FIDELIDAD EN MEDIO DE LA CONFUSIÓN

J.G.Bellet

(Extracto)

En un tiempo donde todo es confusión, uno se tienta en abandonarlo todo, porque ve todo perdido, sin esperanza, y estaríamos tentados a decir que esforzarse aun en hacer distinciones entre las cosas es un trabajo sin fin e inútil. Todo es desorden y apostasía; ¿Por qué probar aun en hacer las diferencias?

Pero no lo era así para el Señor. El se encontraba en medio de la confusión, pero no se hacia parte de ella; igualmente estaba en el mundo, pero no era del mundo. Tenía relación con toda clase de personas, con toda clase de condiciones, venían delante de el los unos y después los otros, cuando todos habrían debido estar estrechamente unidos: pero seguía siempre sin distracción su única senda, estrecha y pura.

 

Las pretensiones del fariseo, la mundanalidad del herodiano, la filosofía del saduceo, la versatilidad de la multitud, los ataques de los adversarios, incluso la ignorancia y las debilidades de los discípulos, eran elementos morales que encontraba y de los cuales tenía que hacer frente cada día. El estado de cosas tanto como el carácter de los individuos ejercitaba el corazón del Señor: la moneda del Cesar circulaba en la tierra del Emmanuel, los cercados estaban totalmente derribados; el Judío y el Gentil, el puro y el impuro, se habían confundido, salvo allí donde el orgullo religioso podía aun mantener los muros a su propia manera, Pero la regla de oro de Jesús: « Dad…. a Cesar las cosas del Cesar, y las cosas de Dios a Dios», expresaba así la perfección de su paso en medio de todo aquello.

 

En los días de la cautividad, días de confusión también, el residuo daba un bello testimonio, distinguiendo entre lo que lo diferenciaba, y no rechazando todo como si todo estuviera perdido. Daniel era consejero del rey, pero rehusaba comer de su vianda: Nehemías servía en el palacio, pero no toleraba al Moabita o al Amonita en la casa de Jehová; Mardoqueo velaba sobre la vida del rey, pero no se inclinaba delante del Amalecita; Esdras y Zorobabel aceptaban los favores del rey persa, pero rehusaban el socorro de los Samaritanos y no soportaban los matrimonios con otras naciones; los cautivos oraban por la paz de Babilonia, pero no deseaban cantar los cánticos de Sión en tierra extranjera.

 

Todo esto es de una gran belleza, y el Señor en su día, manifestará perfectamente el carácter del remanente de Israel. Nosotros también vivimos en un tiempo que, en su carácter de confusión, no es inferior a los días de la cautividad o a los días de Jesús; y como ellos, somos llamados a actuar, no como si no hubieran recursos, sino como sabiendo aun dar « las cosas de Cesar al Cesar, y las cosas de Dios a Dios».

 

Toda esta belleza moral viene a ser un modelo para nosotros