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«La barra de en medio»
Y la barra de en medio pasará por en medio de las tablas
Éxodo 26:28
Oración por la paz de Jerusalén
Cántico gradual; de David.
Salmo 122
Yo me alegré con los que me decían:
A la casa de Jehová iremos.
Nuestros pies estuvieron
Dentro de tus puertas, oh Jerusalén.
Jerusalén, que se ha edificado
Como una ciudad que está bien unida entre si.
Y allá subieron las tribus, las tribus de Jah,
Conforme al testimonio dado a Israel,
Para alabar el nombre de Jehová.
Porque allá están las sillas del juicio,
Los tronos de la casa de David.
Pedid por la paz de Jerusalén;
Sean prosperados los que te aman.
Sea la paz dentro de tus muros,
Y el descanso dentro de tus palacios.
Por amor de mis hermanos y mis compañeros
Diré yo: la paz sea contigo.
Por amor de la casa de Jehová nuestro Dios
Buscaré tu bien.

La maravillosa gracia de Dios, que en otro tiempo escogió a Abraham para hacer de él un pueblo, nos ha escogido a nosotros para hacernos partícipes de su gloria plenamente revelada en el Hijo de su amor. Con ese objeto, el Antiguo Testamento contiene figuras que nos hablan claramente de aquel Tabernáculo de Dios que se haría presente en la tierra en la Persona del Señor Jesús, Dios manifestado en carne, “el Verbo que habitó entre nosotros”.
El tabernáculo que Moisés debía erigir en el desierto, según el modelo que le había sido mostrado en el monte, era una habitación para morada de Dios: Él quería habitar en medio de su pueblo (Éxodo 29:42). Con mano poderosa, Dios había sacado a Israel del país de servidumbre y quería morar con él, mantenerlo unido a sí. Para este fin, mostró a Moisés el modelo de una tienda, o tabernáculo, de “obra primorosa” con todos sus detalles y materiales (Éxodo 25:40 y 26:1 a 6): cortinas de lino bordadas, tablas de madera revestidas de oro, basas de plata, y para mantener el conjunto en pie, cinco barras, cuatro de ellas por el lado externo de las tablas, y una, “la barra de en medio”, que “pasará por en medio de las tablas, de un extremo al otro” Esas tablas, firmemente unidas, presentan una clara figura de los hijos de Dios unidos en un cuerpo en el Señor Jesús. Nuestra responsabilidad es andar en la comunión práctica de los unos con los otros, para que esa unidad sea un hecho. «Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo» (1 Corintios 12:13).
En la Palabra de Dios, todo condice en un mismo pensamiento en relación con ese Tabernáculo o habitación de Dios en el desierto; más tarde, cuando el desierto hubo quedado atrás, la habitación de Dios fue el Templo en Jerusalén, y luego, con la venida del Hijo al mundo, el modelo del Antiguo Testamento se hizo realidad en la Persona del Señor Jesús: fue el Tabernáculo de Dios con los hombres en toda su excelencia.
Ese Tabernáculo — Dios manifestado en carne — fue morada de Dios desde su concepción. Fue morada de Dios al nacer; y cuando tenía dos años, y Herodes quiso destruirlo; fue el Tabernáculo de Dios a los doce, cuando todos se maravillaban al oír las respuestas que daba a los doctores de la ley, y fue el perfecto Tabernáculo al comenzar su ministerio, cuando «era como de treinta años».
Considerando las distintas partes que constituían el tabernáculo de reunión en el desierto, distinguimos una cubierta de lino formada por diez cortinas unidas entre sí, bordadas de azul, púrpura y carmesí, simbolizando todas las glorias y perfecciones del Hijo desde que fue formado, preparado para su servicio en la tierra. «Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas. ¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos!» (Salmo 139:13-17).
Ese «Verbo hecho carne que habitó entre nosotros» habita en medio de los redimidos unidos en un cuerpo: la Iglesia, perfecta habitación de Dios en la tierra. La comunión de unos con otros es la demostración de la santidad que Cristo obró en nosotros haciendo pasar “la barra de en medio” de uno a otro extremo.
Para comprender mejor el significado de la barra que pasa por en medio, a más de las dos que unen las tablas en su parte superior, y las dos que las unen por su parte inferior, debemos conocer tan siquiera algunos de los múltiples detalles que constituían el tabernáculo. Cada detalle reviste un valor exquisito al corazón de Dios, y si hablamos de las tablas, o de la cortina de la cual se dice que por sí misma “formaba un tabernáculo”, comprendemos que todas sus partes eran necesarias para que ese tabernáculo se mantuviera en pie. Al pensar en las tablas, figura del Señor Jesús mismo, hemos considerado que también cada una de ellas se puede comparar a un hijo de Dios expuesto a los peligros del desierto: un golpe de viento puede hacerle caer. Para que pueda permanecer firme, se necesita un trabajo de Dios en el corazón. En primer lugar, el árbol del que se extraería la tabla debía ser cortado de la tierra, desarraigado de su condición terrenal, para obtener de él una tabla derecha (condición imprescindible): un redimido en relación directa con Dios. Dios necesitaba al hombre para tener una habitación para sí. Quería manifestar su amor ya revelado desde tiempos antiguos: “Me regocijo en la parte habitable de su tierra; y mis delicias son con los hijos de los hombres” (Proverbios 8:31). Las tablas fueron desligadas de lo terreno y ligadas en una nueva posición celestial para acrecentar su gloria: “les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12).
