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ALGUNOS ESCRITOS PARA LAS HERMANAS ********************************************************************************************************** SUJECION DE LA ESPOSA A SU MARIDO Es muy familiar la manera que el Nuevo Testamento nos presenta la instrucción: hay una relación hecha, desarrollada con amplitud e insistencia en la Palabra, tenemos que glorificar a Dios por esto. Igualmente hasta en las cosas naturales esto es así, el Espíritu de Dios se sirve de la relación diaria como una ocasión para manifestar la relación espiritual que nos corresponde. Y si nuestros corazones están ocupados de la extrema gracia que ha formado un vínculo nuevo y eterno, podremos encontrar, en la relación natural como en la relación espiritual, no solamente un motivo, sino un modelo y poder para glorificar a Dios. En ninguna parte esta verdad ha sido demostrada de una manera tan sorprendente que en la primera de las relaciones en las cuales el Espíritu de Dios se extiende de una manera muy particular: «Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor;» La primera comparación que él emplea para entrar en la relación espiritual que nos es presentada bajo la figura del matrimonio, hace resaltar en primer lugar la primacía del hombre como teniendo la fuerza particular en la vida matrimonial. Sabemos todos que, en el matrimonio, el hombre es la cabeza de la mujer; es decir que aunque el matrimonio no existiera, el hombre tendría, independientemente del carácter, un lugar que no puede tener la mujer. Un hombre puede tener falta de cordura y su mujer tener mucho mas firmeza y sabiduría; pero esto no cambia en nada el orden de Dios. Un hijo puede estar dotado de una gran prudencia, mientras que sus padres sean débiles e imprudentes. Sin embargo, la relación es absolutamente independiente del carácter particular, del estado, de la condición, sea de aquellos que ocupan un cargo superior, sea de aquellos que están en la posición subordinada. Y es muy importante que tengamos esto muy asentado en nuestras almas, a fin de que las circunstancias nunca puedan servir de pretexto para trastocar el orden de Dios. Hay circunstancias penosas que dan inmensas dificultades en ambos lados. Pero, es de una gran importancia recordar que, en todos los casos, la autoridad del orden según Dios subsiste siempre, nada justifica jamás la desobediencia a Su voluntad. Puede haber casos donde la obediencia en el orden natural según Dios sería un pecado; allí donde la desobediencia a Dios no es un deber. No es posible que seáis emplazados a desobedecerle en cualquier circunstancia; pero puede que seáis llamados a obedecer a Dios más que a los hombres. Es una gracia muy grande, en verdad, que los casos sean raros donde la obediencia a Dios comprende una aparente infracción al orden natural y al deber moral. Sin embargo, tales casos se pueden presentar. Veréis, por ejemplo, al comienzo del libro de los Hechos, a las autoridades de entonces, que gobernaban al pueblo de Israel ordenando a Pedro y a Juan que no enseñasen en el nombre de Jesús. Ahora bien ¿Qué podían hacer ellos, sino colocarse bajo la autoridad de Dios? Podían declarar a los mismos gobernadores en frente de todos los hombres que sus conciencias estaban ligadas hacia Dios. Así pues, antes de entrar en las particularidades, constatamos que ese gran principio permanece y permanece perfectamente claro, a saber, que la obediencia es siempre la porción del cristiano. Luego, como resultado de la exhortación general de someternos los unos a los otros en el temor de Cristo ( porque en este capítulo el honor es continuamente atribuido a Cristo) el Espíritu escoge en primer lugar, muy apropiado en la mujer cristiana, y coloca este principio: «Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor;» Puede parecer que este lenguaje