


W. Kelly
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Ernst-August Bremicker
Feb 144 min read


“No obstante, el sólido fundamento de Dios permanece firme, teniendo este sello: «El Señor conoce a los que son Suyos», y: «Que se aparte de la iniquidad todo aquel que menciona el nombre del Señor». Ahora bien, en una casa grande no solamente hay vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro, y unos para honra y otros para deshonra. Por tanto, si alguien se limpia de estas cosas, será un vaso para honra, santificado, útil para el Señor, preparado para toda buena obra. Huye, pues, de las pasiones juveniles y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que invocan al Señor con un corazón puro” (2 Timoteo 2:19-22)
Conviene que el lector sepa que se ha especulado mucho sobre la expresión "el sólido fundamento de Dios". Algunos la han entendido como una referencia a la doctrina de la resurrección. Otros, como una alusión a las promesas. Otros, a la elección. También se ha sugerido que se refiere a la iglesia o, con mayor razón, a Cristo mismo.
Sin embargo, no parece posible determinar con certeza a qué se refiere el apóstol cuando habla de “fundamento”. Si el Espíritu Santo lo ha expresado en términos generales, no tenemos por qué restringir el sentido.
El propósito es claro: mostrar que, en medio de la confusión y la ruina, hay algo que permanece firme y que pertenece a Dios. Y ese fundamento inmutable se presenta para consolar y animar a todos los que desean hacer su voluntad.
Aquí no se están tratando doctrinas, promesas ni la elección. Tampoco parece que el apóstol esté hablando de la iglesia o del creyente, pues estos son, más bien, aquello para lo cual Dios provee en medio del desorden.
Además, a simple vista, la “casa” no puede ser el “fundamento”. Y también resulta difícil pensar que Cristo mismo sea presentado como llevando este sello: “El Señor conoce a los que son suyos” y: “Que se aparte de la iniquidad todo aquel que menciona el nombre del Señor”.
Si se toma “el sólido fundamento de Dios” de manera general, sin precisar a qué se refiere en particular, el pasaje conserva toda su fuerza. Quienes están sobre ese fundamento reciben, a la vez, consuelo y una advertencia solemne.
La situación había llegado a tal punto que ya no podía darse por sentado que todos los que formaban parte de la iglesia fueran realmente miembros del cuerpo de Cristo. La negligencia había producido debilidad y vergüenza. Por eso, los piadosos debían apoyarse en esta seguridad: “El Señor conoce a los que son suyos”. Pero, al mismo tiempo, no podían dejar de afirmar la responsabilidad cristiana: “Que se aparte de la iniquidad todo aquel que menciona el nombre del Señor”.
Obsérvese que aquí no se habla de “Cristo”, sino del “Señor”. “Cristo” es el término apropiado cuando la gracia —conocida y disfrutada— ocupa el corazón. “El Señor”, en cambio, aparece cuando lo que está en primer plano es la profesión y la responsabilidad que ella implica.
Y eso es precisamente lo que se subraya en la frase que tenemos delante: aunque no haya comunión real, permanece la responsabilidad de quien invoca el nombre del Señor. Así lo leen las mejores y más antiguas autoridades textuales, seguidas por la mayoría de los críticos modernos, aunque quizá no siempre adviertan la diferencia espiritual que el pasaje quiere marcar.
Sin embargo, lo que el apóstol añade a continuación es aún más significativo: “Ahora bien, en una casa grande no solamente hay vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro, y unos para honra y otros para deshonra”.
Aquí se describe, con una imagen muy expresiva, en qué se estaba convirtiendo la iglesia. ¡Qué contraste con lo que se presenta en la primera epístola! (véase 1 Ti. 3:15). Allí se afirma que “la casa de Dios… es la iglesia del Dios vivo, columna y sostén de la verdad”. Es decir, se considera a la iglesia en la tierra como la morada de Dios en el Espíritu, llamada a presentar y sostener la verdad delante de todos los hombres.