Cada tabla debía tener dos espigas en su parte inferior; estas espigas se incrustaban en las basas de plata que conformaban su base. Todo el material necesario para su colocación perfecta tiene un origen divino: oro en la divinidad de Cristo; plata, en la redención hecha por Él; bronce, en su justicia.
Todas aquellas cosas servían como “figura y sombra de las cosas celestiales, como se le advirtió a Moisés cuando iba a erigir el tabernáculo, diciéndole: Mira, haz todas las cosas conforme al modelo que se te ha mostrado en el monte” (Hebreos 8:5). Los materiales empleados en el modelo del Antiguo Testamento eran figuras reducidas a su ínfima expresión física, para ser reveladas en todo su valor espiritual en el Nuevo Testamento, complementándose ambos para nuestra instrucción.
“Harás también cinco barras…” (Éxodo 26:26). Las tormentas en el desierto eran frecuentes; llegaban inesperadamente y las tablas podían ser echadas por tierra. Era necesario preparar, como Dios lo ordenó, cinco barras que debían unir las tablas de la misma manera en que fue construida Jerusalén: “Jerusalén, que se ha edificado como una ciudad que está bien unida entre sí” (Salmo 122:3). Cada tabla debe saber que por sí misma no puede sostenerse en pie, si bien tiene una base firme en Cristo Jesús, a la vez debe formar un todo con los hijos de Dios, en unanimidad, como Jerusalén es una en sí misma. ¿Cómo mantener esa unidad? “Los que recibieron su palabra fueron bautizados…Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2:41-42). Podríamos pensar que con cuatro barras era suficiente para sostener el conjunto de las tablas, pero Dios ordenó hacer cinco. En el principio, los que creían “perseveraban” en el bautismo de los que recibían la Palabra, en la doctrina de los apóstoles, en la comunión de unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.
Las cinco barras estaban bien afirmadas: los que creían eran bautizados enseguida pues, en medio de un pueblo incrédulo, debían llevar el vituperio del Cristo crucificado; perseveraban (o persistían) en la doctrina, o enseñanza, de los apóstoles. Hechos 15 es un ejemplo: En ese momento se vio la necesidad de una barra que ajuste bien lo referente a la doctrina, pues Pablo y Bernabé tuvieron una contienda muy grande con los hermanos que enseñaban que para ser salvos debía circuncidarse a los nuevos creyentes. Se quería imponer una doctrina errónea que atacaba la base misma del evangelio por la cual se obtendría la salvación volviendo a los rudimentos de la ley. ¿Cuál fue la solución? Recurrir a la doctrina de los apóstoles y ancianos que estaban en Jerusalén, disponiendo que Pablo y Bernabé subiesen allá para tratar la cuestión. Y habiendo tenido consejo acerca de estas cosas, volvieron a Antioquía y “se regocijaron por la consolación” de la palabra apostólica. “Y Judas y Silas, como ellos también eran profetas, consolaron y confirmaron a los hermanos con abundancia de palabras” en la comunión unos con otros.
Un nuevo golpe de viento vino a dar con ímpetu en las tablas: esta vez no fue en la base, sino en mitad del edificio, y afectó la comunión entre los hermanos con la murmuración de Hechos 6. ¿Cómo hacer para contrarrestar el golpe? Entre nosotros hay, tal vez, un hermano que no sabe conducirse, y la viga de nuestro propio ojo nos hace ver una culpa enorme donde hay una hebra de paja. Tal vez hemos observado que ese hermano no se acercó a partir el pan este domingo; el domingo siguiente tampoco estuvo presente en medio de los santos. Llegó un tercer domingo, y el hermano no apareció… ¿qué comunión tenemos con él? Sin embargo, cuando se acerca, después de un tiempo más o menos largo, parte el pan… ¡Cómo nos hace temblar una situación semejante! En el orden establecido en Hechos 2, hallamos la comunión en primer lugar, después el partimiento del pan, y enseguida, la oración que mantiene el edificio entero. Es necesario prestar atención a lo que nos dice la Palabra para ser sabios y andar en comunión, pues la paz se halla en la hermosura de una comunión verdadera. El Señor nos dejó un ejemplo práctico en el lavamiento de los pies: “Si no te lavare los pies no tendrás parte conmigo” “Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” “He lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros”
Que habite Cristo por la fe en nuestros corazones para que estemos arraigados y fundados en amor. Que la barra de en medio una nuestros corazones en el amor de Cristo.
