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¡No te vayas a los extremos!

Actualizado: 23 jul

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La manera peculiar en que se presenta una verdad suele captar nuestra atención, mientras que de otro modo podría parecernos trivial y olvidarse rápidamente.


Un ejemplo notablemente claro de esto se encuentra en Ezequiel 44:20:


No se afeitarán la cabeza, ni se dejarán crecer el cabello; solo se recortarán el pelo de su cabeza.


Este pasaje nos detiene en seco. Expresa con total claridad un principio importante: ¡NO TE VAYAS A LOS EXTREMOS!


En este pasaje vemos dos sacerdotes. Uno lleva la cabeza completamente rapada; el otro deja crecer su cabello sin control. Ambos representan posturas extremas o unilaterales, y ambos están equivocados.


Podemos ver representados a dos hermanos. Uno es puro corazón, alma, fuego, celo y fervor. Le molesta la restricción que impone la comunión con sus hermanos. Los principios divinos sobre la comunión y el servicio no significan nada para él. Solo le importa la salvación del pecador, sin preocuparse por nada más. Podemos admirar su celo, pero lamentamos su unilateralidad; en esto se equivoca.


El otro está bien instruido en la Palabra; solo le importa la iglesia y sabe exactamente cómo debe hacerse todo. No comprende el celo de su hermano, pues el amor por las almas no conmueve su corazón. Actúa como un balde de agua fría para quienes intentan esparcir el evangelio. Podemos agradecer su conocimiento, pero desearíamos ver más calor en su afecto. Su perspectiva es unilateral, y esto también está mal.


El primero corre el riesgo de caer en la superficialidad, mostrar indiferencia hacia los principios y adoptar actitudes mundanas.


El segundo corre el peligro de volverse dogmático, frío, árido y formal, o incluso legalista o mundano. Sorprendentemente, apartarse del equilibrio divino suele conducir al mismo resultado práctico. Estos hermanos pueden estar tan distantes como los polos en sus actitudes y, sin embargo, extrañamente unidos en la práctica. Durante el día pueden envidiarse, despreciarse y condenarse mutuamente, para luego compartir el mismo lecho por la noche.


No necesitamos menos celo por el evangelio, ni menos inteligencia o amor por la verdad, ni menos respeto por los principios divinos. ¡Lo que necesitamos es más de todo esto en todos los aspectos! Pero ¿cómo podemos equilibrar estos elementos para evitar caer en los extremos?


La respuesta se resume en una sola palabra: CRISTO. Manteniéndonos en contacto vivo con él.


En comunión con Cristo, cada uno valorará el servicio del otro, estimará al otro como superior a sí mismo y procurará aprovechar lo que el otro ha aprendido de Cristo. De este modo, el celo será atemperado por la inteligencia, y la inteligencia cobrará valor práctico al ser avivada por el fervor.


En comunión con Cristo, el evangelista comprenderá de manera práctica que es un don del Señor ascendido a Su iglesia. También aprenderá que quienes se convierten no son salvados solo para sí mismos, sino para la iglesia, que es el cuerpo de Cristo.


En este caso, el maestro valorará profundamente la labor del evangelista, y el evangelista apreciará enormemente el ministerio del maestro. El amor estará actuando y se reflejará en una cooperación entusiasta.


El evangelista mantendrá intacto su celo por el evangelio. Más aún, al comprender el propósito trascendental de su anuncio, este celo se intensificará. Como resultado, su presentación del evangelio adquirirá un tono más convincente, generando abundante fruto para la gloria de Dios.


El maestro conservará plenamente su capacidad para enseñar, pero su enseñanza quedará impregnada de alma, vitalidad, fervor y unción.


Que nuestro celo por el evangelio y nuestro amor por la verdad crezcan enormemente, pero ¡NO CAIGAMOS EN LOS EXTREMOS!


Traducido de la revista Scripture Truth, Vol. 5, pág. 119

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24 jul

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