YO ESTARÉ CONTIGO

O. Demaurex

Traducido de “El Mensajero Evangélico” — Febrero 2002

Qué consuelo y seguridad nos da la promesa de Dios: “Yo estaré contigo”. En el Antiguo Testamento, cinco hombres de fe recibieron esta confirmación por medio de una revelación directa. También vemos que es dirigida a un hombre privilegiado que la pudo haber aprovechado magníficamente si hubiese manifestado fe y obediencia. Luego vemos que también dirigida, bajo la pluma de Isaías, a todo el pueblo de Dios.

1. Isaac. “Yo estaré contigo y te bendeciré” (Génesis 26:3)

Isaac, extranjero en la tierra de Canaán, así como su padre Abraham, es el hombre que ha cavado pozos una y otra vez. Es figura del creyente que no es de este mundo, de aquel que permanece, trabaja y se sacia de la fuente de agua viva de la Palabra.
 
La fe de Isaac, sin lugar a dudas, tenía la necesidad de recibir de Dios la confirmación de las promesas incondicionales hechas a Abraham su padre, del quien él era el único heredero. Así, Dios le asegura que cumplirá sus promesas por la fidelidad de Abraham, y que la bendición se extendería a toda su descendencia y a toda la familia de la fe. (Gn. 26:35). 

En lo que nos concierne a nosotros, somos “bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Ef. 1:3). Así como Isaac, no tenemos ningún mérito. Por pura misericordia hemos llegado a ser herederos de Dios y coherederos del Hijo de Dios, quien nos introducirá un día en la casa de su Padre.

Dios le dijo a Isaac: “Yo estaré contigo”. La presencia de Dios es la fuente de todos los bienes. Independientemente de las circunstancias, “sí Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Ro. 8:31). “¿Quién nos separará del amor de Cristo?, el que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (v.32)

Aunque nuestra vida sea simple y banal, el Señor puede, por su presencia, transformarla en una plenitud de bendiciones. Buscar su proximidad y darle el primer lugar son el secreto de la prosperidad espiritual. Además de esto, también estaremos protegidos, y si permanecemos en Él, llevaremos mucho fruto. De Isaac se dice que prosperó y lo bendijo Jehová (Gn. 26:12).

2. Jacob. “...Vuélvete a la tierra de tus padres, y a tu parentela, y yo estaré contigo” (Génesis. 31:3)

Jacob había reencontrado a Dios en Bet-el cuándo dejó la casa de su padre y se marchó a un país extranjero. Dios le había dicho: “He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por donde quiera que fueres...” (Gn. 28:15). Pero Jacob, asustado por esta visión, hizo un voto que demostraba una aparente vacilación. (v. 20-21). Él aún dudaba, y aún se valía de sus propios recursos en lugar de confiar en la presencia de Dios.

En los años siguientes, Jacob experimentó su impaciencia. Fue engañado muchas veces por su suegro, lo cual lo hizo sentirse acorralado y traicionado. ¿Pero no había puesto su confianza en el hombre y no en Dios? Por consiguiente, él estaba cosechando los amargos frutos de su justicia propia. Es entonces cuando Dios lo socorrió: “Vuélvete”, le dijo. Ha llegado el momento de darle la espalda a tu propia voluntad, de abandonar tus pretensiones humanas, tus subterfugios, y de seguir mi camino, entonces “yo estaré contigo”. Solo entonces lograrás la victoria y encontrarás las verdaderas riquezas.

¿No es lo mismo para el creyente en todos los tiempos? También confiamos prolongadamente en nuestra propia fuerza, apoyándonos sobre nuestra inteligencia, para luego sentirnos decaídos a causa de los múltiples fracasos acumulados. Igualmente, a veces creemos que cosechamos beneficios, pero al final el resultado siempre será pérdida.

La vida de Jacob tomó un vuelco radical desde aquel instante: comenzó a caminar por fe en lugar de hacerlo por su astucia. Las pruebas no escasearon, pero la presencia de Dios lo llenó. En Peniel, en un combate misterioso, él logró una gran victoria. En principio debió sentir el dedo de Dios sobre su carne rebelde, pero al término del combate, humillado y reducido a la nada, recibe un nuevo nombre, un título de nobleza sin igual: “Israel”, es decir: “vencedor de Dios” (o “Príncipe de Dios”). Volvió de luchar cuerpo a cuerpo con Dios, para obtener de Él (al costo de muchas lágrimas derramadas) la verdadera bendición.