sea muy fuerte cuando pensamos en lo que pueden ser los maridos, sin embargo es de mucho valor estar siempre seguros que Dios está en la verdad. En la prudencia humana esto puede parecer poco circunspecto. ¿Puede ser igualmente que tengáis un marido inconverso? Pero permitid solamente intervenir al Señor y tendréis en seguida el poder que da la sumisión fácil y aprended hasta que medida la sumisión debe ser llevada. Pero lo demás, vosotras tenéis lo que os guardará contra el abuso del principio: «Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor;» Del momento que se hace intervenir al Señor, cada cosa entra en su verdadero lugar. Si se trata de una prueba o de un sufrimiento, o de palabra, sea lo que sea, es lo mismo. El Señor puede colocarnos en medio de grandes dificultades y de grandes peligros. ¿Que es lo que conviene al cristiano bajo parecidas circunstancias? Una sumisión sin reserva. Porque debo estar segura que, cualquiera que sean los quebrantamientos de espíritu que tales `pruebas puedan ocasionar, sin embargo todo lo que hace el Señor es mucho mejor y es lo mejor, y, en resumidas cuentas, el mas justo que fortalece mi alma— el Señor es incapaz de ordenar respecto a mí uno sola cosa que no sea para el bien duradero para la alabanza su propio nombre. La mujer cristiana puede tener un marido que la hace sufrir cosas duras y penosas; posiblemente la trata como nada y a menudo le exige lo que es irrazonable. Pero si el yugo está resentido, ¿que lo puede calmar? «Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor;» la mujer debe someterse a su marido como al Señor; que ella vea en esto al Señor, en lugar de la falta de consideraciones y del mal carácter del marido, y así su camino será fácil. Es necesario que ella lo haga un ejercicio, no simplemente un deber, sino de confianza en el Señor, que está por sobre todo en su amor, sus cuidados y su gobierno. Es allí donde el Espíritu Santo coloca el punto de partida y la base de las instrucciones variadas que va a seguir. Comienza por esta gran verdad de que la mujer cristiana debe someterse a su marido como al Señor. No se trata entonces simplemente de una cuestión de afecto, que consideraría solo al hombre; si duda el afecto es una cosa absolutamente necesaria como elemento natural, pero también se encuentra en personas que no son cristianas. Sin embargo no se trata de lo que puede exigir el marido, ni de lo que yo puedo creer que es conveniente. Tales cosas pertenecen al dominio de los sentimientos y de la moralidad. Pero lo grande es, que Dios no puede estar con una mujer cristiana que marcha habitualmente en la desconsideración de Aquel que hizo la base de esta relación, en ella, como mujer, No le permitirá a un cristiano marchar sólo según principios morales o convencionales. Estas cosas pueden ser buenas en su lugar, pero, como cristiano, tengo un llamamiento mas elevado, el cual derrama, —cualesquiera que sean las dificultades y aun cuando aquel al que debo la sumisión no fuera cristiano—la dirección bendita; «Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor;». El da a la mujer cristiana el privilegio de ver al Señor detrás de la persona del marido, y es a Él que ella debe servir y a Él debe someterse. Hay en este pensamiento una gran consolación para la mujer cristiana aun en la más probada. Pero entonces se presenta el límite de la prueba—porque hay un término en cada senda— y esta es: que Dios no nos coloca nunca en circunstancias donde podamos impunemente cometer pecado. Así pues, admitiendo que un marido pida lo que sería un pecado, la mujer sabe desde luego que no está bajo la obligación de obedecer; porque se le dice que debe someterse a su marido como al Señor. El Señor nos sancionaría nunca aquello que sería un pecado. Tenemos que velar muy cuidadosamente en nosotros mismos a este respecto. Allí