REFLEXIONES SOBRE LA VIDA DE ASAMBLEA Y LAS RELACIONES FRATERNALES (II PARTE)

LAS REUNIONES
El lugar de reunión
[…] Verdaderamente, Las necesidades locales son tales que, en la mayoría de los casos, es oportuno tener una sala especial para las reuniones de asamblea, especialmente cuando  los que se reúnen son un número  importante y no puede, por este hecho, encontrar lugar en la casa de uno de los hermanos de la localidad.  No podría establecer una regla  a propósito de esto, cada asamblea tiene que hacerlo con el Señor para determinar las condiciones materiales en las cuales ella debe reunirse. Nos limitamos a expresar simples reflexiones personales, sugeridas a la vez por lo que  la Palabra nos dice en un pasaje como Filemón 2 y por algunas  experiencias hechas.
Hagamos la pregunta: en la cristiandad, cada denominación desea tener su iglesia, su templo, su capilla o su local de reunión, parece que esto es algo absolutamente indispensable; inconcientemente, ¿no habrá en nuestro espíritu, en relación a esto, una cierta tendencia para conformarnos a un modo religioso? ¿No se podría hasta decir: para que haya un testimonio en una localidad, es necesario tener en primer lugar una sala de reunión? ¿No sucede a veces que esto nos conduce a buscar una sala — en condiciones que, en algunas  ocasiones,  se sobrepasan los recursos dados por Dios, lo que debería hacernos  muy prudentes por  así decirlo  — cuando un hermano podría tener el inestimable privilegio, como Filemón  anteriormente,  recibir a la asamblea en su casa? — La Palabra nos dice: «la iglesia que está en tu casa » […]

¿Igualmente  no hay una cierta tendencia para buscar el número y la apariencia, y puede ser  que se gloríen   por ello?  Desde luego el número hace necesario  que el local sea grande… Los dos problemas están unidos. […] Algunas frases, tomadas de una  carta de J. N. D.  (Escrita en febrero 1850 y publicada en el M.E. de 1914, pag.235), merecen toda nuestra atención y debe ser para nosotros un tema de meditación: “Creo que estos últimos(los hijos de Dios) no deberían pretender establecer  cosas  sobrepasando las fuerzas que nos queda en el estado donde la Iglesia se encuentra.  En general, esta debilidad hace que una gran reunión  sea un inconveniente;  pero la falta de un local grande, si se sigue en simplicidad la dirección de Dios, avalaría a los santos de esta dificultad. Además, no coloco en nada límites al poder de la gracia de Dios. Pero  tengo otros principios que estos: 1.- el deber y el privilegio de reunirse al nombre de Jesús, para encontrar la presencia del Señor, aprovechando todo lo que Dios da; 2.- no sobrepasar la fuerza que tenemos, por la pretensión de hacer iglesias. Creo que en cierto caso, se ha olvidado la verdadera posición de los hijos de Dios. Creo que el espíritu Santo da el privilegio de congregarse, cuando a menudo estamos muy débiles para reunirnos; pero  está la gracia y la bendición en a primera posición. Dios actuará  en la segunda hasta un cierto punto. Las pretensiones  de reunirse van algunas veces más allá  del poder efectivo. Congregarse  es siempre un deber y un privilegio de los cristianos. Creo que se debería al mismo tiempo desear la reunión de todos y acercarse lo más que se pueda a eso. Todo lo que deseo, es que no se sobrepase la fuerza verdadera, pero haría todo lo que está en mí poder lograrlo. El deber de todos los cristianos es estar reunidos juntos y fuera del mundo  y es el mejor medio de probar la bendición que se encuentra  en esta posición.  Pero si se sobrepasa la fuerza verdadera, se puede alejar a las almas cuando ellas ven la falta de bendición…» (pag.237, 238). ¿Qué diría hoy en día el autor de esta carta  de « la fuerza que nos queda»?

