LA  ASAMBLEA DE DIOS 

(1ª Corintios 10 al 14)

Conferencias en Ballaigues 6-9 / Mayo / 1924

LO QUE ES LA ASAMBLEA DE DIOS — SU REALIZACIÓN PRACTICA  HOY

Desde el comienzo de esta Epístola, el apóstol Pablo reconoce a los santos a quienes se dirige como "la iglesia de Dios que está en Corinto” (1:1). Vemos que estos creyentes marchaban relajadamente, sin embargo, era importante que, para la instrucción de la Iglesia durante toda su historia, tuviéramos el pensamiento de Dios con respecto a ella. Es la Asamblea de Dios. Esta expresión destaca lo que ella es a Sus ojos, cual es su origen, su carácter, sus privilegios y sus responsabilidades. Dios mismo es quien la formó; de Él obtiene su vida, su llamamiento y su esperanza. En otro pasaje de la Escritura Pablo les recuerda a los ancianos de Éfeso que el anunciaba el Evangelio de la gracia de Dios, el reino de Dios, y que ellos debían apacentar a la Asamblea de Dios (Hechos 20:24, 25, 27, 28). En esta obra todo es de Dios, cumplida por el Espíritu Santo desde el día del Pentecostés, agrupando a los miembros del cuerpo de Cristo. La Asamblea de Dios comprende a todos los creyentes desde aquel día hasta la venida del Señor. Por lo tanto, abraza a todos los hijos de Dios. 

Vista en su manifestación local, la Asamblea de Dios está formada por todos los creyentes que viven en un momento dado en el mismo lugar. Aunque lo comprendan o no, son totalmente responsables de escuchar las enseñanzas de esta Epístola, la cual, con un propósito, no solo se dirige “a la iglesia de Dios que está en Corinto” sino que a todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro” (1:1,2). 

 

El Espíritu Santo toma el momento de desorden que reinaba en Corinto y nos da las instrucciones necesarias para la marcha colectiva e individual de los cristianos aquí en la tierra. Llamamos a esta Epístola «la constitución de la Asamblea», pues esta nos presenta los principios constitutivos que la gobiernan y que reglamentan su marcha y funcionamiento; en ella también encontramos el orden según Dios que debe caracterizar su testimonio para la gloria del Señor y para la prosperidad espiritual de aquellos que la forman. 

Hoy se oye decir que, en vista de la ruina y confusión que reina en la Iglesia profesante, ya no es posible poner en práctica los consejos de esta Epístola con respecto a la agrupación de los hijos de Dios, y que debemos aceptar, como un mal inevitable, las divisiones y la mundanalidad que caracterizan este estado de cosas. Mejor estudiemos con oración, y en un espíritu de sumisión a la Palabra, las instrucciones de esta carta inspirada, para que así podamos fortalecer nuestra marcha ha individual y colectiva.

 

Todas las verdades contenidas en esta Epístola pueden ser realizadas hoy; pero para poder hacerlo, hay que seguir las instrucciones de la segunda Epístola a Timoteo, la cual nos exhorta a separarnos de los de vasos de deshonra (2 Ti. 2:21); algo que no era necesario en el principio. En ese entonces, todos los creyentes invocaban al Señor “de corazón limpio”(1 Co. 1:2; Hch. 9:14; 2 Ti. 2:22). Hoy existe una profesión cristiana acompañada de mal doctrinal y moral no juzgado, del cual es necesario separarse para ser vasos para honra. Luego hace falta, como el apóstol exhorta a Timoteo a hacerlo, a huir “de las pasiones juveniles”y seguir “la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor”.  Solo así podremos poner en práctica todas las enseñanzas de la primera Epístola a los Corintios, como también las de toda la Escritura. Entonces, y solo entonces, seremos capaces, como los primeros cristianos, y a pesar de la ruina, de perseverar “en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones”(Hch. 2:42). Los que en un día de desorden como el nuestro, tienen cuidado de las instrucciones que acabamos de hablar, realizan, aun en debilidad, lo que es la Asamblea de Dios en el lugar que habitan, posiblemente son solo una minoría de minorías entre los hijos de Dios que se encuentran en esta localidad, aunque todos juntos componen la Asamblea de Dios de este lugar. Pero, para que una asamblea lleve este carácter y sea reconocida por el Señor, esta necesita poner en práctica la separación del mal ordenada en los pasajes que hemos considerado.  Aunque seamos dos o tres para responder al pensamiento de Dios en cuanto a la reunión de los suyos, podemos, y debemos, actuar según las enseñanzas de esta Epístola. Si nos retiramos del mal, no formamos una secta, sino que estamos en el mismo terreno de Dios, no habiendo dejado Su casa, sino buscado, como se ha dicho, un lugar limpio en esta casa, donde podremos proseguir la justicia etc., con los que invocan el nombre del Señor con un corazón limpio. Así tendremos el inapreciable privilegio de presentar a Cristo en el mundo y de ser los testigos de su gracia hacia la Asamblea de la que formamos parte. Si entramos en este camino con corazones ejercitados, entonces encontraremos a otros cristianos deseosos de servir y glorificar al Señor, y podremos junto con ellos poner en práctica las directivas de la Palabra para los días de ruina. Habrá abundantes bendiciones de Su parte para los que lo honran caminando por el camino de la obediencia a esta Palabra. 

 

Pablo dice que es “apóstol de Jesucristo” (1 Co. 1:1). Pone en relieve el carácter divino de su apostolado a causa del estado de desorden de la asamblea de Corinto, en donde el enemigo procuraba minar su autoridad. También es importante que, en cada período de la historia de la Iglesia, las enseñanzas de esta Epístola estén rodeadas de toda la solemnidad que reviste la autoridad moral del apóstol inspirado de Dios, a quien le fue confiada la revelación de su consejo en cuanto a “la iglesia del Señor, la cual Él ganó por su propia sangre” (Hch. 20:28). El propósito de Dios con respecto a ella era un “misterio escondido desde los siglos en Dios” (Ef. 3:9), llamada también “el misterio de Cristo” (v. 4). Cristo debió dar su vida para adquirir a la Asamblea como su Esposa muy amada: “y se entregó a Sí mismo por ella” (Ef. 5:25). En la gloria ella es vista como “la desposada, la esposa del Cordero” (Ap. 21:9). Las bodas tienen lugar en el cielo: “Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado” (Ap. 19:7).

 

Para presentar a los Corintios el sentimiento de la grandeza de su llamamiento, el apóstol se dirige a ellos como “a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos” (v. 2). Tal es la posición de santidad en la cual nos ha colocado la obra de la redención. El estado práctico de los Corintios no respondía a la grandeza de sus privilegios. No obstante, el Espíritu de Dios actúa con poder por medio de esta carta de Pablo para que juzguen el mal en el cual habían caído. También, en su segunda Epístola, así como en la primera, el apóstol los reconoce como “la iglesia de Dios que está en Corinto” (1:1) Ellos hubiesen perdido este carácter si no se hubieran purificado del mal. En lo que nos concierne a nosotros, tenemos por la fe los mismos privilegios, pero nuestra vida práctica no está a la altura de ellos; nos falta piedad y fidelidad al Señor en nuestros hogares, en nuestras relaciones con el mundo y en tre nosotros mismos. El Señor nos ayude a emitir un santo juicio sobre nosotros mismos, colocándonos sobre el terreno de obediencia a su Palabra.
 

Nuestro Dios es un Dios de orden y santidad; y hoy en día también puede sancionar el desorden que reina en Su casa. Tenemos que esforzarnos en guardar la unidad del Espíritu para manifestar la unidad fundamental del cuerpo de Cristo, que es el fruto inmutable de Su obra en la cruz (Jn 11., Ef. 4:2, 3). La voluntad del hombre no tiene ninguna parte en el dominio de Dios, es por eso que vivimos en su dependencia y temor.

 

Respecto a la Asamblea, digamos algunas palabras sobre Mateo 16:18: “sobre esta roca edificaré mi iglesia. Este pasaje contiene tres verdades importantes:

 

1.- La revelación hecha por el Padre a Simón Pedro de la gloria de la Persona de Cristo expresada en estas palabras: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (v. 16). Él debía descender a la muerte para cumplir los consejos de Dios, pero la muerte no tenía ningún derecho sobre Él, y, en el poder de la vida que estaba en Él, iba a salir triunfante de la tumba, después de haber glorificado a Dios por su obediencia, habiendo quitado el primer pecado de delante de sus ojos, vencido la muerte y el poder de Satanás, y haber hecho posible la realización plena de todas las gloriosas intenciones de Dios.

