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La adoración de la Iglesia

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La adoración de Dios es la ocupación más noble en la que puede participar cualquier criatura. Los serafines se dedican a esto, clamando: “Santo, santo, santo es el SEÑOR de los ejércitos” (Is. 6:3). Todas las órdenes de seres celestiales consideran esto como su privilegio más elevado, y para este mismo propósito fue creado el hombre. No hay, por tanto, tema de mayor importancia al que podamos prestar atención.


En nuestro tiempo actual, es crucial entender qué es realmente la adoración. Comúnmente, la expresión ‘culto de adoración’ se usa para abarcar la oración, la alabanza y la predicación, ya sea para edificar a los santos o para la conversión de los pecadores. Sin embargo, un breve análisis revela lo equivocado de esta concepción. Ni siquiera la oración constituye adoración —aunque sea un privilegio bendito y necesario para todo creyente—, pues solicitar lo que necesitamos no debe confundirse con ofrecer a Dios la alabanza que lo glorifica. En un caso pedimos algo de Dios; en el otro, le damos algo a él. ¡Cuán egoístas nos hemos vuelto! Todo lo centramos en nosotros: nuestra salvación, nuestro gozo, nuestra vida terrenal, incluso nuestro servicio; valoramos cada cosa según creemos que contribuye a nuestro bienestar personal. Mientras tanto, Dios y su gloria quedan relegados. No sorprende, entonces, que exista tanta confusión sobre qué es la adoración y que esta haya sido desplazada a un lugar de poca importancia.


No obstante, pasaremos la eternidad adorando. Nuestro cántico de alabanza actual, por débil que sea, es solo el preludio de esa armonía universal de adoración que llenará cielo y tierra cuando todas las cosas sean hechas nuevas y queden finalmente bajo el dominio de Aquel a quien pertenecen todas las cosas. Hasta que ese momento llegue, nuestra alabanza seguirá siendo débil e imperfecta. Pero ¿deberíamos nosotros, las primicias de sus criaturas, esperar hasta la eternidad?


Abordemos, entonces, este tema de vital importancia y edificación.


La adoración en el Antiguo Testamento


Al leer el Antiguo Testamento, nos damos cuenta que la adoración era el elemento central del sistema religioso de Israel. Este sistema incluía un santuario de tres partes —atrio, lugar santo y lugar santísimo—, un sacerdocio consagrado a Dios, sacrificios diarios y especiales, y tiempos designados para ofrecer sacrificios específicos. Todo esto recordaba constantemente al israelita su identidad como adorador.


Incluso los sacrificios por el pecado o la culpa, que atendían necesidades personales, se presentaban a Dios como actos de adoración. Sin embargo, los holocaustos ocupaban un lugar más prominente, pues constituían actos de adoración más directos, "aroma agradable al SEÑOR ". Un rasgo significativo del ritual era la repetición de estas ofrendas en momentos específicos (véase Nm. 28). De hecho, durante la dedicación del templo de Salomón, se ofrecieron tantos animales que el altar de los holocaustos resultó insuficiente, teniendo que utilizarse el atrio para un fin similar (véase 1 R. 8:64).


El establecimiento de Jerusalén como centro de la nación intensificó esta realidad; las divisiones organizadas de los levitas cantores y las diversas ordenanzas establecidas por David demostraban claramente que la alabanza es apropiada al pueblo de Dios (comp. Sal. 33:1b)


Tras observar que la alabanza era el rasgo distintivo del culto en el Antiguo Testamento, examinaremos ahora los puntos de contraste entre la adoración en ambas dispensaciones antes de adentrarnos en el Nuevo Testamento.


El contraste entre dispensaciones


Entre el adorador y la presencia inmediata de Dios colgaba un velo, infranqueable para todos excepto para el sumo sacerdote, quien entraba una vez al año en el día de la expiación con la sangre del sacrificio por el pecado (véase Lv. 16). Toda la sangre derramada de los sacrificios no podía quitar ese velo, pues no podía eliminar el pecado. Este velo caracterizaba la adoración del Antiguo Testamento. Dios mostraba misericordia, pero nunca declaraba inocente al culpable. Nadie, ni siquiera el más fiel, se atrevía a entrar en Su majestuosa presencia.


