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Satanás, asesino y mentiroso

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Sin el Nuevo Testamento, sabríamos muy poco acerca del diablo. El Antiguo Testamento solo lo menciona explícitamente en tres libros: 1 Crónicas, Job y Zacarías. El Nuevo Testamento, en cambio, nos enseña mucho acerca del diablo y sus tácticas. Hay un pasaje que, en pocas palabras, nos presenta el núcleo de su naturaleza y nos sirve como pauta para evaluarlo correctamente a él y a sus tentaciones.


Ustedes son de su padre el diablo y quieren hacer los deseos de su padre. Él fue un asesino desde el principio , y no se ha mantenido en la verdad porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira , habla de su propia naturaleza , porque es mentiroso y el padre de la mentira” (Juan 8:44).


Asesinato y mentira —o, en términos más generales: violencia y engaño— son dos tipos principales de pecado. Quien reconoce que el príncipe de este mundo lleva precisamente estas características no se sorprenderá de enfrentarlas constantemente en el mundo, de una u otra forma (véase Gn. 6:11). El diablo realiza su labor de tentador bajo estos dos caracteres: ataca como “león rugiente”, usando la violencia, o seduce como una astuta “serpiente”, tergiversando la verdad.


¿A quién tienta el diablo?


¿Quién está expuesto a las tentaciones del diablo? ¿Todos, o solo los creyentes? Los incrédulos se encuentran bajo el “dominio de las tinieblas” (Col. 1:13), es decir, están bajo el poder de Satanás y son sus esclavos. Mientras puede controlarlos, está satisfecho. Pero cuando son liberados de su poder y llegan a ser hijos de Dios, él aprovecha cada oportunidad para apartarlos de la dicha de una vida dependiente de Dios y bendecida por Él.


La tentación de Jesús en el desierto ilustra este principio. A diferencia de todos los demás, nuestro Señor no tuvo puntos de contacto con el poder de Satanás. Aun así, la secuencia de acontecimientos antes de las tentaciones es tan ejemplar para los creyentes como los tres ataques con los que el diablo tentó al Hijo de Dios.


Observemos el contexto: después del bautismo de Jesús, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo descendió sobre Él como paloma. Dios el Padre no pudo guardar silencio en ese momento. Por lo tanto, de manera pública y audible para todos los presentes, lo reconoció como su Hijo: “Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido” (Mt. 3:17). Inmediatamente después, el Espíritu Santo lo llevó al desierto “para ser tentado por el diablo” (Mt. 4:1).


El diablo solo tienta a las personas cuando estas se han convertido en hijos de Dios. ¡Estemos en guardia! Conoce nuestras debilidades y sabe cómo hacernos tropezar —cosa que jamás consiguió con el Señor Jesús. Por otro lado, no necesitamos temerle. Es un enemigo derrotado cuyo poder ha sido quebrantado a nuestro favor.


El león rugiente


Cuando el diablo se enfrenta a los hijos de Dios como un león rugiente, busca intimidarlos y sacudir su fe. Uno de los medios que emplea es la persecución. El apóstol Pedro habla de esto al final de su primera carta:


Sean de espíritu sobrio, estén alerta. Su adversario, el diablo, anda al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar. Pero resístanlo firmes en la fe, sabiendo que las mismas experiencias de sufrimiento se van cumpliendo en sus hermanos en todo el mundo” (1 P. 5:8–9).


Pedro conocía bien las tentaciones del diablo. Basado en sus propias experiencias, pudo advertir a sus hermanos. ¿No lo había tentado el mismo diablo como león rugiente? Allí, en el patio del sumo sacerdote, cuando Jesús había sido arrestado y Pedro se calentaba junto al fuego, el diablo atacó. “¿No eres tú también uno de sus discípulos?” (Jn. 18:25), le preguntaron. La situación se volvía peligrosa. No quería ser arrestado. Así que negó: “No lo soy”. ¡Qué mal! Pero no terminó allí. Le preguntaron dos veces más acerca de su relación con Jesús, y cada vez lo negó. El diablo había logrado su objetivo: Pedro cedió. Lamentablemente, no estaba en la condición espiritual para mantenerse firme en la fe. Su arrogancia y altivez le quitaron toda fuerza. Unas horas antes, aún pensaba que amaba al Señor más que los otros discípulos. Pero, afortunadamente, alguien había orado por él para que su fe no faltara: su Señor, que lo miraba en ese momento.