 

2.- La revelación del pensamiento en cuanto a la Asamblea (hasta allí escondido en Dios), de la cual la formación sobre la tierra y la manifestación en gloria reposan en la victoria de Cristo y su amor por ella: “Sobre esta roca (la Persona del Hijo del Dios vivo resucitado de los muertos) edificaré mi iglesia” (v. 18). 

 

3.- En relación con el nuevo orden de cosas que debía resultar de la muerte y de la resurrección de Cristo, y con la presencia del Espíritu Santo en la tierra, Simón recibe el nuevo nombre de Pedro que expresaba con anticipación la bendición de la nueva relación fundada sobre la obra de la redención a la cual iba a entrar. Esta relación es la porción actual de todos los rescatados; unidos a Cristo por el Espíritu Santo y añadidos como “piedras vivas” al fundamento que es Él mismo (1ª Pedro 2:5).

 

El Señor dice: “Mi Asamblea”: Le pertenece; Él mismo se entregó por ella (Ef. 5:25); también “las puertas del Hades”, es decir el poder de la muerte y de Satanás, “no prevalecerán contra ella” (Mt. 16:18). El Señor no dice: «contra Mí», aunque también es cierto, a causa de Su excelencia y a causa de Su gloria. El pecado destruyó todo lo que Dios había confiado a la responsabilidad del primer hombre, pero no lo hará así con la Asamblea, porque es el fruto del trabajo de Cristo. Todo el poder del enemigo ha sido quebrantado en la cruz, y el Señor resucitado y glorificado puede entrar en lo sucesivo, libremente, en su dominio para quitarle a sus cautivos: “Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres”. (Ef. 4:8). Así, nosotros, pecadores miserables, esclavos de Satanás, hemos sido arrancados de nuestra terrible condición, y, como piedras vivas, hemos sido añadidos a la casa que el Señor ha construido y que crece para ser un “templo santo” en la cual manifestará su gloria eterna.

 

La inteligencia de los pensamientos de Dios con respecto a la Asamblea y el amor de Cristo para con ella, son necesarios para caminar fielmente en medio de la ruina presente. Si no comprendemos el llamamiento glorioso de la Iglesia, entonces no podremos apreciar la importancia y el precio que el Señor atribuye a su testimonio aquí en la tierra. Cristo tendrá a su Asamblea, tal como su corazón lo desea, sin mancha ni arruga, a pesar de su estado actual de confusión y de miseria. Como Cristo es Dios; también se la presentará a Sí mismo (Ef. 5:27), como Eva fue llevada por Dios a Adán al despertar de su sueño (Gn. 2:22). ¡Con que gozo el Señor dice: “Mi Asamblea”! Para Él, ella es la perla de gran precio por la cual ha dado todo lo que Él tenía, y, como conjunto de todos aquellos que componen la Iglesia, es también este tesoro que ha escondido para Sí, “que gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo” (Mt. 13:44-46).

 

La Asamblea no es revelada en el Antiguo Testamento. No obstante, desde el comienzo, ocupaba un lugar muy grande en los pensamientos de Dios, respecto a esto la Palabra nos presenta cuadros muy instructivos. Así, en el Génesis, cuatro mujeres son figura de ella bajo aspectos diferentes:


1.- Eva nos habla de la Iglesia estando unida a su Esposo: “Esta es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gn. 2:23).

2.- Rebeca es el objeto de la elección de Abraham y del trabajo del siervo fiel que va a buscarla a un país lejano (Gn. 24), como consecuencia del sacrificio de Isaac (Gn. 22). Es así como luego de la muerte y de la resurrección de Cristo, el Espíritu Santo, venido a esta tierra, reúne a la Iglesia con quien compartirá su gloria.
 

3 ° Raquel es el objeto de un servicio de amor perseverante por parte de Jacob. Así es como “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Ef. 5:25).

 

4° Asenat, esposa de José que se le ha dado en recompensa de todo su trabajo y así reparte su gloria entre los gentiles, cuando ha sido rechazado y desconocido por sus hermanos (Génesis 41:45). 

CAPÍTULO 10

Unidad, comunión y la mesa del Señor

La Asamblea es el cuerpo de Cristo aquí en la tierra. Esta verdad está desarrollada en los capítulos 10 al 14 de la primera Epístola de Pablo a los Corintios. Los capítulos 3 al 9 de esta misma Epístola nos hablan principalmente sobre la Asamblea como casa de Dios, siendo confiada a la responsabilidad del hombre. Lo que hemos dicho más arriba concerniente a la Esposa de Cristo se relaciona sobre todo con la enseñanza de la Epístola a los Efesios. En cambio, en esta Epístola, la casa y el cuerpo son considerados según nuestra responsabilidad. El cuerpo de Cristo es visto en su funcionamiento bajo la dependencia del Espíritu Santo, y el cuerpo, unido a la Cabeza, recibe de esta la vida y el alimento que son necesarios para su crecimiento. Hay un solo cuerpo (donde la unidad es indestructible), el cual es el fruto de la obra de la cruz. La manifestación de esta unidad tiene lugar en “la mesa del Señor” (v.21). ¡Independientemente de la ruina de la Iglesia responsable, el testimonio de la unidad del cuerpo siempre es expresada por el un solo pan!: “Nosotros, con ser muchos, somos un solo pan, un solo cuerpo” (v. 17 versión francesa J. N. Darby).

Notemos bien que el nombre de Señor se menciona más de 40 veces en está Epístola. Cuando los creyentes olvidan la autoridad y los derechos de Aquel al cual pertenecen, como era el caso de los Corintios, el Espíritu de Dios no dejará de recordárselos. En un día de ruina en Israel, el profeta Malaquías insistía igualmente sobre la Mesa de Jehová, la cual era menospreciada por los sacerdotes, quienes ofrecían pan inmundo sobre Su altar. (Mal. 1 :12,13). La expresión: “la mesa del Señor” se encuentra una vez en el Antiguo testamento (Mal. 1:12) y una vez en el Nuevo (1 Co. 10:14). Aunque la aplicación no sea la misma en estos dos pasajes, las dos nos hacen resaltar los derechos del Señor sobre aquellos que Él ha conducido en relación con Sí mismo, y a quienes invita a gozar de Su comunión. Hay una analogía sorprendente entre las circunstancias por las cuales profetizaba Malaquías alrededor de un siglo después del retorno de la cautividad de Babilonia, y donde estamos ahora después de un lapso del tiempo casi idéntico, el cual ha fluido desde el despertar por el cual Dios recordó a la Iglesia las verdades relativas a su llamamiento, a su testimonio y a su esperanza. El relajamiento y la torpeza espiritual son los mismos al fin de estas dos dispensaciones.

La comunión expresada en la mesa del Señor es una participación común de las bendiciones que emanan, para todos los miembros del cuerpo de Cristo, de la eficacia de su sangre derramada. Tomando “La copa de bendición que bendecimos”, declaramos tener una parte común en el valor de esta sangre, por la cual hemos sido rescatados y lavados de nuestros pecados. Además “un solo pan” expresa nuestra unión en un solo cuerpo de la cual somos los miembros, unidos por el Espíritu Santo con la Cabeza glorificada que es Cristo (v. 17).

Todo este pasaje es una gran lección de comunión dada a personas inteligentes, por la enseñanza del Espíritu de Dios (v. 15), pero que peligraban de olvidar la posición de separación en la cual habían puestos. Por lo tanto, el apóstol da tres ejemplos de comunión expresada por el acto de comer, probando así, como en los tres casos había identificación de aquellos que cumplían este acto con aquello que participaban.

1.- Los que tienen parte a la mesa del Señor dan testimonio, tomando lugar allí, de la gracia que les rescató y condujo en la unidad del cuerpo de Cristo (v. 16-17).

2.- Israel tenía comunión con el altar, participando en los sacrificios de prosperidad — sacrificios de paz — (v. 18).

3° Los Corintios que comían y bebían de los sacrificios ofrecidos a los ídolos en los templos paganos, se identificaban, horriblemente, con la mesa y la copa de los demonios (v. 20, 21).

