ALGUNAS ENSEÑANZAS TOMADAS DE LOS HECHOS 6 Y 7

Paul Fusier

Lo que Dios ha encontrado bueno decir de la vida y muerte de Esteban esta consignada en los capítulos 6 y 7 del libro de los Hechos. Se nos presenta a Esteban antes  del comienzo de su servicio hasta   el momento cuando habiendo acabo este, « durmió». Saulo de Tarso, que entonces consentía en su muerte, recordará más tarde este final  glorioso, la sangre de Esteban  derramada, « de Esteban, tu testigo»   como lo dice  en  Hechos 22:20,  fiel testigo del Señor, el primero de los mártires  del cual nos habla el libro de los Hechos.  Digno es colocar nuestra atención particularmente sobre la vida como de la muerte de Esteban;  podríamos pensar que  nos pedirá sellar nuestro testimonio con  nuestra sangre,  pero esto no es así  debido  a  que  su  muerte  como su vida  es para nosotros un ejemplo — aun hay útiles enseñanzas que extraer de la narración  con la que termina el capítulo 7 —; sobre todo que podemos considerar con fruto  su vida y  su servicio, pidiendo a Dios que nos conceda la gracia  de imitar en alguna medida tal ejemplo.

 En un  solo hombre, el Hombre Cristo Jesús, la vida ha sido perfecta, del comienzo hasta el fin, Dios  « ha probado su corazón », y  «lo  has visitado de noche »   (Salmo 17:3).  En Esteban, como en todos los discípulos del único «testigo fiel» (Apocalipsis1:5), nada se ha  encontrado que no sea para la gloria y la satisfacción profunda de Su corazón.  Sin duda alguna  tuvo sus debilidades, pero es muy notable que la narración de Hechos 6 y 7 no nos muestre  ninguna.  Estos dos capítulos lo muestran sin debilidades, reproduciendo de manera admirable los rasgos del Hombre perfecto. El hecho  merece ser subrayado cuando  no tenemos muchos ejemplos semejantes en el Escrituras.

El primer  rasgo que caracteriza a Esteban   es indicado antes de  que su nombre haya sido mencionado.    Se nos habla de el a propósito de las dificultades sobrevenidas en Jerusalén con  ocasión del ejercicio de la beneficencia . Se habla de «siete hombres» de « buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría »; Esteban era uno de los siete que fueron escogidos como presentando estas características.  Las murmuraciones que se levantaban entonces constituían un nuevo esfuerzo del enemigo contra la asamblea;  aun hoy en día, el adversario se sirve a veces de este mismo medio para atacar el testimonio.

En los primeros dias de la historia de la Iglesia, los dones eran llevados « a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad » ( Hechos 4:35) El versículo 2 de Hechos 6 nos muestra  bien que los apóstoles cumplían  un servicio activo en esto; el Señor les muestra que esto no era conveniente: por una parte, que ellos « dejaran  la palabra de Dios », siendo de alguna medida impedidos para estar en el ejercicio de  «  la oración y en el ministerio de la palabra»,  y por otra  «la  murmuración de los griegos en  contra los hebreos »( Hechos 6: 2,4,1).  En apariencia, ¿no era mejor que los apóstoles se ocuparan ellos mismos de este cargo? Sin duda, pero la Palabra nos muestra cuales fueron las consecuencia para todos,  para la Asamblea y también para ellos. 
 
Cuando una acción es ejercida de una manera que no es según el pensamiento del Señor, se puede estar seguro, que tarde o temprano, sobrevendrán problemas y desorden.  Sin duda  hoy en día, el peligro no lo es tanto cuando los hermanos que deben ante todo «perseverar en la oración y en el ministerio de la palabra », cultivando y ejerciendo el don que han recibido del Señor,  pueden consagrar  una parte de su tiempo para cumplir el cargo de «el que reparte, con liberalidad » (Romanos 12:8), antes que todos los hermanos de una asamblea local piensen tener que ocuparse de  esta «distribución». Una reflexión,  corrientemente  oída y hecha en buena conciencia, muestra cuan poco se ha comprendido a veces la enseñanza  de las Escrituras sobre este punto: de  momento, dice uno,  como  yo participo  de la colecta en vista del ejercicio de la misericordia (según 1ª Corintios 16:2 y Hebreos 13:16) puedo muy bien hacer oír mi voz cuando se trata  de «distribuir» lo que ha sido recolectado, o por lo menos saber como ha sido empleado lo que yo libremente he dado. Esta argumentación parece justa y sin réplica. Pero ¿donde encontramos un principio semejante en las Escrituras? Ciertamente, lo encontramos en el mundo: una sana democracia no fallará nunca. ¡Pero que Dios nos guarde del espíritu y de los principios de este mundo!  Por otra parte vale la pena acotar, y esto no debería sorprendernos, que cuando en el ejercicio de la misericordia, los principios de Hechos 6:3 se desconocen , se produce un día u otro el descontento, generador de murmuraciones y desorden,  en donde las consecuencias se oyen a veces hasta en otras asambleas.