Éxodo 26:26 y 36:33 – Efesios 4:1 a 6 – Hechos 2:41 y 42
La Persona de Cristo: morada de Dios por excelencia
Para ver otro aspecto del tabernáculo erigido en el desierto, debemos considerar nuevamente las tablas de madera, recubiertas de oro, firmemente sostenidas por dos basas de plata de 40 kilos cada una. Sopla nuevamente el viento; su furia quiere derribar la tienda: es el viento de la prueba, bien conocido por los que transitamos en este desierto. Nuestra flaqueza y gran debilidad nos impiden comprender cabalmente el significado de cada figura, y nos preguntamos: ¿de qué nos hablan estas basas de plata? En Marcos 10:45 hallamos claramente expuesta una de ellas: “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”. Tal vez nosotros servimos durante toda una vida: Él dio su vida en rescate estableciendo una base firme y segura. Otra basa tiene su explicación en el versículo de la 1ª epístola de Pedro 1:18: “rescatados de vuestra vana manera de vivir…no con oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo”, basa firme y estable en la cabal seguridad que otorga la obra de Cristo.
Otra aplicación puede hallarse en el Salmo 49:7 y 8: “Ninguno podrá…redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate (Porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás)”. Dos basas ancladas en la obra de Cristo, sin cuya sangre vertida no puede haber redención.
Así, pues, cada tabla estaba en pie sobre sus dos basas: cada tabla es un hijo de Dios que debe apropiarse individualmente de la redención efectuada: debo recibir al Señor como mi Salvador personal. Y para comprender mejor de que se trata cuando hablamos de un rescate, recurrimos a los símbolos palpables para asir lo que es abstracto. Leamos las expresiones de Éxodo 30: 11 a 16: “Cada uno dará a Jehová el rescate de su persona,…. para que no haya en ellos mortandad. Esto dará todo aquel que sea contado; medio siclo, conforme al siclo del santuario. La mitad de un siclo será la ofrenda a Jehová”. “Para hacer expiación por vuestras personas”. Así, pues, para ser contado con el pueblo se debía dar a Dios el precio de su persona. En el sentido espiritual, pasa exactamente lo mismo. Para tener la seguridad de formar parte del pueblo de Dios, Él debe recibir ese medio siclo, precio estipulado por cada persona, ya sea rica, ya pobre. El apóstol Pedro lo dice expresamente en su carta: “fuisteis rescatados… no con cosas corruptibles como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo”. Cada uno debe apropiarse de esta declaración para ser contado con el pueblo redimido. La plata de Éxodo 30 corresponde exactamente a esta figura. Nos preguntamos entonces, ¿y el oro, del que habla Pedro, que se pagó en una sola ocasión? (Números 31:48 a 52) De todos los hombres de guerra que habían tomado parte en la contienda “ninguno ha faltado”, dijeron a Moisés, “por lo cual hemos ofrecido a Jehová ofrenda, cada uno de lo que ha hallado, alhajas de oro, brazaletes, manillas, anillos, zarcillos y cadenas, para hacer expiación por nuestras almas delante de Jehová”. Era una ofrenda extraordinaria que se ofreció una sola vez a Jehová cuando Israel salió en guerra contra los madianitas, y haciendo el recuento de los hombres que habían vuelto de la batalla, se halló que no faltaba ninguno. El apóstol Pedro hace referencia a este hecho cuando habla del oro como precio de rescate.
Hemos visto que Dios empleó cinco barras para mantener unidas las tablas: cuatro de ellas eran externas, visibles; la quinta, la que pasaba por en medio, de un extremo al otro, era invisible. Y Moisés lo hizo así como le había sido dicho.
La epístola a los Efesios nos habla de un cuerpo, una asamblea: “Jesús había de morir”… “para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Juan 11:52). Necesitamos mantener un testimonio que nos hable de esa unidad cuyo modelo perfecto se ve en el Señor. ¡Cuán grande es nuestra falta al respecto! Y es a causa de nuestra debilidad en mantener esa unidad que hemos escogido el tema de nuestro estudio: “la barra de en medio”, “para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno” (Juan 17:21,22). Esta es la medida divina; como si considerásemos una tela bien tramada inquiriendo su precio y medida: el precio está dado en Juan 11, la medida en Juan 17.
Volviendo a Hechos 2, debemos considerar los aspectos restantes. “Perseveraban en el partimiento del pan” ¿Quién es responsable en la perseverancia necesaria? Cada uno de los hijos de Dios, ligados unos a otros por las barras externas. Cuando uno de ellos no persevera, pierde todo aquello que tiene en común con los demás, y también pierden fuerzas los que perseveran unidos por las barras que los mantienen. En los versículos 41 y 42 hay un orden establecido. Si no se persevera de acuerdo con ese orden ¿qué sentimiento habrá en el corazón que lleve al creyente a partir el pan? Se necesita estar sano en la doctrina para perseverar juntos, en unanimidad. “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza…Como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sión; porque allí envía Jehová bendición y vida eterna” (Salmo 133).
Y perseveraban en las oraciones. Muy a menudo descuidamos la reunión de oración: nos faltará entonces una de las barras y el viento sacudirá con fuerza el edificio.