Observemos aun dos verdades que resaltan de este pasaje:

1.- El apóstol presenta allí sus enseñanzas en forma de asuntos que acuden a la conciencia de los santos, mostrándoles por una parte la grandeza de sus privilegios, y por el otro, la gravedad de su asociación con el mundo, del cual habían sido sacados para gozar de su gloriosa posición. Hay en los versículos 14 a 22 ocho signos de interrogación que son como aguijones a nuestras conciencias.

2.- El Espíritu Santo nos da allí los elementos de la Cena en un orden diferente de aquel en que fue instituida por el Señor y que el capítulo 11 nos recuerda. En el Capítulo 10, la copa es mencionada antes del pan (v. 16), porque la condición esencial de la comunión con Dios expresada a la mesa del Señor es el perdón de nuestros pecados en virtud de la sangre de Cristo. “La copa de bendición que bendecimos” nos recuerda la eficacia de esta sangre vertida en la cruz, así como nuestra participación en esta liberación. Desde entonces, por medio del Espíritu Santo somos lavados en esta sangre preciosa, y llegamos a ser miembros del cuerpo de Cristo

Es importante observar que es a la “mesa del Señor” que tomamos lugar. No es llamada la mesa del Salvador, aunque no esté ausente este carácter bendito bajo el cual lo conocemos. Constantemente peligramos al olvidar su Señorío. Sus derechos sobre los suyos, a quienes adquirió por medio de sus sufrimientos y su victoria, deben ser reconocidos y proclamados en Su mesa, como también durante todo el curso de nuestra vida aquí en este mundo. Eso es lo que los Corintios habían olvidado. Cuando nos reunimos a su Nombre, el Señor está presente en medio de nosotros según su promesa. Además, el mal no puede quedar escondido e impune en Su mesa. Así era en Corinto, pues allí el juicio del Señor se estaba efectuando sobre los suyos, con el fin de que “no fueran condenados con el mundo” (11:32).

Tenemos la responsabilidad de guardar la Palabra del Señor y de no negar su Nombre (Ap. 3:8). ¿Podemos decir que revestimos estos dos caracteres y que tenemos la mesa del Señor, si no juzgamos el mal en la Asamblea? Muchos cristianos están asociados con el mal doctrinal y moral, reuniéndose exteriormente sobre un terreno de separación de los sistemas diversos de la cristiandad. Se recuerdan de la muerte del Señor celebrando la cena que El instituyó para ser el memorial de sus sufrimientos en su ausencia, pero no están reunidos sobre el terreno divino de la unidad del cuerpo (el cual no tiene participación alguna con el mal), y, por consiguiente, no tienen la mesa del Señor.

No obstante, el Señor tiene en cuenta la debilidad y la ignorancia de los suyos en un día de confusión y de ruina, y puede bendecirlos. No olvidemos, sin embargo, nuestra responsabilidad de no negar el nombre de Aquel que es “el Santo y el Verdadero” y purificarnos de los vasos de deshonra, con el propósito de que seamos “instrumentos para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra” (2 Ti. 2:19-22).

Ya hemos recordado que en la mesa del Señor expresamos la unidad del cuerpo simbolizada por el “un solo pan” (v. 17). Tenemos, entonces, comunión los unos con los otros, como siendo miembros del mismo cuerpo, y somos así solidarios los unos de los otros delante de Dios. De ahí proviene la responsabilidad de quitar al perverso de entre nosotros (1 Co. 5:13). El Israelita tenía comunión con el altar, comiendo los sacrificios ofrecidos sobre él, y el pagano con los ídolos, es decir, con los demonios que se escondían detrás de él. ¿Podemos participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios? (v. 21). ¡Qué terrible iniquidad tenían, en Corinto, aquellos que comían los sacrificios idólatras que se efectuaban en los templos paganos, de lo cual eran culpables! El apóstol acude a sus conciencias, diciéndoles: «¿Han olvidado que han sido lavados por la sangre de Cristo y son miembros de su cuerpo? ¿Provocan a celos al Señor, atrayendo así juicio sobre ustedes?». Habían llegado a ser inteligentes por la operación del Espíritu Santo en sus corazones, y eran responsables de cuidar las advertencias de la Palabra. Lo mismo ocurre con nosotros.

CAPÍTULO 11

La Cena del Señor

Notaremos que la gran verdad sobre la cual el Espíritu de Dios insiste en los capítulos 11 al 14 es la del funcionamiento del cuerpo de Cristo. Se dice que, tanto en la Epístola a los Efesios como la de los Colosenses tenemos la Cabeza del cuerpo, pero en la carta a los Corintios vemos el cuerpo de la Cabeza. Aquí encontramos a la Asamblea reunida al nombre del Señor: “Cuando os reunís como iglesia” (11:18). El Señor ha prometido su presencia a los santos reunidos en su Nombre. Para Israel había un lugar especial escogido por Dios “para poner allí su nombre”, y a donde era necesario llevar los holocaustos, los sacrificios y los diezmos (Dt. 12:4-7). Para encontrarlo, era necesario un ejercicio de corazón y de conciencia: “el lugar que Jehová vuestro Dios escogiere…ése buscaréis, y allá iréis “ (v. 5). ¡En medio de la ruina actual, cuán necesario es este ejercicio!

Notemos las verdades importantes que permanecen, así como tantas promesas alentadoras para los creyentes que se reúnen al nombre del Señor, según Mateo 18:20: “Porque donde están dos o tres congregados a mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

1.- Hay aquí abajo un lugar de reunión según Dios.

2.- Un testimonio, aunque débil, que es reconocido por el Señor,

3.- y se reúne sobre la base de la separación del mundo y de la comunión mutua.

4.- La autoridad que reúne es en una Persona divina que es igualmente el Centro de la reunión.

Además de lo que hemos dicho más arriba, la Cena es un memorial de la muerte del Señor. Puede ser realizado por creyentes unidos a la Persona de su Salvador, sin que estén reunidos en el mismo terreno divino de la unidad del cuerpo. Almas piadosas que lo celebran por amor a su Salvador ciertamente encuentran allí bendición, aunque Su presencia personal les sea prometida solo a quiénes están reunidos a su Nombre, es decir en el mismo terreno de la unidad del cuerpo de Cristo, en obediencia al Señor y a su Palabra, así como en la separación de todo lo que es incompatible con el Nombre de Aquel que es “Santo y Verdadero”.

Cuatro verdades se relacionan con la Cena del Señor y el apóstol nos recuerda aquí su institución, la cual había recibido directamente de Él, así como otras verdades relativas a la Asamblea:

1.- La Cena primeramente es el memorial de la Persona del Señor: “Haced esto…en memoria de mí” (11:25). El primer pensamiento que debe ocupar nuestros corazones en su mesa no es la bendición que nos aporta la muerte del Señor, sino su Persona, los sufrimientos de un Cristo entregado por nosotros, y muerto por nosotros. El Señor, ahora en la gloria, es sensible a este memorial que perpetúan los suyos, de los sufrimientos indecibles de la cruz. El desea vernos reunidos alrededor de este memorial, instituido en “la noche que fue entregado” (11:23) “¿No os conmueve a cuantos pasáis por el camino? Mirad, y ved si hay dolor como mi dolor que me ha venido” (Lm. 1:12).

2.- Esta comida es también el memorial de su obra redentora, porque su sangre nos purifica de todo pecado. Hay aun en esta copa una proclamación de una bendición futura para el pueblo terrenal, porque ella es, nos dice el Señor, “el nuevo pacto en mi sangre” (v. 25). Este pacto será hecho con la casa de Israel, en virtud de la obra de la cruz que nosotros ya tenemos como fundamento de nuestra salvación.

3.- “La muerte del Señor anunciáis” (v. 26). Proclamamos, frente al mundo que lo ha rechazado, la muerte de Aquel que tiene todos los derechos sobre esta creación, y que pronto los hará valer con poder y en juicio, pero que, mientras tanto es un Salvador perfecto para cualquiera que cree en Él. La celebración de la Cena es entonces la más poderosa evangelización que pudiéramos dirigir al mundo sin decir una sola palabra. Es también la declaración de su juicio y de nuestra entera separación para pertenecer a Aquel que los hombres rechazaron. Es un testimonio del cual las hermanas participan al igual que los hermanos, gracia preciosa que el Señor concede a todos los suyos.