La Ley declaraba: "Maldito el que no confirme las palabras de esta ley para ponerlas por obra" (Dt. 27:26), y para toda conciencia sensible, esta sentencia representaba un obstáculo para acercarse a Dios con plena confianza. La Ley imponía una maldición y generaba esclavitud, pues al dirigirse al hombre natural, inevitablemente provocaba la enemistad de su naturaleza. Los sacrificios podían adormecer temporalmente la conciencia, pero no disipaban los temores; si lo hubieran logrado, "los adoradores, una vez purificados, no tendrían ya más conciencia de pecado" (He. 10:2).


Es cierto que la fe podía penetrar aquella “oscuridad, nube y densas tinieblas” (Dt. 4:11) que rodeaban la presencia de Dios; la fe lograba vislumbrar Su gloria y declarar: "Prueben y vean que el SEÑOR es bueno" (Sal. 34:8). Sin embargo, incluso estos destellos venían acompañados de confesiones continuas de pecado y súplicas por misericordia. Así se revelaba Dios a su pueblo bajo la Ley, y así era la adoración legal: dar gloria a Dios por su majestad, sabiduría y poder, pero manteniendo al hombre distanciado por ser indigno de estar ante Él.


Al pasar a la dispensación presente, ¡qué gran contraste encontramos! El velo ha sido rasgado en dos, de arriba abajo. Si el velo entre el hombre y Dios caracterizaba la adoración del Antiguo Testamento, la ausencia de ese velo distingue al Nuevo. "Entonces, hermanos, puesto que tenemos confianza para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, por un camino nuevo y vivo que Él inauguró para nosotros por medio del velo" (He. 10:19-20). Lo que habría significado muerte para el sacerdote hebreo es ahora camino de vida para el cristiano. La sangre de Jesús nos concede libertad y acceso con confianza —algo que la sangre de toros y machos cabríos jamás podría otorgar, pues nunca pudo quitar el pecado. ¡Con razón puede el creyente derramar su alma en libre alabanza a Dios!:”


«Jesús muró, su sangre abrió entrada dentro del velo, al celestial lugar en donde el alma, ya purificada cerca de ti, ¡oh Dios!, puede adorar.» R. Holden

En contraste con la Ley que condena y genera esclavitud, el cristiano vive bajo la gracia, donde el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones. ¡Si todo el pueblo del Señor comprendiera plenamente este privilegio, la adoración surgiría como una respuesta natural!


De esta cercanía a Dios y libertad de la Ley surge una comprensión de la naturaleza divina que antes no existía. La gloria de Su justicia no se ha opacado; por el contrario, resplandece con mayor intensidad al manifestarse en el juicio que cayó sobre el Hijo de Dios, el verdadero sacrificio que pendió del madero, donde Dios "no escatimó ni a su propio Hijo" (Ro. 8:32 RV60). Pero allí contemplamos no solo justicia, sino también amor —un amor cuya plenitud solo Dios podía poseer y que solo Él puede comprender completamente


Ya no contemplamos solo destellos, sino el pleno resplandor de "la gloria de Dios en el rostro de Cristo" (2 Co. 4:6). Conocemos a Dios como nuestro Padre; se nos ha dado el Espíritu de adopción, y poseemos el conocimiento de una redención eterna. Estas verdades preciosas antes permanecían como capullos ocultos bajo la envoltura de tipos y sombras durante el invierno de la Ley, pero ahora han florecido plenamente, deleitándonos con su hermosura y endulzando nuestras almas con su fragancia.


Habitamos una nueva tierra —una tierra de resurrección—, resucitados con Cristo y unidos a Aquel que declaró: "Porque yo vivo, ustedes también vivirán" (Jn. 14:19). Nuestra aceptación está completamente resuelta; nuestra seguridad eterna está garantizada en Sus manos, de las cuales nadie puede arrebatarnos. Los lienzos mortuorios del culto carnal ahora solo entorpecen y, por tanto, deben ser dejados de lado.


