“DE OIDAS TE HABÍA OIDO”
Job 42:1-6
(Meditación de JND N° 263)

Vemos aquí el resultado producido en el alma de Job, por toda la disciplina y por el mal que él pasó. Hay caminos de Dios en nuestra consideración, caminos de amor por los cuales Él rompe este miserable yo siempre dispuesto a surgir, así como Job, somos conducidos a decir: “Me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (v. 6). Siendo Job realmente piadoso, no había visto aún la luz divina y tenía la necesidad de aprender a conocerse, para que no hubiera ninguna barrera entre su alma y Dios, y que toda la bendición pudiera reposar sobre él.
Otra categoría de personas estaba allí, los amigos de Job, que veían, en el gobierno de Dios en la tierra, las pruebas suficientes de su aprobación, así que juzgaban el mal. Decían a Job: «Tu no eres un hombre piadoso, y Dios te castiga para mostrarte que tu piedad es totalmente exterior»; No comprendían nada de los motivos que Dios tenía para con su siervo. Al comienzo del libro, vemos que Job era muy rico y bendecido en este mundo, pero Satanás, el adversario, viene para hacerle frente, buscando mostrar que Job no era mas que un hipócrita, que servía a Dios a causa de las bendiciones que Él le había colmado (1:10).
El problema de la justicia no es más que un punto auxiliar en este libro. Dios permite a Satanás acusar a Job pero el que comienza a hablar de su siervo a su enemigo es Él, diciéndole: « ¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto? » (Job 1:8).
Job caminabais bajo la influencia de la gracia, pero no se daba cuenta y se atribuía el mérito de su andar fiel, y no consideraba como basura los bienes materiales que tenía al igual que todas las cosas visibles que le rodeaban. Pablo, en cambio decía que cuando él era débil, entonces era fuerte, porque realizaba en ese instante la dependencia del Señor, luego cuando tuvo ese aguijón en su carne, el Señor no deseó quitárselo, porque era para tenerlo en esa dependencia que Él le había enviado, diciéndole  «Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2
ª Corintios 12:9).
Satanás es confundido en sus acusaciones en contra de Job y debe retirarse vencido porque, a pesar de todas las pruebas acumuladas en contra de Job, este había permanecido sumiso a la voluntad de Dios (Job 2:10). Después que lo perdió todo, bendijo a Dios, reconociendo que Él todo lo había hecho bien. Si Dios se hubiera detenido allí, Job habría salido de la prueba lleno de sí mismo y de su propia justicia. Satanás hizo todo lo que pudo para destruirlo, pero en todo Dios justifica a su siervo. El hizo lo mismo con respecto a Israel, cuando Balaam deseaba maldecir al pueblo e impedir que este entrara la tierra de Canaán; Dios fuerza a Balaam a contemplarle: «Porque de la cumbre de las peñas lo verá, y desde los collados lo miraré» (Num. 23:9) y a declarar que El «no ha notado iniquidad en Jacob, ni ha visto la perversidad en Israel…» (v.21).
Por mucho tiempo confundí la justicia y la santidad, no podía tener completa y perfecta paz. Se trataba de mi aceptación, es seguro que reposa sobre Cristo y no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús (Romanos 8:1). La santidad consiste en realizar la presencia de Cristo en nosotros y en manifestar la vida divina que nos ha sido comunicada. Si esto es así, sólo Cristo es visto en nosotros que somos «Cartas de Cristo» «Conocidas y leídas por todos los hombres» (2
ª Corintios 3:2-3). «Cualquiera que tiene esta esperanza en Él se purifica como también Él es puro »  (1ª Juan 3:3).
En Zacarías cap. 3 Satanás acusa a Israel que en la figura de Josué estaba vestido de ropas viles; sin embargo Dios toma la causa de su pueblo, le viste con  «ropas de gala» después de haber declarado que  « ¿No es éste un tizón arrebatado del incendio? » (v.2) por lo cual el no podía echarlo de nuevo allí, luego que Él mismo lo había rescatado del mismo lugar.
