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La comunión cristiana

Actualizado: 12 ago

Traducción bíblica utilizada: NBLA

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Fiel es Dios, por medio de quien habéis sido llamados a la comunión de Jesucristo nuestro Señor” (1 Co. 1:9)


El llamamiento del cristiano


Todo cristiano ha sido llamado por el Evangelio a alcanzar la gloria eterna, y esa gloria es tan segura como el amor que nos trajo el Evangelio. Pero, por ese mismo Evangelio, también hemos sido llamados a la comunión cristiana, una vocación que debemos atender con todo el corazón. Esta es la responsabilidad de toda alma que ha recibido el Evangelio, aunque miles de creyentes parecen restarle importancia. Son muy conscientes de las exigencias de sus ocupaciones terrenales, pero el llamado de Dios —que es su verdadera vocación— ha escapado a su atención. Como resultado, pierden tanto el propósito de Dios para ellos como los grandes privilegios que esa comunión conlleva.

Algunos pueden pensar que, al tener sus pecados perdonados y asegurada su entrada al cielo, están en libertad de elegir la comunión que más se ajuste a sus gustos. Pero olvidan que el mismo corazón lleno de amor que diseñó el Evangelio para su salvación también estableció la única comunión por la que deben andar desde ese momento.


Esta comunión no se funda ni se sostiene por normas humanas; está basada en la vida divina y en el poder del Espíritu Santo. Las fronteras denominacionales y las estructuras eclesiásticas humanas solo pueden limitar y obstaculizar su expresión y crecimiento. Para que esta comunión se viva plenamente, se requieren tres elementos:


  1. Un Objeto supremo fuera de este mundo y que lo controla todo: Cristo.

  2. Un Espíritu divino que mora en nosotros: el Espíritu Santo, quien dirige nuestra mirada constantemente hacia aquel Objeto.

  3. Una búsqueda sincera de las cosas de Cristo aquí en la tierra.


Cuando Cristo es el centro de todo, somos librados del egocentrismo. El Espíritu Santo en nosotros nos proporciona el vínculo vital e inquebrantable entre todos los miembros del único cuerpo de Cristo –somos un solo cuerpo. Y buscar las cosas de Cristo nos hará combatir juntos en la fe y el amor, por el bien de todos.


Las cosas en las que tenemos comunión


Las cosas en las que tenemos comunión —o que compartimos en común— no son de este mundo, ni pueden ser comprendidas por la sabiduría humana –están completamente fuera del alcance de su concepción. Porque “cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han entrado al corazón del hombre, son las cosas que Dios ha preparado para los que lo aman” (1 Co. 2:9). Se trata de las cosas de Cristo, las profundidades de Dios, verdades benditas que se mantuvieron ocultas en el seno eterno a lo largo de los siglos; cosas que los ángeles considerarían un honor incluso contemplar: estas cosas, las más selectas que el Dios eterno podría revelar, han sido desplegadas a nuestras almas en Su infinita gracia, pues “Dios nos las reveló por medio del Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun las profundidades de Dios” (1 Co. 2:10).


Los grandes beneficios de esta comunión


Todos los creyentes participamos por igual de estas bendiciones. El santo más maduro no tiene mayor derecho a ellas que el creyente más joven. Puede que usted haya crecido en su aprecio y comprensión de ellas, pero lo que ha recibido es para todos los hijos de Dios. Si alguien comienza a reservarse estas verdades como si fueran un tesoro propio, pronto perderá el gozo de disfrutarlas. Como dice Proverbios 11:24: “Hay quien reparte, y le es añadido más; y hay quien retiene lo justo, solo para venir a menos”.


