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IGNORANCIA La ignorancia es un estado lamentable, a menudo humillante, algunas veces culpable. Aun mas muy peligrosa. Es verdad sobre todo en el dominio espiritual; tomando únicamente esto último, decimos que la ignorancia puede ser total o parcial. Hablando de la ignorancia total, pensamos en todo aquel que rechaza completamente el testimonio divino, hasta el de la creación: «Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; En cuanto a la creación: En cuanto a la ley: En cuanto al Hijo: En cuanto al misterio escondido desde los siglos: En cuando a las intenciones de Satanás: Lo que acabamos de ver nos coloca sobre un terreno de responsabilidad, pero también de bendición. El Señor nos revela sus pensamientos por su Palabra, Cuan deseable es que haya en nuestros corazones necesidades reales, de manera que encontremos gozo al leer, en meditar, en buscar en las Escrituras, lo que es apropiado para hacernos crecer en el conocimiento y en el gozo de nuestro adorable Señor y Salvador. Escogemos esta ocasión para recomendar a todos, los escritos de nuestros hermanos que nos han precedido, deseamos decir que ellos están sometidos exclusivamente a la Palabra de Dios, que están a nuestra disposición, y que nos ayudan a comprenderla. Después de algunas consideraciones, examinemos diversos pasajes, en los cuales el tema de la ignorancia, está de maneras muy diferentes. Hebreos 5:12 menciona una ignorancia culpable: « Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios…» La ignorancia, relatada así precisamente en esta epístola, tratándose de la doctrina concerniente a la persona adorable del Señor de gloria, es particularmente grave. El mayor obstáculo desarrollado en los Hebreos, era su religión, el Judaísmo. Aunque no estamos en presencia de la misma forma religiosa, el peligro no es menor, es real, bajo distintos aspectos. Cuidémonos, a fin de que nuestro juicio no sea influenciado por costumbres rutinarias, de hábitos capaces de hacernos caminar según sentimientos humanos. Esto nos conduce a un serio examen de los deseos profundos de nuestros corazones. ¿Que lugar le damos al Señor, cada día? ¿Cuales son las cosas que amamos, que buscamos; que tiempo le damos a la Palabra, a la búsqueda de escritos edificantes de nuestros antecesores, vamos con frecuencia a las reuniones? A menudo pasa que se oyen reflexiones respecto a hermanos —y también hermanas— dotados, en relación con el conocimiento que ellos tienen de las Escrituras; reflexiones evidentemente regocijantes, pero, recordemos siempre esto: por muy dotado que sea un creyente, el conocimiento es a pesar de todo el resultado de un ejercicio personal y perseverante, de mucho tiempo consagrado al estudio de la Palabra, en la presencia del Señor, con oración. Para esto es preciso necesariamente, que el corazón esté comprometido, que se encuentre el verdadero gozo, el del santuario donde se comprenden los pensamientos de Dios, estando compenetrados por su amor. «Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; Que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, » (Salmo 27:4). En la medida en que nos damos cuenta del amor con la cual el Señor nos ama, le amamos mas a cambio. ¡Ah! ¡Que Él nos guarde de tener un conocimiento simplemente intelectual, que se volvería rápidamente en hinchazón! ¡Que Él nos conceda la gracia de estar animados en su amor; este amor que no se envanece… que no se infla de orgullo… que se regocija en la verdad! (1ª Corintios 13). Hay casos donde la ignorancia es resentida a causa de la inquietud que ella provoca. Es lo que le sucedió a los Tesalonicenses, por ejemplo, sobre sus amados que habían partido antes de la venida del Señor. ¿Que sucedería con ellos? Asunto que les angustiaba mucho. ¡Cuan reconfortante es el mensaje divino, por la carta del apóstol! Y, después de los siglos, este mismo mensaje ha consolado también a los corazones, en cuanto a aquellos que nos han precedido, ¡como también para todos los que continúan esperando! Hay un tema donde la ignorancia está particularmente marcada, y sobre el cual deseo se me permita insistir: el de los medios disciplinarios; tanto como en lo que concierne a las relaciones fraternales como en lo que concierne a la asamblea. Es un vacío tan grave como humillante: grave a causa de las consecuencias que resultan, y humillante porque la ignorancia sobre este punto tan importante no debería existir. La Palabra es muy clara a este respecto, y los escritos tratan el asunto con una competencia que no falta. Es verdad que el conocimiento de ella no es una salvaguarda asegurada.; debe haber un verdadero ejercicio delante del Señor, con el fin de recibir de Él discernimiento y fuerza necesarias en cada caso. Cuando se trata de una dificultad individual, el curso a seguir está trazado en Mateo 18:15-17, sin que uno pueda equivocarse. Es la persona «perjudicada» que debe dar el primer paso. Se trata aquí de una falta individual que no toca directamente a la asamblea. Lo que está colocado delante de nosotros, es el espíritu de gracia y de humildad del perjudicado, para tocar el corazón del culpable, y conducirlo a la confesión que restablecerá esta comunión fraternal fragmentada por la falta. Señalemos la importancia que hay para conformarse exactamente a las indicaciones de la Palabra: «ve y repréndele» — « convéncele» estando tú y él solos; » es preciso evitar cualquier otra forma de actuar; por ejemplo, escribirle, o hacer una información sobre el asunto, etc., esto solo puede agravar las