Luego Job no era un hipócrita del todo. Había terminado con Satanás, pero tenía un asunto con Dios con respecto al estado de su alma, y Dios, para librarlo de sí mismo, le envía a tres amigos. Job comienza a hablar y maldice su día. No hay más que un lugar de refugio para nosotros y, si nos salimos, perdemos el sentimiento de su presencia y él yo se apodera de nosotros. Lo notamos bien por todo lo que Job dice, que si Dios lo hubiera dejado antes del primer ataque, el segundo estado hubiese sido peor que el primero. Había piedad en el corazón de Job, pero la carne también estaba allí. Era un corazón que conocía a Dios, en el cual Dios saco a la luz lo que estaba escondido y que aún el ignoraba su existencia. Es en  «el polvo y la ceniza» que la humildad tiene su fin. En comunión con Dios, se descubre lo que uno es; la luz devela las profanidades de nuestra maldad y esto conduce a juzgarnos profundamente ante Él. Se manifiesta este mal estando en comunión con Dios, en lugar de manifestarse en las caídas. Si Job se hubiera  humillado ante Dios, no habría tenido necesidad de ser humillado. Pensaba en sí mismo en sus cualidades, en su piedad: ese era el mal. Si estamos únicamente ocupados en la gloria y en la grandeza infinita de Dios, no pensaremos en nosotros mismos. Si no descubro en su presencia lo que soy, sucumbiré a la tentación.
El fiel Eliú dice a Job  «Dios no desestima a nadie» y  «no apartará de los justos sus ojos» (Job 36: 5,7). Dios no cesa un instante de ocuparse de sus hijos y de fijar sus ojos en ellos. Había considerado a su siervo Job y sabía cuales lecciones debía aprender. Dios sabe todo lo que pasa en nuestros corazones y  « ¿Qué enseñador semejante a Él?» (36:22). Eliú muestra a Job que no es el mundo en su estado actual de desorden lo que nos hace conocer la justicia de Dios, como los otros amigos de Job lo habían falsamente creído. Es una bendición inmensa que Dios nos oiga con su oído. Según lo que Él ve en nosotros, nos disciplina con sabiduría, con el fin de derramar sobre nosotros sus bendiciones siempre muy abundantes y de hacernos notar que estamos muertos a nosotros mismos y al mundo y vivos con Cristo ante Él. Desea que marchemos en una santidad práctica, manifestando la vida de la resurrección que tenemos en El, y que no hay nada en nuestra vida, pensamientos, palabras o acciones, que no sean el fruto de su gracia operando en nosotros. Es en esta humillación que Pedro ha aprendido las lecciones que le han preparado para el ministerio que el Señor le había confiado; tal fue la escuela que Dios preparó para él. Cristo había borrado enteramente su pecado: cuando Él recibió a Pedro, después de su resurrección, en las orillas del mar de Galilea, no le dice ni una sola palabra, solamente se dirige a las tres veces con esta pregunta: « ¿Me amas? ». Cuando Pedro fue sondeado hasta el fondo, el Señor le confía sus ovejas (Juan 21), porque, al ser ceñido, él aprende a conocerse y a reposar enteramente sobre Cristo.

Job dice: «De oídas te había oído: por tanto me aborrezco» (42:5,6). Es en esta convicción que el debe ser conducido, y nosotros también, para alcanzar una plena bendición.
Cuándo veo lo que es el pecado ante los ojos de Dios, y lo que Jesús ha sufrido para librarme ¿Qué efecto se producirá en mi yo? El yo será juzgado enteramente. Si mis ojos están enteramente dirigidos hacia Dios y si, a cada instante, realizo su presencia juzgando en su luz, podré gozar constantemente las bendiciones que Él derrama sobre los suyos.
Dios no retira un solo instante los ojos sobre nosotros: ¡Que Él nos dé siempre el colocar nuestras miradas hacia Él!


Traducido de “El Mensajero Evangélico”  1962

 


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