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Reflexiones sobre la armonía cristiana #6 —Los pecados del pasado



De vez en cuando Dios nos muestra destacados ejemplos de fidelidad. El profeta Daniel es uno de estos. Durante los años de la cautividad de Judá, el Señor contrastó la justicia personal de Daniel con la desbordante maldad de una tierra infiel (Ezequiel 14:13,14,20).


Sin embargo, cuando leemos la propia oración de Daniel, vemos un clamor de confesión y arrepentimiento, el cual brotó de un corazón quebrantado. Resumidamente, él dijo: «¡Oh, Señor, hemos pecado, rebelándonos contra tus preceptos e ignorando a tus profetas! ¡Estamos tan avergonzados! Nos libraste de la tierra de Egipto y nos hiciste tu pueblo, ¡pero hicimos cosas terribles! Nos dirigimos a ti ahora, no por nuestras propias obras de justicia, sino por tus grandes misericordias. ¡Perdónanos!» (ver Daniel 9:4-20).


Al leer esto, podemos pensar: «¿Por qué Dios resalta a un hombre tan malo?» La respuesta es que Daniel no se había rebelado personalmente, sino que se identificó con el pueblo, quienes sí lo hicieron. En lugar de decir: "no te acerques a mí, porque soy más santo que tú" (¿saben que esa es una expresión bíblica? Lean Isaías 65:5), Daniel reconoció que tenía parte en los errores de su nación al confesar los pecados pasados de Israel. Más adelante, en los tiempos de Esdras y Nehemías, leemos oración similares (interesantemente, cada una en el capítulo 9 de cada libro).


Actualmente, la Iglesia se encuentra dividida en muchas denominaciones y facciones. El propósito de Dios es que su pueblo se reúna simplemente como cristianos, congregándose sobre el principio de que hay solo un cuerpo de Cristo. Aplicando la actitud de Daniel, a veces resaltamos que los creyentes debemos reconocer nuestro fracaso colectivo en este punto si vamos a abrazar el diseño de Dios para la Iglesia.


¡Cuán verdadero es esto! Sin embargo... ¿estamos dispuestos a aplicar esa perspectiva en cada aspecto de la armonía cristiana? ¿Estamos dispuestos a reconocer los pecados pasados, incluso si no hemos participado en ellos?


En la historia de nuestras reuniones cristianas, ¿han habido hermanos y hermanas que han sido menospreciados o tratados como cristianos de segunda categoría por su color de piel? (¿o por su condición social o conocimiento bíblico?) ¿Han habido padres cristianos que le han dicho a sus hijos que no jueguen con ciertos niños y niñas de otras familias debido a su etnia? ¿Alguna vez le hemos dicho a los jóvenes cristianos que no vuelvan a casa desde la universidad con un novio o novia con un color de piel diferente? ¿Alguna vez hemos escuchado a cristianos manifestar su descontento por tener que compartir con creyentes que lucen diferentes que ellos?


En realidad, estas cosas son actuales, no simplemente históricas. Pero incluso si piensas que estas cosas solamente sucedían hace mucho tiempo, o incluso si sientes que jamás has participado en tales pecados, ¿estaremos dispuestos, al menos, a admitir que existieron? ¿Estamos dispuestos a clamar al Señor, pidiéndole su perdón por tales muestras de vergonzosa falta de unidad? Los cristianos han estado divididos, y nosotros somos parte de ese fracaso.


No digamos: «Yo no he hecho eso». Unámonos al justo Daniel, cuyo angustioso clamor aún resuena: "Oh Señor, perdona; presta oído, Señor, y hazlo; no tardes, por amor de ti mismo, Dios mío; porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo" (Daniel 9:19).

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