Los judíos no poseían la verdad, sino la Ley. Los gentiles, en cambio, no tenían más que vanidades, corrupciones y sueños humanos. En ese contexto, la iglesia del Dios vivo ponía la verdad a la vista de todos.
Pero, en la segunda epístola, la aparición y propagación de males —no solo el deseo de comodidad en lugar del sufrimiento y la timidez en lugar del valor, sino también falsas doctrinas, incluso en asuntos fundamentales— lleva al Espíritu de Dios a presentar un cuadro muy distinto. No es que el Espíritu haya abandonado su morada, pero la casa ya no se caracteriza como la "casa del Dios vivo”. Puede conservar una apariencia más ostentosa y, sin embargo, carecer gravemente de realidad: “En una casa grande no solamente hay vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro”.
Mucho antes, el apóstol ya había anticipado esta situación (véase 1 Co. 3:5): aun sobre el fundamento —Cristo mismo— puede edificarse de maneras muy distintas. ¿Quién, entre los verdaderos siervos de Dios, fue como Pablo, “sabio arquitecto”? Por eso, cada uno debe cuidar cómo sobreedifica sobre ese fundamento.
Unos edifican con oro, plata y piedras preciosas. Otros, en cambio, con madera, heno y hojarasca. Y demasiados, con una mezcla de ambos. El día lo hará evidente: el fuego probará la obra de cada uno y mostrará de qué clase es. Lo que permanezca será aceptable a Dios. Lo que no resista el fuego será pérdida para el obrero, aunque él mismo será salvo.
Aquí, en la Segunda Epístola a Timoteo, el apóstol no describe el proceso, sino el resultado: en una casa grande no hay solo utensilios valiosos, sino también otros comunes; “unos para honra y otros para deshonra”.
Así, la casa de Dios se presenta mediante una comparación humana. Estaba llegando a parecerse a lo que vemos entre los hombres en la tierra. Ya no conserva, de manera exclusiva, el carácter divino que antes se esperaba. El fracaso, en muchos sentidos, ha dañado el testimonio; y el resultado es esa mezcla tan aborrecible para Dios y para quienes aman su voluntad y a él mismo.
¿Qué debemos hacer, entonces? ¿Aceptar la deshonra hecha al Señor y rendirnos a la desesperación? ¿O aferrarnos a una supuesta “unidad”, haciendo la vista gorda ante el pecado y la vergüenza?
Un creyente verdaderamente humilde sentiría con profundidad ese dilema. No podría tranquilizar su conciencia con meras protestas verbales mientras, en la práctica, está consintiendo el mal con su conducta. En tal estado, corresponde humillarse y, como Daniel, confesar no solo los propios pecados, sino también los de aquellos con quienes se está asociado.
Pero ¿es eso todo? Gracias a Dios, no lo es. El apóstol da de inmediato una orientación clara y autoritativa. Aun el más tímido puede seguirla sin temor; y el corazón más oprimido puede recobrar ánimo. Quienes toleran el mal con el pretexto de no quebrantar la unidad quedan reprendidos por este llamado: “Si alguien se limpia de estas cosas, será un vaso para honra”.
Cuando la asamblea se encuentra en una condición normal y en medio de los creyentes hay un malvado —sea cual sea la gravedad de sus actos— la Palabra es clara: “Expulsen al malvado de entre ustedes” (1 Co. 5:13).
Pero aquí sucede lo contrario. El mal puede llegar a prevalecer en una asamblea y la sensibilidad moral puede descender tanto, que la mayoría se niegue a limpiar la vieja levadura. Los vasos para deshonra adquieren suficiente influencia como para permanecer, pese a todos los esfuerzos por removerlos.
¿Qué hacer entonces? El apóstol manda que la persona temerosa de Dios se limpie de ellos. Esto apela a la conciencia, aunque se trate de una sola persona. Y el mismo principio se aplica a todos los que disciernen el mal, después de haber esperado con paciencia en la asamblea y de haber usado, sin resultado, todos los medios escriturales para despertar la conciencia.