En resumen, podríamos decir que la adoración cristiana tiene:


  • su origen en una redención consumada,

  • su objeto en Dios el Padre y el Hijo,

  • su lugar en la presencia de Dios,

  • su poder en el Espíritu Santo,

  • su contenido en las verdades plenamente reveladas en la Palabra de Dios,

  • y su duración, la eternidad.


El Padre y el Hijo son objeto de adoración


Debemos desarrollar ahora varios puntos que apenas hemos mencionado. Sin duda, Dios el Padre es el objeto de la adoración cristiana: "Yo les he dado a conocer tu nombre" (Jn. 17:26). "A los tales el Padre busca que lo adoren" (Jn. 4:23). Sin embargo, es igualmente claro que el Hijo también es objeto de adoración: "Para que todos honren al Hijo así como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió" (Jn. 5:23). Ciertamente, a la luz de este pasaje, resulta difícil concebir que alguien enseñe que el Señor Jesucristo no debe ser adorado igual que el Padre. Sin embargo, tal doctrina es enseñada por algunos —una afrenta directa a Aquel que, en gracia, tomó forma de siervo.


Esto debería dejar claro por qué decimos que el Espíritu Santo no se presenta en el Nuevo Testamento como objeto de adoración. Él es, no obstante, el poder para ello. Nuestra alabanza debe ser por medio de Él, o no será verdadera alabanza. Así también es con nuestras oraciones (Ro. 8:26), como lo es con la alabanza. “Nadie puede decir: Jesús es el Señor, excepto por el Espíritu Santo” (1 Co. 12:3).


Muchos que aceptan de corazón lo dicho sobre la adoración al Padre y al Hijo, dudan al afirmar que el Espíritu Santo no se presenta en el Nuevo Testamento como objeto de adoración, sino como el poder para adorar. Aclaremos este punto. No sugerimos en absoluto la blasfemia de negar que la bendita Tercera Persona de la Trinidad es divina. Él es Dios tan plenamente como lo son el Padre y el Hijo, e igualmente digno de adoración. Sin embargo, en las Escrituras, el Espíritu Santo es presentado como Aquel que capacita para adorar: "Adoramos en el Espíritu de Dios" (Fil. 3:3).


Él no se exalta a sí mismo, sino que, por así decirlo, asume un papel subordinado. Hablando con reverencia, así como nuestro Señor tomó un lugar de humillación durante su vida terrenal, encarnándose (y, de hecho, sigue siendo Hombre ahora en la gloria), de manera similar el Espíritu Santo ha venido ahora a la tierra. Se complace en morar en nuestros frágiles cuerpos —templos del Espíritu Santo— y en la Iglesia de Cristo. Él está en la tierra, mientras Cristo está en el cielo con el Padre, quien es el objeto de la adoración.


Esta distinción explica por qué decimos que el Espíritu Santo no se presenta en el Nuevo Testamento como objeto de adoración. No obstante, él es el poder que hace posible adorar. Nuestra alabanza debe fluir de él mismo, o no será verdadera alabanza. Lo mismo ocurre con nuestras oraciones (véase Ro. 8:26). "Nadie puede decir: Jesús es el Señor, excepto por el Espíritu Santo" (1 Corintios 12:3).


El sacerdocio de todos los creyentes


Una palabra respecto a quiénes son los adoradores en esta dispensación cristiana. Bajo la Ley, el adorador era, en cierto sentido, todo aquel que traía una ofrenda; y en otro, solo el sacerdote; en el sentido más pleno, únicamente el sumo sacerdote, y este una sola vez al año. Bajo la primera definición, cualquiera podía ser adorador; bajo la segunda, casi nadie. La primera era demasiado amplia; la segunda, demasiado restringida.


En el cristianismo, todos los creyentes son sacerdotes (véase 1 P. 2:5, 9), y solo los verdaderos creyentes lo son. Únicamente quienes han sido lavados por la sangre de Cristo pueden adorar a Dios, y todos ellos tienen igual acceso a Él. La idea de que existen distintas clases de creyentes, donde algunos tienen mayores privilegios o un acceso más cercano a Dios, resulta repugnante para quien ha sido enseñado por Dios. Esta noción debe ser enérgicamente rechazada por ser deshonrosa a la persona y obra de Cristo.