4.- “Hasta que Él venga” (v. 26). También anunciamos al mundo que Aquel que ha sido deshonrado, burlado, muerto, va a volver con poder y gloria. Cuando aquello suceda, la proclamación de su muerte cesará. No necesitaremos más señales visibles para recordar su amor y sus sufrimientos por nosotros en la cruz, porque lo tendremos a Él mismo delante de nuestros ojos, como el Cordero inmolado, en toda su gloria y belleza.

Así, en la Cena, nuestras miradas se dirigen hacia tres direcciones:

1.- Al pasado donde vemos a un Cristo muriendo por nosotros;

2.- Al presente, donde lo contemplamos en la gloria como el Señor ascendido al lugar de honra y poder.

3.- Al futuro, porque anunciamos su muerte “hasta que Él venga”. Lo esperamos revestido de gloria y de majestad para colocarnos cerca de Él.

Pregunta: ¿A quién deben ser dadas las acciones de gracias en el culto?

Es evidente que hay alabanzas que se dirigen al Padre en primer lugar. Es Él quien buscó y encontró a “le adoran, en espíritu y en verdad” (Jn. 4:24). Jesús dio gracias al Padre cuando instituyó el memorial de su muerte (Lc. 22:17, 19). Al mismo tiempo, en este memorial de Sí mismo, el Señor se presenta a nuestros corazones con poder y los llena de acciones de gracias que se elevan hacia Él, el Cordero inmolado.

¡Cuántas de las circunstancias en las cuales fue instituido este precioso memorial son claras para despertar nuestras conciencias y comprometernos así a celebrar la fiesta, juzgándonos a nosotros mismos, y con el sentimiento de lo que le costamos a nuestro Salvador! Recordemos también que toda nuestra vida está representada por los siete días de la fiesta de los panes sin levadura que comenzaba en la Pascua, y que debe transcurrir en una separación santa para Él. Es a esto que se refiere el apóstol Pablo cuando dice: “Así que celebremos la fiesta…con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad.” (1 Co. 5:8). Es por “la noche que fue entregado”, que el Señor ha deseado recordar a nuestros corazones olvidadizos. En aquel momento instituyó la fiesta de nuestra liberación. Si esto fuera mejor comprendido, entonces la Cena tendría siempre su lugar central en el culto.

El acto de partir el pan, aunque cumplido por un solo hermano, identifica a toda la asamblea con aquel que distribuye la Cena. Participando, todos partimos el pan. Por eso que cantamos con razón: “Partimos este pan y del vaso bebemos, que proclaman Tu grande amor”. (1)

Recordemos que al participar de la Cena es conveniente que todos comamos un pedazo del pan partido y que bebamos todos de la copa en lugar de contentarnos con mojar con ella nuestros labios.

El título Señor es mencionado siete veces en las instrucciones de este capítulo 11 con respecto a la Cena (v. 20-32). Los Corintios olvidaban Su autoridad sobre los suyos, despreciando así la institución preciosa de la Cena, atrayendo hacia ellos la disciplina del Señor. “Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados” (v. 31). “Lavaré” (dice el Salmista) “en inocencia mis manos, y así andaré alrededor de tu altar, ¡oh Jehová!” (Sal. 26:6).

No solo debo juzgarme por mis faltas delante de Dios, sino que también debo hacerlo delante de un hermano al que pude haber ofendido, y así mismo procurar traer a un hermano que pecó contra mí al juicio de su culpa, con el fin de que la comunión recíproca sea realizada a la mesa del Señor (Mateo 5:23, 24; 18:15-18). Humillémonos de la ligereza con la cual nos acercamos a participar, sin juicio ni confesión de nuestras faltas hacia Dios y hacia nuestros hermanos, si no Dios será forzado de actuar hacia nosotros en castigo según su justo gobierno. Fue así en Corinto y el apóstol debió decirles a estos creyentes infieles: “Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen.” (v. 30). Podemos observar que, en esta Epístola, el gozo no es mencionado, aunque los dones de gracia fueron abundantes en la asamblea, mientras que en la Epístola a los Filipenses aquella palabra es mencionada incesablemente.

Estamos en el terreno mismo de la verdad, pero si no manifestamos en nuestra vida cotidiana los frutos que deben ser el resultado de ello, ¿cómo podríamos convencer a los que nos rodean y nos observan? Roguemos al Señor para que haya más sinceridad y verdad en nuestro andar individual y colectivo, en nuestras familias, en nuestras relaciones con el mundo, en toda nuestra actividad aquí abajo. La Asamblea es la puerta y la luz de Cristo en su ausencia y Él toma conocimiento de su estado. Sus ojos son como una llama de fuego, y nos dice: “Arrepiéntete, y haz las primeras obras” (Ap. 2:5). Los Corintios se vanagloriaban de sus dones, pero olvidaban el juicio propio. Sintamos nuestras miserias, llevemos duelo y lloremos (Stg. 4:9), porque contamos con los recursos inmutables de la gracia de Dios. No tenemos de que vanagloriarnos, porque, viendo nuestros recursos espirituales y considerando las luces que Dios nos ha dado, deberíamos ser modelos para aquellos que nos rodean, “resplandeciendo como luminares en el mundo; asidos de la palabra de vida” (Fil. 2:15, 16). Si esto fuera así, entonces nuestros hermanos que no caminan por el camino de la obediencia al Señor y a su Palabra serían reprendidos en su conciencia y conducidos al juicio personal. Además, los que practican “las obras infructuosas de las tinieblas” podrían ser convencidos de la gravedad de su estado y ser conducidos a los pies del Salvador por medio de la luz que brilla en nuestras vidas (Ef. 5:13-16).

Seamos hombres de oración y coloquemos nuestra mirada solo en Él. Epafras combatía por los Colosenses “rogando encarecidamente en sus oraciones” (Col. 4:12,13). Su servicio era precioso para el Señor: tenía “un gran trabajo de corazón” con respecto al estado de las asambleas de Colosas y sus alrededores. Suplicaba al Señor que guardara a sus santos en el camino de su voluntad: imitemos su fe, su solicitud por los intereses y la gloria del Maestro y su dependencia de Él.

Necesitamos muy urgentemente caminar en relación con nuestros privilegios y nuestras luces. En estos últimos días, Dios nos ha conducido al mismo terreno establecido al principio, ¡pero que decadencia hay en este testimonio de los últimos tiempos! Si no nos juzgamos a nosotros mismos, seremos castigados por el Señor más severamente de lo que ya lo hemos sido. El cristiano es disciplinado, pero el mundo será juzgado. La obra habitual del Espíritu Santo es ocuparnos de Cristo: ¡que Él sea nuestro objeto! ¿Por qué hay tantas bocas cerradas en las asambleas? Es debido a que nuestros corazones no están llenos de Cristo. En esto hay un tema serio de oración y de humillación. Los recursos están cerca de Él; juzgándonos, podremos siempre dirigirnos e implorar su socorro. ¿No dice: “Abre tu boca, y yo la llenaré” (Sal. 81:10)?

Sin lugar a dudas que podemos bendecir al Señor por todas las riquezas de bendición que derrama sobre nosotros en estos últimos días, pero no tenemos excusa por la miseria profunda que manifestamos en nuestro caminar, en nuestro testimonio y en nuestro servicio. Estamos asombrados al ver a tantos cristianos piadosos colocarse al lado del camino de la verdad ¿Por qué? Porque miran nuestro caminar. Podemos decir con Santiago: ¿para qué sirve el conocimiento, si la práctica no se corresponde con lo que profesamos? La Asamblea es una lámpara destinada a hacer relucir la luz divina en medio de las tinieblas que la rodean. El Señor camina en medio de los siete candeleros de oro y nos hace conocer su apreciación del estado de la Iglesia responsable (Ap. 2 y 3): ésta fue tan infiel, que finalmente será vomitada de Su boca.

La falta de obediencia a la Palabra es la causa más grande de nuestras faltas. Miremos a Jesús; estudiemos las Santas Escrituras, las cuales pueden hacernos sabios para salvación, y pongamos a un lado las lecturas malsanas que paralizan y envenenan nuestras almas. Pidámosle al Señor que nos conceda la gracia de llegar a ser hombres y mujeres de oración (Col. 4:2-6). No descuidemos el servicio que Él nos ha confiado en la Asamblea. A menudo, como Arquipo (v.17), necesitamos que este servicio nos sea recordado para que lo cumplamos.

