CONSOLACIÓN Y FUERZA EN EL CAMINO

Traducido de “El Mensajero Evangélico” 1931

Notas tomadas en una meditación de Henri Rossier

Isaías 40:1-11; 28-31

Es extremadamente notable constatar en este pasaje, como en todos aquellos de la profecía concerniente a Israel, de que aquello que es dirigido a Israel se aplica igualmente a nosotros, aunque de otra manera, porque poseemos infinitamente mucho mas que el pueblo terrenal de Dios.


Con este capítulo comienza una nueva y gran división del libro de Isaías. El anuncia que Jehová deseaba consolar a su pueblo que había estado bajo el yugo de las naciones. Jerusalén había caído en manos de ellas, y Dios declara que ahora su tiempo de angustia estaba cumplido, que su iniquidad estaba pagada porque había recibido el doble por todos sus pecados. Enseguida anuncia la manera en la cual ésta liberación iba a suceder. Una voz clamaría en el desierto. Sabemos cual era esa voz, porque cuando se le pregunta a Juan el Bautista quien era él, cita este pasaje. Si Israel hubiera aceptado al Mesías en ese momento, habría sido restaurado. ¿Pero que hace este pueblo?  Rehúsa a Cristo. Tal ha sido el resultado de este llamado lleno de gracia que Dios le ha dirigido. El pueblo no quiso al Mesías, muy por el contrario, lo crucificó. Sin embargo, en un tiempo futuro, se oirá de nuevo esta palabra: “Consolaos, consolaos, pueblo mío”; Dios no puede abandonar su fidelidad hacia él. Cuando ese pueblo haya atravesado la angustia de Jacob, una voz en el desierto clamará de nuevo: "Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios”.


Encontramos enseguida, después del verso 6, que a pesar de todo lo que Dios ha hecho por su pueblo, su estado se resume a esto: la ruina completa del hombre; no subsiste nada de él. Dios lo probó por medio de una ley santa, y él falló completamente bajo la ley. Ha sido mostrado que toda carne es como la hierba, el soplo de Jehová ha soplado de lo alto, el juicio ha sido pronunciado. Tal fue el resultado de todos los caminos de Dios hacia Israel. El hombre es declarado no solamente culpable, sino merecedor de ser arrojado al fuego del juicio. No puede subsistir nada del hombre tal como está en la presencia de Dios.


Si aplicamos esto a nosotros, queridos amigos, esta constatación hace nuestra felicidad. Esta experiencia es la última del pueblo de Israel, mientras que para nosotros comienza por esta misma palabra: “Que toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo”. El comienzo de nuestra vida cristiana es el conocimiento del juicio que Dios pronuncia sobre nosotros. Es la base del evangelio, y no hay evangelio sin esto. Dios en su gracia nos conduce delante de Él, donde vemos el fin de el hombre y el juicio que Dios pronuncia sobre él. No queda nada de él en Su presencia y cuando recibimos esta verdad, oímos la voz que dice: “Consolaos, consolaos, pueblo mío”. El Señor nos dice: «Habéis sido juzgados, el juicio se ejecutó, pero tengo ahora consolaciones para vosotros, yo reconfortaré vuestras almas». Hemos recibido de la mano de Jehová el doble por todos nuestros pecados y lo hemos recibido en la persona de nuestro Bien Amado Salvador, porque Él es quien recibió por nosotros el doble de lo que merecíamos. El hará que el juicio caiga sobre Israel, mientras que nosotros, estamos colocados al amparo de este juicio; el Señor lo sufrió en nuestro lugar. Su tiempo de angustia se cumplió; nuestras iniquidades las tomó sobre Él, y ahora Dios puede consolarnos. En la segunda Epístola a los Tesalonicenses se nos dice que hemos recibido “consolación eterna”. Ya no hay lugar para el dolor, para el sufrimiento, para el juicio, hemos recibido en nuestros corazones esta consolación eterna, pues todos nuestros pecados e iniquidades cayeron sobre Él. Esta consolación es Suya y ella es nuestra.


Diciendo: “Preparad camino a Jehová ” (v.3-5), Dios deseaba que el pueblo de Israel se volviera hacia el Mesías que les iba a enviar y lo recibiera con un corazón dispuesto. Israel estaba en un desierto; pero había una voz que clamaba en el desierto: Enderezad el camino. El corazón del pueblo se quedó donde estaba, y cuando vino el Señor Jesús, entró en este camino. Caminó en este mundo, levantando todo valle. Bajándose a los humildes para levantarlos, y derribando al orgulloso. Trazó un camino perfecto a través de este mundo. Mientas toda carne era como hierba, el camino florecía bajo sus pies; era el sencillo camino del Siervo perfecto, y por Él, también llegó a ser nuestro. Su gracia dispuso nuestros corazones para recibirlo. Para nosotros ahora hay un camino que puede perfectamente glorificar a Dios, pues es el camino que siguió el Señor y en el cual podemos posar nuestros pies sobre las huellas de sus pisadas. Todo lo que será para Israel más adelante, es realidad para nosotros ahora. Él dice: La gloria de Jehová será revelada. Esta gloria la hemos visto. El apóstol Juan dice: “Vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre”.