En el fondo, se trata del mismo principio de separación del mal que se enseña en 1 Corintios 5, donde se ordena expulsar al malvado. Pero en 2 Timoteo 2 el estado es aún más grave: quien quiere obrar conforme a Dios, después de haber intentado sin éxito corregir los males que se sostienen dentro, se ve obligado a limpiarse de ellos.
Es imposible que el Espíritu de Dios apruebe el mal cuando se ampara bajo el nombre del Señor Jesús. Somos masa sin levadura, así como Cristo, nuestra pascua, fue sacrificado por nosotros. Por eso, “celebremos la fiesta” no con la levadura vieja, ni con la levadura de malicia y maldad, sino con panes sin levadura de sinceridad y de verdad (véase 1 Co. 5:8).
La asamblea que profesa ser de Dios no puede vincular a Cristo con un mal conocido. Si algunos llevan el nombre del Señor y, bajo pretexto de unidad —por amor a la comodidad o por parcialidad hacia sus amigos—, toleran lo que la Escritura declara odioso a Dios, la persona piadosa no tiene alternativa: debe obedecer la palabra de Dios y limpiarse de esos vasos para deshonra.
Sin duda, esta aplicación de la santidad inmutable de Dios —para guiar al creyente en circunstancias tan tristes y difíciles— era algo nuevo en ese momento. El apóstol la presenta por primera vez en la última epístola que escribió, y la razón es clara: hasta entonces no se había producido un estado de cosas que requiriera una exhortación tan solemne.
Habían existido desórdenes muchas veces, incluso algunos de carácter extremo. Sin embargo, hasta ese momento los santos, aunque con errores, finalmente cedían, y la obediencia prevalecía. No se había planteado la necesidad de apartarse —con justificación— de quienes habían caminado juntos en la asamblea.
Pero aquí el Espíritu de Dios le muestra al apóstol un resultado distinto —y aún más alarmante: el mal iba en aumento. Si se pretende imponernos la aceptación de vasos para deshonra, no queda alternativa. El honor del Señor está por encima de cualquier otra consideración. Sea alguien más valiente o más tímido, todos somos llamados a obedecer el mandato del apóstol, porque responde precisamente a este estado de cosas.
Solo debemos asegurarnos de dos cosas. Primero, que el mal sea realmente de tal naturaleza que requiera una separación completa. Segundo, que antes se haya ejercido una amonestación paciente y piadosa, procurando que ese mal sea juzgado. Pero si, a pesar de ello, el mal es amparado y sostenido —para deshonra del Señor y de su Palabra—, entonces no queda alternativa: debemos limpiarnos de ello.
En tales circunstancias, renunciar a la conciencia equivale, en realidad, a renunciar a Dios y a su Cristo. En cambio, limpiarse —humilde pero firmemente— de los vasos para deshonra es llegar a ser un vaso para honra: santificado, útil al Señor y preparado para toda buena obra.
Y la experiencia lo confirma: la separación piadosa cuesta mucho, pero su ganancia es mayor. Quien se separa a la ligera, por una simple idea o por motivos personales, es como metal que resuena: no trae provecho ni para sí ni para nadie. Antes bien, llega a ser un reproche permanente contra el Señor y su Palabra, allí donde esta se aplica realmente.
En cambio, el santo que se limpia con profundo dolor por sí mismo y con tristeza piadosa por otros —y tanto más cuanto los considera del Señor— entra en una nueva bendición. Por así decirlo, se renueva todo lo que conviene a un santo, y recibe nuevo poder para su propia alma.
“Será un vaso para honra, santificado, útil para el Señor, preparado para toda buena obra”. Esta seguridad es aún más consoladora porque debe prepararse para recibir los dardos más agudos, tanto de quienes ha dejado atrás, como de todos los que confunden la indiferencia cómoda con amor por la iglesia de Dios. Además, podría temer que su círculo de afectos se estreche demasiado y que su esfera de servicio se reduzca. ¡Cuán lleno de gracia es el Señor, que se anticipa a estas aprensiones y le da, si ha atravesado esta gran prueba con Dios, la promesa de un corazón amplio en todo lo que sea para su gloria!
