunca: “Pero tú…” (véase 2 Ti. 3:10, 14; 4:5). Dicho de otro modo: ¡sé como un pez vivo que nada contra la corriente!


Cada uno de nosotros está delante del Señor de forma muy personal. Por esta razón, se nos hace la siguiente invitación: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Ap. 3:22).


A la iglesia en Filadelfia (en griego: amor fraternal) se le dice: “He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona” (Ap. 3:11). Una vez más, se trata de retener la verdad. La venida del Señor está directamente relacionada con esto. ¡Es un llamado que apela a nuestra lealtad!

El gran objetivo de la profecía es que nuestros corazones estén centrados en Cristo. Las profecías en la Palabra de Dios nos llevan a un punto central: Cristo pronto va a reinar; él establecerá su reino y reinará en él como el Rey de reyes y Señor de señores. ¡Es el punto culminante de toda la profecía!

¿Cómo podemos guardar las palabras de la profecía de este libro? Meditando en ellas. Dejando que estas palabras nos impacten. Permitiendo que moldeen nuestra conducta. Y debemos hacerlo… ¡hasta que el Señor venga!


Quizás el siguiente incidente pueda motivarnos a hacer esto de manera renovada, especialmente cuando nos encontramos solos:


Un viajero en Italia escribió a un periódico relatando su visita a cierto lugar: «Llegué a la Villa Arconati, a orillas del Lago de Como, el ‘lugar más hermoso’ de los Alpes italianos. Un jardinero abrió la pesada reja y me condujo por un precioso jardín.


—¿Cuánto tiempo lleva usted aquí? —le pregunté.

—Veinticinco años.

—¿Y cuántas veces ha venido el dueño a ver la propiedad?

—Cuatro veces.

—¿Cuándo vino por última vez?

—Hace doce años.

—Supongo que le escribe con frecuencia.

—Nunca.

—¿Entonces, de quién recibe instrucciones?

—Del mayordomo, en Milán.

—¿Y él viene seguido?

—Nunca.

—¿Entonces, quién supervisa las cosas aquí?

—Me dejan prácticamente solo; muy rara vez veo a algún extraño.

—¡Y aun así mantiene el jardín tan impecable, tan bien cuidado, que cualquiera pensaría que espera que el dueño venga mañana mismo!

—Hoy, señor, ¡HOY! —fue la respuesta del anciano.


Así deberíamos vivir nosotros cada día de nuestra vida: nuestra conducta, nuestro modo de vivir, nuestros asuntos… todos ordenados como si esperásemos al Salvador hoy. “Velen, porque no saben en qué día viene su Señor” (Mt. 24:42).


Traducido del libro Maybe even today! de la editorial The Bereans

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