cosas. «Ve y repréndele estando tu y el solos». Este primer paso se hace entonces sin haber hablado con nadie (salvo con el Señor), « si te oyere, has ganado a tu hermano». Es una verdadera victoria según Dios, para Su gloria y el bien de todos; porque aquellos que lo han ignorado no han sido turbados, y, entre tu hermano y tu, la comunión se ha restablecido. Si este frente a frente no da el resultado deseado, un nuevo paso se hace con los testigos. La presencia de dos o tres testigos se encuentra en el Antiguo Testamento como en el Nuevo: «Por dicho de dos o de tres testigos morirá el que hubiere de morir; no morirá por el dicho de un solo testigo. » (Deut.17:6); « Contra un anciano no admitas acusación sino con dos o tres testigos.» (1ª Timoteo 5:19); « Por boca de dos o de tres testigos se decidirá todo asunto. » (1º Corintios 13:1). Si este paso fracasa, el asunto se lleva a la asamblea, donde el uno y el otro toman parte. La asamblea habla en ultima instancia; si ella no es escuchada, todos los medios empleados hasta allí se han agotado, el hermano perjudicado debe considerar a aquel que ha pecado contra él « como gentil y publicano.» No se trata aquí de la disciplina ejercida por la asamblea con respecto al malo: esta se ha ocupado en última instancia de un caso individual. Es por esto que se dice, en este pasaje «…tenle tú…». En cuanto a la intervención de la asamblea con respecto al malo. Es necesario ver lo que se presenta en 1ª Corintios 5. Sin entrar en el detalle de este capítulo tan solemne, notemos primeramente que la administración, en materia disciplinaria, está confiada enteramente a la asamblea, por el Señor. Ella es la jurisdicción mas elevada aquí abajo, relativa al testimonio establecido por Él. Así, cuando se trata de admitir o echar, de atar o desatar, esto es confiado a los dos o tres reunidos a Su nombre. Aunque estos actos no sean designados como actos de « autoridad», que le es conferida por la presencia del Señor, que permite a la asamblea actuar en Su nombre. También, las decisiones de la asamblea, siendo tomadas al nombre y bajo la mirada del Señor, ellas son ratificadas en el cielo. Este hecho atrae nuestra atención sobre la extrema gravedad que existe al no admitir una decisión de asamblea y no someterse a ella. De una manera directa está declarando su desacuerdo y no sometiéndose ; o indirectamente manteniendo relaciones con aquellos que la asamblea a estado obligada a separar, lo que tiene por resultado trabar la obra de restauración en los culpables, lo que es el motivo divino de la disciplina. Estemos muy atentos al hecho que: rehusar una decisión de asamblea es algo particularmente muy grave delante de Dios. Es ponerse por sobre la asamblea. Es poner en duda que la decisión ha sido tomada en el nombre del Señor, lo que quiere decir que esta asamblea ha actuado como un tribunal humano: esto es no reconocerla como el testimonio de Dios; en una palabra, ¡es rechazarla! Dios nos de el pesar la extrema gravedad de tal actitud. Es verdad que la asamblea no es infalible, pero, debemos someternos cuando sus decisiones son tomadas al nombre del Señor. Si la asamblea se equivoca, ella es responsable delante del nombre de Aquel del cual ella tomó las decisiones, y deberá llevar las consecuencias. Si discernimos un error, puede ser nuestro deber señalarlo a quien corresponda, según lo que el Señor nos conduzca, pero solo puede ser en un espíritu de gracia y de humildad, y contar con Él para que intervenga. En el seno de la asamblea, el ejercicio de la disciplina es permanente, solemne, y de una importancia capital. Mantener la santidad a la Mesa del Señor es un deber real hacia Cristo mismo. Mas somos atraídos a su persona, más grande será este ejercicio. Alguien ha escrito: «Aquel a quien se conoce mejor, y quien tiene más amor, no deja de ejercer la disciplina cuando es forzado , pero lo hará como de parte del corazón quebrantado de Cristo quien le ama a pesar de todo, y sin perder el sentimiento de que la carne está también en el, Al final, si se trata de excomunión todos deben tomar parte, no porque tengan derecho ( ¡que espíritu tendría un niño que insistiera sobre su derecho de tomar parte en la exclusión de uno de sus hermanos!) , pero para que la conciencia de todos sea purificada, y que toda la asamblea deba estar por este acto, separada de un pecado que exige la exclusión.» Notemos también que si una admisión (o una exclusión) ha sido decidida por algunos hermanos, fuera de la reunión de asamblea, esto sería una falta muy grave, con consecuencias desastrosas, porque la asamblea sería puesta de lado, cuando ella es la única competente para actuar en estas cosas, en el nombre del Señor. “Los Corintios no podían separarse en su vida natural de todos aquellos que, en el mundo andaban en la corrupción, porque en este caso sería salirse del mundo. Peo si alguno que se llama hermano y anda en la corrupción, no debe comer con tal hombre. Dios juzga a aquellos que están afuera de la asamblea; la asamblea debe juzgar a los que están dentro…” (J.N.D.) Si hemos entendido un poco este ultimo punto, es en la conciencia de su inmensa importancia, y también y sobre todo pensando lo que es la asamblea para el Señor. Ella es tan preciosa a su corazón, que debemos tener un santo temor de llevar perjuicio sea de cualquier manera. Ciertamente estaremos guardados, si efectuamos verdaderamente que Él está allí, Él mismo, en medio de ella. G. C-G. Traducido de “El Mensajero Evangélico” año1967 |
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