Consideremos nuevamente el orden que establece la Palabra: bautismo, doctrina, comunión, partimiento del pan, oración. Para mantenerlo, se necesita la perseverancia en todas y cada una de estas cosas. Muchas veces se da importancia a una de ellas, en detrimento de las otras. Se “cumple” acudiendo a partir el pan y después se bajan los brazos. El local está lleno el domingo por la mañana; por la tarde, para el ministerio de la Palabra, asiste la mitad de los hermanos, y en la reunión de oración hay solo una cuarta parte. Esta flaqueza que nos caracteriza afecta la comunión y el andar en unidad. En el principio (Hechos 2:42), las cuatro barras eran bien visibles. En el capítulo 6:3, no se descuidaba ninguna de las barras; v.4, perseveraban en la oración y el ministerio. Para tener un ministerio sano, se necesita una vida de oración.
Al vernos afectados por tantas inconsecuencias, debemos analizar la raíz del problema que nos agobia. En 1ª de Juan 1:5 a 7, hay una intervención divina: la luz en las tinieblas. Y esta puede ser la raíz del mal: ¿andamos en luz? Porque si decimos que estamos en luz y andamos en tinieblas, mentimos. El apóstol Juan es claro y tajante: “Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros”. Poco valdrá humillarnos ante las circunstancias si no andamos en luz, y eso nos sucede a menudo. Para andar en luz necesitamos juzgarnos, dejando todo lo nuestro, mirando a la Persona del Señor. Es necesario acercarse al hermano, y él a nosotros, porque la exhortación a perseverar indica que existen dificultades, pruebas, cosas que impiden. El principio de la solución está, pues, en la perseverancia a la luz de Dios para que las palabras del Salmo 122 sean una realidad:
“Yo me alegré con los que me decían: a la casa de Jehová iremos”.
En este Salmo encontramos tres motivos de reunión en la casa de Jehová: En primer lugar, la adoración: “Para alabar el nombre de Jehová”; luego, el ministerio: “Jerusalén que se ha edificado”; y por último, la oración: “Pedid”. No se trata solamente de un “si decimos”; el corazón del salmista está comprometido, sabe lo que dice y lo expresa: ‘Vamos a la casa de Jehová’ ¿Qué hallaremos allí? Hallaremos a dos o tres congregados en el nombre del Señor. Vayamos a Él; ocupémonos de Él, de su adorable Persona, y todo se allanará. El corazón de María, atraído por el Señor, no se ocupó de las discordias de los que le rodeaban: nada ni nadie podía quitarle el privilegio de estar a sus pies.
Pero nos hacemos la pregunta: ¿cómo hacer para andar juntos, en unanimidad?, y pensamos en una expresión que usamos a menudo: “Andar para tu gloria y tu honra”. La gloria del Señor se ve menguada cuando no hacemos sendas derechas para nuestros pies; no podemos solucionar las dificultades con lindos pensamientos o hermosas palabras, sino en un andar digno del Señor Jesús. En el capítulo 4 de la epístola a los Efesios, observamos las cinco barras: “Os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados”. Somos exhortados a caminar, puestos nuestros pies en la sublime vocación de su llamado, “con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia …en amor”, para que seamos capaces de andar, porque nuestro corazón es orgulloso, contestatario, rebelde. La Palabra de Dios no consta solo de palabras, como cualquier organización que necesita leyes y estatutos, sino que, a aquellos a quienes Dios adoptó como a hijos, como a una familia, en un cuerpo, se les dice: “Os ruego”, para que la iglesia, como un organismo vivo, camine dignamente a pesar de las dificultades que se presenten.
“Dignos de la vocación con la que fuisteis llamados”…¿Qué es una vocación? Alguno puede decir: Mi vocación es la enseñanza, soy un maestro. Otro dirá: Yo soy escritor; es mi vocación. En Hechos 11:26 leemos: “y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía” ¿Qué sentir habrá en esta vocación de cristiano a la que fuimos llamados? El que dice: Soy cristiano, debe saber que su nueva condición es una realidad: está sentado con Cristo en los cielos, andando en el mundo como extranjero y advenedizo.
Aquellos primeros cristianos en Antioquía gozaron de una separación real; ya nada los mezclaba con el judaísmo, o con los gentiles, sino que andaban en la hermosura de la vocación a la que habían sido llamados: “Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón;… vosotros no habéis aprendido así a Cristo” (Efesios 4:17 a 20). Y para cerrar el círculo de la vida cristiana: “Y andad en amor, como también Cristo nos amó”… “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones; dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Efesios 5: 2 a 20).
Es necesario andar como sabios, en humildad, para ser agradable al Señor. Él es el ejemplo perfecto: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:3 a 8). Es el sentir del Señor, y si ese mismo sentir está en el corazón del creyente, se verá reflejado en una actitud mansa y humilde. Pero esto no debe quedar en palabras; para que nos penetre bien en el corazón nos preguntamos: ¿Por qué hablamos tan descomedidamente a nuestro hermano? Nuestras palabras proceden de dentro del corazón, de lo que hay en él. En cambio, de nuestro Señor se dice: “Y todos los que le oían se maravillaban” (Lucas 2:47).
