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¿Qué dejaré tras de mí?

Tiempo de lectura: 7 minutos

Traducción bíblica utilizada: Reina Valera 1960


La pregunta «¿Qué dejaré tras de mí?» es siempre relevante y nos concierne a todos.

Un poeta expresó que nuestra alma se impregna con los rasgos de aquellos a quienes hemos conocido, que en nuestra vestimenta queda un poco de polvo de cada camino que recorremos. La Palabra de Dios expresa un pensamiento similar cuando dice: "La memoria del justo será bendita" (Proverbios 10:7).


¿Qué dejaré tras de mí?...


¿He tenido éxito y, a través de un gran despliegue de energía, mucho trabajo y buena administración, he logrado acumular una fortuna que dejaré a mis hijos cuando cierre mis ojos?... ¿O tal vez he logrado que el apellido heredado de mis padres sea reconocido y respetado?... O por el contrario, ¿mis herederos se encontrarán con deudas pendientes y un apellido manchado, deshonrado?... Junto con estas cosas, existen otras que pueden encontrarse o faltar en la herencia.


¿No hemos encontrado en la vida a personas que, aunque hayan partido a la eternidad, siguen viviendo en nuestra memoria: personas que nos han dejado un recuerdo bendito, como expresa el versículo citado, y a las cuales les debemos mucho, aunque su herencia no tuviera ninguna relación con los bienes materiales? Pensemos en aquellos que se han dedicado al servicio de los demás, a costa de sus propios intereses. Dios los ha dirigido en su labor y también inspira en nosotros sentimientos de amor y gratitud, aún mucho tiempo después de que estos siervos hayan descansado. La Palabra de Dios confirma esto. ¿Cuál fue el motivo que impulsó a los recabitas, los hijos de Jonadab, a negarse a beber vino, construir casas, plantar viñas y poseer campos (Jeremías 35)? El motivo se encuentra en el hecho de que la vida y conducta del padre habían infundido respeto en sus hijos, lo cual los llevó a seguir las ordenanzas paternas, incluso mucho después de la muerte de su progenitor. Esta herencia superaba en valor al oro y a los bienes terrenales, y estaba acompañada por la bendición de Dios.


En Abraham encontramos un ejemplo similar. En referencia a él, Dios dijo expresamente: "Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él" (Génesis 18:19). Esto nos enseña claramente que la influencia del padre perdurará mucho tiempo después de su muerte. ¡Qué bendecidos son los hogares en los que se encuentra tal herencia! ¡Benditos son los hijos que saben apreciar tal valor!


El círculo familiar es el ámbito en el que nuestra influencia se siente con mayor fuerza. Allí es donde debemos enfocar nuestros mayores esfuerzos, ya que esa influencia no solo se sentirá en el presente, sino también en la herencia que dejemos. Descuidar nuestras responsabilidades puede acarrear consecuencias humillantes y dolorosas, ya que esa negligencia demuestra nuestra oposición a las ordenanzas divinas. Más allá del círculo familiar se encuentra el dominio que concierne a los intereses de Dios: su casa, la Iglesia del Dios viviente, su testimonio en la tierra, los redimidos por la sangre de su Hijo. Cualquier persona que, por la gracia de Dios, forme parte de este medio, tiene motivos para preguntarse con toda razón: ¿Qué dejaré tras de mí?...


El apóstol Pedro se esforzaba por recordar a los creyentes las cosas que necesitaban para su vida espiritual, e insistía en que las recordaran incluso después de su partida (2 Pedro 1:12-15). Vemos lo mismo en el apóstol Pablo, preocupado por el futuro del rebaño del que se estaba despidiendo (Hechos 20:32). El relato de Hechos 9:36 nos muestra cómo Dios toma nota de las obras de amor que se hacen para los suyos. Nos cuenta sobre la muerte de una discípula llamada Tabita (Dorcas). La Palabra de Dios da este testimonio sobre ella: "Levantándose entonces Pedro, fue con ellos; y cuando llegó, le llevaron a la sala, donde le rodearon todas las viudas, llorando y mostrando las túnicas y los vestidos que Dorcas hacía cuando estaba con ellas" (Hechos 9:39). La partida de esta sierva de Cristo dejó un vacío tan grande en el círculo en el que vivía, que los discípulos del lugar enviaron a buscar a Pedro... ¿No hemos conocido también a siervos del Señor cuya partida ha sido una pérdida, no solo para los miembros de la familia, sino para toda la iglesia? Ciertamente, la mayoría de nuestros antiguos compañeros de viaje, quienes ahora están con el Señor después de haberlo servido fielmente, han dejado una herencia bendita para los creyentes actuales, siempre que estos aprecien su valor. Ahora nos corresponde administrar esta herencia, siguiendo la exhortación del apóstol: "Acordaos de vuestros pastores (guías) que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta e imitad su fe" (Hebreos 13:7).


El hecho de recordarlos con gratitud no tiene como objetivo enaltecer al hombre, sino mostrar la debida apreciación por los dones de Dios que han sido utilizados con fe y bendición por aquellos que los han recibido. La bondad del Dador, junto con la fidelidad de los destinatarios, debe motivarnos a sentir profundamente en nuestro corazón la exhortación: "Imitad su fe".