Cuando participamos en la colecta hecha   en vista de la beneficencia, ¿a quien llevamos  nuestra ofrenda? ¿No es al Señor mismo, para su obra y para las necesidades de los suyos?  Si tenemos plena conciencia, ¿estaremos tan   preocupados de saber lo que se hará con lo que hemos dado? La responsabilidad de los hermanos — «Buscad, pues, hermanos…» — es escoger, entre ellos, a aquellos que son calificados, para estar «encargados de este trabajo » (Hechos 6:3). La enseñanza de la Escritura nos parece clara: este «trabajo» no es de todos los hermanos — menos aun de las hermanas — sino de algunos solamente, calificados para ocuparse en ello.

Ejercer la misericordia, «distribuir» el producto de las ofrendas es ciertamente un «trabajo» muy  delicado. Lo que es necesario distribuir, es lo que ha sido dado para el Señor,  y somos responsables de cooperar en su obra,  son sus rescatados que pueden encontrarse en  dificultad  y que es preciso ayudar; hay necesidades aquí y allá, lo que importa es discernir las verdaderasnecesidades  y proveerlas con sabiduría.  ¡Que ejercicio con el Señor, que comunión de su pensamiento demanda esto! Para llenar con fidelidad  tal cargo, conviene no fiarse de las apariencias, de actuar por rutina, con una suerte de automatismo  y en el respeto de tradiciones establecidas. Es fácil enviar un don, es muy difícil distribuirlo  con sabiduría y discernimiento.

 Un don puede llevar mucho bien, no solo materialmente sino también espiritualmente; sin embargo puede producir también frutos de una naturaleza opuesta; por ejemplo,  si constituye un aliento, un testimonio de comunión en el servicio, para aquel que,  por el  contrario, tuviera la necesidad de ser advertido, o  igualmente  reprendido, o  aun si tiene la tendencia a la pereza o a la ociosidad. . Es  necesario tener en cuenta el bien espiritual frente al cual la misericordia es ejercida, no olvidando que se arriesga a veces  llegar a un resultado inverso, creyendo que, por la entrega  de un don,  se coopera con la obra del Señor. La manera  según el cual el don es  dado también  tiene su importancia; sin duda, en muchos casos,  hay una palabra que decir y es necesario que sea la «palabra dicha a sus tiempo», aquella que es «buena( Proverbios 15:23). La «Palabra» puede ser, en el punto de vista espiritual, mas útil aun que el don.

Para un «trabajo» tan difícil, ¿Cuáles son los hermanos que deben ser elegidos? ¿No sucede ¡por desgracia! que se designa a tal o cual  hermano simplemente porque sus ocupaciones profesionales le han familiarizado con los asuntos de dinero, las operaciones contables, los envíos  de fondos, la correspondencia? Probablemente es muy  común que lo pensemos así. Y sin embargo puede ser que algún  hermano, muy  espiritual y fiel, no presente en conjunto las cualidades “requeridas” para justificar esta elección.  Al considerar las expresiones empleadas por los apóstoles, se puede comprender la importancia del cargo confiado a los hermanos elegidos para cumplirlo: deben tener «buen testimonio » y ser «llenos del Espíritu Santo y de sabiduría » ( Hechos 6:3).

Un buen testimonio, es el primer punto. Nada en la vida práctica, en la asamblea y fuera de la asamblea, debe perjudicar la autoridad moral necesaria para ejercer el cargo; es necesario una verdadera piedad, el temor de Dios que da el conocimiento de sus «secretos» (Salmo 25:14) Pero este primer punto, aunque  necesario, no es suficiente;  es por otra cosa  que un hermano espiritual debe ser elegido: es necesario que sea «lleno del Espíritu Santo », que sus pensamientos sean formados por el Espíritu Santo. Tendrá asi el discernimiento de lo   que es para el Señor y en vista de su obra. Luego,  es necesario que sea «lleno de sabiduría», es decir capaz de poner en práctica aquello que la inteligencia espiritual le permitirá discernir. Porque no es suficiente ver las cosas, conviene actuar en consecuencia  y esto es a menudo muy difícil.  Puede suceder a veces que  se tiene la conciencia que, en tal caso, valdría mejor, para el bien del obrero y de la obra del Señor, abstenerse de dar porque  puede ser tomado por un aliento y falta de comunión, cuando sin embargo no se ha tenido la sabiduría  para actuar como conviene.

Sin duda los hermanos podrían retroceder  sobre esta responsabilidad, considerando todo lo que se requiere en aquellos que tienen que asegurar la distribución de las ofrendas recogidas—como también, por otra parte, en presencia de los caracteres que deben presentar los «ancianos» para ser calificados en el ejercicio de su cargo (1ª Timoteo 3:1 al 7; Tito 1:6-9). Que se trate de los cargos de «servidor o diácono» (Hechos 6:3; 1ª Tim.3:8-13) o de un anciano, la Palabra nos presenta tal conjunto de características  que lo revisten que se podría exclamar justamente: ¡no podría pretender ni uno ni otro cargo! Sin duda no conviene pretender ninguno. Sin embargo  aquel que «anhela obispado», debe estar seguro de que «buena obra desea» (1ª Tim. 3; 1) y que lo ejerce con el Señor, el se esmerará—porque es necesario una real «aplicación»; es una escuela, la escuela de Dios, en la cual «aprendemos» (2ª Corintios 5:9 y Tito 3:8 y 14)—para manifestar los caracteres que los calificarán para esto.