Sin embargo, esta misma idea constituye la raíz del romanismo, y está más presente en el protestantismo de lo que cabría esperar. Debemos decirlo con fidelidad: la sola noción de un ‘clero’ es potencialmente el germen de un sacerdocio de categorías. El Nuevo Testamento enseña claramente que todos los que pertenecen a Cristo son sacerdotes; todos tienen la misma cercanía a Dios por medio de Cristo, y todos pueden alabar, diciendo: “Al que nos ama y nos libertó de nuestros pecados con su sangre, e hizo de nosotros un reino, sacerdotes para Dios, su Padre, a él sea la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén” (Ap. 1:5-6)


Hay un solo Sumo Sacerdote que vive para siempre (véase He. 7), por medio del cual toda nuestra adoración es presentada con perfecta aceptación, pues está unida al grato olor de su Nombre. Él permanece eternamente como Sumo Sacerdote, pero entre los sacerdotes de Dios —sus adoradores— no existe distinción alguna. Sobre los dones y el ministerio hablaremos más adelante con detenimiento [1]. Por ahora, solo advertimos al lector que nunca confunda el sacerdocio con el ministerio: son realidades fundamental y completamente distintas.


La adoración colectiva


Hasta aquí hemos presentado los rasgos principales de la adoración cristiana. Sin embargo, lo expuesto aplica principalmente a los creyentes vistos individualmente, y ahora debemos aclarar que también existe la adoración de la Iglesia, además de la individual —la alabanza colectiva. No es que el fundamento, objeto o contenido de la alabanza cambien, sino que Dios ha dispuesto que la Iglesia adore como un todo. Las verdades que hemos examinado en los artículos anteriores conducen naturalmente a esta conclusión [1]. La unidad de la Iglesia, el vínculo que une al pueblo de Dios con Cristo glorificado y entre sí por el Espíritu —estas y otras verdades afines nos llevan a reconocer que somos "miembros los unos de los otros" (Ro. 12:5, Ef. 4:25). Por tanto, cuando nos reunimos según el pensamiento de Dios, no somos simples individuos, sino que formamos una asamblea que representa a toda la Iglesia. Nuestra adoración se vuelve colectiva. La alabanza ya no proviene solo de un individuo, sino de una asamblea. Contemplemos tanto la sabiduría como el amor de Dios en esta provisión. Él comprende nuestra naturaleza social, sabe que nuestro gozo —como también nuestro dolor— necesita ser compartido para que el primero se multiplique y el segundo se alivie. De igual manera, en nuestro servicio más elevado, Él ha dispuesto que ofrezcamos unidos nuestra alabanza y acción de gracias.


La principal ocasión para la adoración de la Iglesia es cuando los creyentes se reúnen el primer día de la semana para partir el pan. No es que la alabanza deba limitarse a ese momento, sino que es entonces cuando se expresa en su forma más plena. En estas reuniones estamos —o deberíamos estar— "reunidos en su Nombre" (Mt. 18:20). El Señor mismo está en medio nuestro para guiar nuestra alabanza (véase He. 2:12). El Espíritu Santo está presente para dirigir, conforme a la Palabra (véase 1 Co. 14:25); y allí se encuentran los símbolos del amor de nuestro Salvador en su muerte, para que los suyos participen de ellos.


No podemos enfatizar lo suficiente la importancia ni llamar con bastante insistencia la atención de los creyentes hacia el precioso privilegio de reunirse cada día del Señor en torno a su Persona, para ofrecer adoración verdadera a Su Dios y nuestro Dios, y a Él mismo también. Esta práctica de la Iglesia primitiva (véase Hch. 20:7) fue interrumpida solo cuando la carnalidad, manifestada como superstición sacramental, se introdujo.


Para evitar malentendidos: es simplemente una cena conmemorativa. No comunica vida ni gracia por sí misma. El pasaje de Juan 6:48-58 no se refiere a ella, sino a la recepción de Cristo por la fe —Aquel que murió por nuestros pecados.


Quien ha experimentado la realidad de la presencia del Señor en Su mesa, la dirección del Espíritu de Dios, la elevación de su corazón en adoración a su Padre y Dios, y la unión de su alma con la de sus hermanos —quien ha disfrutado de tal privilegio—, ¿desearía renunciar a él o distanciar más estos sagrados y gozosos encuentros?