Cuando el diablo viene como león rugiente, se experimentan persecución, hostilidad, burla o rechazo. Esto se aplica no solo a los creyentes en países islámicos, sino a todos “todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús” (2 Ti. 3:12 con Gá. 4:29 y Gn. 21:9). La presión puede llevarnos a ceder y abandonar nuestra confesión —al menos por un tiempo. El diablo no quiere otra cosa. Busca apartarnos del Señor y hacernos inútiles para Él. Ese es el sentido de la palabra “devorar” en el versículo de 1 Pedro 5. No se trata de si nuestra alma es salva para la eternidad, sino de la vida práctica de fe en este mundo. La seguridad eterna nos está garantizada en las palabras del Señor: “Nadie las puede arrebatar de la mano del Padre” (Jn. 10:29). En cambio, nuestra vida práctica de fe sí puede dañarse. Por eso se nos llama a resistir firmemente al diablo, confiando en el Dios Todopoderoso.


Cambio de táctica


Un león rugiente puede oírse de lejos y es fácil de identificar. Pero cuando el diablo aparece con astucia, la situación se vuelve mucho más difícil. Probablemente ha causado más daño con esta táctica que con amenazas y violencia. Lamentablemente, muchos ya han caído en sus artimañas.

Consideremos la historia de Balaam. Primero intentó maldecir al pueblo de Israel. Al fracasar, cambió de táctica e intentó arruinar al pueblo con astucia: aconsejó a los moabitas unirse y mezclarse con los israelitas. ¿El resultado? El pueblo cayó en la trampa (véase Nm. 25).


La situación fue similar después de la conquista parcial de Canaán. Israel combatió con éxito a los habitantes de las ciudades que usaron violencia, tal como Dios había indicado. Pero cuando los gabaonitas se ganaron el favor de los ancianos del pueblo con mentiras y engaño, fue demasiado tarde. Los enemigos habían logrado mezclarse con los israelitas—para ruina del pueblo de Dios (véase Jos. 9).


La serpiente astuta


El apóstol Pablo advierte a los corintios y a los efesios acerca de las asechanzas del diablo, y con razón. Las tentaciones que vienen mediante el engaño y la astucia son particularmente peligrosas.

Pero temo que, así como la serpiente con su astucia engañó a Eva, las mentes de ustedes sean desviadas de la sencillez y pureza de la devoción a Cristo” (2 Co. 11:3).


Revístanse con toda la armadura de Dios para que puedan estar firmes contra las insidias del diablo” (Ef. 6:11).


Los corintios tendían a jactarse de capacidades naturales como la elocuencia (véase. 1 Co. 2:1 ss.). También deseaban las riquezas y los honores de este mundo (véase 1 Co. 4:8). Pablo tuvo que describirlos como carnales y “niños en Cristo” (véase 1 Co. 3:1). Con gran empeño intentó abrirles los ojos para que vieran cómo Dios evalúa las cosas: “Dios ha escogido lo necio del mundo para avergonzar a los sabios; y Dios ha escogido lo débil del mundo para avergonzar a lo que es fuerte. También Dios ha escogido lo vil y despreciado del mundo: lo que no es, para anular lo que es” (1 Co. 1:27–28).


El diablo reconoció la debilidad de los corintios y trabajó contra la obra del apóstol Pablo. Para ello, usó falsos apóstoles que alentaban a los corintios en sus razonamientos ‘sabios’. Según ellos, un hombre marcado por el sufrimiento y la debilidad no podía ser un verdadero predicador de parte de Dios. Un porte heroico y una manifestación externa de poder —solo eso se ajustaba a sus ideas de hombres de Dios. Así se lo mostraban los falsos apóstoles y se lo presentaban como verdad (véase 2 Co. 11:20).


