ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA ENSEÑANZA DE LA JUVENTUD

Ch.Bergez

Mensajero Evangelico 1986

 

Asistimos hoy, en el mundo cristianizado, a un verdadero "derrumbamiento" de la familia — ciertamente ha contribuido el trabajo de la mujer fuera de su hogar. La política y aun mas los deportes o ciertos medios religiosos, bajo los más variados pretextos, se pelean a la juventud y la arrastran lejos de los padres, al ellos consentir esto a menudo.

 

Cristianos, ¿debemos imitar al mundo y dejar que se instale como un tipo de embargo en nuestra juventud? Esto sería despreciar el privilegio confiado a los padres, quienes han recibido de parte de Dios la autoridad y responsabilidad de hacerlo. Si ninguno de nosotros perdiera esto de vista, los problemas actuales respecto a la juventud no tendrían el mismo peligro. Muchas dificultades, que preocupan tanto a creyentes fieles, son solo el resultado de nuestras debilidades.

 

Los cristianos al comienzo, procuraron agrupar a los hijos nacidos de familias inconversas para enseñarles las verdades del Evangelio. Dios pudo bendecir este servicio cumplido hacia estos jóvenes que, en su casa, no fueron instruidos en la Palabra. Luego, otros hermanos también quisieron reunir a los hijos de familias cristianas, comprobando que los padres no estaban muy conscientes de sus deberes. Esto comenzó con reuniones que presentaban un carácter puramente local. Se trataba entonces de una ayuda simple, sin ninguna intención de sustituir a los padres. Esta actividad quedaba bajo su control y de la asamblea local.

 

Desde varias décadas, una liberación se produjo: agrupamientos de jóvenes de regiones diversas, incluso de diferentes países, escapan en lo sucesivo del control efectivo de los padres y de la asamblea con la cual se relacionan. Por cierto, es un deseo loable de los hermanos que organizan estos encuentros, querer interesar a este joven auditorio por las cosas de Dios. ¿Pero, no conviene plantearse la pregunta: es esto según la enseñanza de la Palabra? ¿Tales alianzas siempre tienen una base escritural?

 

Parece que Elías y Eliseo asumieron tal responsabilidad con respecto a aquellos a los que la Escritura llama «los hijos de los profetas». Al comienzo del siglo XIX, en el período del Despertar, algunos conductores pudieron, con la comunión de sus hermanos, enseñarles las verdades bíblicas a grupos de jóvenes. ¿Pero dónde vemos, en el Nuevo Testamento, actividades de este género, incluso en el tiempo de los apóstoles? Pablo no reunía solamente a jóvenes alrededor de él, cuando «predicaba y enseñaba públicamente y en las casas» (Hechos 20: 20). Indicaciones que conciernen a diversas reuniones son dadas (reuniones para la oración en asamblea, el culto, la edificación, el estudio de la Palabra, o una reunión a cargo de un hermano, que ejerce bajo su responsabilidad un ministerio que le ha sido dado por Dios).

 

Sin duda, las reagrupaciones de las que hablamos — que tengan un carácter local o general — atestiguan el descuido de los padres en cuanto a su responsabilidad en el seno de su hogar. ¿No se manifiesta también la insuficiencia de la enseñanza dada en la asamblea local? Así, comprendemos que varios creyentes, animados de buenas intenciones — sin embargo no bastan, porque deben estar conforme con las direcciones de la Escritura — hayan procurado remediarlo un poco. ¿No conviene primero recordar a los padres cristianos su deber hacia sus hijos a quiénes Dios les ha confiado? ¿No hay también un servicio precioso confiado a los hermanos: el de dispensar la enseñanza en la asamblea local, tanto a los corderos como a las ovejas del rebaño? ¿Estamos prestos a escuchar?

