Justificados por la fe (Romanos 5:1, 2)
- Christian Briem
- hace 4 días
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La Epístola a los Romanos expone de manera exhaustiva la doctrina de la justificación por la fe y sus gloriosas consecuencias. Esta enseñanza alcanza su punto culminante en la primera sección del capítulo cinco.
"Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por medio de quien también hemos obtenido entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios" (Ro. 5:1, 2).
La "justificación" difiere profundamente del "perdón". El perdón es un acto de bondad y benevolencia. Aunque se haya cometido un pecado contra una persona, ella decide no guardar resentimiento ni recordar la ofensa. Dios es un Dios que perdona. En su bondad, ya no recuerda los pecados de su pueblo. Como afirma Hebreos 10:17-18: "Nunca más me acordaré de sus pecados e iniquidades. Ahora bien, donde hay perdón de estas cosas, ya no hay ofrenda por el pecado".
En contraste, la justificación significa que la culpa no se imputa y que quedamos libres de toda acusación. La culpa existe, pero ya no se le atribuye al individuo. Romanos 8:33–34 asegura este punto: "¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena?". Dios es el tribunal supremo, la autoridad más elevada. Si él nos justifica, ¿quién puede aún acusarnos o condenarnos?
De este modo, el perdón es expresión de bondad; la justificación es resultado del justo juicio de Dios. Teniendo confianza en su perdón, puedo descansar en él. Librado de la condenación mediante la justificación, no temo al juicio. Estas dos bendiciones —el perdón y la justificación— están estrechamente relacionadas. Como pecadores corrompidos, necesitamos ambas, aunque no sean sinónimos. El fundamento de ambas es el mismo: la sangre de Cristo, el Cordero de Dios.
Nada podemos aportar para nuestra salvación. Dios demostró su amor enviando a Cristo a morir por nosotros cuando aún éramos pecadores (véase Ro. 5:8). ¡Qué amor asombroso! Con pleno conocimiento de nuestro pecado, Dios envió a su Hijo unigénito para morir en nuestro lugar. Leemos en Romanos 8:32: "El que no negó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con él todas las cosas?". También: "[Él] fue entregado por causa de nuestras transgresiones" (Ro. 4:25). Y en 1 Pedro 2:24: "Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz". El Señor Jesús tomó nuestro lugar bajo el juicio de Dios, soportando el castigo que nosotros merecíamos por toda la eternidad. ¿Seremos capaces alguna vez de agradecer lo suficiente por esta obra?
Dios no permite que una deuda sea pagada dos veces. Puesto que Cristo cargó con nuestro juicio, Dios no solo es misericordioso, sino también justo al justificar "al que tiene fe en Jesús" (Ro. 3:26). Como Juez supremo, él —que conoce todo acerca de nosotros, incluidos nuestros pecados y fracasos— nos justifica. ¿Quién, entonces, podría culparnos? Él nos justifica no solo de pecados específicos, sino "de todas las cosas", como se declara en Hechos 13:38–39. ¡Cuán consoladoras son las palabras "de todas las cosas"! Todo creyente es justificado por Cristo de aquello de que no pudo ser justificado por la ley de Moisés. La justificación es completa: ocurre una vez para siempre, es perfecta y eterna porque descansa sobre el sacrificio perfecto de nuestro Señor Jesucristo.
La Epístola a los Romanos presenta cinco verdades fundamentales sobre la justificación:
Somos justificados por su sangre (véase Ro. 5:9): la sangre de Cristo es el fundamento eternamente válido de nuestra justificación.
Cristo resucitó para nuestra justificación (véase Ro. 4:25): la resurrección de Cristo prueba nuestra justificación y confirma que Dios aceptó Su obra.
Somos justificados por la fe (véase Ro. 5:1): la fe es el principio mediante el cual recibimos la justificación. Nuestras obras no son el fundamento; la fe es contada por justicia.
Somos justificados gratuitamente por su gracia (véase Ro. 3:24): la fuente de la justificación es la gracia de Dios, no nuestro mérito.
Dios mismo nos justifica (véase Ro. 8:33): Dios es la autoridad suprema. ¿Quién, pues, podrá condenarnos?
Los dos primeros versículos de Romanos 5 revelan tres preciosos resultados de nuestra justificación. Aunque existen muchos otros, nos limitaremos a los mencionados aquí.