donde existe la menor tendencia de apartarse de la senda de la sumisión, haremos bien en examinar y sondear si somos sabios según Dios. La naturaleza no tiene nunca su complacencia bajo la sujeción. Y si me encuentro en el caso de tener que servirme de la verdad de Dios para justificar un acto donde yo manifestara una falta de sumisión hacia la autoridad del otro, necesito, aquí sobretodo, cuidarme de mi mismo con un mayor celo. Cuando estamos en una senda donde la sumisión es requerida, dejemos el lugar al Señor para que Él sea con nosotros. Si deseamos que nuestra obediencia esté marcada por un santo carácter de fe y de poder, consideremos que es al Señor que obedecemos, aunque sea que estemos sumisos a una autoridad terrenal. La verdad bendita que el Señor introdujo, comienza a abrirse ante nosotros: « Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y Él es su Salvador»… W. Kelly Traducido de "El Mensajero evangélico" año 1954. ************************************************************************************************ EL LUGAR DE LA MUJER Una hermana es considerada como un vaso muy frágil (1ª Pedro 3:7), pero Dios desea llenar ese vaso tanto como el corazón del hermano. La mujer no debe enseñar ni hablar en público (1ª Cor 14:34). Dios se lo prohíbe, y si lo hace deshonra a Dios y se deshonra a si misma. Pero su alma puede progresar en el gozo y en el conocimiento del Señor en la comunión con Él. Debe aprender en el silencio, en toda sumisión, y debe aprovechar todos los medios que Dios le da para su crecimiento, y no faltará en colocar a su disposición para esto; tenemos un bello ejemplo en Maria a los pies del Señor (Lucas 10:39). Dios coloca al marido para instruir a su mujer, pero también tiene en su mano todos los medios, y si la mujer no tiene marido, ella será como Ruth la Moabita de quien Booz dijo: «Y cuando tengas sed, ve a las vasijas, y bebe del agua que sacan los criados.» (Ruth 2:9). El Señor provee de Sus siervos a quienes Él da la fuerza, la capacidad necesaria y, por su medio, Él da la frescura para todos. ¿Aprovechamos las reuniones preciosas que Él nos da? Es necesario aun recordar que Booz recomienda a Ruth que no vaya a otro campo. El Buen Pastor nos conduce a los verdes pastos que responden a todas las necesidades para todos los tiempos, pero no es necesario ir a otro lugar a buscar un alimento dado por el hombre en la carne. Es un hecho general que eleva más alto al cristianismo. La mujer cristiana que olvida estos versículos deshonra a Dios y no atrae sobre ella bendición. Si la mujer desea ser bendecida ella debe quedar en su lugar. Las mujeres que han quedado fieles en su lugar, Dios las ha honrado. Dios nos explica el porqué la mujer no debe usar de autoridad sobre el hombre y debe aprender en el silencio. Para aquella que se somete, la bendición es dada por Dios, una riqueza de misericordia frente a todo lo que el estado de la mujer necesita (salud del cuerpo a través del alumbramiento). Es el privilegio de la mujer cristiana que puede confiar en Dios en la fe y en la obediencia.
1ª Timoteo 3:11 .. Se trata especialmente de las esposas de los ancianos y siervos, sin embargo los caracteres mencionados aquí se aplican a todas. Deben ser sobrias, fieles en todo. Los ancianos y siervos pueden ser llamados, como lo dice n los versículos anteriores a penetrar en ciertos secretos. Es necesario saber enterrar en su corazón muchas c osas y solamente hablarlas con Dios. Si se toma en cuenta todo lo que se oye, de todo lo que se sabe, se estaría en un estado de perpetuo problema. Antes de colocar alguna cosa en público, es necesario que el hermano Traducido de “El Mensajero Evangélico” año 1966. **********************************************************
El lugar en el Hogar Efesios 5:22-24 J.N.Darby Traducido de “El Mensajero Evangélico” año 1968.