Debe tenerse en cuenta que aquí no se habla de «salir de la casa», aunque algunos han caído en ese error por celo por su santidad. Mientras llevemos el nombre del Señor, no podríamos —ni querríamos— hacerlo. Un apóstata, sin duda, sí ha abandonado su nombre.
En cambio, «limpiarse de los vasos para deshonra» se nos presenta como un deber positivo. Lejos de ser presunción, es simple obediencia a la palabra del Señor, siempre que se haga de la manera correcta. Este es, por tanto, el camino de la verdadera humildad que Dios concede, cualquiera sea el espíritu de intimidación con que algunos pretendan señorearse sobre la fe de los santos. Limpiarse de los malvados dentro de la casa no equivale a salir de la casa, sino a conducirse en ella como conviene, según la Escritura.
Así ocurrió en la Reforma. Lutero, Calvino, Zuinglio y Cranmer no «salieron» de la casa de Dios cuando rechazaron la misa, el culto a los santos, la autoridad del papa y otras doctrinas y prácticas erróneas. Más bien, iban aprendiendo —aunque lenta e imperfectamente— a renunciar a lo que deformaba esa casa y se oponía más directamente a Aquel que mora en ella.
Solo una ignorancia grosera y fanática de los romanistas los acusó de haber abandonado la casa de Dios. El partido papal, como suele ocurrir con quienes se atribuyen ese título, daba por sentado que solo ellos constituían la casa. Mientras avanzaba la Reforma, los piadosos entre los protestantes procuraban limpiarse de los vasos para deshonra; los romanistas, en cambio, se aferraban con mayor obstinación al mal y se hacían cada vez más culpables.
Con todo, unos y otros seguían estando en la casa. La diferencia era que unos estaban en ella de una manera más aceptable a Dios, y otros de una manera más ofensiva que antes.
Este principio también se vio en lo que ocurrió cuando los piadosos —tanto entre protestantes como entre romanistas— comenzaron a discernir el verdadero carácter de la iglesia, y a percibir el daño que el error dominante y la práctica del mal causaban, no solo a los miembros, sino también a la Cabeza del cuerpo.
Ese discernimiento, alimentado por un conocimiento más claro de la Palabra escrita, los llevó a una firme convicción acerca de los derechos menospreciados del Espíritu Santo, tanto en la iglesia como en el ministerio. Así, quienes fueron enseñados por Dios comprendieron que debían poner en práctica la verdad con fe y procurar glorificar al Señor.
Habría sido miserable e ingrato entristecer al Espíritu, tratando lo aprendido como meras ideas para discutir, o como material para criticar los pensamientos y los caminos existentes. Pero, al actuar fielmente hasta donde alcanzaba su luz, ¿abandonaban por ello la casa? En absoluto. Más bien, procuraban —en sumisión a la Escritura y en dependencia del Señor— conducirse mejor dentro de esa casa.
No abandonamos la cristiandad por andar más conforme a la voluntad de Dios, ya sea en lo personal o en lo colectivo. Este principio sigue siendo válido en cualquier tiempo, aunque en otro momento los santos hayan estado reunidos de manera más auténtica.
Los vasos para deshonra no pueden contar con la aprobación de Cristo y, por tanto, deben ser intolerables para los fieles. "Si alguien se limpia de estas cosas, será un vaso para honra, santificado, útil para el Señor". Pero existe una fuerte tendencia a aplicar esta verdad a otros, como si nosotros fuéramos la excepción. Sin darnos cuenta, terminamos exigiendo de los demás lo que no estamos dispuestos a permitir que la Palabra examine en nosotros.
