Mucho por hacer, pero solo pocos obreros
- Ernst-August Bremicker

- 15 nov
- 5 Min. de lectura

Al leer este versículo, quizá pensemos en siervos del Señor que sirven en tierras lejanas. Sin duda, estas palabras también se dirigen a ellos, pero no debemos limitarlas. El Señor Jesús piensa en todos nosotros—piensa en ti, piensa en mí.
Los campos de cosecha del Señor no están solo en África o Asia; también están en Europa, Norteamérica y Sudamérica. Cuando se trata de colaborar, no debemos pensar únicamente en los hermanos y hermanas que sirven al Señor a tiempo completo, sino pensar primero en nosotros mismos. Cada uno puede ser colaborador en el reino de Dios. Cada uno puede ser obrero en la mies del Señor.
Las palabras del Señor Jesús a sus discípulos tienen un trasfondo significativo: “Viendo las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor” (Mt. 9:36). Esto nos interpela directamente. Vivimos en países donde las personas son indiferentes y están hastiadas. Corren tras una infinidad de cosas y ya no tienen tiempo para Dios. Muchos cristianos ven esto y concluyen: «La evangelización ya no es necesaria. Es prácticamente imposible lograr cosechar algo para Dios». El resultado: resignación e inactividad.
Si juzgamos las cosas así, deberíamos preguntarnos con qué ojos ve el Señor a estas personas. Podemos estar seguros de que él sigue profundamente conmovido por la gente de nuestro tiempo. Quiere que veamos a las personas a través de Sus ojos. Son como ovejas sin pastor—tan cierto hoy como lo fue entonces.
Por tanto, nuestro lenguaje debería ser distinto. Podemos decir: «Hoy en día, la evangelización es más importante que nunca, porque las personas se asfixian en su propia indiferencia y se pierden en la desorientación». La gente busca valores firmes. ¿Por qué crees que las religiones orientales, el ocultismo, el espiritismo y prácticas similares van en aumento en países ‘desarrollados’?
En otra ocasión, el Señor Jesús dijo a sus discípulos: “¿No dicen ustedes: Todavía faltan cuatro meses, y después viene la siega? Pero yo les digo: alcen sus ojos y vean los campos que ya están blancos para la siega” (Jn. 4:35). ¿Debería ser distinto en la actualidad? ¿Acaso los campos ya no están blancos para la cosecha? Lo que necesitamos es mirar en la dirección correcta. Como los discípulos de entonces, debemos alzar nuestros ojos para ver correctamente.
Desde esta perspectiva, consideremos ahora las palabras del Señor Jesús a sus discípulos. Quisiera llamar la atención sobre tres puntos:
La cosecha es abundante o grande.
El Señor de la mies no es cualquier hombre.
El Señor desea nuestra colaboración porque hay pocos obreros.
La cosecha
En primer lugar, el Señor Jesús declara que la cosecha es abundante. Vale la pena meditar en esto. Pablo escribe en 1 Timoteo 2:4 que Dios “que todos los hombres sean salvos y vengan al pleno conocimiento de la verdad”. Este es el claro deseo de Dios: que nadie perezca. Cada persona es valiosa a sus ojos, porque cada una tiene un alma inmortal y es criatura suya. Lamentablemente, es cierto que no todos vienen. Pero esto no cambia el hecho de que Dios ofrece su salvación a cada persona.
Una cosecha abundante significa mucho trabajo por hacer. El trabajo en la mies de Dios no es un paseo tranquilo—implica esfuerzo y fatiga. Se requieren perseverancia y energía para trabajar para el Señor.