*************************************************************************** El servicio de la Mujer Hasta ahora, hemos estado ocupados del servicio confiado a los hombres, al menos lo que concierne al ministerio público. No deseamos cerrar estas líneas sin antes recordar lo que el Señor confía a las mujeres, a las hermanas en la asamblea. El evangelio de Lucas revela de una manera particular la actividad de aquellas que han seguido, servido y asistido al Señor con sus cuidados. Aunque el ministerio público pertenece a los hombres, las mujeres manifiestan a menudo una devoción particular hacia el Señor; su dominio es el de los afectos por Cristo: Es una mujer que unge sus pies. Muchas de ellas vinieron a la cruz, y después al sepulcro. El Señor las honra. ¿No es a una samaritana que le enseña el pensamiento de Dios en cuanto a la adoración; a la pecadora de Lucas 7, que riega sus pies con lágrimas, anuncia el evangelio completo por primera vez; a Maria de Betania quien le revela que ella había ungido su cuerpo para el día de su sepultura, a Maria de Magdala que le comunica la posición y la relación de aquellos que son rescatados y son introducidos por su sangre? Si el servicio de las mujeres ocupa un lugar particular en el Nuevo Testamento, los libros del Antiguo Testamento nos presentan la actividad de numerosas siervas. Tan pronto de haber pasado el Mar Rojo, oímos a Maria, hermana de Aarón, con todas las mujeres, cantar el cántico de la liberación (Éxodo 15:20). El capítulo 35 de Éxodo, que nos presenta al pueblo de Dios ocupado por la preparación del tabernáculo, revela las actividades de mujeres inteligentes y hábiles de Israel. Que su corazón aportó, hilando el azul, la púrpura, la escarlata, del lino fino y el pelo de cabra. ¡Que bendición para la asamblea, cuando las hermanas tejen en su corazón, cultivan en su hogar y aportan en la reunión lo que es de ellas para glorificar al Señor, como también para asegurar la impermeabilidad en cuanto al mal y al mundo gracias al «pelo de cabra».! Ruth la Moabita es la imagen de un corazón resuelto, ansioso de recibir la bendición allí donde Jehová la entrega. Cumpliendo una humilde actividad a los pies de aquel en el cual está la fuerza. Ana, madre de Samuel, mujer piadosa y espiritual, solo tiene un deseo, conducir a su hijo lo más pronto posible a la casa de Dios, a fin de mostrarlo ante Jehová, el cual habitará allí para siempre. Es lo que ella hizo. Podríamos considerar con provecho la sabiduría de Abigail. El discernimiento de la Sunamita y las virtudes de tantas otras mujeres mencionadas en las Escrituras. Si la Palabra no autoriza a la mujer el enseñar públicamente, si ella ordena guardar silencio en la asamblea, es verdad también que una hermana espiritual puede ser de una gran utilidad en el dominio privado y esto mismo al lado de los hermanos, como condición que ella no se salga de su lugar, no usando la autoridad sobre el hombre. Aquilas y Priscila estaban juntos cuando ellos conversaron con Apolos, explicándole más exactamente los caminos de Dios. (Hechos 18:26). Pero la esfera de la mujer es esencialmente la del hogar, de la familia. Pablo exhorta a las mujeres ancianas a enseñar buenas cosas, instruyendo a las hermanas jóvenes a amar a sus maridos, a amar a sus hijos, a ser sabias, puras, ocupadas del cuidado de sus casas, buenas, sumisas a sus propio maridos a fin de que la Palabra de Dios no sea blasfemada. Se sabe que la piedad no es hereditaria, pero un ejercicio personal, como la fe de Timoteo sin duda inculcada por su abuela Loida y su madre Eunice, como también antiguamente lo hizo la madre de Lemuel con su hijo, auque era rey. Permita el Señor inclinar el corazón de las hermanas para que sean llenos, en la esfera que les ha sido dada, el precioso servicio que Él les ha confiado. ¿La casa no es el lugar propicio para la oración? Ciertamente, las ocupaciones cotidianas son propias para llenar los días, pero la piedad producirá la energía espiritual y la diligencia para poner a parte el tiempo necesario par la oración. Esto resultará en un enriquecimiento personal, una atmósfera santificada en el hogar, como también una bendición par la asamblea. P.C.
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EL Lugar de la mujer en el servicio Mateo 27:55, 56, etc... Notemos también esto, lo que creo haber observado, que esta atracción de corazón hacia Jesús es la posición de aquellos que han recibido las comunicaciones del verdadero conocimiento. El evangelio completo es anunciado por primera vez a una pobre mujer que era pecadora y que enjugaba sus lagrimas a los pies de Jesús. (Lucas 7). J.N.Darby
Traducido de “El Mensajero Evangélico” año 1877.
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