Así, la asamblea se aparta con facilidad de la fidelidad al Señor. El problema no comienza con una gran caída visible, sino con algo más sutil: se deja de depender de Él. Entonces, poco a poco, se levanta una pretensión de indefectibilidad, como si nuestra posición, nuestro grupo o nuestras formas estuvieran por encima de toda corrección. Cuando la vida espiritual decae, la fe se degrada en superstición. El amor se enfría. El conocimiento se vuelve complaciente consigo mismo. Y las formas externas reemplazan a la realidad.
De ese modo, surge una «nueva Roma», quizá más pequeña, pero no menos peligrosa: se la ensalza como si fuera la única opción correcta. Sin embargo, la verdad permanece, para que el Espíritu la use para la gloria de Cristo, siempre que el ojo sea —o sea hecho— sencillo. Si queremos agradarlo, debemos examinarnos por su Palabra con un rigor aún mayor que el que aplicamos a los demás.
Tampoco olvida el apóstol los peligros personales, mientras uno podría verse absorbido por los males públicos: “Huye, pues, de las pasiones juveniles y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que invocan al Señor con un corazón puro” (v. 22).
Esto es de suma importancia, especialmente cuando procuramos limpiarnos de aquello que enreda a muchos santos —y que quizá también a nosotros mismos nos enredó, en alguna medida, en tiempos pasados—, para no dar ocasión a quienes buscan motivos para acusarnos.
Es inútil testificar contra lo que es eclesiásticamente ofensivo a Dios, si al mismo tiempo fallamos en una conducta suficientemente visible y coherente delante de aquellos a quienes, en la práctica, censuramos. De ahí el cuidado de Pablo al exhortar a Timoteo —con seriedad— a guardarse de todo lo que pudiera estorbar o causar tropiezo, y tanto más en circunstancias como estas.
Las pasiones juveniles deben evitarse. No solo las mundanas o carnales, sino también las propiamente “juveniles”: la impetuosidad, la confianza en sí mismo, la ligereza, la impaciencia y cosas semejantes. Y no bastaba con cuidarse de lo que pudiera herir principalmente a los ancianos. Timoteo debía seguir la justicia práctica, es decir, una rectitud de vida real. Debía caminar por la fe, y no en simple prudencia o política humanas. Debía mantener el amor, y no los intereses egoístas. Debía conservar la paz, sin dar lugar a la contienda ni imponer su propia voluntad.
Pero hay más. Pablo anima a Timoteo a andar de ese modo en comunión práctica y servicio conjunto “con los que invocan al Señor con un corazón puro.” ...
La idea es que el creyente fiel, después de limpiarse de los vasos para deshonra, sigue la justicia, la fe, el amor y la paz en juicio propio y en caminos agradables al Señor, y lo hace con la consoladora perspectiva de estar acompañado en ese camino. No necesita temer el aislamiento, porque ama la comunión de los santos. Dios seguirá obrando en quienes han sido purificados por la fe. Que continúe, pues, sin vacilar y con buen ánimo: no estará solo. Debe seguir lo que agrada a Dios “con los que invocan al Señor con un corazón puro”, es decir, con creyentes sinceros, en contraste con los que promueven o defienden la perversidad en palabra o en obra.
Así queda claramente manifestada la voluntad del Señor para un tiempo de ruina. No corresponde a los fieles permanecer en el mal con protestas vacías, una vez que se han agotado los recursos de la paciencia. Sería presuntuoso, frente a la Escritura, continuar con la vana esperanza de corregir lo que se sostiene y se justifica públicamente.
El llamado inequívoco de Dios es a limpiarse de ello y —velando cuidadosamente contra los peligros que provienen de uno mismo— seguir el camino de la justicia, la fe, el amor y la paz. Y esto no con orgullo ni con el descuido de un aislamiento, sino en comunión con quienes comparten el mismo sentir e invocan al Señor con un corazón puro.
Traducido de www.stempublishing.com Extracto del estudio de 2 Timoteo División de párrafos, subtítulos y énfasis añadidos






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