Pero jamás debemos olvidar que hemos de hacer lo que se encuentra en los versículos 9 y 10. Para nosotros ahora es nuestra parte y lo será para Israel mas adelante: anunciar las buenas nuevas. Queridos amigos, ¿tenemos el corazón, para subir sobre una montaña alta y ser mensajeros de las buenas nuevas? Mas comprendemos lo que es la gracia de Dios es para nosotros, mas levantaremos la voz para decir: ¡La paz esta hecha! ¡Podéis tener la paz con Dios, podéis tener una consolación eterna! ¡No lo olvidemos, no vivamos para nosotros! Seamos personas que suban sobre una alta montaña y que anuncien las buenas nuevas. Si Jerusalén declara: “¡Ved aquí al Dios vuestro! He aquí que Jehová el Señor vendrá con poder”. Hoy debemos proclamar que el día que el Señor está por venir: Anunciemos al mundo que esperamos al Señor, no solamente viniendo en gracia, sino también en gloria para dar a cada uno según sea su obra. Israel no tendrá que anunciar la venida del Señor en gracia; para él será la aparición en gloria para libertar a Su pueblo.


“Como pastor apacentará su rebaño” (v.11). Esto sucederá cuando Él venga en gloria; será el pastor de Israel. En cuanto a nosotros, desde ya somos Suyos, y podemos decir: Conocemos a este mismo pastor que apacienta Su rebaño, que junta Sus corderos, que conduce dulcemente a las que van con El. ¡Qué gozo encontrarnos bajo la conducción de este Buen Pastor y poder decir: “El Señor es mi pastor; nada me faltará”!


Sucede a menudo, cuando falta la experiencia de todas estas cosas, y se está comprometido en la marcha de la fe, que se pierde algo de valor. Más de alguno de entre nosotros siente el cansancio, y puede ser que aquellos que están más avanzados en el camino lo prueben más intensamente que los jóvenes. Para ellos son dirigidos estos versículos al final del capítulo. Aunque avancemos, no podemos perder todas las bendiciones primeras que el Señor nos ha concedido. Es verdad que no tenemos nada de fuerza en nosotros mismos, pero si colocamos nuestra fuerza en Aquel que es la Fuerza, entonces seremos capaces de avanzar; solamente que es necesario tomar de aquella fuerza cada día. Es lo que dice el Salmo 84: “Bienaventurado el hombre que tiene en Ti sus fuerzas…Irán de poder en poder”. Allí está la experiencia que hace también la iglesia de Filadelfia. El Señor dice: “Tienes poca fuerza”. Pero la fuerza de Filadelfia está en el Señor. Es la llave de David sobre su espalda. Él lleva toda la responsabilidad de la casa de David; Él abre y ninguno cierra. El Señor da la fuerza a aquel que está cansado, aumenta la energía de aquel que no tiene vigor. Porque cuando no tengo fuerza alguna, la fuerza está en Él.


Tres enseñanzas nos son dadas en estos pasajes para el camino del cristiano. En primer lugar: "Levantarán alas como las águilas”. El vuelo de las águilas sube y se eleva hasta el sol. Es lo que debemos hacer. Podemos tomar el alto vuelo de las águilas sin que nuestro vuelo se detenga a medio camino. Somos llamados a tomar posesión de estas cosas, cosas que Dios nos ha dado como siendo nuestras; Él nos dio el cielo. Pero es necesaria la fuerza ahora para entrar, son necesarias las alas del águila: ¿Dónde encontraré yo esta fuerza? ¡En Él!


Enseguida dice: “Correrán, y no se cansarán”. Es el segundo carácter del testimonio cristiano. Es lo que hace el apóstol a lo largo de toda su vida cristiana; llega al punto de decir: “He acabado la carrera”. ¿Por qué corría él? Para alcanzar la meta. Deseaba ser el primero en colocar su mano en la meta. Nos dice: Corramos todos, como si todos debamos alcanzar la meta. Es necesaria la fuerza: “Los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas”.

Al final se dice para el viaje: "Caminarán, y no se fatigarán.” Caminar sin cesar hacia la meta lejana, día tras día, llevando como fardo un saco que pesa sobre nuestras espaldas,  no quedándose al borde del torrente que el Señor coloca en nuestro camino, ¿no es más difícil que hacerlo uno sólo y con gran esfuerzo? “Caminarán, y no se fatigarán”.


Tenemos estas tres enseñanzas en nuestra vida cristiana. No descuidemos ninguna. No podemos realizarlas al mismo tiempo. Cuando uno se sube sobre las alas del águila, se está en el cielo, se goza de las cosas celestiales. Cuando se camina con un saco a la espalda, probamos lo que somos, y hacemos la experiencia feliz de que el Señor es suficiente en todas las dificultades del camino. El camino es áspero y el peso de la vida pesa sobre las espaldas, pero nada es difícil para aquel que busca su fuerza en Dios: “Caminarán, y no se fatigarán”.

¡Qué así sea para todos nosotros! Que aprendamos lo que es estar en la carrera teniendo por delante la meta y la voluntad de llegar en primer lugar. Es lo que hacía el apóstol. Empleemos las alas del águila para subir a los lugares celestiales; sigamos la carrera para alcanzar la meta. Caminando en el camino, haremos a menudo la experiencia de nuestra debilidad y de nuestro cansancio, pero a medida que avancemos, caminaremos de poder en poder. Igualmente, si tenemos que  atravesar el valle de lágrimas, alcanzaremos la montaña de la gracia donde estaremos establecidos por la eternidad.