Es  verdad  que  en la  experiencia  de  una reunión numerosa,  es posible que le es dado sólo a algunos hermanos de actuar, se termina por tener prácticamente a  los que tienen la costumbre de hacerlo y aquellos que tienen la costumbre de abstenerse de toda acción.  Los dones que se ejercerían útilmente pueden de una manera ser paralizados y todo  el cuerpo sufre. ¡Por supuesto, que no debería ser así! Si hubiera más fuerza espiritual, también habría más dependencia del Espíritu que pudiera servirse de todos los instrumentos a su disposición, cada uno a su momento.  Pero precisamente, no tenemos la fuerza espiritual necesaria, lo debemos reconocer humildemente. ¿Al desear  ser una congregación numerosa, no nos arriesgamos, muy a menudo, a tener solo una pretensión de fuerza sin mucha realidad?  Preguntémonos si no  vemos allí, para repetir la expresión de J.N.D. una de las causas “del alejamiento de las almas cuando ven la falta de bendición”, puede ser también una de las causas  del desaliento que manifiestan algunos, entre la juventud cristiana en particular. […]
                                                                                                                   

    (M.E. 1960, pag.67-70)

 

La presencia del Señor
[…] El Señor desea honrar con su presencia personal y efectiva,  a « los dos o tres reunidos en (o: a) su nombre» y es su gozo  encontrarse allí, en medio de los suyos. Con el fin de  que podamos reclamar de su presencia y gozarla, realicemos lo que es estar « reunidos en su nombre » « Su nombre » es el nombre de Aquel  que se presenta en el  testimonio fiel  « el Santo,  el Verdadero, » que tiene todo el poder y toda autoridad: El es « que abre y ninguno cierra,  y cierra y ninguno abre » (Apocalipsis 3:7).  Para estar « reunidos en su nombre», no basta    proclamarlo  con  nuestros labios que es así, la reunión  debe revestir diferentes caracteres y, particularmente,  aquellos   que están  en relación con la Persona cuya presencia es deseada: la santidad, la verdad, la sumisión a la autoridad del Señor. La santidad implica la  separación, doctrinal y práctica, de todo mal. La verdad requiere total  obediencia a la Palabra, que es la verdad;  así es como la asamblea puede manifestar que es «es la iglesia del Dios viviente,  columna y baluarte de la verdad.  » (Juan 17:17; 1 Timoteo  3:15).  La asamblea entonces da un verdadero testimonio al Dios de la verdad, a Cristo que es  « la verdad» y esto en el poder del Espíritu Santo —  « el Espíritu es la verdad. » (1ª Juan 5:6).  En  fin, la autoridad del Señor, «  cabeza del cuerpo que es la iglesia » (Colosenses 1:18), debe ser reconocida y mantenida, no sólo como enseñanza sino prácticamente, en la vida y  reuniones de la asamblea.
[…] Entrar en el local dónde se reúne la asamblea,  es simplemente entrar  en una sala donde  los cristianos se reúnen  para cantar, orar, leer la Palabra de Dios? Es mucho más que esto: es venir a  un lugar donde el Señor se encuentra, es venir ante todo para encontrarle,  a Él. Tal consideración debe conducirnos, en primer lugar, a estar  allí hasta antes de la hora fijada para la reunión. ¡No solamente porque es el  orden, porque  siempre es lamentable desarreglar, molestar el desarrollo de la reunión, pero  por sobre todo porque el Señor está allí!

   
 […]Luego, en todo el desarrollo de la reunión  — y cualquiera que sea su carácter, sea una reunión de culto, de oraciones, de edificación, de estudio de la Palabra o incluso  una reunión para la administración de la asamblea  — no debería jamás perderse  de vista el hecho  de que el Señor está  allí: nuestras actitudes, nuestra postura, todo nuestro comportamiento deberían demostrar que estamos muy conscientes  de estar en su presencia; el silencio o la actividad de un hermano deberían así  demostrarlo.                                                                                                                           
   

(M.E.1971, pag. 281-284)

 

Referencias:
M.E.1942, pag.293-300
M.E. 1951, pag.287-293
M.E. 1958, pag.309-312
M.E. 1974, pag. 319-320

La acción del Espíritu Santo 

 ¿No tenemos, muy a menudo, una acción rutinaria, que sustituye la acción poderosa y refrescante del Espíritu Santo?¿Y no son estas las razones por las cuales no recogemos, en la asamblea, todas las bendiciones que el Señor desearía darnos? — Lo que es ritual generalmente no es espiritual y lo que es dado por el Espíritu  aporta  a nuestras almas la bendición divina.

