ACEPTARSE A SÍ MISMO

Traducido de “Graines de Lumière, Germes de Vie”

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo…».

(Levítico 19:18)

«...Tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; Estoy maravillado, Y mi alma lo sabe muy bien».

(Salmo 139:13-14)

Numerosos son los jóvenes que les cuesta aceptarse a mismos, con su apariencia exterior, con sus capacidades intelectuales o su familia. Sin embargo la imagen que nos hacemos a si mismos tiene una influencia directa sobre nuestra relación con Dios. En efecto, Dios nos creó personalmente tales como somos, y el hecho de no estar conformes produce en nosotros una raíz de amargura e incredulidad frente al amor de Dios. Dios es amor y tiene un plan maravilloso para nuestra vida. Es en esa perspectiva que nos creó tal como somos. Reconocerlo dará a nuestra vida una dimensión apasionante y nos permitirá «dar siempre gracias por todo al Dios y Padre» (Efesios 5. 20).

«Tus mismas manos me han labrado y me han hecho; todo en derredor me han compuesto… De piel y de carne me vestiste, y de huesos y nervios me entretejiste»

(Job 10. 8-11 VM).

Nuestra apariencia exterior es obra de Dios. Nos formó, nos hizo bajo una forma precisa para cumplir su propósito en nosotros. La sociedad actual concede una importancia excesiva a la belleza exterior y deja suponer, que la belleza hace la felicidad, a pesar — con pruebas evidentes — que es todo lo contrario. Para Dios, la verdadera belleza es la interior. Dios le enseña a Samuel, impresionado por la prestancia de Eliab, que: «Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón» (1ª Samuel 16:7). En efecto, ¡que verdad es que «El corazón alegre hermosea el rostro»¡ (Proverbios 15:13) y qué la transformación del ser interior ilumina, embellece la apariencia exterior.

Por lo tanto no es lamentándonos de nuestra apariencia exterior o empleando caudales de imaginación para modificarla que lograremos el fin buscado por Dios. Al contrario, aceptando con reconocimiento la apariencia exterior que Dios nos dio y cuidando nuestro ser interior, estaremos en concierto con el pensamiento de Dios y distinguiremos cómo servirle.

«Vida y misericordia me concediste, y tu cuidado guardó mi espíritu» 

(Job 10:12)

«¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación. De tus mandamientos he adquirido inteligencia»

(Salmo 119:97, 104)

Nuestras diversas capacidades intelectuales, afectivas, y de carácter también son, la obra de Dios en nosotros. Son dones de nuestro Padre celestial. Cuidemos de no cambiar el motivo por el cual hemos recibido el don, ni igualmente menospreciarlo. Dos peligros se presentan aquí:

—Utilizar el don de Dios para nuestro provecho. El peligro es grande. Recordemos lo que sucedió con Herodes en Hechos 12. 21-23. ¡Tengamos cuidado! —Desarrollar un sentimiento de inferioridad al compararnos con otros, que a nuestra vista son más dotados. Un pensamiento de esta índole es un reproche indirecto a Dios por no habernos dotado tanto como a los otros. « No codiciarás » Al contrario que bendición tendremos si colocamos nuestros dones, por muy débiles que puedan parecernos, sobre el altar de Dios (Romanos 12. 1). (Recordemos que con cinco panes y dos peces que le fueron entregados el Señor alimentó a cinco mil hombres). Podremos así asegurarnos de que los dones, que recibimos de Dios, serán utilizados para Su servicio y para Su gloria. Además, el Salmo 119 nos anima a emplear nuestra inteligencia para meditar la Palabra de Dios. Colocados en la luz del Dios con toda inteligencia y toda ciencia, permanezcamos en nuestro lugar de criatura conociendo mejor nuestro Creador.

«Corona de los viejos son los nietos, y la honra de los hijos, sus padres» (Proverbios 17:6)

Generalmente es admitido por los padres creyentes que sus hijos son consagrados para Dios. ¿Pero hemos realizado también que, en el otro sentido, nuestros padres son un don que Dios nos da? Dios nos dio a padres que son, en su mano, los instrumentos necesarios para nuestra formación. Es por eso que la Palabra de Dios insiste tanto en la obediencia de los hijos hacia los padres (Efesios 6. 1-3; Colosenses 3:20). Un niño que desobedece se quita, de hecho, de la instrucción que Dios le quiere dar por sus padres.

Sin embargo la obediencia ciega no basta y Dios nos pide honrar y respetar a nuestros padres. El libro de los Proverbios da una razón precisa: «Al que maldice a su padre o a su madre, se le apagará su lámpara en oscuridad tenebrosa» (Proverbios 20:20). «El ojo que escarnece a su padre Y menosprecia la enseñanza de la madre, los cuervos de la cañada lo saquen, y lo devoren los hijos del águila» (30:17). En ambos versículos, la consecuencia del desprecio a los padres es la ceguera, las tinieblas espirituales.

La juventud es el tiempo cuando un gran número de decisiones importantes deben ser tomadas. ¡Cuánto necesitamos, entonces, toda la luz de Dios! Ordenar nuestras relaciones con nuestros padres es una condición indispensable para el descubrimiento de la voluntad de Dios en nuestra vida.

Coloquémonos entonces de rodillas y pidámosle a Dios que nos ayude a aceptarnos como somos: nuestra apariencia física, nuestras capacidades y nuestra situación familiar. Es un paso importante en nuestra vida necesaria para lograr este fin:

1. Reconocer sinceramente que Dios es nuestro Creador personal en todo punto de vista, físico, mental y familiar.

2. Dar gracias a Dios por todo lo que hizo por nosotros (Efesios 5. 20).

 

3. Descubrir, a través de los tres dominios examinados, el motivo buscado por Dios para nuestras vidas.

En fin, aprendamos a vernos según los criterios de Dios y no según los criterios de los hombres. Esto nos permitirá «pensar sobriamente, según haya repartido Dios a cada uno la medida de fe» (Romanos 12:3 VM.)

¡Qué de esa manera Dios pueda ser glorificado en nuestras vidas!