La amargura: uno de los mayores enemigos en nuestra vida
- Ernst-August Bremicker

- 18 ago
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“Cuídense de que nadie deje de alcanzar la gracia de Dios; de que ninguna raíz de amargura, brotando, cause dificultades y por ella muchos sean contaminados” (He. 12:15).
La amargura entre creyentes actúa como el cáncer: envenena el alma de uno y daña gravemente al pueblo de Dios. Habitualmente deja profundas heridas o, cuando menos, cicatrices desagradables.
Este problema es tan antiguo como actual. Constituye un peligro del que todos necesitamos ser advertidos.
Toda raíz de amargura tiene un origen específico. Inicialmente permanece oculta, desarrollándose en secreto antes de manifestarse visiblemente. Ahí radica su peligro: la amargura pasa desapercibida al principio. Cuando una semilla de amargura cae en el corazón y no se elimina inmediatamente, la raíz empieza a crecer.
La amargura daña a la misma persona en cuyo corazón comienza a crecer esta raíz. El tal se vuelve infeliz y pierde el gozo de la comunión con su Señor.
La amargura destruye matrimonios y familias. La Escritura nos advierte específicamente contra este mal en la relación matrimonial: "Maridos, amen a sus mujeres y no sean ásperos (o amargos) con ellas" (Col. 3:19). Muchos matrimonios se han deteriorado porque los esposos hemos ignorado esta advertencia y hemos permitido que la amargura se instale en nuestro corazón.
La amargura también deteriora nuestra convivencia como hermanos y hermanas. Muchas divisiones entre creyentes se habrían evitado si hubiéramos sido cuidadosos en no permitir que la amargura surgiera. No debemos subestimar sus consecuencias: el texto afirma claramente: "Por ella muchos sean contaminados". Las raíces de amargura que permanecen sin ser arrancadas evidencian falta de gracia y, como resultado, contaminan.
Causas
La amargura frecuentemente surge a causa de nuestro entorno, ya sea por circunstancias de la vida o por nuestras relaciones. La Biblia nos proporciona varios ejemplos al respecto:
Job se amargó tras sufrir duras pruebas: "Hastiado estoy de mi vida: daré rienda suelta a mi queja, hablaré en la amargura de mi alma" (Job 10:1). Posteriormente, llegó incluso a culpar a Dios de manera indirecta (véase Job 27:2).
Vemos algo similar en Noemí, quien al regresar de Moab afirmó: "El trato del Todopoderoso me ha llenado de amargura" (Rut 1:20).
Ana, esposa de Elcana, sufría amargura su esterilidad y por las provocaciones de la otra esposa de su marido. "Ella, muy angustiada (o amargada de alma), oraba al SEÑOR y lloraba amargamente" (1 S. 1:10). Sin embargo, actuó correctamente: derramó su dolor delante del SEÑOR.
Los israelitas en Egipto sufrieron bajo la opresión de sus enemigos hasta el punto en que su vida se volvió amarga: "[Los egipcios] les amargaron la vida con dura servidumbre" (Éx. 1:14). De manera similar, muchos creyentes hoy experimentan amargura cuando enfrentan circunstancias adversas en sus trabajos o en entornos hostiles.
El terreno más propicio para la raíz de amargura es cuando enfrentamos situaciones que no sabemos sobrellevar. Puede ser que contendamos con Dios porque no entendemos sus caminos (enfermedad, presión laboral, estrés, soledad, etc.), o que contendamos con hermanos (diferencias de opinión, falta de comprensión, discusiones, etc.).
Las raíces de amargura encuentran su terreno más fértil cuando nos enfrentamos a situaciones que no sabemos manejar. Esto puede ocurrir cuando cuestionamos a Dios por no entender sus caminos (como en casos de enfermedad, presión laboral, estrés o soledad), o cuando tenemos conflictos con hermanos por diferencias de opinión, falta de comprensión o discusiones.