 

Reconozcamos que Dios, en sus compasiones infinitas, a menudo ha producido el bien para la ocasión de las reuniones de jóvenes, conducidas por hermanos que tienen el temor de Dios y muestran un afecto real por la asamblea. ¡Que Él sea bendito y seamos agradecidos! Deseamos comprobar un despertar en las familias y en las asambleas; esto debe ser un tema continuo de oración. Sin embargo, la causa verdadera del mal no ha sido sanada y se procura solamente disminuir los efectos.

 

Una cierta inquietud puede producirse a veces con ocasión de estos encuentros, aunque hermanos presentes y activos procuren velar por ello. Estas reuniones no siempre tienen como resultado estrechar los lazos de la comunión fraternal; al contrario, una forma de un espíritu de partido corre peligro de crearse allí. Es necesario velar para recordar el precio de la Asamblea a los ojos de Dios (Hechos 20: 28). Es alrededor del Señor que hay que encontrarse en toda edad porque Él ha prometido su presencia en «los dos o tres» (Mateo 18: 20). ¿No es allí ante todo que el Señor, por su Espíritu, desea dar el alimento espiritual a los suyos que esperan completamente en Él, incluso en un tiempo de tanta debilidad?

 

El verdadero remedio puede venir sólo de lo Alto. El ejercicio de un servicio pastoral, preparado por medio de la oración delante de Aquel que habla a los corazones y a las conciencias, se impone con respecto a los padres. Conviene colocar delante de ellos las enseñanzas de la Escritura y llamar la atención con dulzura sobre su responsabilidad en el seno de su hogar, y lo que de hecho les será pedido en cuenta.

Hay que ayudarles a comprender que primero es a ellos que incumbe enseñar a sus hijos la obediencia, el temor de Dios, la separación, la sumisión a la disciplina de la familia y de la asamblea. ¡Tienen el serio deber de instruirlos en el conocimiento de las Escrituras, sin descargar esta responsabilidad sobre quien sea! La enseñanza dispensada en el hogar estará acompañada por el servicio de la Palabra en la asamblea, lo que puede ser muy provechoso para los hijos. Velemos, con la ayuda del Señor, en el transcurso de las meditaciones, para aportar algo que esté a su alcance.

 

Pensemos en los resultados de tal ejercicio de fe en la vida del hogar cristiano: ¡qué beneficio tomarán los hijos, tanto como los padres! Éstos, en particular el padre, cabeza de familia, será conducido a alimentarse de la Palabra, a estudiarla con oración, con el propósito también de alimentar e instruir a sus hijos. Sentirán la necesidad de buscar el socorro y la dirección de lo Alto en perseverante intercesión. ¡Estos ejercicios tendrán felices y benéficas repercusiones en la vida de la asamblea!

 

Al hacer reuniones de jóvenes, cualquiera que sea el bien que Dios pueda producir en su gracia, ¿no se el corre peligro de mantener una molesta disposición al sueño espiritual de los padres y de la asamblea? Reuniones diversas de adolescentes organizadas por hermanos y hermanas poco o nada apegados al testimonio del Señor, ciertamente han causado daño a los jóvenes corazones haciéndoles perder de vista el precio de la Asamblea a los ojos del Señor. Es así cada vez que actuamos según nuestros pensamientos personales, sin buscar de cerca la enseñanza de las Escrituras.

 

¿Instruir a los jóvenes? Sí y de todo corazón, con la ayuda del Señor. Si el Señor nos llama a hacerlo, visitemos las asambleas; pensemos también en difundir ampliamente los tratados que han contribuido para formar el testimonio de las generaciones de los siglos pasados. Insistamos en este punto, en lo posible el trabajo debe ser hecho localmente. Dejar a la juventud en una sola mano es delicado y puede presentar un grave peligro, si sucede que los que se ocupan en ello no están estrechamente vinculados a la asamblea. Démonos cuenta rápidamente, antes de que sea demasiado tarde, de la necesidad de tener alejados a nuestros hijos de todas las influencias nefastas. Son semejantes a esos vasos descubiertos de los cuales nos habla la Escritura (Números 19: 15), nos incumbe velar para colocar allí una tapa a su tiempo.

