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Compartir el evangelio — ¿Una necesidad?

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Porque si predico el evangelio, no tengo nada de qué gloriarme, pues estoy bajo el deber de hacerlo. Pues ¡ay de mí si no predico el evangelio!” (1 Corintios 9:16)


El impulso interior de Pablo cuando pensaba en los incrédulos era imposible de ignorar. No podía dejar de testificarles. No podía sentarse junto a alguien en sus viajes sin hablarle de su salvación. Él lo llama una "necesidad"—como la necesidad de comer o de respirar.


Cierto predicador solía preguntar retóricamente: «¿Podría un marinero permanecer sentado cuando oye el grito: '¡Hombre al agua!'? ¿Podría un médico quedarse cómodamente en su silla y dejar morir a sus pacientes? ¿Podría un bombero ser perezoso y no ayudar cuando hay personas ardiendo en llamas? ¿Puedes tú permanecer tranquilo y cómodo mientras el mundo que te rodea perece?». No, un marinero, un médico y un bombero no podrían quedarse de brazos cruzados en tales situaciones. ¿Y nosotros?


Realmente no podemos permanecer pasivos mientras las personas a nuestro alrededor se encaminan al infierno. ¿O sí podemos? Podemos perder muchas oportunidades que el Señor pone delante de nosotros: cuando podríamos testificar a alguien en la oficina, en el tren, en el avión, en la escuela o en la universidad. ¿Nos mueve esto el corazón, como le sucedía a Pablo? ¿O nos hemos acostumbrado tanto que ni siquiera notamos la omisión?


Jeremías nos habla de sí mismo: "Porque cada vez que hablo, grito; proclamo: ¡Violencia, destrucción! Pues la palabra del SEÑOR ha venido a ser para mí oprobio y escarnio cada día. Pero si digo: No lo recordaré ni hablaré más en su nombre, esto se convierte dentro de mí como fuego ardiente encerrado en mis huesos. Hago esfuerzos por contenerlo, y no puedo" (Jer. 20:8, 9). El profeta desanimado no pudo ejecutar su plan de dejar de hablar de Dios. El fuego dentro de él ardía demasiado fuerte, y siguió predicando. ¿Conoces este fuego al pensar en los perdidos a tu alrededor? ¿Qué tan necesaria consideras la predicación del evangelio para que nadie entre a la eternidad sin Cristo? ¿O eres un marinero, un médico o un bombero que permanece de brazos cruzados?


¿Te resulta tan imposible guardar silencio como a Pedro y Juan, quienes no podían dejar de testificar? "Porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído" (Hch. 4:20). Un hermano misionero muy activo en Sudamérica, a quien su hermana inconversa le pidió que dejara de hablar tanto de Cristo en el pueblo, me dijo: «Aunque mi hermana me odie o me rechace, debo predicar a Cristo. ¡Simplemente tengo que seguir adelante!».


Los perdidos delante de nuestros ojos


Cuando queremos trabajar con los perdidos, es importante tenerlos siempre presentes. Así ocurría con Pablo, quien escribió en 2 Timoteo 2:10: "Por tanto, todo lo soporto por amor a los escogidos, para que también ellos obtengan la salvación que está en Cristo Jesús, y con ella gloria eterna". ¿Eran ya convertidos? ¡No en aquel momento! Pero mientras estaba en prisión, tenía ante los ojos a aquellos por quienes estaba allí: los incrédulos que aún llegarían a la fe mediante sus esfuerzos. El Señor lo había animado de manera similar tiempo antes: "Porque yo estoy contigo, y nadie te atacará para hacerte daño, porque oytengo mucha gente en esta ciudad" (Hch. 18:10). Tener ante sus ojos a ese gran número de personas—los perdidos que serían salvos—animó a Pablo a evangelizar fielmente.


Esta necesidad es una urgencia interior. Quien evangeliza tiene un impulso interno. Es un fuego en su corazón que no se apaga. No puede evitarlo. Tiene que predicar. Clama: "¡Ay de mí si no predico el evangelio!" (1 Co. 9:16). Cuando se le dice que cierre la boca, responde: "¡No puedo evitarlo!". Vive siendo consciente de que ha sido enviado a predicar el evangelio. Donde este fuego interior no existe, el evangelio se anuncia solo a medias. O no se anuncia en absoluto.

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