No olvidemos que todos los creyentes son siervos en la Asamblea y siervos los unos de los otros. Ayudémonos mutuamente en la dependencia del Señor. En Corinto habían olvidado todo esto, cada uno pensaba en sí mismo, en su importancia personal. Tengamos la actitud de Cornelio y sus amigos que estaban “todos en la presencia de Dios” para oír a Pedro decirles todo lo que Dios le había ordenado (Hch. 10:33). No basta con tener el conocimiento de la verdad: hay que conocerlo a Él (Fil. 3:10), y andar por su camino. Recordemos siempre que confinándonos sobre nosotros mismos no tomaremos fuerzas para servir al Señor. Un día nos lamentábamos de la ruina ante un fiel siervo de Dios, a lo cual él spondió: «Predicad a Cristo».

Que podamos ser más consecuentes y más fieles en estos últimos días y manifestar así la vida de Cristo, con el fin de que las almas cansadas sean alumbradas y busquen la comunión de aquellos que reflejan el divino Modelo, manifestando sus virtudes.

Sobre las pendientes nevosas de los altos Alpes, vemos algunas veces en verano una mancha de verdor sobre la cual al ojo le gusta reposar. Cuando uno se acerca, comprobamos que una pequeña fuente de agua ha derretido la nieve en ese lugar y pudo provocar así la hierba tierna: seamos como esos islotes de verdor, alimentados por el calor vivificante del Espíritu y de la Palabra, en medio de las pendientes heladas de este mundo. Con respecto a esto, el Salmo 122 nos da una instrucción interesante. El fiel piensa en la gloria de Dios ligada a la prosperidad de Jerusalén, la ciudad del gran Rey. Desea ardientemente el bien de sus hermanos, de sus compañeros (v. 8) y de la casa de Jehová (v. 9).

La gloria del Señor debe ser el móvil supremo de toda nuestra actividad aquí en la tierra, el gran objeto de nuestra atención y del ejercicio de nuestros corazones delante de Él. Después viene el bien de todo el pueblo de Dios, de todos aquellos que el salmista llama: mis hermanos, y la prosperidad espiritual de aquellos que piensa continuamente. Luego habla de sus compañeros, que nos recuerda a todos los amados del Señor con los cuales caminamos en el camino de separación del mundo.

La disciplina ejercida por el Señor sobre aquellos que desprecian Su presencia y Sus derechos participando indignamente en la Cena, puede ir hasta la muerte física del culpable en el terreno de su testimonio. Cuanto cuidado debemos tener a esta advertencia del Señor: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete” (Ap. 3:19).

Los dos o tres reunidos al nombre del Señor tienen toda su autoridad conferida sobre la Asamblea para atar y desatar en su Nombre (Mt. 18:18), pero tienen también la responsabilidad de caminar en el temor del Señor, con el fin de que sus decisiones sean realmente tomadas en su Nombre y lleven la marca de la sumisión a Su autoridad. Es en esta condición que serán ratificadas por Él en los cielos.

Si su Persona es quien ocupa nuestros corazones, entonces su Nombre será el centro de atracción al cual nos reuniremos. Aquel que hace la delicia del corazón de Dios, también lo hará en los nuestros. Recordemos que Aquel que nos reúne tiene por Nombre “el Santo” y “el Verdadero” (Ap. 3:7); Él también es Señor, a quien debemos la obediencia. ¿Cómo anunciamos la muerte del Señor? No por palabras, sino que por un acto: “Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que Él venga” (v. 26). Este acto en sí mismo es el testimonio delante del mundo. Recordamos la muerte de Aquel que es el resplandor de la gloria de Dios y la imagen misma de su sustancia (He. 1:3).

Los Corintios, al tomar la Cena como una comida ordinaria, y al no juzgar el mal de su andar, no distinguían el cuerpo de Cristo en el símbolo de la Cena. No realizaban el juicio que Dios hizo pesar sobre Él tomando nuestro lugar en la cruz, y acarreaban así este juicio sobre ellos mismos. Olvidaban también el amor de Aquel que glorificó a Dios siendo hecho pecado por nosotros y cuya sangre fluyó para la remisión de nuestras faltas (culpas). Él nos dice:  “Haz esto en memoria de Mí». Nos pide acordarnos de Él en el momento solemne cuando su amor lo condujo a tomar nuestro sitio bajo el juicio divino ¿Podríamos tratar a la ligera tal privilegio?

Nos conviene estar apartados del mundo para responder al pensamiento de Aquel que nos da una parte tan maravillosa. La cena es la comida de la familia: ningún miembro debería estar ausente de ella.

Pablo había recibido del Señor lo que les había enseñado a los Corintios con respecto a la Cena, lo mismo que toda la revelación de sus pensamientos en cuanto a la Asamblea (v. 28). Del seno de la gloria le confirmó a su siervo lo que había establecido para los suyos antes de su muerte. Quiere que la Cena ocupe hasta su regreso un lugar central en el testimonio de los suyos reunidos en su Nombre. El adversario, haga lo que haga, no podrá quitarles esta porción a los fieles, así como el testimonio del Evangelio que deben dar al mundo hasta el final del tiempo de la paciencia de Dios. Celebrando la Cena, nos colocamos del lado del Señor en contra del mundo; le recordamos el crimen del que fue culpable y a Satanás la derrota que sufrió en la cruz. La Asamblea no enseña: ella anuncia la muerte del Señor sin decir una palabra.

Para resumir la enseñanza de estos dos capítulos, podemos decir que, para la mesa y la Cena del Señor, proclamamos tres verdades importantes:

1.- En virtud de su muerte y en virtud de su resurrección, los rescatados están unidos con Cristo por el Espíritu Santo y forman aquí abajo el cuerpo de Cristo, cuya unidad está simbolizada por el un solo pan: “nosotros, con ser muchos, somos un solo pan, un solo cuerpo “ (10:17).

2.- Recordamos la muerte del Señor. Un Cristo que murió por nosotros es recordado en nuestros corazones y en nuestras conciencias por los elementos de la Cena (11:23-25).

3.- Anunciamos en presencia del mundo que Aquel que fue rechazado y llevado a la muerte es Señor de todos, y que va a volver en poder y en gloria.

El Señor subió a la gloria, pero, como verdadero Hombre y Pastor de sus ovejas, piensa sin cesar en los suyos y quiere reunirlos alrededor de Él para ocuparlos de su Persona. Desea hacer vibrar una cuerda sensible en nuestros corazones, recordándonos de la noche solemne en la cual fue entregado por nosotros y de sus sufrimientos en la cruz. Celebremos, entonces, la Cena con toda la seriedad que conlleva; acerquémonos a la mesa del Señor, realizando de mejor manera lo que ella significa. El Espíritu Santo está presente para dirigirnos en la expresión de nuestras alabanzas; démosle toda libertad en actuar para la gloria de Aquel que está en medio nuestro cuando nos reunimos.

“Pruébese cada uno a sí mismo” (v. 28). Antes de cumplir su servicio, los sacerdotes debían lavarse las manos y los pies en la fuente de bronce (Ex. 30:17-21). Para nosotros, esta limpieza se cumple por medio de la Palabra, a la luz de la cual debemos probar nuestros caminos en la presencia del Señor. Si nos acercamos a la mesa del Señor con el pecado no juzgado, es un entredicho que llevamos delante de Él y que llama a la acción de su disciplina. Probémonos, entonces, no para abstenernos de participar, sino para responder en todos los conceptos al pensamiento del Señor y hacer en su presencia lo que Él nos pide. A menudo, en lugar de humillarse, se abstiene de venir al partimiento del pan. Privamos así al Señor de lo que le es debido. Meditemos esta palabra dada a Israel pero que también habla directamente a nuestros corazones: “Mi ofrenda, mi pan con mis ofrendas encendidas en olor grato a mí, guardaréis, ofreciéndomelo a su tiempo” (Nm. 28:2).

Es necesario juzgarse en la presencia del Señor antes de venir a la reunión. No nos arreglamos cuando estamos en la mesa. Hay faltas diversas que deben ser confesadas al Señor; algunas veces se está en falta hacia un hermano: Mateo 5:23, 24 nos traza el camino que hay que seguir en semejante caso; si cumplimos la Palabra, entonces la gracia viene a nuestro socorro. No son solamente nuestros actos, sino que nuestro estado el que hay que discernir (2) y juzgar. ¿Cómo podríamos gozar de la comunión del Señor a su mesa, si tenemos raíces de amargura en el corazón entre unos y otros?

Si voy a encontrarme con el Señor sin tener en cuenta su Palabra, atraigo hacia mí su disciplina. Estamos a menudo más dispuestos a probar a nuestros hermanos que a nosotros mismos.