Cuando los primeros hermanos entendieron las palabras de los apóstoles, no pusieron ninguna objeción  y obedecieron con gozo: ¡que podamos siempre actuar  de la misma manera en presencia de las enseñanzas de la Escritura! Se nos dice que « convocaron a la multitud de los discípulos» y que prontamente, escogieron siete hombres de entre ellos, Esteban el primero (Hechos 6:5).  El era entonces un hermano que se podía decir que tenía «buen testimonio» y que estaba «lleno del Espíritu Santo y de sabiduría ». Tales son los caracteres que lo marcaban cuando lo vemos aparecer en escena. ¡Que feliz comienzo de su vida cristiana, de su servicio publico! Creyentes jóvenes, hermanos jóvenes.  Aun al comienzo de vuestro camino ¿no tenéis el deseo  también de un hermoso comienzo? Sobre esto, sed ambiciosos. ¡Que Dios mismo os anime  de santas y puras ambiciones para servirle todos los dias de vuestra vida, como Esteban le ha servido!

Otra observación: los nombres de estos siete varones se nos dan en el versículo 5; para Esteban solamente (excepción hecha aun, en el rigor, de Nicolás, del cual se dice solamente que era «prosélito de Antioquia») un detalle es agregado: «varón lleno de fe y del Espíritu Santo » ¡Lleno de fe! La fe aquí es aquella que la gracia había colocado en su corazón para hacerle escoger a Cristo: su fe  se apoderaba de una manera real y completa del Objeto colocado por Dios delante de ella. Ya en los primeros pasos de su sendero, Esteban está totalmente lleno de Aquel que es el Objeto de su fe. ¡Que vida la suya: lleno de Cristo al principio y a lo largo de todo su ministerio, lleno de El aun hasta el fin! Este es el secreto de una vida para la gloria del Señor. ¡Lleno de fe! Sin duda también, lleno de una total confianza en Aquel que deseaba seguir y servir, que le seguirá y servirá hasta  la misma muerte.  Encontrará y de que manera, el poder del adversario de comienzo al fin de su carrera, estos dos capítulos nos lo muestran así, pero está revestido del « lazo de la fe». También irá sin temor, fiel hasta el fin. « « Fiel hasta la muerte».

Notemos aun que la elección de los diáconos o servidores que es el asunto del versículo 5 de Hechos 6, es de la competencia de los hermanos, luego  la elección  de los ancianos no podía ser hecha sino que por los apóstoles (Tito 1:5): el apóstol no habría encargado a Tito, su delegado, de establecer ancianos si esto hubiera sido de la competencia de los hermanos o de las asambleas. La imposición de manos, de la cual nos habla al final del versículo, no es otra cosa que un acto de identificación: todos los hermanos están plenamente de acuerdo con aquellos que han sido elegidos; estos siete hombres actuaran en nombre de todos, tienen la comunión de los hermanos en el ejercicio de su cargo. Ellos deben cumplir este cargo y no el conjunto de hermanos, pero hay, entre ellos total confianza y real comunión. Ningún deseo de inquirir, de inmiscuirse en un servicio que es la carga de algunos, una mayor razón al desear ejercer una suerte de control que sería la negación de toda la confianza. Ciertamente, los hermanos que tienen el ejercicio  de la carga son felices de poder, cada vez que esto les parece útil, pedir un pensamiento, igualmente un consejo, a tal o cual hermano; ellos responderán siempre a las preguntas originadas por un interés real e inteligente por la obra  y no por la curiosidad.

Tendrán el corazón de actuar en  humildad, en el olvido del yo y la búsqueda de la comunión de los santos. ¡Que perdida sería si este servicio —por otra parte  como todo servicio — fuera cumplido sin  que esta comunión  fuera realizada o peor aun, de manera que fuera perturbado! Señalemos en fin este último punto: debido a que la responsabilidad de  tal servicio incumbe a algunos solamente, los demas que no tienen esta carga deben pensar que pueden desinteresarse de las necesidades susceptibles que se puedan  manifestar; hay siempre una responsabilidad personal a este respecto, la cual  cada uno debe hacer frente, señalándoles las verdaderas necesidades a los hermanos encargados de la repartición de los dones, presentándoselas al Señor en una perseverante intersección. Todo esto es hecho en la comunión fraternal pero sin perjudicar el principio: la responsabilidad que le incumbe a aquellos que tienen el cargo, ellos actúan teniendo la confianza de los hermanos de la asamblea, con la entera discreción que muy a menudo hace falta.