PERDONAR COMO DIOS PERDONA

Autor: Paul Fusier

Traducido de «El Mensajero Evangélico» Año 1956

1.- Medida y naturaleza del perdón


Somos exhortados a perdonar, “como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”, “de la manera que Cristo os perdonó” (Ef. 4:32; Col. 3:13). Estas expresiones no solo nos dan la medida del perdón: un perdón total, sin reserva y sin que quede en nuestro corazón el mínimo recuerdo del daño que nos han hecho, como ejemplo de Aquel que asegura: “Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones” (He. 10:17), sino que también nos muestran cual es la naturaleza del perdón que tenemos que ejercer.

2.- Dos obstáculos


¿No es verdad que, en general, sabemos muy poco acerca del perdón que hay que concederle a aquel que no perjudicó? Fallamos tanto con respecto a la naturaleza del perdón como en cuanto a su medida. En cuanto a la medida, hasta logramos decir: «te perdono», ¿pero no agregamos a menudo, y si no es con palabras, por lo menos en pensamiento: «pero jamás me olvidaré de esto»? Según Efesios 4:32 y Colosenses 3:13 no se nos invita a perdonar de esta forma. Pero, al contrario, hay otro obstáculo: podríamos creer que es necesario ir siempre, y en seguida, hacia el que nos ocasionó algún daño, que ha pecado contra nosotros e independientemente del estado en el cual él se encuentra, declararle un perdón sin reserva. Esto tampoco sería perdonar como deberíamos hacerlo, esto sería desconocer la naturaleza y el carácter verdadero del perdón, animar al culpable a pasar a la ligera sobre el mal en lugar de serle de ayuda.

3.- Necesidad de arrepentimiento

 

Olvidamos demasiado pronto un pecado cometido, sin embargo, ante todo este se trata de un pecado contra Dios, el versículo 4 del Salmo 51, entre otros pasajes, nos lo enseña claramente. Por consiguiente, asegurarle nuestro perdón a alguien que no ha juzgado la gravedad del pecado que ha cometido (siendo realidad cometido contra Dios mismo) no sería buscar su bien y, como consecuencia, no lo estaríamos amando con un amor verdadero. Comprendemos entonces porqué el versículo 14 de Colosenses 3 nos es dado en consecuencia de la exhortación del versículo 13: “perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto”.

El amor busca siempre el pensamiento de Dios y no nuestros propios pensamientos, busca el bien de la persona amada; y sabrá, cada vez, sugerir los medios a emplear para tocar el corazón, para alcanzar la conciencia del que cometió la culpa, de tal modo que lo reconozca con rectitud, lo confiese y se humille. Entonces, y solo entonces, se puede pronunciar el perdón.


¿Cómo nos perdonó Dios en Cristo? Después de haber confesado nuestros pecados y expresado un arrepentimiento sincero. Él está dispuesto a perdonar a todo pecador, y en virtud de la obra de la cruz, su justicia está plenamente satisfecha por el sacrificio expiatorio de Cristo, pero Él puede ejercer este perdón sólo con respecto a un pecador arrepentido. ¿Sería perdón para aquel que en primer lugar no comprende que lo necesita a Él?

Este principio es efectivo cuando se trata del perdón concedido al pecador arrepentido que se acerca a Dios, volviéndose hacia Cristo para la salvación de su alma, o también del perdón gubernamental, perdón pedido a Dios, en particular por un creyente que ha caído en falta y que sufre las consecuencias de su desobediencia bajo el justo gobierno de Dios. ¿Cuándo es que, por ejemplo, David puede decir a Jehová: “perdonaste la maldad de mi pecado”? Después que él “declaró su pecado” y “confesó sus transgresiones ”. Antes de que llegara a declararlo, mientras callaba, experimentaba lo que él mismo dice en los versículos 3 y 4 del Salmo 32, no conociendo el gozo de ser perdonado. El hecho que conduce a David al estado descrito en los versículos 3 y 4 de aquel Salmo es mencionado al fin del versículo 5: “perdonaste la maldad de mi pecado”, es la confesión: “Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová”.

