UNA BREVE DECLARACIÓN ACERCA DE ALGUNOS PRINCIPIOS VITALES DE NUESTRA FE

Autor: R. K. Campbell

«La siguiente declaración fue impresa por primera vez en 1976. Tiene la aprobación de hermanos ancianos y respetables entre las asambleas alrededor del mundo, muchos de los cuales han contribuido a su compilación».

 

“Cosas que entre nosotros han sido ciertísimas” (Lucas 1:1)​​

El Espíritu de Dios nos exhorta a contender “ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 3). Por lo tanto, parece importante tener un entendimiento claro de, por lo menos, algunos principios básicos de “la fe” por la que debemos contender fervientemente en el día de la apostasía.

 

El apóstol Pablo exhortó a Timoteo a tener “un bosquejo de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que son en Cristo Jesús. Guarda, por medio del Espíritu Santo que mora en nosotros, el buen deposito confiado” (2 Ti. 1:13-14 JND). El hermano J. N. Darby expresa lo siguiente en una nota al pie de su traducción (“The Holy Scriptures: A New Translation from the Original Languages” por J. N. Darby.): «él no debía guardar simplemente la forma, sino tener un resumen o bosquejo, para así expresar claramente y con seguridad lo que sostenía». Las verdades de Dios necesitan ser declaradas generación tras generación, porque “generación va, y generación viene” (Ec. 1:4).

1. Inspiración y Autoridad de las Santas Escrituras

 

La absoluta autoridad de la Palabra inspirada de Dios es un principio básico y fundamental de la fe. Tenemos la mente de Dios y Su perfecta palabra revelada en las Santas Escrituras (como fue dada en los manuscritos originales), la cual fue verbalmente inspirada por Dios. Si bien no contamos hoy en día con los manuscritos originales de las Escrituras, existen muchas copias confiables que han sido preservadas, así como muchos textos fieles hechos en los lenguajes bíblicos, junto con traducciones que se han hecho de las mismas. Deseamos adherirnos a las Escrituras originales lo más cerca posible y estamos agradecidos de tener tales cuidadosas transmisiones y traducciones dignas de confianza por su precisión y fiel representación. No podemos recomendar ni usar traducciones liberales y parafraseos de la Biblia, tales escrituras no nos entregan la Palabra inspirada ni la mente de Dios.

 

“Para que conozcamos las cosas que nos han sido dadas gratuitamente por Dios. Las cuales cosas también hablamos, no con palabras que enseña la sabiduría humana, sino que enseña el Espíritu Santo, explicando cosas espirituales con palabras espirituales” (1 Co. 2.12-13 VM). Esto significa que las mismas palabras que el Espíritu Santo utilizó para comunicar cosas espirituales, como fueron dadas en las Escrituras originales, son, por lo tanto, inspiradas por Dios y muy importantes. En conformidad con esto, si vamos a tener la Palabra y la mente de Dios, su significado se nos debe entregar fielmente en nuestros idiomas. En la multitud de traducciones y parafraseos que hoy existen en el castellano, estamos en peligro de perder la fe en la inspiración verbal y plenaria de la Escritura. Poseemos la autoridad de la perfecta e inerrante Palabra de Dios y debemos postrarnos en sumisión y obediencia a ella, con la responsabilidad de trazar correctamente la palabra de verdad (cf. 2 Ti. 2:15 RV1977; 2 Co. 3:6).

 

2. El Dios Trino

 

Las Escrituras nos presentan al Dios Trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo, co-existiendo en tres distintas Personas divinas; uno en esencia, unidad, propósito y acción. Dios ha sido manifestado en carne en la Persona de su Hijo, el Señor Jesucristo, quién es totalmente Dios, y totalmente Hombre en espíritu, alma y cuerpo, pero sin pecado (Mt. 3:16; 28:19; Jn. 1:1-4,14; 2 Co. 13:14; 1 Ti. 3:16).

 

Cristo es, y siempre fue, el Hijo eterno, co-igual en la Deidad con el Padre y el Espíritu Santo. En Él tenemos la completa y final revelación de Dios. Él ha manifestado y declarado el Nombre del Padre. “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn. 17:3). Él pudo decir: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn. 14:9). “Porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Col. 2:9). “Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Jn. 5:20). Los afectos y las relaciones entre las Personas Divinas de la Deidad subsisten desde la eternidad.

 

Habiendo cumplido la redención, Cristo ascendió a los cielos, a donde estaba antes, y ahora permanece allí en humanidad como el Hombre glorificado, Cristo Jesús. Él está sentado “a la diestra del trono de la Majestad en los cielos”, con el Padre en Su trono (He 8:1; 12:2; Ap. 3:21). Pronto Él se manifestará en la tierra como Rey de reyes y Señor de señores en su reinado universal de 1.000 años (He. 1:3; 2:7-18; Ap. 19:11-16).