Allí es la Iglesia la que adora, sin nadie que presida, sin nadie que dicte la forma, sino cada uno actuando libremente delante de Dios, siendo guiado únicamente conforme a su Palabra.


En cuanto al carácter de esta adoración, debemos remitirnos a los párrafos anteriores. Es adoración cristiana en su sentido más pleno —unida y sin obstáculos. Si la adoración de la Iglesia tiene tal naturaleza, resulta evidente que solo los cristianos pueden participar verdaderamente en ella. De lo contrario, se colocaría al pecador en una posición que no le corresponde, o se rebajaría al creyente al nivel de quien todavía suplica misericordia. Sería completamente inapropiado que alguien que conoce a Cristo y el amor de Dios ore pidiendo ser librado de su ‘ira y condenación eterna’. Igualmente, sería inadecuado sería poner en labios del pecador expresiones como: «Oh. Padre, a ti te adoramos». ¡Y cuán inconsistente y confuso resulta hacer que ambos —creyente e incrédulo— pronuncien estas cosas simultáneamente!


A la luz de lo que acabamos de decir, apenas necesitamos añadir que toda adoración de la Iglesia debe ser en verdad. Es evidente cuánto se ignora esta verdad tan básica al examinar cualquier himnario común. En ellos, por razones de sentimentalismo, estética poética o simplemente para lograr una rima, se presentan doctrinas completamente contrarias a la verdad del evangelio [2].


¿Qué adoración puede haber en palabras que todo creyente enseñado por el Espíritu sabe que son absolutamente contrarias a las Escrituras y engañosas?


Podríamos ofrecer numerosos ejemplos, pero dejamos este asunto a la conciencia del lector cristiano, pidiéndole que aplique discernimiento en su canto y que rehúse pronunciar incluso la poesía más hermosa si esta oscurece la gracia y el amor de Cristo.


Es importante destacar que la reunión en la mesa del Señor, al ser un momento para recordarlo y dedicarse principalmente a la adoración, no debe confundirse con una reunión de enseñanza o predicación. Aunque puede incluirse, cuando sea necesario, una palabra o exhortación que inspire adoración, la Cena debe mantener su propósito esencial: debemos dejar que permanezca siendo una fiesta dedicada al Señor.


Amado lector, tras considerar este breve pero profundo panorama de la adoración de la Iglesia, permítame una pregunta directa: ¿Cómo adora usted? ¿Lo hace por el Espíritu de Dios? ¿Dónde adora? ¿En templos construidos por manos humanas, o en el Lugar Santísimo? ¿Consiste su idea de alabanza en la música de un gran órgano y cantantes profesionales? ¿O prefieres la melodía de corazones unidos a Cristo y entre sí, que derraman en adoración los tesoros de gracia que les han sido revelados?


¡Que el Señor despierte la conciencia de su amado pueblo y lo libere de la vanidad de una mera forma externa de adoración, permitiéndole gustar su bendita realidad!!


Extracto del libro «The Church and Its Order According to Scripture» publicado en el año 1915.


[1] Nota del traductor: Este artículo es un extracto de un libro llamado «La Iglesia y su orden conforme a las Escrituras», el autor hace referencia a un capítulo posterior, no traducido en el presente artículo.

[2] Nota del traductor: El autor escribió esto en el año 1915 (fecha de publicación del libro original). Depsués de más de cien años de estas palabras, podemos decir con claridad que este sigue siendo el carácter de los himnarios modernos en muchos lugares de la cristiandad. Incluso, en muchos lugares los himnarios han sido reemplazados por algunas canciones favoritas de grupos musicales cristianos, cuyo tema central es el ser humano y sus sentimientos. En muchas congregaciones cristianas se ha dejado de lado el canto congregacional, separando a la congregación en dos clases: grupo de adoración y el resto de la congregación. No solo esto, las 'canciones' cristianas modernas suelen estar completamente centradas en lo que Dios ha hecho por uno, y poco se enfocan en el Padre y en el Hijo, sus glorias y su carácter, etc.

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