 
Y así es también cuando ya no se trata de un creyente considerado de forma aislada, sino del pueblo de Dios. Leamos por ejemplo la oración de Salomón en el momento de la dedicatoria del templo y, en particular, los versículos 46 al 53 de 1 Reyes 8. Citemos también una parte de la respuesta de Jehová a esta oración, tal como lo encontramos en el segundo Libro de las Crónicas:” Si yo cerrare los cielos, para que no haya lluvia, y si mandare a la langosta que consuma la tierra, o si enviare pestilencia a mi pueblo; Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra” (7:13, 14). Se trate de una falta individual o de un pecado del pueblo, el camino es siempre el mismo: humillación, confesión delante de Dios, abandono del mal camino. Solo entonces Dios puede perdonar, y a Él le agrada hacerlo.


Tal es la enseñanza que encontramos también en el Nuevo Testamento: “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad (1 Jn. 1:9).

4.- Producir arrepentimiento

Moisés y el becerro de oro


¡Cuánto deseó Moisés que Jehová perdonara el pecado del pueblo después de lo acontecido con el becerro de oro! Que intercesión la suya, cuando regresa a Jehová: “que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito” (Ex. 32:32). Pero Jehová no podía otorgar la oración de su siervo “en el día del castigo, yo castigaré en ellos su pecado” (Ex. 32:34). ¿Por qué no perdona? Porque el pueblo no confesó su pecado y no se arrepintió. Con el fin de que reconocieran públicamente su pecado, Moisés quemó en el fuego el becerro que los hijos de Israel habían hecho, lo molió hasta que fue hecho polvo y luego lo esparció por la superficie del agua, agua que les hizo beber. Pero el pueblo no expresa ningún sentimiento de arrepentimiento, y Aarón mismo (sin duda alguna el más culpable, ya que con Hur tenían a cargo el pueblo en ausencia de Moisés, quien había subido al monte) desconoce completamente su responsabilidad, descargando toda la culpa sobre el pueblo: “tú conoces al pueblo, que es inclinado a mal”, y para disculparse, le da a Moisés una reseña muy inexacta de los hechos. Es sorprendente la comparación que se puede establecer entre una parte y los hechos mismos: “Y Aarón les dijo: Apartad los zarcillos de oro que están en las orejas de vuestras mujeres, de vuestros hijos y de vuestras hijas, y traédmelos. Entonces todo el pueblo apartó los zarcillos de oro que tenían en sus orejas, y los trajeron a Aarón; y él los tomó de las manos de ellos, y le dio forma con buril, e hizo de ello un becerro de fundición.” (Ex. 32:2-4) Y, por otra parte, la narración hecha por boca de Aarón: “Y yo les respondí: ¿Quién tiene oro? Apartadlo. Y me lo dieron, y lo eché en el fuego, y salió este becerro.” (v. 24). Según su narración, lo único que Aarón había hecho era “echar en el fuego” el oro que le había sido aportado por el pueblo; en cuanto al becerro de fundición, para creerle, no estaba allí por coincidencia: “…salió este becerro”. ¿No sucede que nosotros tratamos, a la manera de Aarón, de encontrar excusas a nuestras faltas, en lugar de confesarlas con rectitud? Por lo tanto, no existe ningún sentimiento de culpabilidad, ninguna confesión del pecado ni ningún arrepentimiento por parte del pueblo, ni tampoco en Aarón, a quien Moisés le había confiado el cuidado del pueblo; y por consiguiente, Jehová no los podía perdonar.


Tu hermano


Las diferentes porciones de la Palabra que acabamos de considerar nos dicen cual es el carácter del perdón que debemos ejercer si queremos ser “imitadores de Dios” (Ef. 4:32; 5:1). Esta enseñanza es confirmada por el Señor mismo: “Si tu hermano pecare contra ti, repréndele y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale” (Lc. 17:3, 4).