Si a espaldas de la Asamblea alguien tiene un entredicho, esta no es responsable, pero sufre. Si hay espiritualidad en los hermanos, habrá un gran ejercicio de corazón delante de Dios con respecto al estado de la Asamblea y el mal no tardará en manifestarse.

Hay una progresión en el juicio del Señor sobre los suyos: “Hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen” (v. 30). Si el primer golpe de vara no es suficiente, el Señor hace más pesada su mano, y al fin Él retira de este mundo a aquel que se hizo a sí mismo impropio para el testimonio

(1) NT: Himnos y Cánticos 52 estrofa 2

(2) Es la misma palabra en griego que se traduce “juzgar”, y en el v. 31, más arriba, por “distinguir”.

CAPÍTULO 12

La Asamblea, el cuerpo de Cristo, y su funcionamiento.

 

Este capítulo nos presenta las operaciones del Espíritu Santo en el cuerpo de Cristo aquí en la tierra, en vista del crecimiento de este cuerpo, y del desarrollo de todos sus miembros para la gloria del Señor. El cuerpo de Cristo es comparado con el cuerpo humano, en el cual el funcionamiento, la disposición y el enlace de todas sus partes, constituye la obra maestra más maravillosa de la creación. Cada uno de los órganos de este cuerpo actúa bajo dependencia de la cabeza, en vista del crecimiento y la conservación del conjunto. A los dos se aplica esta palabra del salmista: “Te alabaré; porque he sido hecho de una extraña y formidable manera (Salmo 139:14, 15 versión francesa J.N. Darby).

Si el cuerpo humano es una maravilla de sabiduría y poder, más grande aun es aquella que manifiesta el cuerpo de Cristo, del cual podríamos aplicar las palabras del salmista: “Y en tu libro estaban escritos todos mis miembros” (Salmo 139:15 versión francesa J. N. Darby). Dios ha dado todos los recursos necesarios para la actividad y desarrollo del cuerpo. Los Corintios habían salido del paganismo donde se producían “manifestaciones” propias del poder satánico para engañar a las almas, al respecto de las cuales el apóstol ya había escrito. En este capítulo nos da el medio para discernir estos malos espíritus. Un hombre hablando por el Espíritu Santo jamás llamará anatema a Jesús (v. 3), porque su servicio aquí abajo tiene por objeto glorificar su Nombre y proclamar Su señorío, mientras que un demonio jamás dirá: “Señor Jesús”. La criada que estaba poseída por un espíritu satánico y que en Filipos era un instrumento del enemigo para arruinar la obra del Evangelio, no habría podido decir: “Estos hombres son siervos del Señor Jesús” (cf. Hch. 16:17). Todos los seres creados deberán confesar que “Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2:11).

En aquel entonces, la piedra de toque para discernir las manifestaciones espirituales que había en Corinto, era la confesión del señorío de Cristo. Desde el comienzo, el odio del enemigo se concentró sobre la persona del Hijo de Dios, y le hubiese gustado que Su nombre fuese hecho anatema o se pronunciase maldición sobre Él. Sin embargo, el testimonio del Espíritu Santo es: Que el Señor Jesús “es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén” (Romanos 9:5). Toda doctrina que atenta contra la gloria de Cristo es satánica en su origen. Recordemos esta declaración solemne con la que termina esta Epístola: ¡”El que no amare al Señor Jesucristo, sea anatema. El Señor viene”! (1 Co. 16:22). Cuando Él aparezca en gloria, entonces el juicio pronunciado al final de la Epístola será plenamente ejecutado. Es necesario recordar aún algo más: Que hemos sido librados por la muerte de Cristo de este juicio, en vista que Él ha sido “hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)” (Gá. 3:13). Si nos alimentamos de Cristo, entonces discerniremos el espíritu de error. El apóstol Juan nos presenta tres caracteres del espíritu de verdad, contrastándolos con lo que presentan los falsos profetas

1.- La confesión de que Jesucristo vino en carne (1 Jn. 4:2);

2.- La victoria conseguida sobre el mal (v. 4);

3.- La sumisión a la autoridad de la Palabra dada por los apóstoles inspirados (v. 6).

 

Si somos conducidos por el Espíritu de Dios, entonces manifestaremos estas tres cosas.

Para escapar del poder del error, hace falta:

1.- Tener cuidado a las advertencias de la Palabra y

2.- Crecer en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (2 P. 3:17-19), cuando un alma está alimentada de Cristo, no le costará discernir a aquellos que son “perros” (Fil. 3:2).

Las operaciones del Espíritu de Dios están caracterizadas por la unidad en la diversidad de sus efectos, pero siempre tienen por objeto la gloria de Dios y el bien del cuerpo de Cristo, en el cual tienen lugar. Dios, en este trabajo de gracia, se manifiesta la plenitud de su Ser, porque es el mismo Espíritu, el mismo Señor y el mismo Dios que opera en todo. Observemos la expresión “mismo” que aparece siete veces entre los versículos 4 al 13 de este capítulo 12, destacando así la perfecta unidad de las operaciones divinas en su diversidad, la cual responde a las necesidades múltiples de los miembros del cuerpo de Cristo.

 

En el cuerpo humano también hay unidad de pensamiento y de acción en la diversidad más completa de operaciones. En estado normal, ambas partes de nuestro ser, espíritu y cuerpo, actúan siempre en un acuerdo perfecto. Lo que la cabeza ha decidido es ejecutado por los miembros. Ellos, instintivamente, se prestan ayuda y defensa mutua. Si algún peligro amenaza mi ojo, mi cabeza le ordena a mi mano que socorra al miembro que está en peligro, y este orden se cumple con la rapidez de un relámpago. Lo mismo ocurre en el cuerpo de Cristo, cuyo funcionamiento no es menos maravilloso. Hay tal unión entre la Cabeza y el cuerpo que su conjunto es llamado Cristo (v. 12).

Cuando Saulo de Tarso perseguía a los santos sobre la tierra, su odio estaba dirigido contra Cristo, y el Señor, apareciéndole en gloria, le dijo: “soy Jesús, a quien tú persigues “ (Hch. 9:5).

 

Los miembros que nos parecen más humildes y más pequeños son necesarios para el funcionamiento del cuerpo. Es por eso que debemos “someternos los unos a otros en el temor de Dios (Ef. 5:21). En nuestro cuerpo, si un miembro está enfermo, el otro aumenta su actividad para suplir a la inactividad del primero. Debe ser así en el cuerpo de Cristo. Las hermanas también tienen el privilegio de servir al Señor en el lugar que Él les ha asignado en el cuerpo. Algunos creyentes son los pies, llevando ayuda, consuelo y advertencia a quienes lo necesitan. Aspiremos a ser estos miembros útiles, aunque sean poco visibles en el cuerpo. Otros son oídos que escuchan y reciben las enseñanzas de la Palabra para comunicarlas a quienes los rodean, o que prestan atención a las dolencias y penas de los miembros sufrientes, para entonces orar y simpatizar con los que están en desamparo y dificultades.

 

Existen dos grandes peligros a los cuales estamos expuestos, y que el Espíritu nos señala:

 

1.- Un miembro del cuerpo puede tener envidia del lugar y la función asignada a otro miembro, desconociendo de este modo la importancia del servicio que le ha sido confiado a él mismo, lo que lo incapacita para cumplirlo correctamente. “Si dijere el pie: Porque no soy mano… etc.“ (v. 15). ¿Por qué el pie tendría que estar celoso de la función de la mano? Ambos son necesarios y útiles si actúan en concierto el uno con el otro.

 

2.- Un miembro del cuerpo puede despreciar a otro y negarse a reconocer su propio servicio, trabando gravemente el funcionamiento de todo el cuerpo: “el ojo no puede decir a la mano: No te necesito.” etc. (v. 21) Estas dos lastimosas tendencias jamás se manifiestan en el cuerpo humano, sin embargo, son desgraciadamente muy frecuentes en la Asamblea.