A modo de ilustración, la comunión cristiana puede compararse a una sociedad —teniendo siempre presente que en la comunión cristiana existe un vínculo vital por medio del Espíritu Santo que mora en nosotros. Imaginemos tres socios con la misma participación en una sociedad, estos salen en distintas direcciones para hacer negocios: uno al norte, otro al sur y el tercero al oeste. Después de un tiempo, regresan a la sede central: el primero no ha tenido éxito y teme un fracaso total; el segundo llega con una experiencia y desánimo similares; pero finalmente llega el tercero, con el rostro radiante y excelentes noticias, pues su gestión ha sido extraordinaria. ¿Cuál es la reacción? Todos se alegran, porque el éxito de uno es el éxito de la sociedad en su conjunto, en la cual todos son socios por igual Por tanto, en lugar de que el éxito de uno genere envidia o división entre ellos, todos se regocijan en conjunto.


Así también, en la vida cristiana, lo que uno recibe de Cristo es para el gozo y el enriquecimiento común. Nadie lo puede reclamar como su posesión exclusiva. Primero, lo recibe para el gozo de su propia alma, pero también para el bien común de todos. De este modo, cuando un creyente se encuentra con otro que ha crecido en las cosas de Dios, ese encuentro puede traer avivamiento y renovación espiritual.


¡Que el Señor nos impulse a asumir con seriedad nuestra responsabilidad en este asunto! Solo así conoceremos el gozo de compartir y participar juntos en aquello que constituye la vida misma del cristiano. “A fin de que en el cuerpo no haya división, sino que los miembros tengan el mismo cuidado unos por otros. Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se regocijan con él” (1 Co. 12:25–26).


Los grandes principios de la comunión


Los tres grandes principios de la comunión cristiana los encontramos en 1 Corintios 1:9:


  1. Santidad: porque Dios, quien nos ha llamado, es santo.

  2. Amor: porque es la comunión de su Hijo, y eso nos lleva a la esfera del amor divino y eterno.

  3. Sujeción al Señor: porque su Hijo es nuestro Señor.


Buena parte de la Primera Epístola a los Corintios está dedicada a eliminar los obstáculos a esta comunión —manifestaciones de la carne—, pero cuando Pablo trata la Cena del Señor —expresión continua de nuestra identificación con la muerte de Cristo, que dio origen a la comunión—, estos tres principios destacan con claridad.


Primero debe venir la santidad: la muerte de Cristo fue la más alta expresión de la santidad de Dios. En ella, el que no conoció pecado fue hecho pecado por nosotros. En ese momento, la santidad de Dios se vio en toda intensidad cuando él, el Único sin pecado, tomó sobre sí la condenación del pecado y de la carne; en ese terrible momento, él exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”; y él mismo respondió: “Pero tú eres santo” (Sal. 22:1, 3). En la muerte de Jesús, entramos en contacto con la santidad de Dios como en ningún otro lugar. Por eso, al participar de la Cena, se nos exhorta a examinarnos a nosotros mismos, y entonces comer (véase 1 Co. 11:28).

La muerte de Cristo fue la máxima expresión de la santidad de Dios. Allí, el que no conoció pecado fue hecho pecado por nosotros. En ese momento, la santidad de Dios resplandeció con mayor intensidad. Por eso, al participar de la Cena, se nos exhorta a examinarnos (véase 1 Co. 11:28).


Pero esa misma muerte fue también la demostración suprema del amor de Dios —un amor que ni muchas aguas pueden apagar. La Cena del Señor es testimonio de ese amor, y la hemos recibido por palabra del Señor (véase 1 Co. 11:20, 23).


En los capítulos 12 a 14 de Primera a Corintios vemos la comunión en acción. El capítulo 12 describe el cuerpo formado por el Espíritu (véase 1 Co. 12:13), y menciona al Espíritu once veces en los primeros trece versículos: la santidad está en el umbral mismo de la comunión. El capítulo 13 desarrolla el amor como carácter esencial de la vida del cuerpo de Cristo. El capítulo 14 concluye con esta afirmación: “Si alguno se cree profeta o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor” (1 Co. 14:37).


