SOBRE EL MINISTERIO DE LA PALABRA

Autor: Desconocido

Traducido de «El Mensajero Evangélico» Año 1877

La gran pregunta que se relaciona con el ministerio de un hermano entre los santos es: «¿Aquel que habla comunica los pensamientos presentados de Dios a aquellos a los cuales se dirige?». Independientemente de la manera de hablar de un hermano (posiblemente puede que se exprese con dificultades), espero no estar nunca descontento con lo que oigo, y poder decir siempre luego de escuchar el ministerio: «Este hombre ciertamente ha presentado a las conciencias de sus auditores la verdad real que Dios deseaba comunicarles». No me compadeceré jamás de aquel que hable cuando viera que, a pesar del sentimiento de su gran debilidad, ha hablado, no para agradarse a si mismo, sino solamente para agradar al Señor, y por el bien de sus hermanos.


El ministerio de la Palabra, es un tema muy vasto, pero por el momento, deseo hacer algunas observaciones prácticas sobre este tema, para el bien de los santos. 


Dos cosas deben ocupar a aquel que habla: 


1.- Los pensamientos actuales de Dios hacia aquellos que están ante él.
2.- La comunicación a aquellos que escuchan de la verdad que Dios desea presentarles.


Para lo que concierne a la primera de estas dos cosas (los pensamientos reales de Dios hacia aquellos que están presentes), debemos recordar que Dios se ocupa de nosotros como un médico se ocupa de las enfermedades, es decir,  para sanarnos; y su manera de hacerlo no es tanto comunicándonos sus pensamiento en cuanto a nuestro estado actual, sino que, sobre todo, comprendiendo perfectamente este estado, y presentando las verdades y la disciplina que servirán de remedio para la enfermedad. Veo constantemente a hermanos que se engañan en cuanto a esto: piensan que, si pueden saber todos los pensamientos de Dios con respecto a su estado actual, entonces podrán fácilmente remediar todo el mal. Y que si pueden tomar el juicio que Dios pone sobre los demás, entonces podrán hablarles y así sanar el mal. Pero el conocimiento de un mal y el remedio para ese mal son dos cosas muy distintas, y muy a menudo el sentimiento de nuestra ignorancia en cuanto a la enfermedad que sufrimos forma parte del remedio en las cosas de Dios; porque Dios nos conduce por ese medio para una más perfecta dependencia de Él. Si se desea un ejemplo, para confirmar lo que hablo, está claro que la manera que Dios utilizó para abrir los ojos de Adán y Eva, revelándoles su caída, fue también el recurso para remediar el mal. 
 

Puede suceder que aquel que habla conoce los pensamientos de Dios con respecto a la asamblea en medio de la cual el ejerce su ministerio, o individualmente, con respecto a un alma a la cual se dirige; pero este conocimiento solo servirá  para su propia dirección; y a menudo, si aquel que actúa es dirigido por el Espíritu Santo, sucederá que presentará a aquellos a los que habla las verdades que necesitan, sin conocer acerca su estado actual: si, se entera del estado de la verdad que el mismo ha recibido, más bien que de enterarse del estado de la verdad de los que la necesitan; porque el Espíritu Santo siempre está más arriba que el alma renovada, es muy importante reconocerlo y no olvidarlo. Siempre, cuando se presenta la Palabra con inteligencia (deseo decir con una inteligencia divina), lo que debo buscar son los pensamientos de Dios con respecto al estado de aquellos que están presentes. Esto demanda mucha conversación con los hermanos (una especie de trabajo de día y de noche, como aquel que Pablo realizó en Hechos 22:31).


En cuanto al segundo tema, (es decir, la comunicación para aquellos que escuchan lo que Dios desea hacerles oír), creo que, por lo que concierne al medio de comunicación, podemos decir, según nuestra medida de fe y del Espíritu Santo: “no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu” (1 Co. 2:13). Así estaremos guardados entera y absolutamente (como lo estaban los apóstoles y profetas, fuera  cuando Dios, por ellos, nos daba las Escrituras, fuera en lo que concierne a la inteligencia que Dios les daba de lo que deseaba comunicar por medio de ellos, y las expresiones por las cuales Él les comunicaba), de otra manera el apóstol no hubiera dicho: “y los demás juzguen” (1 Co. 14:29). No obstante, aunque no estén infaliblemente guardados en todo (como aquellos que Dios inspiró para darnos las Escrituras), aún así, siendo dirigidos y guardados en una cierta medida, podemos, si permanecemos humildes, esperar ser dirigidos por el Espíritu Santo.