 

Los dones mencionados en el versículo 28 deben diferenciarse de los servicios asignados a cada miembro del cuerpo. Son ministerios especiales confiados a algunos de entre ellos para la bendición de todo el cuerpo, y quienes, en nuestro capítulo, emanan del Espíritu Santo, mientras que, en el capítulo 4 de la Epístola a los Efesios, estos son dados por el Cristo glorificado para la edificación de su cuerpo, hasta que se alcance la medida plena de su crecimiento, siendo conforme a Él en gloria. El don de evangelista, que es mencionado en Efesios 4, se ejercita aparte del cuerpo para el llamamiento de las almas que deben ser traídas, porque el cuerpo es visto allí en formación, mientras que, en el capítulo 12 de Corintios, no vemos al evangelista, esto se debe a que los dones allí mencionados se ejercitan en el cuerpo.

 

“Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como Él quiso“ (v. 18). Esta expresión hace resaltar la soberanía de la Cabeza, es decir, debemos reconocerlo sin cesar para mantenernos bajo su dependencia (ver también a Ro. 12:3-5). Cada uno es llamado a comprender el lugar que el Señor le ha dado y actuar según la medida de fe que le ha sido dada (Ro. 12:3). Esta actividad no tiene por objeto darnos importancia a nosotros mismos, sino que está “para provecho” (v. 7). Cada miembro debe ser útil a los demás (v. 25). Si no apreciamos la importancia de la manifestación de la unidad del cuerpo para la gloria del Señor, actuaremos en independencia sin pensar en el lugar que Él nos ha dado y el servicio que nos ha confiado. En esta Epístola, el cuerpo es visto como un todo bien organizado, funcionando bajo la dependencia del Espíritu Santo y teniendo todo lo que hace falta para ser un testimonio para la gloria de su Cabeza aquí abajo, mientras que en Efesios, como lo dijimos, el cuerpo es visto en su crecimiento, y los dones sirven para su desarrollo y edificación, “hasta que todos lleguemos…a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo“ (4:13).

 

Es notable la expresión: “Dios de medida”, (2 Co. 10:13 versión J.N. Darby); es el carácter que Él toma en relación con los dones, los cuales son medidos según su sabiduría y elección soberana. La diversidad de dones enumerados en los versículos 8 al 10 nos muestra la solicitud infinita del Señor por su Asamblea que Él “sustenta” y “cuida” (Ef. 5:29). El “don de fe“ (v. 9) es una medida particular de fe práctica dada para el bien del cuerpo. La fe aquí es presentada en relación con las circunstancias del momento para el cumplimiento de un servicio especial confiado por el Señor. Los dos espías enviados por Josué a Jericó nos presentan una ilustración sobre esto último. La fe de ellos se eleva por encima de las dificultades que presentaba el cumplimiento de su misión. Llenos de confianza dirigen su vista a Dios, una confianza en Aquel para quien nada es imposible, y vuelven al campamento llenos de gozo después de haber experimentado su fidelidad y protección. Ellos dijeron: “Jehová ha entregado toda la tierra en nuestras manos…etc.” (Josué 2:24). La fe tiene dos caracteres:

 

1.- Es la aceptación del testimonio divino; por ella somos salvos y todo hijo de Dios la posee (Ro. 5:1; Ef. 2:8).

2.- Se manifiesta en la vida diaria por una confianza total en Dios y produce los preciosos frutos enumerados en Hebreos 11.

 

Además, en este capítulo existe un verdadero don de fe, útil en la asamblea y que da a aquel que lo posee la capacidad de triunfar sobre las dificultades que se presentan en el camino por medio de una inquebrantable confianza en Dios. Lutero es un bello ejemplo de esto. En Romanos 14:22, la fe es el conocimiento del pensamiento de Dios que coloca al alma en libertad en relación a ciertas ordenanzas legales. Ciertos creyentes no liberados pueden estar impedidos de comer de todas las cosas por falta de luz. Otros gozan por la fe de una plena liberación. El versículo 13 nos presenta dos operaciones distintas del Espíritu:

 

1.- Todos hemos sido bautizados por un solo Espíritu.

2.- Todos hemos sido rociados por la unidad de un solo Espíritu. Y aquello por el bautismo del Espíritu dado el día de Pentecostés, cuando los santos fueron unidos en un solo cuerpo con la Cabeza glorificada.

 

Además, hemos bebido de esta fuente de vida, así como Israel lo hizo en el desierto cuando bebió de la roca espiritual, de la cual emanaba el agua refrescante (1 Co. 10:4). Necesitamos ser rociados para ser canales de bendición para los demás (Jn. 7:38). El bautismo del Espíritu tuvo que ver con nuestra unión en un solo cuerpo; ser rociado es ser hecho partícipe, en forma personal, de todas las bendiciones que aporta el Espíritu Santo en el corazón de Aquel que lo llena de su presencia. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Ro. 5:5).

 

Hay dones permanentes mencionados en el versículo 28 y también dones milagrosos (v. 30) que ya han acabado. A pesar de la ruina y la infidelidad de la Iglesia, el Señor no deja de dar lo necesario para la formación y para el funcionamiento de su cuerpo hasta que Él venga. Hace falta “el poder del Espíritu Santo“ (Romanos 15:13) para que cumplamos con nuestro lugar en el cuerpo en un andar según Dios. Es de mucha importancia que estemos ocupados por Cristo, quien tiene todo el poder para conducirnos hasta el fin, buscando el bien de los hijos de Dios. Todos los dones están en Su mano para hacer frente a todo. Si faltan, Él permanece, y dará lo que es necesario para el momento oportuno.​

 
 
 

CAPÍTULO 13

El amor

Los últimos versículos del capítulo 12 y el comienzo del capítulo 13 nos da el secreto para que la actividad de los dones sea fecunda para la gloria del Señor: Este secreto es el amor. 2 Timoteo 1:7 nos resume los capítulos 12 al 14 de 1 Corintios: un Espíritu de poder (cap. 12), de amor (cap. 13) y de dominio propio (cap. 14). El amor debe ser el motor que pone en actividad a todos los miembros del cuerpo. Los Corintios no carecían de ningún don de gracia (1:7), mientras que hoy en día varios dones han sido retirados. Entonces surge una nueva pregunta: ¿Tenemos lo necesario para terminar el viaje por el desierto hasta la venida del Señor? A eso respondemos que sí, porque Él es fiel para fortalecernos hasta el fin. El Señor ha atesorado para su Asamblea todo lo que es necesario para su crecimiento. Tenemos todo lo que hace falta para conducirnos para su gloria en la Asamblea y fuera de ella, de modo que un nuevo convertido encontrará en ella lo que es necesario para su desarrollo espiritual, si está dispuesto a dejarse enseñar por el Señor. “Seguid el amor” (14:1). La palabra «seguir» expresa la energía necesaria para alcanzar un determinado fin. El apóstol proseguía al fin, que era Cristo en gloria (Fil. 3:12). Leemos también: “Seguid la paz” etc. (Hebreos 12:14). En nuestro camino existen obstáculos y dificultades, pero también se necesita de energía moral para vencerlas. A veces deseamos reemplazar el amor por el conocimiento, pero en tal caso, la edificación escasea. “El conocimiento envanece, pero el amor edifica” (8:1).

El amor es la manifestación de la naturaleza divina, porque “Dios es amor” (1 Jn. 4:8). El amor es un fruto del Espíritu (Gá. 5:22). “El propósito de este mandamiento es el amor…” (1 Ti. 1:5). Todo lo que Timoteo debía poner ante de los santos de Éfeso, todo el mandamiento que había recibido de Dios por el apóstol, se resumía en esta palabra: amor. Todo el ministerio en la Asamblea debe caracterizarse por el amor y debe tener por objeto el manifestarse entre los santos. El capítulo 13 menciona siete cosas que podríamos estimar de un gran valor (v. 1-3), pero que, sin el amor, no son nada delante de Dios. El mismo capítulo enumera quince cualidades del amor (v. 4-7), cuya manifestación tiene un alto precio para Dios. El amor es como los círculos que unen sólidamente las tablillas de un tonel. Si los círculos caen, las tablillas no tienen la fuerza, desplomándose así junto con todo el tonel. El amor es el vínculo perfecto (Col. 3:14). Es el Espíritu el que tiene el poder; es quien une a los miembros del cuerpo, unos a otros, con la Cabeza glorificada.

Que podamos hacer notar a los ojos de los hombres, que si el amor no es el móvil, la fuente y el poder, nada tiene valor para Dios (Mt. 7:21). Los Corintios trabajaban para su propia gloria, exhibiendo sus dones; el Cristiano fiel se mueve por motivos mejores: “el amor de Cristo nos constriñe”, dice Pablo (2 Co.5:14). Si “no tengo amor, nada soy” (13:2), y “de nada me sirve” (v. 3). Pensamos mucho en los dones, pero si no son caracterizados por el amor, entonces no tienen ningún provecho. Todo el trabajo realizado por Señor, nuestro modelo fiel, fue el fruto del amor; Él mismo se entregó por nosotros, como “ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Ef. 5:1, 2).