El diablo se había disfrazado como ángel de luz (véase 2 Co. 11:14). Con palabras que sonaban piadosas, apartó los corazones de los corintios de Pablo y luego de Cristo. Su pensamiento se había corrompido. Habían perdido la mirada simple y exclusiva puesta en Cristo.


¿Qué podrían haber hecho los corintios para escapar de las insidias del diablo? Podían—como Pablo—”destruyendo especulaciones y todo razonamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios, y poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo” (2 Co. 10:5).


Las medias verdades son mentiras completas


Las mentiras del diablo toman muchas formas, según nuestro punto débil. Para algunos, es la credulidad hacia el conocimiento científico. Para otros, el apego a la tradición. Otros se inclinan al pragmatismo. En cada caso, el diablo aporta razones plausibles.


El diablo se vuelve especialmente peligroso cuando cita la Biblia. Esto ocurrió en una de las tres tentaciones del Señor Jesús. Veamos brevemente cómo procedió:


Si eres Hijo de Dios, lánzate abajo, pues escrito está: A sus ángeles te encomendará, y: En las manos te llevarán, no sea que tu pie tropiece en piedra" (Mt. 4:6).


Al comparar la cita con el original, notamos que el diablo cita de forma incompleta y así falsifica la Palabra de Dios. El Salmo 91 dice: “Pues él dará órdenes a sus ángeles acerca de ti, para que te guarden en todos tus caminos” (v. 11). ¿Por qué omite el diablo la segunda parte? Porque la promesa general de ese versículo no aplicaba en ese momento. Todos los caminos del Señor Jesús eran caminos de obediencia a su Dios. Lanzarse desde el pináculo del templo habría sido tentar a Dios, dudando de si realmente estaba a favor de Cristo. Y eso sería incredulidad y desobediencia.


Esto muestra que el diablo no solo cita la Palabra de Dios de manera incompleta, sino que también la malinterpreta y la usa mal. ¿Cómo respondió el Señor Jesús? Su respuesta es un ejemplo para nosotros. No entra en discusión sobre el texto bíblico citado incompletamente. Simplemente cita otro versículo del Antiguo Testamento que desenmascara directamente la mala aplicación: “También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios" (Mt. 4:7). De esta forma, el diablo quedó vencido.


La batalla en los lugares celestiales


Por último, debe mencionarse otro punto en el que el diablo ha logrado gran éxito con su astucia: la valoración y el disfrute de nuestras bendiciones espirituales en los lugares celestiales, a las que se refiere el versículo citado de Efesios (véase Ef. 6:11). Si como cristianos solo damos gracias por lo visible y pedimos preservación diaria, el diablo ya ha alcanzado uno de sus objetivos. Examinemos nuestras peticiones de oración: ellas reflejan nuestro verdadero propósito de vida. Moralmente, todo puede estar en orden. La vida cotidiana puede conducirse con pleno sentido del deber y cierta piedad. Sin embargo, puede suceder que el diablo y sus potestades sigan ocupando gran parte de nuestro ‘país celestial’. Es decir, nos impiden gozar de la alegría y la comunión con el Señor y de las bendiciones espirituales.


También puede suceder que ya no sintamos anhelo por las cosas invisibles y eternas. Cuando esto ocurre, hemos sucumbido a la tentación del diablo. Quizá haya logrado presentarnos la provisión de necesidades naturales como algo tan importante que sentimos que debemos enfocarnos por completo en ellas (véase Mt. 4:3–4); tal vez nos presenta la belleza y variedad de las bendiciones materiales de tal modo que pensamos poder hallar en ellas nuestra suficiencia. A veces presenta las bendiciones espirituales como una teoría complicada, de manera que las rehuyamos y nos convenzamos de que son un campo reservado solo para los más capacitados.


Cualquiera que sea la astucia que el diablo use para alcanzarnos, estamos llamados a ser fuertes, a vestirnos de toda la armadura de Dios (véase Ef. 6:11) y a tomar posesión del ‘país celestial’ de manera práctica. Haremos descubrimientos maravillosos. No solo las bendiciones nos asombrarán, sino sobre todo Dios mismo—la fuente y dador de toda gloria.

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