En el libro de los Números, el sumo sacerdote y su hermana, una profetiza, “hablaron contra Moisés” (Números 12:1 y 5 a 9). María, por falta de mansedumbre y de discernimiento espiritual, por falta de solicitud hacia su hermano, quedó leprosa ¿Qué contestó Moisés a sus habladurías? No hay respuesta, porque “aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres”. Pero Dios contestó en su lugar. Que este ejemplo nos hable al corazón para ser solícitos hacia los hermanos, y si vemos a Moisés enojado en otra ocasión, sabemos que nuestra propia condición nos lleva, como a él, a pasar de la mansedumbre al enojo y a la rebeldía.
“Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor…Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones” (Colosenses 3: 12 a 15).
“Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”, es la responsabilidad que me concierne a mí, y a cada uno de los hermanos. El cuerpo, lo guarda Dios.
Muy pronto no harán falta estas recomendaciones, pues esta carta nos muestra que si ahora estamos en Cristo, en breve estaremos con Cristo. Es una posición firme que debe ser demostrada y guardada mientras andamos aquí. Los corintios lo habían olvidado y andaban como carnales. La vocación a la que fuimos llamados nos ha hecho un pueblo, una familia, y esta es la unidad que debemos guardar con toda solicitud.
En el libro de los Jueces hallamos un ejemplo de solicitud en la actuación de Gedeón: “Los hombres de Efraín dijeron: ¿Qué es esto que has hecho con nosotros, no llamándonos cuando ibas a la guerra contra Madián? Y le reconvinieron fuertemente”. Él respondió: “¿Qué he hecho yo ahora comparado con vosotros? ¿No es el rebusco de Efraín mejor que la vendimia de Abiezer? Entonces el enojo de ellos contra él se aplacó, luego que él habló esta palabra” (Jueces 8:1 a 3). Los de Efraín hablaron con dureza a Gedeón y él contestó con toda humildad, hablando del rebusco, de lo más pequeño que pudiera haber en Efraín, de lo que quedaba en los campos en el tiempo de la siega para que recoja el pobre, como superior a la vendimia de su tierra. Y su palabra aplacó el enojo de sus hermanos evitando una contienda. Cuánta ternura, cuánta solicitud encierra esa respuesta de Gedeón al decir: ¿qué tengo yo mejor que tú?
En el capítulo 12 del mismo libro, Jefté, juez en Israel, no supo guardar el vínculo de la paz. Gedeón halló las palabras para unificar a Israel en paz, Jefté llevó al pueblo a una guerra sangrienta. Había perdido el conocimiento de sus raíces haciendo que Efraín se sintiera excluido del pueblo: “¿Por qué fuiste a hacer guerra contra Amón y no nos llamaste para que fuéramos contigo?”, preguntó. “Y Jefté respondió: Yo y mi pueblo teníamos una gran contienda con los hijos de Amón, y os llamé, y no me defendisteis de su mano… ¿por qué, pues, habéis subido hoy contra mí para pelear conmigo?”. Si bien Efraín cometía un grave error al sentirse excluido del pueblo, lo que entraña un principio de división, Jefté no tuvo la sabiduría de Gedeón: “Teníamos una gran contienda con Amón” dice. Amón era el enemigo de Israel, y por lo tanto, también de Efraín. Es lo que pasa entre nosotros: el enemigo gana ventaja y nos hace luchar contra el hermano por quien Cristo murió, olvidando que estamos unidos por el mismo vínculo. No imitemos el actuar de Efraín, causante de divisiones en la asamblea, y revistamos con humildad el carácter de Gedeón.
En Hechos 15:36-41 encontramos un ejemplo más cercano, de cosas pequeñas, o graves, tal vez, que nos suceden y sacuden los corazones. Después de un desacuerdo entre Pablo y Bernabé: “Pablo,…salió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor”(v.40). Podemos reconocer, en humillación, que muchas veces nos equivocamos; sepamos aceptar la decisión de los hermanos al respecto, y tendremos la aprobación del Señor. Gedeón supo reconocer que “la blanda respuesta quita la ira”, no así Jefté que dice: “Yo y mi pueblo” ¿Y Efraín no era del pueblo? Gedeón permanece pequeño, manso, pero con la suficiente grandeza de ánimo como para responder con humildad al que lo atropella, guardando el vínculo de la paz. Que “vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres”, gentileza de quien no insiste en sus propios derechos, sino que busca la paz. “Un espíritu afable y apacible,…es de grande estima delante de Dios” (1ª de Pedro 3:8).