El amor por el Padre y por los suyos era el móvil de toda su devoción. Pedro confiando en sus propias fuerzas, trató de seguir al Señor y cayó. El Señor no le dijo: «No fuiste capaz de seguirme», sino: “¿Me amas?” (Jn. 21:15-17). Otros pueden buscar ponerme por las nubes, pero el Señor manifestará todo: “nada soy“, dice Pablo.

 

CAPÍTULO 14

Los dones espirituales

Debemos desear con ardor los dones espirituales, no para hacernos valer por medio de ellos, sino para contribuir a la edificación de los santos y para la gloria del Señor. El don más excelente es el de profetizar. Al principio podía revestir el carácter de una nueva revelación de parte de Dios. Pero ahora ya no puede ser de así, ya que la revelación de los pensamientos de Dios nos ha sido dada plenamente en las Escrituras. No obstante, el don de profetizar aún se ejercita en el día de hoy, y tiene por objeto y efecto la “edificación, exhortación y consolación” (v. 3). La profecía aplica la Palabra sobre las necesidades actuales de las almas según el conocimiento que el Espíritu tiene de estas necesidades. Si este don se ejercita bajo su dependencia, entonces los mismos inconversos podrán probar su poder, y, por medio suyo, pueden ser traídos a la luz divina, publicando que Dios verdaderamente está entre nosotros (v. 25). De este modo, este don coloca al alma en contacto directo con Dios; los secretos del corazón son conocidos solo por Él, están desnudos delante de Aquel ante quien tenemos que dar cuenta (cf. He. 4:13). Cuando la luz divina que brillaba en las palabras del Señor colocó ante la Samaritana la vida de pecado que esta llevaba, ella exclamó: “Señor, me parece que tú eres profeta” (Jn. 4:19; 9:17). El profeta no anuncia solamente el futuro, sino que lleva un mensaje de Dios a las almas, respondiendo a las necesidades y al estado de ellas. “Si alguno habla, hable como oráculo de Dios” (1 P. 4:11 versión J.N.Darby). Ver también 1 Reyes 17:24.

El don de profecía es contrastando con el don de hablar en lenguas, no para suprimir a este último, sino para ajustar el ejercicio de este. A menos que hubieran recibido el don de interpretar lo que decían en lenguas (v. 5), o que algún otro pudiera hacerlo (v. 28), aquellos que ejercían este don en la asamblea no hablaban para la edificación de las almas, y por lo tanto debían mantenerse en silencio (v. 5, 19, 28). La edificación, es decir, la consolidación, exhortación y consuelo del rebaño, es mencionado siete veces en este capítulo. Debe ser el gran objeto del ministerio para la gloria del Señor. Si alguien habla en lengua extraña, un hombre de afuera que oye sin comprenderlo, no recibirá ningún provecho y transformará esto en burla (v. 25). Vemos la importancia del don de las lenguas en Hechos 2, porque, por medio de su ejercicio, el Evangelio fue anunciado a los diferentes pueblos presentes en Jerusalén, los cuales oían en sus propias lenguas las maravillas de Dios.

Los dones milagrosos fueron dados para el establecimiento del cristianismo. Estas señales de poder se efectuarán en el futuro, en el momento de la manifestación de la gloria del Señor. Ahora ya no son necesarios para los que poseen la Palabra. Los profetas que hablaban en Judá le recordaban al pueblo, sin cesar, que debían obedecer la Palabra, y lo hacían sin realizar milagros. Mientras que los profetas que se dirigían a las diez tribus, por ejemplo, Elías y Eliseo, tenía la facilidad de un poder milagroso propio, el cual hacía tornar al pueblo desde la idolatría al conocimiento que habían perdido.

Pablo no quería ejercer ningún don que no fuera provechoso para las almas. Hablaba por revelación (v. 6) cuando esta le presentaba a los santos el misterio que le había sido confiado: Cristo y la Asamblea.

 

La profecía era el canal de esta revelación. Hablaba también, por conocimiento, de las verdades ya reveladas: Era entonces como un doctor que se dirigía a los santos. Por el conocimiento, él hacía valer toda la Palabra, aplicándola por el Espíritu sobre las necesidades de los auditores. La Epístola a los Hebreos tiene este carácter; el escritor inspirado aplica las verdades cristianas al estado moral y sobre los peligros que corrían los creyentes Judíos, colocando ante ellos a la Persona de Cristo y su obra, en contraste al orden legalista de las cosas de las que habían sido apartados.

 

Para la Asamblea, había tres “dones mejores" (12:31): los apóstoles, los cuales representaban la autoridad del Señor, los profetas, quienes presentan la revelación, y los doctores o maestros, quienes presentan la enseñanza. Hoy en día subsisten estos dos últimos, y, como lo dijimos, el don de profetizar ya no puede tener carácter de una nueva revelación, sino el de una aplicación especial de la verdad a las necesidades actuales de las almas. No hablamos del don de evangelista (muy importante para el llamamiento de los pecadores), el cual no es mencionado aquí (como ya lo hemos hecho notar). En la Epístola a los Efesios, este don es mencionado antes que los pastores y maestros, formando así un conjunto de dones que Cristo, Cabeza de la Asamblea, dará hasta el fin.

 

Los apóstoles y profetas eran dones fundacionales, mientras que los evangelistas, pastores y maestros son dones permanentes. Los primeros pusieron el fundamento (Ef. 2:20) y, en su carácter original, han terminado. Estos últimos, los cuales tienen por objeto el traer almas a Cristo (evangelista), para luego alimentar el rebaño (pastores), y finalmente, exponer y mantener la sana doctrina (maestros), se conservarán en la Iglesia hasta el retorno del Señor (Ef. 4:13).

 

El don de lenguas era una señal, no a los que creían, sino a los incrédulos (v. 22). Por lo tanto, no era propiamente para la Asamblea, aunque podía tener su lugar si había la debida interpretación para edificación. Si no era así, entonces no debía ejercerse en el seno de la asamblea. Los profetas debían hablar uno por uno, no varios a la vez, y a lo sumo dos o tres (v. 29-31). Los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas (v. 32). El poder espiritual que actuaba en el profeta estaba siempre bajo el control de su propio entendimiento renovado, de modo que el ejercicio de este poder debía tener lugar con sabiduría y sumisión a la Palabra. Hoy en día debe ser de la misma forma para la actividad del servicio en la Asamblea, ya que “Dios no es Dios de confusión, sino de paz” (v. 33). Cada uno es amo de su propio espíritu y responsable hacia el Señor.

 

Es necesario distinguir entre el funcionamiento de los miembros del cuerpo en la Asamblea reunida bajo la dirección del Espíritu Santo, que es el gran tema de este capítulo, y el ejercicio de los ministerios especiales confiados a algunos, y cuya actividad debe realizarse en todo el cuerpo. “Cuando os reunís” (v. 26) se refiere a esta reunión local: se trata de una reunión de asamblea para la edificación. En Mateo 18:19 se trata de una reunión de asamblea para la oración. El principio establecido en el versículo 26 es el de una dependencia total del Espíritu Santo, el cual puede emplear libremente a quien Él desea para una acción que tiene por objetivo la gloria del Señor y la edificación de la Asamblea. Puede suceder que un hermano, habiéndose gozado de una verdad que el Espíritu Santo aplicó con poder a su alma en lo secreto, sea conducido a comunicarlo a la asamblea reunida (Jn 7:38). Es lo que sucedió en Antioquia (Hch. 11:23-26). El versículo 26 contiene un reproche dirigido a los Corintios debido a su precipitación a actuar en la asamblea, estableciendo al mismo tiempo el principio de una entera libertad bajo la dependencia del Espíritu para la edificación.

 

A una nodriza se le recomienda que ella se alimente cuidadosamente en primer lugar, pues así tendrá una buena leche para dar al niño.

El capítulo 15 de los Hechos nos proporciona el ejemplo de una reunión de asamblea: bajo la dependencia del Señor, tres hermanos hablan sucesivamente y la Asamblea es edificada.

  

 “Pero hágase todo decentemente y con orden” (1 Co 14:40).