No puede haber comunión según Dios sin estos elementos fundamentales. Ignorarlos ha causado una terrible confusión en la cristiandad —algo que todos los que amamos al Señor Jesús debemos lamentar. La santidad es la raíz de todo: requiere que juzguemos al mundo, la carne y el pecado —todo lo que Dios juzgó en la cruz de Cristo. Si flaqueamos en esto, fallaremos en el llamamiento de Dios.


Sin embargo, la santidad no es meramente una separación exterior del mal —aunque lo incluye—, sino una realidad interior, una cuestión de naturaleza. Implica una verdadera separación del corazón de todo lo malo, un odio a la iniquidad y un amor por la justicia. Al ser participantes de la naturaleza divina, hemos "huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia" (2 P. 1:4). El amor es tan esencial como la santidad: es el vínculo perfecto que nos mueve a dar la vida los unos por los otros, que permite que los fuertes soporten las debilidades de los débiles y que nos impulsa a buscar el bien común.


Finalmente, la sujeción al Señor permite que cada miembro del cuerpo sirva en armonía con los demás, en lugar de criticar y buscar fallas en otros —una actitud que frecuentemente causa rupturas en la comunión práctica.


El gran obstáculo


La carne siempre se opone a estos principios. Puede ser legalista, pero no conoce la santidad; es completamente egoísta y desconoce el amor; no está sujeta, ni puede estarlo, a la voluntad del Señor. Por tanto, constituye el gran obstáculo para la comunión cristiana. En esta epístola, se expone en sus diversas formas: el sectarismo, la arrogancia, la concupiscencia, el reclamo de sus derechos, la inquietud, la licencia y la indiferencia hacia los demás. Todas estas son obras de la carne corrupta y estaban activas en la iglesia de Corinto. Son frutos de la carne, ya sea en el siglo 1 o en el siglo 21. Pero la forma más destructiva para la comunión es la primera, el sectarismo, ya que se introduce en las cosas divinas. Es también la más sutil de todas, por lo cual el apóstol la menciona en primer lugar y la aborda en cuatro ocasiones (véase 1 Co. 1:10; 3:3; 11:18; 12:25).


No pensemos que el sectarismo solo se manifiesta cuando se confiesa abiertamente; existe también un sectarismo interior, el del espíritu, que aunque sea negado con la boca, es aún más grave, pues añade el pecado de la hipocresía al del cisma. En Corinto no se había producido una ruptura visible, pero el enemigo había logrado, por medio de las obras de la carne, destruir la unidad práctica y la comunión dentro de una sola iglesia. Algunos decían: “Yo soy de Pablo”, otros: “Yo soy de Cefas” y otros: “Yo soy de Apolos”.


Estos siervos del Señor representaban tres tipos de dones que permanecerán en la iglesia hasta el fin. Pablo era, sin duda, el evangelista, pues se refiere a sí mismo como el que plantó —obra característica del evangelista—; Cefas (Pedro) era el pastor, conforme al mandato del mismo Señor (véase Jn. 21:15–17); y Apolos era el maestro, “poderoso en las Escrituras” (Hch. 18:24), quien regaba lo que Pablo había plantado, lo cual corresponde al trabajo del maestro. En lugar de recibir a estos siervos y, mediante su ministerio, conocer a Cristo en sus diferentes aspectos —(1) como expresión del corazón compasivo de Dios hacia el mundo, (2) como el tierno Pastor del rebaño, y (3) como la Verdad en la cual el alma puede ser edificada—, los corintios convirtieron sus líneas particulares de servicio en banderas de escuelas y sectas.


Cuando llegamos al capítulo 3, ya no se menciona a Cefas, ya que la mayoría está dispuesta a apreciar el ministerio pastoral, pero la división más profunda se daba entre quienes rechazaban la obra del evangelista y quienes consideraban prescindible la enseñanza del maestro, o bien favorecían una forma de ministerio sobre otra. En su necedad, creían que esto demostraba su espiritualidad, pero el apóstol muestra con fuerza que tal actitud no hacía más que evidenciar su grosera carnalidad. ¡Cuán parecidos son estos corintios a los cristianos del siglo 21! ¡Y cuán exitosamente ha logrado Satanás reproducir, a pesar de las advertencias de la Palabra de Dios, los pecados del primer siglo! Que el Señor tenga misericordia, conceda arrepentimiento por esta grave insubordinación contra él, y libre a su pueblo de gloriarse en aquello que en realidad es su vergüenza —una prueba clara de que caminan según la carne y no conforme al Espíritu.