Origen
La amargura se origina en el resentimiento, el enojo o la ira. El Predicador nos advierte: "Quita, pues, de tu corazón el enojo, y aparta de tu carne el mal" (Ec. 11:10 RV60). Cuando ignoramos esta advertencia, el resentimiento y la ira echan raíces, instalando la amargura en nuestra vida. Este proceso comienza de manera sigilosa: la persona sufre una herida, se ofende y se aleja de los demás. En ese momento, la raíz ya ha penetrado en el corazón.
La envidia frecuentemente juega un papel decisivo en este proceso, especialmente en las relaciones fraternas. Cuando vemos en otros algo que nosotros no tenemos, perdemos la capacidad de tratarlos con amor fraternal. Aunque el rey Saúl no era creyente, su historia ilustra claramente las consecuencias de la envidia y el resentimiento. No pudo aceptar que Dios otorgara el reino a David ni que el corazón del pueblo se inclinara hacia él. Su trágico final permanece como una poderosa advertencia para nosotros. Santiago lo expresa claramente: "Pero si tienen celos amargos y ambición personal en su corazón, no sean arrogantes y mientan así contra la verdad" (Stg. 3:14).
Cuando las raíces comienzan a brotar
Inicialmente son invisibles, pero crecen, y eventualmente lo que estaba oculto en el corazón sale a la luz. La amargura se vuelve visible y palpable: construye muros, divide, transforma malentendidos en incomprensión, ira en furia, y decepción en frustración. ¿Y cuál es el resultado? Hermanos y hermanas infelices, aislados, que se evitan mutuamente, no se tratan de buena manera entre sí, discuten o incluso se separan. La semilla ha sido plantada. Lo que comenzó como un problema individual se convierte en un problema para todos los involucrados. Aquello que comenzó en el corazón de un solo hermano o hermana se transforma en una carga para todos los que los rodean. Esto puede suceder en un matrimonio, pero también tiene el potencial de convertirse en una prueba real para una iglesia local e incluso más allá.
Falta de gracia
Se nos exhorta a asegurarnos de que nadie deje de alcanzar la gracia de Dios. Esta responsabilidad nos incluye a todos, pues no es un problema individual sino colectivo. Si alguien carece de gracia, la deficiencia nunca proviene de Dios. Su gracia es siempre abundante y sus misericordias son nuevas cada mañana. Esta gracia nunca escasea, sino que sobreabunda (véase 1 Ti. 1:14). Nos corresponde a nosotros vivir en esta gracia y nutrirnos de ella. "Dios puede hacer que toda gracia abunde para ustedes, a fin de que teniendo siempre todo lo suficiente en todas las cosas, abunden para toda buena obra" (2 Co. 9:8).
La gracia de Dios no solo se ha manifestado para traernos salvación, sino también para guiarnos en nuestra vida diaria (véase Tit. 2:11-12). Esta gracia vence toda frustración, enojo, herida y amargura—¡si tan solo tuviéramos mayor conciencia de ella en nuestras vidas y en la de nuestros hermanos! La gracia se opone directamente a cualquier pensamiento de represalia, venganza o desquite. Quienes viven en la gracia de Dios ven a sus hermanos con otros ojos, reconociendo que Dios solo tiene pensamientos de bien hacia todos nosotros.
Experimentar falta de gracia evidencia que ya no vivimos en feliz comunión con el Señor. Nuestra relación práctica con él está de alguna manera interrumpida.
Pablo nos exhorta: "Sea quitada de ustedes toda amargura, enojo, ira, gritos, insultos, así como toda malicia. Sean más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo" (Ef. 4:31-32). Este pasaje presenta contrastes significativos. En lugar de amargura, enojo, ira, gritos e insultos, debemos mostrar amabilidad, misericordia y disposición a perdonar. Estas virtudes caracterizan a quienes viven conscientes de la bondad inmerecida de Dios y solo surgen mediante la obra del Espíritu Santo en nosotros.