El primer resultado es que tenemos paz para con Dios. Esta paz no depende de nuestras experiencias, sentimientos ni siquiera de nuestra fidelidad. Un fundamento así sería inestable y no podría proporcionar felicidad ni gozo duraderos. No puedo confiar en mi propio corazón, pero sí puedo confiar en el corazón de Dios. Si él castigó sin reservas a su propio Hijo por todo lo que yo he hecho —y por todo lo que soy como pecador— entonces puedo confiar en él y creer lo que dice: que él está a mi favor y ha perdonado todos mis pecados.
Mi paz no depende de cuán profundamente sentí mi pecado al convertirme ni de si confesé todos mis pecados (¿y si hubiera olvidado alguno?). Se basa en que Dios me conoce por completo y me ha perdonado en Cristo.
En la cruz, Cristo se ofreció a Dios con gracia infinita para mostrar cómo él ve el pecado —mi pecado. Dios lo demostró al hacer que Aquel que no conoció pecado fuese hecho pecado por nosotros (véase 2 Co. 5:21) y trató el pecado como merecía a sus ojos: lo juzgó (véase Ro. 8:3). Ahora que la muerte de Cristo ha satisfecho plenamente todas las demandas justas de Dios, el resultado es perfecta paz con Dios. Como dice la Escritura, él hizo la paz "por medio de la sangre de su cruz" (Col. 1:20).
Los creyentes entran en esta paz —ya establecida— por la fe en su sangre. Nuestras conciencias pueden descansar gozosamente en la obra consumada de Cristo. Dios, satisfecho, descansa también; el resultado es nuestra paz con él.
Esta paz con Dios es consecuencia de la justificación por la fe. Todo aquel que tiene fe en Jesús posee esta paz. No es una paz parcial; la paz verdadera es completa e inmutable. Porque la tenemos por medio de nuestro Señor Jesucristo, es perfecta, eterna y segura. ¡Qué preciosa verdad! Poseemos esta paz. No estamos esperando recibirla; la tenemos ahora y para siempre, porque Cristo es nuestra paz (véase Ef. 2:14). La tenemos así como tenemos "redención: el perdón de los pecados" en Cristo Jesús (Col. 1:14). Lo que Dios declara es lo que es, y nos corresponde aferrarnos a ello por la fe y disfrutarlo.
Muchos creyentes sinceros luchan por alcanzar una «correcta relación con Dios». A menudo piensan que deben lograr la paz de conciencia mediante vidas devotas. Creen erróneamente que necesitan establecer esa paz. No reconocen el valor de la obra de Cristo, realizada completamente al margen de sus esfuerzos. En lugar de fijar la mirada en Cristo y su obra consumada, se enfocan en sus emociones fluctuantes, insuficiencias e infidelidades. En consecuencia, aún no comprenden realmente la justificación por la fe ni se han sometido plenamente a lo que Dios realizó en la cruz por su Hijo a favor de ellos. Como resultado, pierden el goce de la paz que ya ha sido establecida para ellos.
La fidelidad en nuestro andar es importante. En nuestra vida diaria, la paz de Dios debe guardar nuestros corazones y pensamientos en Cristo Jesús (véase Fil. 4:7). El Señor Jesús desea concedernos su paz en toda circunstancia (véase Jn. 14:27). Sin embargo, debemos distinguir estas verdades —que pertenecen a la experiencia cristiana— del concepto de "paz con Dios".
Pensemos en esto: podríamos haber servido fielmente al Señor durante muchos años, trabajando y testificando para él. Sin embargo, al término de una vida así, no tendríamos más paz con Dios que la que teníamos al principio, cuando confiamos por primera vez en Cristo y en su obra.
"¡Paz a ustedes!". Con estas palabras, el Señor saludó a sus discípulos en aquel primer día de la semana, el día de su resurrección victoriosa (Jn. 20:19). La paz es el primer y perdurable fruto de su obra cumplida en el Calvario para todos los que creen en él y en su obra.
El segundo resultado de la justificación es que, mediante la fe, tenemos acceso a esta gracia en la cual estamos firmes. Gracia significa favor y amor inmerecidos. Nuestra posición ante Dios ha experimentado un cambio fundamental. Antes de nuestra conversión, la ira de Dios permanecía sobre nosotros como aquellos que no creían en el Hijo (véase Jn. 3:36). Ahora, sin embargo, estamos en el favor de Dios como aquellos a quienes él ha hecho aceptos “en el Amado” (Ef. 1:6).
Por medio de la fe, hemos entrado en el perfecto favor de Dios; tenemos acceso constante a la "gracia de Dios", es decir, a Dios en su gracia. "Porque por medio de Cristo los unos y los otros [esto es, judíos y gentiles] tenemos nuestra entrada al Padre en un mismo Espíritu" (Ef. 2:18). Amados, aquí es donde estamos, y aquí permaneceremos por toda la eternidad. ¡Qué privilegio incomparable! No estamos bajo la Ley, sino bajo la gracia, en el ámbito donde la gracia reina mediante la justicia para vida eterna (véase Ro. 5:21).