Desde aquel entonces para él solo contó la presencia de su Dios, su aprobación, su seguridad y su apoyo en las angustias.

3. Moisés. “Porque yo estaré contigo” (Éxodo 3:12)

A la pregunta de Moisés: “¿Quién soy yo, para ir delante de Faraón, y pedirle que haga salir de Egipto a los hijos de Israel?”, Dios le respondió: “Porque yo estaré contigo”. He aquí una gran lección que cada siervo de Dios debe aprender. “Separados de Mí, nada podéis hacer”. De hecho, ¿Qué somos nosotros si Dios no es por nosotros? ¿Y qué podemos emprender para Él y para el bien del pueblo de Dios si no podemos contar con su presencia? Sólo Él tiene “toda sabiduría e inteligencia” para obrar. Él sabe todas las cosas, él está dentro de los corazones, él opera en nosotros y a través de nosotros. No somos más que simples instrumentos en su mano. Yo planté, dice el apóstol, Apolos regó, pero es Dios quien da el crecimiento. Somos colaboradores de Dios (1 Corintios 3:6-9). Por el Espíritu Santo que está en nosotros, y por el cual “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones” tenemos el beneficio de una dirección constante y divina.

Nuestra guía interior no descansa jamás. Produce en nosotros tanto “el querer como el hacer”. La obra que ha comenzado, Dios la acabará, nos da esta seguridad.

4. Josué. “Yo estaré contigo, no te dejaré, ni te abandonaré” (Josué 1.5). (Ver también Dt. 3:23 y Jos. 3:7).

La tarea de Josué era pesada; ¡debía ser el sucesor de Moisés, el libertador y conductor de un pueblo contumaz y rebelde! Pero Josué tuvo un privilegio único: tres veces recibió, de parte de Dios, la confirmación de su presencia constante e inalterable. ¿De dónde sacaría fuerzas para hacer entrar a Israel en la Tierra Prometida? Tenía duros combates por delante e impenetrables obstáculos (como los muros de Jericó) que enfrentar. ¿Dónde encontrar los recursos? ¿De dónde obtener la sabiduría y el coraje que necesitaba? La respuesta a todas estas preguntas es la siguiente: Yo “estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé” (Jos. 1:5). Pero Dios le indicó una condición que era necesaria para la victoria: “Solamente esfuérzate y sé muy valiente… Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien.” (v. 7,8).

 

La lectura y meditación diaria de la Biblia nos mantendrá en comunión con el Señor. Su presencia fiel nos abrirá el camino de la victoria y la conquista de las bendiciones prometidas.

 

 
5.- Gedeón. “Yo estaré contigo” (Jueces 6:16) 

 

Gedeón era un joven tímido. Cuando nos es presentado, le vemos trabajar escondido, para la sobrevivencia de su familia. Inclusive dudaba de la intervención de Dios a favor de su pueblo, donde sentía dolorosamente la pobreza y la miseria. Tenía miedo de los enemigos y se sabía pequeño y débil.

 

Fue entonces cuando el Ángel de Jehová se le aparece y lo saluda asombrosamente: “Jehová está contigo, varón fuerte y valiente” Gedeón de repente se ve proclamado como el elegido, el bendito de Jehová. En principio él no lo comprendió, pues se lamentó: “¡Ah, Señor mío! ¿si Jehová está con nosotros, por qué nos ha sucedido todo esto?” Él recordaba muy bien todas las maravillas que sus antepasados le habían contado diciendo: “Jehová nos hizo salir de Egipto”. Pero Gedeón se desesperó: “Y ahora Jehová nos ha abandonado”. No se nos dice en que lugar él está, pero Jehová, lo miró y le dijo: “Ve con esta tu fuerza, y salvarás a Israel”. Esa mirada debía transformar a Gedeón, despertar su fe, inyectarlo, llenarlo de una energía nueva. Pero le plantea aún más preguntas: “Ah, señor mío, ¿con qué salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre…y yo el menor en la casa de mi padre.” Entonces, como en otra oportunidad sucedió con Moisés, Dios le da solamente una respuesta, una sola orden: “Yo estaré contigo”.

