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¿Está operativo tu faro?

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El encargado de un faro en Calais presumía del brillo de su luminaria, que —decía— podía verse a diez millas náuticas de la costa. Un visitante le preguntó:


—¿Y qué pasaría si una de las luces se apagara por accidente?


—¡Nunca! ¡Imposible! —exclamó el farero, horrorizado ante tal idea—.


Y señalando hacia el océano añadió:


—Allá, donde usted no puede ver nada, navegan barcos hacia todas partes del mundo. Si una de mis luminarias se apagara esta noche, dentro de seis meses llegaría una carta—quizá desde la India, tal vez desde América, o de algún lugar del que jamás haya oído hablar—diciendo que en tal noche, a tal hora, la luz de Calais brillaba débilmente, que el guardián descuidaba su puesto y que los barcos estaban en peligro. ¡Ah! A veces, en las noches oscuras y tormentosas, contemplo el mar y siento como si los ojos de todo el mundo miraran mi luz. ¿Apagarse? ¡Nunca!


Como creyentes, somos la luz del mundo. Pablo escribe que debemos resplandecer “como luminares en el mundo" en medio de quienes nos rodean (Fil. 2:15). El Señor Jesús compara nuestra identidad como testigos con una ciudad edificada sobre un monte que no puede ocultarse en la noche. Él nos dice: «Amados discípulos, debe ser evidente que ustedes brillan como luces».


Sin embargo, hay dos peligros que pueden impedir este resplandor. El Señor pregunta: "¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de una vasija o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelero?" (Mr. 4:21). Nadie compra una lámpara para esconderla debajo de un cajón o de una cama—eso sería absurdo. La enseñanza es clara: con frecuencia somos esa lámpara colocada en el sitio equivocado, donde no alumbra.


… Debajo de una vasija, lo cual nos habla de ocupación.


En nuestros días acelerados y llenos de actividades, solemos decir que no tenemos tiempo. ¡Error! A menudo el problema no es falta de tiempo, sino de prioridades. Cuando ya no encontramos tiempo para brillar por el Señor—por el fútbol, las compras, el trabajo, los compromisos, las salidas del sábado, etc.—nuestra luz está debajo de una vasija. Pablo nos exhorta: "El soldado en servicio activo no se enreda en los negocios de la vida diaria, a fin de poder agradar al que lo reclutó como soldado" (2 Ti. 2:4).


… Debajo de la cama, lo cual nos habla de comodidad.


¿Evangelización mañana? Uff, pensaba dormir hasta tarde el sábado… ¿Repartir tratados en la calle? Hace frío—se está mejor en casa. En cambio, el asado del fin de semana o las largas vacaciones anuales se han vuelto imprescindibles. Pero el "trabajo" en la obra del Señor, del que Pablo habla (véase 1 Co. 15:58), no concuerda con sentarse en el sofá, cruzar las piernas y poner los pies sobre la mesa. Dios nos dice: "Esfuércense y no desmayen, porque hay recompensa por sus obras" (2 Cr. 15:7).

Como hemos dicho, es imposible ocultar una ciudad grande y luminosa. Sin embargo, los cristianos solemos ocultar nuestra luz con mucha habilidad. Se habla de los ‘cristianos submarinos’: permanecemos ocultos. ¿Orar visiblemente antes del almuerzo en el trabajo, la universidad o el colegio? Difícil. ¿Tomar postura ante temas como las relaciones sexuales antes del matrimonio u otros asuntos morales? Mejor no. ¿Hablarle a alguien desanimado acerca de la esperanza en Cristo? Más vale callar. ¿Ofrecer un tratado a un viajero que nunca volveré a ver? Casi no vale la pena. La lista de atenuadores de luz en nuestras vidas parece interminable.


Que el Señor nos anime a resplandecer para Él según nuestro llamamiento. Tienes una luz preciosa que el Señor Jesús desea ver brillar intensamente en este mundo. Él mismo te da la fuerza para lograrlo.

«No confío mucho en tu fe si no se ve. Las lámparas no hablan: brillan.» Charles H. Spurgeon


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