El remedio para el sectarismo


Es sumamente valioso observar cómo el Espíritu de Dios trató esta situación. Les recordó lo que la gracia de Dios había hecho con ellos. Así leemos en el capítulo 3: “Ustedes son el campo de cultivo de Dios”, “edificio de Dios”, “ustedes son templo de Dios”, “ustedes [son] de Cristo”. Cada una de estas declaraciones excluye de forma absoluta la idea de división, pero ninguna lo hace tan claramente como la primera.


Hay una belleza especial en la imagen de los santos como el campo de cultivo de Dios. Él es el Divino Jardinero; los creyentes son las plantas de su jardín, y él cuida de ellas con infinita ternura. Su propósito lleno de gracia es que prosperen, que den frutos preciosos y que esparzan la fragancia de la vida de Jesús. Todas Sus acciones sobre ellas van encaminadas a este fin: puede que tenga que podarlas, recortarlas o someterlas a procesos difíciles para la carne, pero siempre con este único objetivo en mente.


¿Somos nosotros ese cuidado especial de Dios? ¿Los lirios de su jardín, plantados por su gracia para producir aquello que lo agrada? Entonces, ¡cuánta gratitud deberíamos tener por todas las provisiones que él, en su infinita sabiduría, ha dejado disponibles para nuestro crecimiento! Imaginemos que una planta pudiera rechazar el agua por tener suficiente sol y aire, o que despreciara el sol porque ya ha recibido suficiente agua. ¿No se marchitaría? Así sucede también en lo espiritual: el cristiano que piensa que puede prescindir del ministerio del evangelista, del pastor o del maestro sufrirá inevitablemente una grave pérdida espiritual.


Y si cada cristiano se ve a sí mismo como una planta en el jardín de Dios, también verá así a los demás creyentes. Entonces su trato con el pueblo del Señor será tierno y cuidadoso. Temblará ante la idea de dañar a alguno, por débil que sea, porque corre el riesgo de hacer perecer a un hermano por quien Cristo murió; y en ese caso, estaría pecando contra Cristo (véase 1 Co. 8:11–12). En vez de dañar, buscará ayudar. Y ayudar y refrescar a las plantas del Señor es un privilegio al alcance de todos. Un bello poema lo describe así:


El Maestro estaba en su jardín Entre hermosos lirios, que su diestra plantó, y cultivó con tierno cuidado. Miró sus flores níveas, y observó con ojo atento que estaban marchitas y secas, sus hojas caídas y resecas. Entonces buscó un vaso cercano para regar sus queridas plantas. Halló un pequeño recipiente de barro, limpio, modesto, útil. Lo llevó a la fuente, lo llenó, y con él regó una y otra vez los lirios hasta que revivieron, alzaron sus cabezas, y exhalaron el perfume que tanto agradaba al Maestro. El pequeño recipiente se alegró de servir, y dijo: «Aquí me quedaré, cerca de sus pies en el camino; quizás él me use de nuevo para regar sus lirios».

Hay tres pasajes en Proverbios que pueden vincularse con esta ilustración:


Como el agua fría al alma sedienta, así son las buenas nuevas de lejanas tierras” (Pr. 25:25).


El alma generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado” (Pr. 11:25).


Como frío de nieve en tiempo de la siega, así es el mensajero fiel a los que lo envían, pues al alma de su señor da refrigerio” (Pr. 25:13).


Esta es obra de Dios, no del hombre. Pero ¡bienaventurados aquellos que, libres de prejuicios y locuras sectarias, se disponen para ser usados por Dios en su campo de cultivo!


Traducido del sitio web www.stempublishing.com

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