 3. Salvación completa y eterna.

 

Por gracia soberana tenemos una salvación completa y eterna por medio del arrepentimiento para con Dios y por fe en la Persona de nuestro Señor Jesucristo y su obra consumada en la cruz. Él murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó para nuestra justificación. Él ahora está en el cielo como nuestro Gran Sumo Sacerdote, siempre viviendo para interceder por nosotros delante de Dios. También está como nuestro Abogado para con el Padre, pues es Jesucristo el justo, quien es la propiciación por nuestros pecados (Hch. 20:21; Ro. 4:24-25; 1 Co. 15:1-4; He. 7:24-26; 1 Juan 2:1-2).

 

Habiendo nacido de nuevo por el Espíritu de Dios y la Palabra de Dios, y habiendo creído en el evangelio de nuestra salvación, somos sellados con el Espíritu Santo de la promesa, el cual mora en nosotros, y poseemos salvación y vida eterna. Además, quienes no tienen a Cristo ni su salvación tienen reservado un castigo eterno y una perpetua oscuridad (Mt. 25:46; Jn 3:5; 10:27-29; Ro. 8:1,9; Ef. 1:13; 1 P. 1:23; 1 Jn. 5:11-13; Judas 13).

 

Nuestro privilegio y responsabilidad es proclamar este maravilloso evangelio de nuestra salvación a toda criatura en todo el mundo (Mr. 16:15; Ro. 1:14-16; 1 Co. 9:16; 2 Ti. 4:5).

 

4. El un cuerpo de todos los creyentes

 

La Escritura nos enseña que “por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo” y que hay “un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación”. Somos llamados a “guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”, “con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor” (1 Co. 12:13; Ef. 4:2-4). Esta gran verdad (la del un cuerpo de todos los creyentes en Cristo) es reconocida como el terreno básico y no sectario de nuestra reunión en torno al solo Nombre del Señor Jesucristo, junto con la santa disciplina y el orden en la casa de Dios. Nuestro esfuerzo debe ser el guardar la unidad del Espíritu de Dios y no hacer una unidad por nuestra propia cuenta.

5. El Señorío y Jefatura de Cristo

 

La Palabra de Dios nos dice que Cristo es “la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia” y que la Iglesia está sujeta a Él. El carácter de la Iglesia proviene de Cristo, su Cabeza. Ya que Él se sostiene como Cabeza con vivo poder, toda necesidad de alimento, dirección y control se recibe de Él. Por lo tanto, no podemos reconocer ningún tipo de autoridad central aquí en la tierra, ya que esto reemplazaría a Cristo como Cabeza de su Iglesia (Ef. 1:22; 5:23-24; Col. 1:18; 2:19).

 

La Escritura también nos enseña que Jesús está exaltado en los cielos como Señor por sobre todas las cosas y que Dios ha decretado que toda rodilla se doblará ante Él y que toda lengua confesará “que Jesucristo es el Señor, para la gloria de Dios Padre (Hch. 2:36; Fil. 2:9-1). Por lo tanto, confesamos el señorío de Cristo y nuestra sujeción a Él.

 

6. La soberanía del Espíritu Santo

 

En esta dispensación de gracia, cuando el Espíritu Santo mora en todos los verdaderos creyentes en Cristo, siendo ellos “juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”, somos llamados a reconocer la soberanía del Espíritu Santo en sus operaciones en la Iglesia, quien reparte “a cada uno en particular como Él quiere” (Ef. 2:22; 1 Co. 12:6-11). Reconocemos las manifestaciones de los dones de Cristo por el Espíritu Santo, tanto en el ministerio como en la administración, de modo que rechazamos el sistema clerical de la cristiandad y sostenemos la presidencia y libertad del Espíritu en la Asamblea.

7. La casa de Dios

 

Aprendemos de la Escritura que la Iglesia también es vista como la casa de Dios y como su templo (Ef. 2:22). Ya que la santidad y el orden convienen a la casa de Dios, se nos instruye que debemos comportarnos adecuadamente en esta casa sobre la cual Cristo es el Hijo y Señor (Sal. 93:5 1 Co. 3:16; 1 Ti. 3:15; He. 3:6). Se nos enseña, por tanto, que la sujeción al señorío de Cristo en su casa, y la verdad de que somos miembros del cuerpo de Cristo, son puntos vitales para la comunión en su Iglesioa. Ambas cosas deben ser tenidas en cuenta para la recepción a la comunión práctica a la Mesa del Señor, donde conmemoramos la cena del Señor en memoria de Él.