Las verdades concernientes  a la libre acción del Espíritu Santo en la asamblea son aquellas que han sido colocadas a la luz hace un poco más de un siglo.  Nuestros antecesores han salido de un medio donde, esta acción era desconocida, el servicio en la reunión era ordenado de antemano y dejado a cargo de un ministro de culto, consagrado por los hombres. Obedeciendo a la Palabra, realizaron  lo que es la reunión de la asamblea; hubo así bendición y crecimiento espiritual. Es así que el testimonio prosperó. Las generaciones que han sucedido han recibido esta enseñanza y han gustado de los mismos privilegios— privilegios que podemos saborear  aun hoy en día, a pesar de nuestra gran debilidad.  ¿Sin embargo, no hay una cierta tendencia a  volver  de aquello que nuestros antecesores abandonaron ?— La rutina  en la cual las cosas pasan a veces es la prueba de esta tendencia, y  también la naturaleza misma la fortalece. Es por esto que necesitamos abrir los ojos sobre este peligro muy real, si deseamos la vida y prosperidad de las asambleas. La libre acción del Espíritu Santo debe ser un hecho y no solamente una doctrina.

Quien  de nosotros no ha sido conducido a hacer esta comprobación: en una asamblea local, se descansa poco y después totalmente sobre un hermano que es el único en actuar  frente a todos los otros hermanos adormecidos, asegurando el servicio como lo hiciera un  ministro oficialmente investido de este cargo. Puede haber dos razones sobre tal estado de cosas. La primera es esta: un hermano ha tomado   la costumbre de actuar, puede ser con precipitación — el se considera como un pastor encargado, de manera  que una rutina se establece y se termina por encontrar esto como algo normal,  o bien se le soporta con paciencia y resignación, sufriendo en silencio.  ¿Es necesario decir que, en un caso semejante, el Espíritu está trabado en su libre acción? — Pero puede haber una segunda razón: una falta de ejercicio en los hermanos, un adormecimiento  espiritual les conduce a esperar a aquel que ejerce solo una actividad  en la asamblea.  El ejerce solo esta actividad no porque el se ha impuesto como pastor, sino porque los hermanos, vencidos  por el sueño espiritual, ¡son felices de tener un pastor! En este  caso, la primera responsabilidad de aquel a quien  se ha dejado el cargo del servicio en la asamblea  evidentemente  es el  de despertar  a aquellos que duermen y  ejercer un ministerio que tiende a encontrar la libertad de la acción del Espíritu.  Faltar a esta responsabilidad mostrará que se ha comprendido muy poco lo que es la asamblea.

Que decir  cuando hablamos sobretodo de  las reuniones para el culto de adoración  y las reuniones de oración. ¡Cuan lastimoso es oír siempre las mismas voces en esas reuniones mientras que  hay tantas bocas cerradas! De la misma manera hay hermanos — a veces uno solo— que tiene la costumbre de actuar, y otros  que tienen  la costumbre de callar. ¿No es, en verdad, un retorno   hacia a aquello que nuestros antecesores han abandonado? ¿No es el camino que conduce  al clericalismo?  — Ciertamente esto no sería así si todos — hermanos y hermanas — tuvieran un ejercicio individual con el Señor en cuanto al culto que somos llamados juntos  a ofrecer, y en cuanto a  las necesidades que tenemos para presentar en la oración en común Hay, para el culto, una preparación indispensable; Deuteronomio 26 nos muestra que debemos cada uno entrar en la tierra poseerla y habitarla para recolectar los frutos que serán colocados en una canasta  ( sabemos  lo que esto significa para nosotros). El israelita era invitado a recordar todo lo que Jehová había hecho por su pueblo (Deuteronomio 26:7-9) y los frutos que llevaban era la prueba que habían entrado a la tierra, que la poseían y que la habitaban. Si hemos realizado estas tres cosas, ¿podremos venir «hacia el sacerdote» con las canastas vacías? — De la misma manera para las reuniones de oración. Si estamos ocupados de las necesidades de la asamblea, de las necesidades de los santos, ¿será posible permanecer con la boca cerrada? Se dice a menudo: no hay dones de oración. El hermano más sencillo, el más joven en la familia de la fe puede expresar libremente, conducido por el Espíritu, las necesidades  sobre las cuales ha sido ejercitado. ¡Como serían las reuniones de culto y las reuniones de oración si un ejercicio con el Señor tuviera lugar  en cada uno,  en particular, y si hubiera una entera dependencia del Espíritu cuando los santos se  reúnen! El Espíritu Santo podría son duda emplear mas  a menudo a tal o cual hermano sobre  el cual el ejercicio habrá sido más profundo, pero no se verían ya dos clases de hermanos: lo que actúan y los que se callan —  o aun menos   a un hermano tomando solo sobre el, o mas o menos, toda la reunión.