En Jefté hay falta de gentileza: fruto de una unión no aprobada por Dios, había llevado una vida exenta de gentileza al ser despreciado por sus propios hermanos que no lo aceptaban en la familia de Dios. Pero su nombre, en la lista de los héroes de la fe, está escrito junto al de Gedeón, de Sansón, de David, de Samuel… “Y todos éstos… alcanzaron buen testimonio mediante la fe…”
La vida en asamblea, y en lo particular, debe ser regida por estas palabras: “Os ruego que andéis”. Que andéis con humildad y mansedumbre. Difícilmente podremos caminar, soportándonos unos a otros en amor, si no hay humildad y mansedumbre. Caminamos en el mundo, en la vocación a la que fuimos llamados, pero sabiendo que hemos sido colocados en el cielo, sentados con Cristo, y eso es precioso. Que cada día podamos hacer realidad la verdad de esta posición: “nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús”. Tan grande fue el don que nos ha hecho sentar consigo en su gloria.
Los ejemplos considerados en el libro de los Jueces son de suma importancia; debemos tenerlos en cuenta para que no nos ocurra lo mismo que a Jefté. Que la gracia de Dios nos conduzca día tras día para que no caigamos en tan grave error; pongamos en práctica las palabras del apóstol que nos exhorta: “Vestíos de amor, que es el vínculo perfecto” (Colosenses 3:14).
La recomendación divina de la epístola a los Efesios dice: “Solícitos en guardar la unidad del Espíritu”, no en guardar la paz, porque, so pretexto de tener paz, podríamos tomarnos licencias perniciosas dejando muchas cosas sin juzgar. Ni exhorta a guardar la unidad del cuerpo, porque el cuerpo, formado por todos y cada uno de los redimidos, está unido. Lo que debemos guardar es “la unidad del Espíritu”, y es el mismo Espíritu quien reparte los dones a los hombres. En los versículos que siguen encontramos lo necesario para guardar la unidad en cada uno de los actos de la asamblea: Un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos.
“¡Ojalá se mutilasen los que os perturban! Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros. Porque toda ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os consumáis unos a otros” (Gálatas 5:12 a 15). ¡Cuán duras palabras puestas por el Espíritu en boca del apóstol! “Mirad que no os consumáis”. Para consumir, se necesita encender fuego. Por inexplicable que parezca, la exhortación va dirigida a hijos de Dios, a nosotros, hermanos, porque siempre existe el peligro de que nos ocurra: “si os mordéis”. Son los deseos de la carne que batallan contra el Espíritu. “Digo, pues: Andad en el Espíritu y no satisfagáis los deseos de la carne”(v 16,17). “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza”(v 22 y 23). Es la barra que atraviesa por en medio de las tablas sin que ninguna de ellas quede fuera del vínculo del amor.
Muchas veces las palabras leídas repetidamente nos parecen banales, y no damos la importancia que merece al secreto encerrado en el versículo 14: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, pero está claramente dicho que “toda la ley en esta sola palabra se cumple”. “Vestíos, pues, como escogidos de Dios de entrañable misericordia”, que seamos hallados cubiertos con esas ropas y no desnudos.
“Solícitos en guardar la unidad del Espíritu”; ¿por qué motivos podría quebrarse esa unidad? La barra que une las tablas pasando por en medio de ellas de uno a otro extremo, sin que ninguna quede fuera de esa estrecha ligadura, es invisible: Cristo es quien nos une, y el Espíritu que el mismo Señor ha derramado en nosotros. La ley lo mandaba así: “Amarás…”. Y nosotros tenemos ese vínculo perfecto. Fácilmente podremos guardar el vínculo del amor con aquellos que nos rodean y piensan igual que nosotros. Pero si no recordamos que somos un cuerpo perfectamente unido, se produce una quebradura; y si un miembro de ese cuerpo se duele, todo el cuerpo lo siente. Roguemos al Señor que nos muestre el motivo de las quebraduras que pudiera haber entre nosotros. Tenemos un mismo Espíritu y una misma esperanza, vamos hacia una misma meta, ¿por qué no ir juntos? ¿dejamos entrar, como los gálatas, a aquellos que nos perturban? — “Por qué nos has turbado?”, preguntó Josué a Acán cuando tomó del anatema haciendo pecar a Israel (Josué 7).
“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz…”, ¡hermosa lista que debe juzgar nuestro ser interior y llevarnos a buscar la barra del medio para solucionar nuestras dificultades! Nuestro mayor regocijo será encontrar al Señor. María fue a buscarlo en el huerto: “¿A quién buscas?” “Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (Que quiere decir, Maestro)” “Y se regocijaron viendo al Señor”(Juan 20:15, 16, 20). Hallando al Señor, hallamos la barra de unión; si nos ocupamos de Él solo (no de nosotros con nuestras miserias), su luz, su justicia, su paz, nos unirán con un estrecho lazo: ¡la barra de en medio! “Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo” dice Pablo, a quien le fueron reveladas estas verdades, “a mí, …me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo”. No se trata solamente de llevar almas a Cristo o, por gracia, conocer principios divinos, este privilegio significa solo una pequeña parte del evangelio, apenas “el borde de sus vestidos”; pero “el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo” abre ante nuestra vista un panorama que jamás conoceremos en plenitud mientras estemos en la tierra, riquezas que han sido reveladas en parte por la doctrina apostólica. Por esa causa el apóstol dobla sus rodillas, como se dobló la rodilla ante José cuando fue hecho segundo en la corte de Faraón. Todo Egipto debía inclinarse rindiendo pleitesía a José, diciendo: Abrek (doblad). Pablo dobla sus rodillas para que conozcamos realmente esa barra que nos une: Cristo. Los versículos que van del versículo 14 al 21 de Efesios 3, nos introducen en la gloria misma, haciendo que el apóstol doble sus rodillas ante “el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra” “porque linaje suyo somos”, hijos de un mismo Creador (Hechos 17:28). La barra, que es Cristo, invisible desde el exterior, es la barra que Dios hace pasar por en medio, tomándonos y uniéndonos en una sola familia.