8. Reconocimiento de acciones de Asamblea

 

Mateo 18:18-20 nos enseña que el Señor concede su presencia a los dos o tres reunidos a su Nombre, dándoles la responsabilidad y autoridad para actuar, administrativamente, en su Nombre y en su representación aquí en la tierra. Las acciones (de los dos o tres) en su Nombre se expresan como “atar” y “desatar” en la tierra y en el cielo. Por lo tanto, aceptamos que los juicios de una asamblea local, ejecutados en el Nombre de Cristo, y conforme a la autoridad de su Palabra, son vinculantes para todas las asambleas.

Una asamblea puede fallar en una acción de disciplina y gobernar mal. Sin embargo, su acción debe ser respetada a primera vista por las otras asambleas, incluso si es cuestionable. La falla de una asamblea en actuar con justo juicio debe tratarse ordenadamente mediante la ayuda de otras asambleas cercanas y espirituales, así como de hermanos sabios. La unidad del cuerpo de Cristo debe realizarse y la independencia de acción debe ser rechazada.

9. Responsabilidad colectiva de las asambleas

 

La verdad del “un cuerpo” no admite la independencia de las asambleas locales. La exhortación a “guardar la unidad del Espíritu” nos obliga a reconocer nuestra responsabilidad corporativa de caminar juntos unos con otros en orden colectivo, disciplina y testimonio. Cada asamblea, identificada conjuntamente en comunión práctica, es una expresión local del “un cuerpo” de Cristo. Eso si, las asambleas, local o universalmente, no puedan afirmar ser “la Iglesia de Dios”.

Si bien reconocemos un circulo de viva comunión entre asambleas que se identifican juntas en comunión práctica, actuando con responsabilidades locales y colectivas unas con otras, encomendando y recibiéndose unas a otras, esto no puede conformar un circulo absoluto y limitado de comunión. Actuar de esa forma nos convertiría en una secta que tiene una comunión definida y exclusiva. Siempre necesitamos considerar el principio del “un cuerpo” de todos los verdaderos creyentes, actuando en conformidad a él en la medida de lo posible, consistentemente con el orden y la santidad de la casa de Dios en separación del mal (2 Ti. 2:19-22). Esto se vuelve cada vez más difícil en nuestros días, cuando el mal se incrementa y la apostasía en la cristiandad se hace más evidente, por lo tanto, se requiere ejercicio espiritual y discernimiento en humildad y dependencia del Señor.

La liviandad en la recepción al partimiento del pan no se encuentra en conformidad con los principios escriturales; tampoco la práctica de la (así llamada) «comunión ocasional», con libertad de ir y venir de aquí para allá. Es necesario mantener una «comunión vigilada» e insistir en la responsabilidad que involucra el privilegio de la comunión de asamblea. Las cartas de recomendación son un medio escritural e importante de identificación cuando no se sabe si alguien está en comunión práctica con las asambleas. Estas deben ser llevadas por quienes visitan y se presentan en una u otra asamblea (Ro. 16:1-2; 2 Co. 3:1; Col. 4:10).

 

10. Asociación con el mal que contamina.

 

Escrituras tales como 1 Corintos 5:6; 15:33; Gálatas 5:9 y 2 Timoteo 2:16-23, junto con otras, nos enseñan en contra de la asociación con el mal. Aceptamos esta verdad como un principio vital. Esta verdad, además, necesita de nuestra responsabilidad colectiva, a fin de actuar en conjunto como asambleas en separación del mal, el cual es capaz de contaminarnos a todos.

 

11. Fuera del campamento del judaísmo y de la cristiandad.

 

Hebreos 13:13 nos obliga a salir a Cristo, fuera del campamento, llevando Su vituperio. Para tratar de llevar a cabo los principios escriturales de reunión, debemos estar fuera del campamento del Judaísmo y de la Cristiandad con sus principios judaicos. Por lo tanto, procuramos caminar en separación de los sistemas religiosos humanos que nos rodean, aún cuando reconocemos que entre ellos hay verdaderos creyentes. También somos llamados a caminar en separación de este presente siglo (mundo) malo en todos sus variados aspectos. Deseamos estar separados para nuestro Señor Jesucristo en plena devoción a Él.

 

12. La esperanza de la Iglesia.

 

En la Escritura encontramos que la esperanza de la Iglesia es la venida de nuestro Señor Jesucristo por los Suyos para llevarlos a la casa del Padre antes de la Tribulación que ha de venir sobre el mundo entero. Luego de ello, lo que sigue es nuestro retorno con Cristo, cuando Él se manifestará al mundo para establecer Su reino sobre la tierra. Luego de este periodo (1.000 años), habrá un estado eterno y final, “la santa ciudad, la nueva Jerusalén…dispuesta como una esposa ataviada para su marido” en el cielo nuevo y la tierra nueva (Jn. 14:1-3; 1 Ts. 4:13-17: Ap. 3:10; 19:11-16 21;1-2; 22:5).