La asunto  es diferente — en un cierto sentido — cuando se trata de una reunión de asamblea para la edificación, porque allí interviene el ejercicio de los dones. Si todos son sacerdotes para adorar, si todos pueden expresar libremente una sentida necesidad, en el curso de una reunión de oración, todos no  están calificados para enseñar en la asamblea. Sin embargo, aun allí, conviene realizar una entera dependencia del Espíritu y esperar en el Señor para que El de lo que es necesario para la edificación de la asamblea. . El Espíritu Santo puede servirse de un hermano para expresar algunos cortos pensamientos que serán para el bien de todos. Una acción precipitada sería susceptible para apagar el Espíritu y detener a aquel que tenía «cinco palabras» para edificar a la  asamblea.

Somos  muy rápidos para tomar hábitos,  acostumbrarnos a algo  hasta hacerlo  una rutina. Pero, si somos ejercitados con el Señor, podremos no sufrir tal estado de cosas. Guardémonos sin embargo de buscar  reemplazar la rutina por lo que se volvería rápidamente en  otra rutina. El único remedio  para el mal que sufrimos es este: es necesario que busquemos personalmente el desarrollo de   la vida espiritual, que vivamos el cristianismo, no el cristianismo intelectual que es uno de los principales escollos para nuestra generación y sobre todo para aquella que nos sigue,  pero la vida escondida con el Señor. La relación íntima y personal cultivada en nuestros corazones con Aquel que solo es el alimento de la vida nueva.  Las hermanas tanto como los hermanos tienen que realizarlo para la prosperidad del testimonio. Pero sobre todo los hermanos, aquellos que tienen la costumbre de actuar, de actuar muy rápido, de actuar por rutina, a fin de que sena guardados en la dependencia que conviene, no privando a la Asamblea de lo que el Espíritu desea dar — aquellos que tienen la costumbre de callarse, con el fin de que lleguen a ser instrumentos preparados por  Dios  para ser útiles en la asamblea.  El Espíritu podrá entonces ejercer libremente, en la reunión, su actividad beneficiosa, cada uno los miembros del cuerpo funcionando en su lugar, sea en el silencio, sea en una acción que será de bendición para todos.

Aun una observación. En los medios de donde nuestros antecesores se han retirado, el  servicio es concertado  de antemano y se celebra sin ninguna  interrupción. También, muchas personas ajenas, asistiendo a una reunión de asamblea, se sorprenden de los silencios que se interponen entre las diversas acciones. Ellos los encuentran de hecho muy lamentables. Sin duda, esos silencios pueden resultar de la pobreza espiritual de la asamblea. Dios los permite para ejercitarnos, para conducirnos a tocar el dedo de nuestra debilidad, a fin de que seamos conducidos a volvernos hacia Aquel que desea enriquecernos. Proponer cantar un cántico, leer  u orar con el solo hecho de evitar esos silencios mostraría que se ha comprendido muy poco el pensamiento de Dios; esto sería un obstáculo para el cumplimiento del trabajo que Él desea hacer para la bendición  de la asamblea.  Esta acción, que no es según el Espíritu, no  sería de bendición; ella impediría un ejercicio útil, susceptible de conducir a los santos a realizar su pobreza y a comprender cuan necesario es beber de la fuente (Juan 7:37-38) Pero los silencios no son siempre la señal de una pobreza espiritual; ellos son a veces extremadamente preciosos. Particularmente en las reuniones de culto, a menudo la adoración  es muda en la asamblea.  Esta corriente de adoración desgraciadamente es interrumpida por la acción desviada  de un hermano que quiso romper el silencio, ¡pensando que era necesario actuar para llenar el tiempo! — Una reunión comienza a menudo por  un silencio. Es un error creer que ella comienza cuando se indica un himno. Ella puede muy bien comenzar así — ¿diremos que debería ser así generalmente? — por un momento de recogimiento, por la adoración callada de la asamblea o por una oración expresada, en el silencio por todos los corazones. ¡Es algo muy grave y serio  romper ese silencio!  Hay pocas acciones que demandan un ejercicio tal y una dependencia del espíritu, puesto que ella va a influir sobre todos los corazones de la reunión. ¿Cuan necesario es , aun allí, ser guardados de actuar por costumbre!