También nosotros necesitamos doblar la rodilla y, como los levitas que tenían repartidas las tareas del santuario, cada uno debe cumplir la misión que le ha sido confiada: “él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efesios 4:11,12); cinco dones dados por el Señor para la enseñanza en una iglesia bien unida en sí misma. Cinco barras que unen y afirman las tablas del edificio de Dios.
Éxodo 36:33 Salmo 122:6 Efesios 3:14
Debe quedar en claro que esa barra interna pasaba de uno a otro extremo por una perforación hecha en las tablas, atravesándolas; una barra que obra en el interior de nuestro ser: “que habite Cristo por la fe en nuestros corazones”(Efesios 3:17). El apóstol ruega delante del Padre de nuestro Señor Jesucristo para que Él crezca en el hombre interior, centro mismo de donde nace y florece nuestra comunión, un perfume que trasciende del corazón, asiento de su habitación.
Pablo, prisionero de Cristo Jesús, dobla sus rodillas por nosotros, los gentiles, y habrá una respuesta a sus ruegos, aunque la historia de las siete iglesias del Apocalipsis sean una aparente negación a su oración. Todos los hijos de Dios, reunidos en una familia que toma su nombre en los cielos y en la tierra, son el motivo de su petición ante “un Dios y Padre de todos”, un “Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay,… Señor del cielo y de la tierra” “que de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres” (Hechos 17). La oración del apóstol tiene su respuesta cabal cuando él mismo expresa: “A él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos” (v.21). El meollo de esta unión familiar es el amor de Cristo. Los santos del Antiguo Testamento, apropiándose con anticipación de la obra de Cristo, juntamente con los del Nuevo Testamento, ya efectuada la obra, forman esa única familia que incluye al pueblo de Israel. Hebreos 11 habla de la familia del Padre, corroborada en Efesios 2:17 a 19: “Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca; por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios”. “El Espíritu de Dios mora en vosotros” (Romanos 8:9). La relación establecida es perfecta, teniendo nosotros el Espíritu de adopción, bendita porción que nos pertenece. “Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros” (Hebreos 11:39). “Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos. A éstos se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo” (1ª de Pedro 1:10-12).
La oración de Pablo, aunque expresada en forma personal, abarca al conjunto de todos los santos, reducidos a su ínfima expresión en los dos o tres reunidos en el nombre del Señor que constituyen el testimonio local de la iglesia, para que “seáis plenamente capaces de comprender”.
“Proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros” en los dones del Espíritu que nos han traído privilegios revelados a hijos de un Padre amante, privilegios que no gozaron los santos del Antiguo Testamento, para que seamos “fortalecidos con poder” estando “arraigados y cimentados en amor”. ¿Qué estatura espiritual poseían los efesios para que les fuesen reveladas estas cosas que no fueron dadas a conocer a la iglesia llena de orgullo que estaba en Corinto? A la iglesia en Efeso se le dice: “Yo conozco tus obras y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos” “Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor”(Apocalipsis 2:2,4) En sus obras y paciencia, y en el rechazo de los malos, había un perfume agradable para Dios; pero olvidó el amor. Esta iglesia necesitaba ser exhortada a arraigarse y cimentarse en amor. También nosotros somos exhortados a corregir, y lo deseamos de corazón, aquellas cosas que dan mal olor: “Las moscas muertas hacen heder y dar mal olor al perfume del perfumista; así una pequeña locura, al que es estimado como sabio y honorable” (Eclesiastés 10:1).
“Arraigados y cimentados en amor” ¿Cuál es la medida propuesta? Que “seáis plenamente capaces de comprender” las medidas.
“Esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios. Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa” (Filipenses 3:15-16). “Por tanto, dejando ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos adelante, a la perfección” (Hebreos 6:1), “plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura”.
“Alza ahora tus ojos, y mira…hacia el norte y el sur, y al oriente y al occidente”(Génesis 13:14), le fue dicho a Abraham, y él pudo contemplar toda la tierra que sería suya, cosa imposible de comprender para él, pero que se encuentra a su disposición. Solo debía creer a la palabra de Dios; y nosotros debemos creer cuando se nos dice: “Todo es vuestro”; y Aquel que es poderoso para hacer cosas mucho más abundantes de lo que podemos comprender, nos da a “conocer el amor de Cristo que excede todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (v 19). Una barra de madera recubierta de oro: ¡La barra de en medio! La divinidad y la humanidad del Señor puesta por Dios en medio de la asamblea.