¿Tenemos los ojos abiertos para la obra del Señor, para la gran cosecha? ¡Cuántas veces nos ocupamos de cosas triviales y perdemos de vista la mies del Señor! Esto fue lo que les ocurrió a los discípulos. Cuando muchas personas vinieron a escuchar al Señor Jesús y ya era tarde, ellos quisieron despedir a las multitudes para que fueran a comprar comida. Hasta allí llegaban sus pensamientos. Antes de que el trabajo hubiera comenzado realmente, los discípulos ya querían terminarlo. ¡Qué diferente obró el Señor Jesús! Él no despidió a las personas, sino que les dio lo que necesitaban.
El Señor de la mies
En segundo lugar, el Señor Jesús deja claro a sus discípulos quién es el Señor de la mies: no es un hombre cualquiera, sino él mismo. Esto es un gran consuelo y aliento para nosotros. Aunque somos responsables de lo que hacemos y dejamos de hacer, en último término no somos responsables del resultado de nuestra labor. Debemos hacer lo que se nos manda; todo lo demás podemos dejarlo confiadamente en sus manos. En un contexto algo distinto, Pablo dice en 1 Corintios 3:6–7: “Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios, que da el crecimiento”. De paso, también vemos aquí que no tenemos nada de qué enorgullecernos en nuestra labor.
Esta idea aparece ya en el Antiguo Testamento: "Así será mi palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía sin haber realizado lo que deseo, y logrado el propósito para el cual la envié" (Is. 55:11). Esta es la promesa alentadora del Señor de la mies.
Como Señor de la mies, el Señor Jesús no solo da la bendición, sino que también distribuye el trabajo. Él coloca a sus segadores en el lugar correcto —la persona adecuada en el sitio adecuado. No nos sobrecarga ni nos abruma. Reparte el trabajo según las fuerzas y capacidades de cada uno. No tenemos que buscarnos nuestra propia tarea; se nos permite trabajar según Sus instrucciones. Si cada segador trabajara según sus propias ideas, sería un caos. Por eso necesitamos depender de Él. Recibimos las instrucciones en la oración. Por ello, toda labor para el Señor comienza con la oración.
Nuestra colaboración
En tercer lugar, el Señor Jesús muestra claramente a los discípulos que desea su colaboración. ¿Depende el Señor de nuestra colaboración? No. ¿Quiere nuestra colaboración? Sí.
Ahora todo se vuelve concreto y personal. Nos toca a nosotros. ¿Queremos ser colaboradores o no? Dios quiere que su interés sea nuestro interés. Quiere obrar por medio de nosotros. Quiere que nos pongamos en actividad. Esto es, por un lado, una gran responsabilidad; por otro, un gran desafío.
Los cristianos nacidos de nuevo pueden dividirse en dos grupos. El primero—el más grande—está formado por quienes se gozan en su salvación y con eso se dan por satisfechos. La labor en la mies del Señor, según su opinión, no es necesaria. El segundo grupo—el más pequeño—está formado por los pocos obreros de los que el Señor habla. ¿A cuál grupo pertenecemos? Quizá nos lamentemos de que tan pocas personas vengan a nosotros, pero ¿hemos pensado alguna vez en ir nosotros a ellos? Una vez más: todos pueden y deben colaborar. Esto comienza con los niños en el colegio, luego en la universidad, en el trabajo, en casa, en el tiempo libre, al salir a caminar, de vacaciones, viajando, en un hospital, en un hogar de ancianos... Cada uno sabe dónde puede ser testigo para el Señor.
Tal vez digas: «No sé hablar». No es necesario. Muchos obreros del Señor tampoco saben hacerlo. Pero ¿acaso nuestro comportamiento no es también un testimonio? Muchas personas han llegado a la fe a través del comportamiento silencioso de un cristiano.
«Mucho por hacer, pero solo pocos obreros». Este es el título de estos pensamientos, y todos entendemos lo que significa. Sin duda podría decirse mucho más sobre este tema, pero recordemos los tres puntos que el Señor quiso poner en nuestros corazones:
El trabajo es abundante o grande.
Él es el Señor de la mies, que bendice y distribuye la labor.
Él es quien desea que seamos sus obreros.
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