Nada puede separarnos del amor y la gracia de Dios (véase Ro. 8:39), y él siempre nos contempla bajo la luz de su gracia. ¡Que cada creyente tome esto en serio! Por la gracia tenemos una posición perfecta ante Dios en Cristo. Podemos acercarnos a él con corazón sincero, en plena certidumbre de fe (véase He. 10:22). Este acceso y firmeza en la gracia no pueden aumentar por nuestra fidelidad ni disminuir por nuestra infidelidad, porque es gracia. Al final de su primera carta, el apóstol Pedro habla también del "Dios de toda gracia" y nos anima afirmando: "Esta es la verdadera gracia de Dios. Estén firmes en ella" (1 P. 5:12).
La justificación por la fe trae un tercer resultado que se refiere al futuro. Mientras que la paz con Dios concierne principalmente al pasado, y nuestra posición en gracia describe nuestra situación presente, esta tercera bendición se relaciona con lo venidero: nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. No esperamos ser justificados, ni alcanzar la paz con Dios, ni entrar en su favor. En lugar de eso, nos gloriamos —nos regocijamos con certeza— en la esperanza de la gloria de Dios.
Cuando la Escritura se refiere a la esperanza cristiana, no habla de incertidumbre ni de algo que podría o no suceder. "Esperanza" significa aquello que aún no vemos ni poseemos, pero de lo cual estamos seguros de que será nuestro. Por tanto, nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Aunque todavía no la poseemos, sin duda la obtendremos. Como declara Romanos 8:24–25: "Porque en esperanza hemos sido salvados, pero la esperanza que se ve no es esperanza, pues, ¿por qué esperar lo que uno ve? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos". ¡Cuán precioso es que lo aguardemos con paciencia! La promesa divina de su gloria es tan firme y confiable que el hecho de no verla cumplida aún nos lleva a una sola conclusión: esperamos con perseverancia, sin importar las circunstancias adversas que enfrentemos.
Nuestro único derecho a la gloria de Dios proviene de la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Pero nuestra capacidad de habitar en esa gloria procede de la nueva vida divina que recibimos por el nuevo nacimiento. El propósito final de Dios para nosotros es su gloria. Apocalipsis 21:11 lo afirma al referirse a la iglesia de Dios, la santa ciudad, Jerusalén, que "tenía la gloria de Dios".
Este es, ciertamente, el propósito de Dios para nosotros. Él nos ha llamado a su gloria eterna en Cristo Jesús (véase 1 P. 5:10). Cuando llegue el momento, él nos llevará a esa gloria y nos revestirá de ella. Habiéndonos justificado mediante la sangre de su Hijo, no existe altura demasiado grande que él no nos conceda para la gloria de su Hijo. Cualquier cosa inferior a su propia gloria disminuiría —con reverencia lo decimos— el valor del sacrificio de su Hijo a los ojos de Dios.
Este asunto no trata de lo que merecemos —no merecemos sino juicio. Depende del valor del sacrificio de Cristo a los ojos de Dios, y ese valor es infinito. Por lo tanto, lo que recibimos de ese sacrificio es de importancia y significado infinitos. Dios honra a su Hijo otorgando a quienes creen en él la gloria más grande y elevada que puede dar: su propia gloria (no su deidad). Si ofreciera algo menor, de algún modo devaluaría el valor y significado de la obra perfecta de Cristo, y Dios jamás hará eso. Es una gracia maravillosa y digna de adoración que haya enlazado irrevocablemente nuestro destino eterno con su gloria eterna. Si él no nos llevara allí, traería deshonra sobre la obra expiatoria de su Hijo y sobre la gloria de su gracia. Que se repita: él no puede ni jamás lo hará.
Una anciana creyente se acercaba a la muerte cuando alguien le preguntó: «Después de confiar en Dios todos estos años, ¿qué pasaría si al final él no te recibiera?». Con gran esfuerzo, se incorporó y respondió con firmeza: «Entonces yo perdería mucho, muchísimo. Pero él perdería aún más: perdería su carácter».
Oh, Dios jamás será infiel a su carácter; nunca actuará en contra de su justicia y su gracia. Si nos amó cuando éramos completamente indignos y nos trajo a su presencia, entonces —sea lo que sea que ocurra— allí permaneceremos para siempre.
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