Se nos invita a poseer la tierra como lo hizo Josué, recorrerla de uno a otro extremo y quitar de allí al enemigo: el primero y principal es nuestro yo.
La epístola a los Efesios tiene el carácter del libro de Josué: “Todo lugar que pisare la planta de vuestro pie”(Josué 1:3). “Hablamos sabiduría de Dios, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció. Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”(1ª Corintios 2:6-10) Son estas las incomparables bendiciones que necesitamos poseer para disfrutar todo lo que pisare la planta de nuestro pie.
“Permaneced en mi amor” “Si guardareis mis mandamientos permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido” (Juan 15:9-11). La exhortación: “permaneced”. El resultado: “que vuestro gozo sea cumplido”. Aunque sean muchas las dificultades que hallamos en el camino, el Señor dice: “Permaneced en mi amor” para que el gozo llene nuestro corazón.
En el Cantar de los Cantares, la esposa es plenitud de gozo para el esposo, y ella, llena de la plenitud de Dios puede decir: “Mi amado es blanco y rubio, señalado entre diez mil. Su cabeza como oro finísimo” (Cantares 5:10). ¿Quién es este Amado? ¿Es Cristo o es Dios mismo? “Cristo, primicias de los que durmieron…Pero luego…el Hijo mismo se sujetará…para que Dios sea todo en todos” (1ª Corintios 15:23 a 28). El Dios Santo, el Dios de Amor, será todo en todos. La epístola a los Efesios nos invita a medir lo que es inmensurable para que podamos comprender desde ahora, en una pequeña medida, lo que es perpetuo y eterno. Tendemos hacia la plenitud, imitando a Cristo, sin que logremos alcanzarla debido a nuestra poquedad. El ejemplo cabal está dado en Efesios 5:25: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella”.
Doblo mis rodillas, dice el apóstol, para que os dé el ser fortalecidos…, para que habite Cristo en vuestros corazones…, para que seáis plenamente capaces de comprender…, para que conozcáis el amor de Cristo…, para que seáis llenos de la plenitud de Dios ¡Cuántas maravillas! ¿Podremos doblar las rodillas como el apóstol? ¿Podremos hacer un camino como el de Abraham, y luego doblar las rodillas? “Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contiendas” (1ª Timoteo 2:8) “Levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado” (Hebreos 12:12, 13). Se necesitan manos santas para que Efesios 3:17,18,19 sean una realidad, y Dios es poderoso para cambiar lo que es imposible para nosotros. Que no perdamos lo cojo que sale del camino y seamos capaces de juzgar según el juicio de Dios para que haya sanidad entre nosotros. “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Juan 15:7) Dios quiere oír de nuestros labios el pedido, ligado siempre a la obediencia de permanecer en su amor (1ª de Juan 5:2) “Y ahora te ruego, no como escribiéndote un nuevo mandamiento, sino el que hemos tenido desde el principio, que nos amemos unos a otros. Y este es el amor, que andemos según sus mandamientos”( 2ª de Juan 5 y 6): Arraigados y cimentados en amor.
“Por esta causa yo Pablo, prisionero de Cristo Jesús por vosotros los gentiles”(Efesios 3:1).
“Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno…”(Efesios 4:1).
Desde el versículo 2 del capítulo 3, se abre un prolongado paréntesis que se cierra con el versículo 21. ¿Cuál es el motivo de este paréntesis? ¿Para qué sirve? Podríamos pasarlo por alto para continuar con el relato de Pablo, prisionero de Jesucristo, en el capítulo 4. Pero comprendemos que este magnífico paréntesis tiene su razón de ser, resaltando y dando importancia al tema que se halla descrito en él: la revelación del misterio “de la multiforme sabiduría de Dios dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en lugares celestiales, conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor”(3:10-11). Quitándolo nos faltaría lo profundo del contenido, el meollo de la epístola:
la barra de en medio. El Espíritu de Dios lo ha colocado en su lugar exacto para aclarar nuestros pensamientos “tocante al Verbo de vida”.
“Estas cosas os escribimos para que vuestro gozo sea cumplido”(1ª de Juan 1: 1-4).
Jesús, Señor amado, a tu invitación
Nos hemos congregado en fraternal unión;
Salvados por tu muerte, y unidos en tu amor,
Regocíjanos verte, objeto de loor.
Llamados a tu cena, que dispusiste aquí
Recuerdo bendecido, Señor Jesús, de Ti
Quedamos admirados de ver tan grande amor
Probado por tu muerte, ¡bendito Salvador!
Gozamos al sentarnos, de Ti alrededor,
Allí donde tu gracia nos dio lugar, Señor;
Tu Espíritu en nosotros cumple tu voluntad
Valiéndose de todos, según su facultad.
Ya miembros de tu cuerpo, teniendo en Ti el vivir
De la muerte hasta el cielo nos has hecho subir.
Tus prodigios loamos, ¡oh, Cristo Salvador!
Tú, del gran Dios la gloria, y manantial de amor.
Reuniones de estudio en La Paz Entrerios —Argentina
Octubre 2004
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