Ni el talento de hablar, ni la elocuencia, ni el poder de tocar los espíritus y los sentimientos, ni la posesión de mucho conocimiento de las Escrituras, ni lo que pudiera ser muy interesante para nosotros mismos, o que haya sido de mucha bendición en otra parte, puede servir de pretexto para hablar. Si lo que se dice no es lo que está ahora en el corazón de Jesús (quien está a la diestra del Padre), y si tampoco es lo que el Espíritu Santo, que está aquí abajo, desea colocar ante un alma o ante la asamblea, entonces no se debe presentar. No tener en cuenta los pensamientos actuales de Dios, dejará el ministerio sin poder, independientemente de la influencia que pueda poseer aquel que habla, o las pretensiones que este tenga; y por otro lado, descuidar las conciencias de los auditores lo volverá seco y sin unción.

Me parece que aquel que se ocupa en la Palabra no debe temer hablar a sus auditores de lo que Él ha dicho, o pedirles su aprobación. Si creo que Dios me utilizó para comunicar algo para el bien actual de mis hermanos, ¿no debo pensar que esto viene de Él, y no de mí? Además, si no estoy seguro si es Dios quien me conduce en su servicio, entonces es mucho más deseable callar que hablar.


No puedo dejar este asunto del ejercicio del ministerio de la Palabra sin tocar un tema que tengo en mi corazón y que se relaciona muy de cerca: el estado de la asamblea. Si no hay, en el conjunto de la asamblea un espíritu de culto, entonces no habrá nada más que miseria, sea para el que habla como para los auditores. En nuestros días, este es el espíritu y el poder del culto que lo hacen muy esencial. Esto demanda una verdadera humildad de corazón delante de Dios y de los hombres; tenemos gran necesidad de esta humildad, que es la gran preparación y la gran salvaguarda para toda especie de trabajo para los que tienen un ministerio, con el fin de que no estén sin fruto, sino que hagan el bien a los que le escuchan.


Luego, ¿no es por esto que hay mucha debilidad e igualmente un gran desfallecimiento en medio de nosotros? ¿No es lo que más nos falta? ¿Es que nuestras asambleas (cuando estamos reunidos para el culto) presentan al ojo de Dios las compañías de rescatados, corazones agradecidos de cada uno de los cuales sube en bendiciones en acciones de gracias un incienso de buen olor hacia Jesús, allí donde está sentado a la diestra del Padre? ¿Es que estos espíritus activos que se encuentran en nuestras reuniones de culto están ocupados verdaderamente del Cordero que está en medio del trono, que ha muerto, pero que vive por los siglos de los siglos? ¿Será que Dios ve que están ocupados de esta forma?


¿No hay en los unos y en los otros que están reunidos, muchas preocupaciones por las circunstancias, — puede ser que algunos piensen en que tal o cual debiese hablar, u orar, o indicar un cántico? Todo esto no es más que el resultado de la debilidad del espíritu del culto. Aún más, si hay mucho silencio en el culto, y si nuestra sumisión al Espíritu fuera real (los pensamientos de cada corazón siendo ocupados del Padre y del Cordero), a la vez habría mucha más consolación de amor, y mucho crecimiento en nuestra comunión mutua.
 

Para concluir, repetiré lo que ya he dicho en otra parte, a saber: que el gran motivo de la reunión de los santos alrededor de la Mesa del Señor no es para recibir la instrucción de los maestros.


Haya o no dones, los santos siempre podrán reunirse para partir el pan. La cena, ese memorial de sufrimientos y del amor del Señor, ocupa el primer lugar en las asambleas de los santos: allí le damos gracias. Es posible que nuestra fiesta sea celebrada en el desierto, pero la mesa es levantada por el Dios de gracia. La muerte del Señor, su amor, son recordadas en nuestras almas; y todo lo que se relacione con esta mesa es un monumento de la victoria que ha sido ganada sobre el mundo, sobre Satanás, y sobre la carne; y nosotros somos reconocidos como los herederos de su gloria.
 

¡Que podamos regocijarnos siempre, aunque la mesa sea levantada en el desierto, y debamos comer el cordero Pascual junto con las hierbas amargas y los panes sin levadura!