 

Gedeón pide señales. Una y otra vez Jehová accede a su pedido, porque esa es la fe que Gedeón posee, la cual debe asegurarse de la presencia de Dios con él. Para él, nada puede reemplazar una prueba tan clara de la intervención divina. En nuestra vida también podemos contar con la ayuda directa del Señor y solicitar su bondad, la cual no pide nada más que ejercerse a favor nuestro. No temamos de implorarle insistentemente para que intervenga, para que obre a favor de su pueblo, en contra de nuestros enemigos, a saber, los poderes espirituales de maldad que están en los lugares celestiales (Efesios 6:12). Si lo hacemos con fe, Él nos dará señales de su favor. (Salmo 86:17).

 

6. Jeroboam. Yo estaré contigo. (1 Reyes 11:38).

 

El ejemplo de Jeroboam, a quien Dios promete su presencia bajo condición, llama a nuestra responsabilidad. El Espíritu de Dios se expresa también de la misma manera por la boca del profeta Azarías ante el rey Asa y su pueblo: “Jehová está con nosotros...” (2 Crónicas 15:2).

 

Tal advertencia es seria y nos concierne a todos. La encontramos en numerosos pasajes de la Escritura en distintas formas. Si deseamos actuar en independencia y en incredulidad, entonces tendremos que esperar las consecuencias. Segaremos lo que hemos sembrado. Todos nuestros esfuerzos serán en vano, nuestro trabajo inútil, nuestras obras podrán igualmente ser reducidas a la nada, como los navíos que construía Josafat con su alianza desigual con un rey impío. (2 Crónicas 20: 36-37). Si no también experimentaremos, como muchos hombres de fe que se nos muestran en la Escritura y nos dan su historia, que con un solo movimiento de arrepentimiento y una verdadera confesión, podemos ser conducidos a la presencia de Dios para restablecer la comunión que es la llave de todas las bendiciones. “Si somos infieles, Él permanece fiel” (2 Timoteo 2:13).

 

Así, Dios no se arrepiente de sus promesas. Pero, en el terreno práctico, sufriremos las consecuencias de nuestras faltas, y, por lo tanto, ser privados de bendiciones. El amor y el poder de Dios se unen siempre para socorrernos y para que tengamos siempre acceso a su presencia donde habita el supremo bien.

 

7.- Israel. “Cuando pasares por las aguas, yo estaré contigo” (Isaías 43:2)

Ya en el capítulo 41, Dios da este aliento: “No temas, porque yo estaré contigo... (v.10). El amor de Dios para su pueblo sobrepasa todas las dificultades, está por encima de todas las debilidades del hombre. 

En toda época, quién coloca su confianza en un Dios Salvador tiene asegurada su presencia y su ayuda todopoderosa. El pueblo de Israel es un ejemplo de debilidad e inconstancia, pero las promesas de Dios son accesibles y su amor es inalterable. “No temas, Jacob, gusanillo” (Isaías 41:14 versión J.N.D Francés). 

¡Cómo nos identificamos con este pueblo rebelde, y, a menudo, incrédulo y corrupto! Las consecuencias de nuestros malos pensamientos y de nuestras acciones vanas son inevitables. Pero la disciplina de Dios para los hijos que Él recibe tiende a evitarnos muchas experiencias amargas y produce en nosotros “fruto apacible de justicia” (Hebreos 12:11). A veces estas son “las grandes aguas” de la prueba que nos llevan a preciosas bendiciones. ¿No son más provechosas las experiencias que se hacen realidad con esta promesa? “Cuándo pases por las aguas, Yo estaré contigo”.

A menudo David se dio cuenta de ello: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo” (Salmo 23:4).

Job también había sacado de la prueba un gran provecho: “De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven” (Job 42:5). Este reencuentro saludable y bendito, que transforma la vida, es una bendición particular concedida a aquel que pasa por las aguas o por el fuego (Isaías 43:2) “Tened por sumo gozo, cuando os halléis en diversas pruebas” (Santiago 1:2), y Pedro nos asegura que la prueba de nuestra fe” es más preciosa que el oro” (1 Pedro 1:7).

 

Probemos los beneficios de la presencia del Señor cuando atravesamos los pasajes difíciles con Él. Aprendamos a verle en todas las cosas, en cada suceso de nuestra vida. No estamos nunca solos en la prueba, ¡estemos seguros de ello!

 

El profeta Isaías nos dice: “En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvo; en su amor y en su clemencia los redimió. (Isaías 63:9).

 

¡Y el Señor nos lo prometió! “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del siglo” (Mateo 28:20).