NOTAS SOBRE LA UNIDAD DEL ESPÍRITU

Traducido de “El Mensajero Evangélico”  1957

Autor: C. W.

Fragmentos

Antes de abordar este tema, diremos algunas palabras sobre tres diferentes aspectos de los cuales los creyentes son considerados en Efesios 2 mientras forman un cuerpo.

Encontramos:

 

1. Los Judíos y los gentiles reconciliados con Dios "en un solo cuerpo" por la cruz “ (v. 16).

2. Como un “edificio, bien coordinado", que "va creciendo para ser un templo santo en le Señor” (v. 21).

3. “Vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (v. 22).

Estos tres aspectos de la Asamblea comenzaron en Pentecostés con la venida del Espíritu Santo y aún permanecen aquí en la tierra. Sin embargo, es importante hacer una distinción entre ellos, pues aunque co-existen, estos no tienen el mismo significado. No se pueden emplear los mismos términos para describirlos.

 

1. El "un solo cuerpo”, como nos enseña 1 Corintios 12, está formado por el bautismo del Espíritu Santo y comprende a todos los verdaderos creyentes. Estos están unidos vitalmente, por el Espíritu, a Cristo que es la Cabeza en el cielo, y al mismo tiempo están unidos entre ellos, formando así Su cuerpo en la tierra. El cuerpo, en la Escritura, siempre es considerado como un organismo completo, teniendo su esfera de manifestación y actividad sobre la tierra, aunque unido a la cabeza que está en los cielos, la “Cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios” (Colosenses 2:19). Todos los miembros están unidos tan estrechamente que no tendría que haber divisiones en el cuerpo (1 Corintios 12:25); si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él, y lo que sea que afecte a un miembro sobre la tierra, afecta a la Cabeza que está en el cielo (Hechos 9:4).

La ruina exterior de la Iglesia, o la dispersión aparente de los miembros del cuerpo, no altera esta unidad vital, tampoco debilita en ningún grado la viva y divina simpatía o la interdependencia de los miembros entre ellos. La inteligencia puede no reconocer que el estado de los miembros que están en Australia afecta a los que están en Europa, y que el bien o mal estado de un solo miembro reacciona sobre le conjunto del cuerpo, pero, sin embargo, es así. Es un hecho ciertísimo y bendito, y que se impone a nuestra alma. En el cuerpo todo es obra del Espíritu, de comienzo a fin, sin ningún tipo de intervención humana.

 

2. El templo santo es edificado por el Señor mismo y crece hasta estar completo, cada piedra es preparada y puesta en su lugar por la mano de Aquel que dice en Mateo 16:18: …yo edificaré mi Asamblea, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”. Es un templo santo que se edifica actualmente, de lo cual Pedro habla en el capítulo 2 de su primera epístola: “acercándoos a Él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual". El templo santo está compuesto completamente de verdaderos creyentes, y aquí, como en el cuerpo, no interviene mano humana, pues la obra es enteramente del Señor, y este trabajo estará completo en su venida, cuando la última piedra viva sea colocada.

 

3. Dios mismo ha comenzado a formar la morada, operando con instrumentos humanos. Esta está fundada de una manera perfecta, pero es construida por el hombre y confiada a su responsabilidad. Resulta así un estado de cosas totalmente diferente al del cuerpo o al del templo santo. En estos últimos casos todo es divino y por consecuencia perfecto. Cuando se trata de la “casa", esta es el edificio de Dios, la esfera de su actividad en el mundo, pero el hombre es, efectivamente, el obrero. En tal caso se manifiestan los defectos y se muestra que se han utilizado buenos y malos materiales durante la edificación.

 

En 1 Corintios 3 vemos su formación e historia. Pablo ,trabajando como colaborador de Dios, y como sabio arquitecto, declara: “…yo puse el fundamento y otro edifica encima; pero cada uno mire como sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (v. 10).

 

Comenzado por Dios, que ha hecho entrar al hombre en su trabajo, la morada (o casa), al comienzo, era totalmente como el cuerpo, compuesta de verdaderos creyentes, y ambos — es decir cuerpo y casa— se encontraban mezclados. Sucedió, muy rápidamente, que el trabajo de Dios por el Espíritu, y el del hombre, en el cual tenía  lugar la responsabilidad, no estuvo más mezclado. 

 

Al principio todos los que confesaban a Cristo y se bautizaban eran creyentes verdaderos y vivos, pero sucedió muy rápidamente que la debilidad de la mano del hombre se mostró, y simples profesantes, sin ninguna fe viva, se introdujeron entre los verdaderos creyentes por la profesión y el bautismo, siendo edificados juntamente con ellos, pero no unidos el uno al otro por la unión viva del Espíritu Santo.