En un conmovedor contraste con los ejemplos anteriores, encontramos un relato bíblico sobre un hombre que ocupó una posición de gran responsabilidad y fracasó de manera lamentable. Nos referimos a Joram, el rey de Judá. Siendo hijo de Josafat, quien hizo lo recto ante los ojos de Jehová, Joram tomó una hija de Acab, el malvado rey de Israel, como esposa, e "hizo lo malo ante los ojos de Jehová" (2 Crónicas 21:6). A pesar de gobernar en Jerusalén, donde se encontraba el templo del Señor, Joram permitió la adoración de ídolos y llevó a los habitantes de la ciudad a participar en sacrificios en lugares altos. Aunque tenía la responsabilidad de guiar y dirigir a su pueblo hacia Jehová, en su lugar lo llevó por el camino del mal y la perdición. El final de Joram fue desastroso y su vida fue un testimonio humillante. "Murió sin que lo desearan más" (2 Crónicas 21:20). Es impactante contrastar esto con la experiencia de aquellos niños que, a pesar de haber tenido una corta vida, son añorados y llorados intensamente debido a la alegría que trajeron a sus padres durante su breve tiempo en este mundo. Es asombroso pensar en los peregrinos fatigados, así como en las hermanas solitarias y ancianas, quienes son recordados y añorados después de su partida, a pesar de que aparentemente no ejercieron una gran influencia. A través de sus oraciones, fortalecieron los corazones y las manos de sus hermanos y hermanas, y los unieron con el vínculo del amor. Qué vida tan vacía y qué pobre influencia tuvo aquellos de quienes se dice que murieron "sin que lo desearan más". No hay herencia más miserable ni testimonio más negativo. En este caso, estamos hablando de un rey, no de un simple plebeyo. Joram tenía una gran responsabilidad y su influencia era significativa. Su conducta podría haber guiado al pueblo hacia el bien, sin embargo, solo lo llevó por el camino del mal. Qué triste es un pueblo cuyo rey muere sin que lo deseen más. Qué triste es una familia cuyo líder se asemeja al rey Joram. Y qué triste es una iglesia en la que algunos de sus miembros solo viven para sí mismos y, cuando se van, no se siente tristeza por su partida.


«¿Qué dejaré tras de mí?»... Queridos hermanos y queridas hermanas, hagámonos esta pregunta en relación con el círculo de creyentes en medio de los cuales vivimos... Si se trata de hermanas cuyo servicio solo pueden ejercer en la intimidad, pensemos en que una mujer de oración, activa y consagrada, será profundamente añorada cuando falte. Hemos visto que, cuando murió Dorcas, dejó tras de sí a las viudas que podían dar testimonio de la actividad llena de amor que había desplegado. ¡Qué canal de bendición puede ser una hermana que emplea modestamente los dones recibidos del Señor, permaneciendo en el lugar que le fue asignado por Él!


Parece imposible que un creyente no se pregunte: «¿Qué dejaré tras de mí?».. Sin embargo, a veces nos topamos con cierta indiferencia al respecto, lo cual nos hace pensar en la humillante declaración que leemos acerca del rey Joram: "Murió sin que lo desearan más". Entonces uno se siente tentado a preguntarse: «¿Será este un verdadero creyente?» «¿Es posible que un hombre, que ha experimentado personalmente el amor de Dios en Cristo, sea tan negligente y no procure hacer algo que honre al Señor, a quien le debe todo?»


¡Hay tantos medios para servir al Señor! "La oración eficaz del justo puede mucho" (Santiago 5:16). Seguramente, el mejor siervo de una iglesia local es aquel que la presenta ante el Señor mediante la oración, tanto individual como colectivamente. Y cada uno puede cumplir con este deber. Quiera el Señor hacernos comprender más y más el valor que tiene este servicio y darnos la energía necesaria para sortear todos los obstáculos que podrían obstruirnos el paso en el ejercicio de la oración.


Para concluir, quisiera que nos formulemos aún esta pregunta: «¿Qué dejaré tras de mí en el círculo de aquellos que me rodean diariamente?». Pensemos: ¿Cómo nos hemos comportado en el ejercicio de nuestra profesión?... ¿Hemos aplicado a nuestra vida el verdadero significado de la palabra 'honestidad'?... Las Escrituras reconocen y mencionan esta palabra: "Procurad lo bueno delante de todos los hombres... Andemos como de día, honestamente" (Romanos 12:17, 13:13). No pasaremos ligeramente sobre esta palabra si amamos el nombre de Jesús y su testimonio. Esta exhortación se dirige a los creyentes, por humillante que parezca. Pero cuando somos conscientes de qué es "lo bueno delante de todos los hombres", la honestidad, ¿no sentimos que, lamentablemente, a veces falta en nosotros o en medio de nosotros? ¿Qué dejaré tras de mí si en la dirección de mis negocios quizá no se halle nada condenable desde el punto de vista del derecho humano, pero no deja de ser reprensible frente a todo juicio recto?... Las expresiones "honestamente" y "lo bueno delante de todos los hombres", ¿abarcan solo el dominio de la justicia humana? La declaración del apóstol: "Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución" (2 Timoteo 3:12), permanece vigente con toda su fuerza. Si somos vituperados por el nombre de Cristo, somos bienaventurados (1 Pedro 4:14). Pero es vergonzoso cuando entre nosotros se produce algo que no es honesto delante de todos los hombres.


No estamos por mucho tiempo en esta tierra. Nuestros días "pronto pasan, y volamos" (Salmo 90:10). Podremos dejar pocos o muchos bienes materiales. Nunca podremos estar seguros de que una herencia de esta naturaleza pueda ser una bendición para los que se benefician de ella. Pero una promesa permanece firme: "La memoria del justo será bendita" La fe tiene por objeto a Jesús nuestro Señor. Le pertenecemos desde ahora y por la eternidad. Servirlo debe ser el primer y glorioso deber de nuestra vida. "Por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos" (2 Corintios 5:15)."


B.H.C. (M. E. 1935)


Transcrito y revisado ligeramente desde revista «En Esto Pensad», año 2001, pág. 82

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