Cuando permitimos que la amargura eche raíces en nuestra vida, abrimos la puerta al diablo y obstaculizamos la obra del Espíritu de Dios. Únicamente a través de la obra del Espíritu Santo podemos vencer la amargura y recibir una renovada comprensión de la gracia.
El remedio
Ante todo, Dios no quiere que permitamos que surja la amargura. ¿Pero cómo evitamos que algo se arraigue en nuestro corazón? Pablo nos exhorta a poner "todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo" (2 Co. 10:5). Cuando enfrentamos circunstancias que podrían amargarnos, podemos hablar directamente con nuestro Señor sobre ellas. Si surgen pensamientos amargos contra un hermano o hermana, también debemos llevarlos al Señor. Además, necesitamos estar incondicionalmente dispuestos a perdonar a nuestros hermanos, incluso cuando creemos tener la razón. Pidamos a nuestro Señor que nos conceda la gracia de ver tanto las circunstancias como a las personas con Sus ojos.
También debemos abordar la amargura que ya ha brotado: para evitar que profundice sus raíces, no basta con eliminar lo que se ve en la superficie. No es suficiente ocultar las señales externas de amargura. Quizás lo logremos temporalmente, tratándonos con una amabilidad fingida, mientras la amargura, la envidia y los pensamientos negativos se arraigan más profundamente en el corazón. En estos casos, la solución efectiva consiste en arrancarla completamente de raíz. Nada menos funcionará. Al igual que las malas hierbas en el jardín no se eliminan cortándolas superficialmente sino extrayéndolas desde la raíz, la amargura debe ser erradicada por completo. Esto aplica incluso cuando el problema lleva mucho tiempo instalado en el corazón. Aunque hayamos albergado pensamientos amargos durante años o décadas, nunca es tarde para eliminar esa raíz.
Existen casos donde hermanos (o incluso esposos) han pasado años sin dirigirse la palabra. ¿Significa esto que no hay esperanza? ¿Estamos condenados a llevar nuestra amargura hasta la tumba? Job pensó así temporalmente cuando expresó: "Mientras otro muere con alma amargada, y sin haber probado nada bueno” (Job 21:25).
No, incluso entonces hay esperanza. No existe amargura tan profundamente arraigada que Dios no pueda erradicar. En el poder del Espíritu, podemos arrancar incluso las raíces más antiguas mediante una confesión abierta y sincera. Paralelamente, podemos permitir que el Señor nos revele cómo ayudar a aquellos que no consiguen liberarse del ciclo destructivo de los pensamientos amargos.
El ejemplo de Job puede animarnos. Al principio de su prueba, se lamentó diciendo: "No me permite cobrar aliento, sino que me llena de amarguras" (Job 9:18). Si alguien tenía razones humanas para amargarse contra quienes fallaron en consolarlo, ese era Job. Sin embargo, al final de su sufrimiento, Dios había sanado completamente su amargura. Con humildad reconoció: "¿Quién es este que oculta el consejo sin entendimiento? Por tanto, he declarado lo que no comprendía, cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no sabía" (Job 42:3). La raíz de amargura que había crecido en el corazón de Job finalmente desapareció.
"Entonces, ustedes como escogidos de Dios, santos y amados, revístanse de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia; soportándose unos a otros y perdonándose unos a otros, si alguien tiene queja contra otro. Como Cristo los perdonó, así también háganlo ustedes. Sobre todas estas cosas, vístanse de amor, que es el vínculo de la unidad. Que la paz de Cristo reine en sus corazones, a la cual en verdad fueron llamados en un solo cuerpo; y sean agradecidos. Que la palabra de Cristo habite en abundancia en ustedes, con toda sabiduría enseñándose y amonestándose unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en sus corazones. Y todo lo que hagan, de palabra o de hecho, háganlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de Él a Dios el Padre" (Col. 3:12-17).
Traducido del sitio www.thebiblestudy.site
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Nuestra hija es la traductora del calendario La Buena Semilla.
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Reciban un fraternal saludo.
1* Corintios 15:58