Sin duda que lo que debe estar en nuestros corazones, tan pronto como nos hacen daño, es un pensamiento de gracia y de perdón con respecto al culpable; pero con respecto al reconocimiento que podemos hacerle, el perdón estará sometido a la confesión del pecado y al arrepentimiento.


Obra de Dios, papel del ofendido


A menudo la confesión se vuelve difícil y el arrepentimiento penoso. A un incrédulo apenas le gusta tomar tal lugar delante de Dios; oír cosas agradables, cantar bellos cánticos, puede que lo consienta de buena gana, pero le es duro pasar de los versículos 3 y 4 al versículo 5 del Salmo 32. Y un creyente que ha pecado lo prueba la mayoría de las veces (porque el corazón humano es siempre el mismo), pues también tiene grandes dificultades para confesar con rectitud aquello en que falló y arrepentirse sinceramente de ello. Para que se produzca tal resultado, es necesario que se lleve a cabo una obra que solo Dios puede realizar en la conciencia.

Ya que solo Dios puede obrar, es decir, si en el culpable no se produce ni humillación, ni confesión, ni arrepentimiento, ¿Qué sucede con aquel a quien se le ha hecho el daño? ¿Debe quedar indefinidamente en una posición de espera, sin ejercer ninguna acción?

Tal posición sería una falta de amor, posiblemente sería lo mismo que ir a declarar un perdón total al que cometió la falta sin que de su parte hubiese existido una confesión del pecado y una real expresión de arrepentimiento. Sin lugar a dudas que solo Dios puede obrar, pero a Él le place servirse de instrumentos con vistas a este trabajo, por lo menos en ciertos casos; no perdamos de vista, so pretexto de nuestra impotencia, nuestra responsabilidad en un servicio que hay que cumplir. Este servicio se debe cumplir, no con el sentimiento de que nosotros somos quienes vamos a obrar en un corazón, sino con la confianza de que Dios mismo querrá actuar, en su debido momento, respondiendo así a la espera de la fe. El amor del cual Colosenses 3:14 nos exhorta a “estar revestidos”, es el que conducirá a aquel que tiene el corazón dispuesto para el perdón, pero que, sin embargo, aún no puede declararlo hacia la conciencia de aquel en quien se debe realizar una obra más profunda. Y este amor, ejercitándose en la verdad, sabrá encontrar el camino del corazón; actuará con perseverancia, sin dejarse desalentar por todo lo que naturalmente lo desanimaría, y no descansará en este servicio hasta cuando aquel que ha cometido el daño se quiebre por la poderosa gracia de Dios, habiendo sido conducido al arrepentimiento, confesando su pecado con rectitud y humillación. Los resultados serán manifestados cuando el trabajo de Dios haya terminado. Entonces, el perdón podrá ser declarado sin restricción ni reserva; en su medida y en su naturaleza, verdaderamente será un perdón según Dios.

 

Conclusión

Si supiéramos realizar mejor estas cosas, veríamos un desarrollo feliz en las relaciones fraternales; las nubes serían rápidamente y completamente disipadas. ¡Por desgracia cuántas faltas tenemos que confesar! Es tan frecuente que dejemos los desacuerdos y las faltas graves sin que se realicen, de una y otra parte, los ejercicios y las actividades a los cuales la Palabra nos convida; e inclusive conceder nuestro perdón sin esperar (e igualmente sin tratar de producir) la confesión y el arrepentimiento necesarios, lo que sin duda es mucho más fácil, porque esto no necesita ningún verdadero trabajo de corazón, ninguna manifestación de efectiva solicitud, pero que traba la restauración del culpable. Tanto en un caso como en el otro, hay una pérdida para aquellos que están interesados en los asuntos, así como para la asamblea.