 

Sin embargo, esta edificación fue la esfera del trabajo de Dios y el lugar de su morada, con los privilegios benditos y las responsabilidades solemnes que resultan por la fe de aquellos que no se habían mezclado con el estado de cosas que le rodeaban.

Esta es la casa de Dios, y lo será hasta el fin, así que se nos instruye a seguir la solemne advertencia de Pedro: “Porque es tiempo", escribe él, "de que el juicio comience por la casa de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen el evangelio de Dios?” (1 Pedro 4:17). Se trata de la casa exterior, visible, o “la morada de Dios por el Espíritu”, y si, esta siempre es la casa de Dios, sin embargo, está arruinada y en desorden. Su historia sobre la tierra, en tanto ha sido confiada a la responsabilidad del hombre, prontamente acabará con el juicio, pero aparecerá nuevamente en el cielo como el tabernáculo de Dios (Apocalipsis 21:3) conforme a lo que Él se ha propuesto y lo que haya realizado por su inefable poder.

 

Pero, además de lo que acabamos de ver, es decir la formación de la Iglesia como el cuerpo de Cristo, el templo santo y la edificación de los creyentes unidos de una manera exterior y visible como habitación de Dios, algo nuevo nació en Pentecostés. Es el cumplimiento de la profecía de Caifás, que “Cristo debía reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Juan 11:52) y también la realización de la oración del Señor: “Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tu me enviaste”. Esto incluía a todos los creyentes como “llamados en un solo cuerpo” y conducidos por la presencia y el poder del Espíritu a una unidad de pensamientos, de afectos, de objeto, y también abarca aspectos morales y prácticos. Leemos efectivamente, que todos los creyentes estaban en un mismo lugar, y que “tenían todas las cosas en común” (Hechos 2:44), y aún mas: “la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común” (Hechos 4:32). Esta es la unidad del Espíritu, una unidad en la cual todo está de acuerdo con el pensamiento de Dios, producido y mantenido por la presencia del Espíritu en medio de los creyentes. La base de todo esto reposa sobre los grandes principios que nos son dados en la última parte de Efesios 2: “Un hombre nuevo” (v. 15), “un solo cuerpo” (v. 16), “entrada por un mismo Espíritu al Padre” (v. 18) y “juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (v. 22).

La unidad del Espíritu en su perfección es, pues, el poder del Espíritu que produce un acuerdo divino entre los creyentes y los hace capaces de realizar su unión con todos los santos, asegurando de esta manera la manifestación de la unidad del cuerpo sobre la tierra. Considerada en su plenitud, ella no puede estar separada de la unidad del cuerpo, aunque no sea lo mismo, porque “hay un solo cuerpo y un solo Espíritu”.

 

Prácticamente, lo que el Señor pide en Juan 17, a saber: “que todos sean uno” y “uno en todos”, es la unidad del Espíritu, y es lo que los creyentes deben esforzarse en guardar en el vínculo de la paz. Judíos y gentiles, reunidos al nombre de Jesús en Éfeso, no debían seguir sus intereses o guardar sus desacuerdos personales, sino en marchar juntos “con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor” (Efesios 4:2); manifestando juntos un acuerdo divino por el poder del Espíritu, que hace que el pensamiento de Dios y el suyo sea uno en la tierra.

 

Reconciliados en Dios, y los unos con los otros, en la cruz, en comunión con el Padre por el solo Espíritu, su marcha como conjunto se traducía en esta comunión. Así comienza la unidad del espíritu, pero en la práctica ella se desarrolla según lo que son los hijos de Dios en relación con todos los otros santos como el “un solo cuerpo” y “ la morada de Dios por el Espíritu”.
 
La unidad del Espíritu es el pensamiento de Dios. Cuando los pensamientos de dos creyentes están de acuerdo con el pensamiento del Espíritu, esta unidad se está guardando de forma práctica. Pero si los santos no están de acuerdo, el Espíritu de Dios está contristado en ellos, la unidad del Espíritu no es guardada, aún cuando no haya una brecha aparente. Pueden estar exteriormente “como un solo cuerpo”, pero interiormente no son un solo cuerpo y una sola alma. El “uno en nosotros” de Juan 17 no se lleva a cabo.

 

Al principio, en Pentecostés, la unidad del Espíritu era guardada completamente , y todos los creyentes estaban, interior y exteriormente, unidos en uno; la unidad brilló desde el cielo hacia la tierra por un corto periodo de tiempo. Satanás entró muy rápidamente en escena, y en Hechos 5 y 6 vemos que la unidad del Espíritu sale de escena, aunque el poder de sus manifestaciones permaneció. La unidad del cuerpo quedó intacta, e igualmente sus manifestaciones exteriores, las cuales se mantuvieron, pero, hecho muy triste y solemne, la unidad del Espíritu no fue guardada.