 

No deseamos terminar sin recordar a los padres cristianos algunas enseñanzas de la Escritura que definen sus responsabilidades con respecto a sus hijos.

 

«Ve a tu casa a los tuyos…», dice el Señor al endemoniado que Él acababa de sanar (Marcos 5:19). El orden terminante, contenido en esta palabra a menudo es olvidado hoy en día. Deseamos hacer cualquier cosa, a veces grandes cosas afuera, y perdemos de vista que el servicio y el testimonio comienzan en la «casa».

 

A veces es un servicio difícil presentar la Palabra haciéndola comprensible a los jóvenes corazones; también es necesario saber hablar a su conciencia, a fin de que la obra de Dios se cumpla en ellos. Sin embargo es una bella y noble tarea: vale la pena dedicarse a ello contando con el Señor para bendecir la semilla esparcida. ¡Qué pesares pueden tener los padres qué han renunciado a abrir la Palabra con sus hijos para que se interesen por las cosas de Dios! Comprenden al final la grandeza y valor de la tarea que les había sido confiada, cuando el momento propicio para ellos ya ha pasado.

 

Deuteronomio 4:9-10 presenta primero la responsabilidad personal, luego la que incumbe a los padres, al padre especialmente, frente a sus hijos: «Por tanto, guárdate, y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, ni se aparten de tu corazón todos los días de tu vida; antes bien, las enseñarás a tus hijos, y a los hijos de tus hijos» La misma enseñanza es dada en el capítulo 6: «para que temas a Jehová tu Dios, guardando todos sus estatutos y sus mandamientos que yo te mando, tú, tu hijo, y el hijo de tu hijo, todos los días de tu vida, para que tus días sean prolongados … Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas» (v.1-9).

 

«Las repetirás...» ¡Qué paciencia, qué perseverancia, qué cuidados de amor implica esto! Las expresiones que siguen, en los versículos 7-9, dicen bien de la incesante actividad que deben tener los padres con respecto a sus hijos. Nos muestra también el lugar que debe tener la Palabra en la casa de un creyente; es necesario en primer lugar que «estas palabras» estén « en los corazones» de los padres (v. 6), es decir es la misma fuente de la vida.

 

Los padres cristianos son responsables de cumplir un servicio tan precioso en su casa con el fin de que la Palabra, oída y recibida, produzca entre sus hijos, temor y obediencia (Deuteronomio 32: 46-47), confianza y sumisión (Salmo 78: 5-8).

 

Citemos solamente entre muchos otros, dos o tres pasajes del libro de los Proverbios. El hijo es responsable de escuchar la instrucción de su padre, de no abandonar la enseñanza de su madre (Proverbios 1: 8; 4: 1-13; 6: 20-24). Retengamos aun este mandato, con la promesa que viene con ello: «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él» (Proverbios 22: 6). Contar con Dios para nuestros hijos con entera confianza y criarlos para Él en la obediencia a la Palabra. Las dos cosas van juntas. Una verdadera confianza en Dios está unida siempre a la obediencia.

 

El apóstol Pablo exhortaba a los ancianos a «tener a sus hijos en sujeción con toda honestidad» no sin antes darles una advertencia: «pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?» (1ª Timoteo 3: 4-5). Recordamos en fin el pasaje tan conocido, pero desgraciadamente tan a menudo ignorado: «Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. “Honra a tu padre y a tu madre”, (que es el primer mandamiento con promesa); para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra”. Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor (Efesios 6: 1-4).

 

Qué Dios permita, padres cristianos, enlazar los corazones de los jóvenes a las enseñanzas de su Palabra, y qué puedan vivirlas cerca de sus hijos desde su tierna edad: esto será para la gloria del Señor y para el bien de las asambleas tan amadas a Su corazón.