[…] Este pensamiento ha sido expresado por uno de nuestros ancianos y recordados conductores: “Jamás  he podido comprender que la asamblea de Dios puede ser el único lugar donde la carne  sea libre de actuar sin ser reprimida; es una locura pensar que deba ser así. Deseo que la mas completa libertad sea dada al Espíritu  pero ninguna a la carne” (J.N.D) […]
                                                                       

      (M.E. 1949, pag.60-65)

 El cántico

 Toda acción en la asamblea, 1ª Corintios 14 nos lo enseña, debe ser ejercida en vista de la edificación, sea que se actúe para profetizar (v.3, 4), orar, cantar o dar gracias (v.14 al 17). Nos sucede a veces  que  lo perdemos de vista, y  sin duda por el canto  mas aun  que por otra acción. El motivo de estas líneas es colocar en nuestra memoria la enseñanza tan importante de 1ª Corintios 14 sobre este tema.

El apóstol escribe: « cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento » (1ª Corintios 14:15) y es el versículo que está citado tan oportunamente  en nuestros himnarios. Cantar « con entendimiento  », el contexto bíblico lo indica, es cantar de manera   de ser comprendido  de todos. Esto es un efecto necesario, porque no haciéndolo,   esta acción no tendría ninguna edificación en la asamblea.

Pero podemos,  me parece, ampliar  el sentido de esta expresión. Cantar « con entendimiento  », no deteniéndose solamente en la música, en el aspecto musical que compone el cántico, sino teniendo la plena inteligencia de las palabras expresadas. Ciertamente, sin duda  el lado musical no se debe desconocer; incluso se puede decir que el  hecho de  cantar mal  demuestra   la falta de consideración  que debemos a Aquel a  quien  nos  dirigimos en nuestros cánticos. Atención, las aplicaciones son necesarias y cada uno debe velar sobre esto. Por el contrario, sería una lástima   darle a la música una importancia excesiva, con el riesgo de no prestar una atención suficiente a las palabras expresadas.  Cada cosa debe estar en su lugar y es importante que, todos cantemos de una manera que sea una honra dada a Dios, estemos compenetrados del sentido y del alcance de las expresiones que salen de nuestras bocas.  Sobre esto, decimos que ciertos cánticos, o verso de cánticos, que tratan por ejemplo de los sufrimientos de Cristo, o  las tres horas de tinieblas, demandan ser cantados con un recogimiento muy particular y de una manera que muestre que aquellos que cantan entren un poco en la profundidad de las palabras que expresan. ¿No sucede que a veces lo olvidamos?

Cantar « con entendimiento  » , aun es esto: cantar sin perder de vista que no es tal hermano, o tal hermana, quien es llamado a cantar un cántico, sino toda la asamblea. Pareciera que el aspecto colectivo del cántico de la asamblea, es desconocido en ciertos casos. También sobre esto le  pertenece a cada uno  discernir el lugar que tiene, la parte que le incumbe  en el cántico de la asamblea reunida.  Ninguna boca debería estar cerrada: cada uno es responsable, en este terreno como en todos aquellos que constituyen la vida de asamblea,  el  aportar lo que es para la edificación del conjunto y esto, según la medida y la capacidad que les ha sido dada por Dios. A la inversa, no sería cantar con entendimiento (o inteligencia) cantar con una voz tan poderosa o fuerte  que dominara sobre las otras,  incluso hasta  taparlas. La mayoría de las veces esto se produce,  porque muchos no cantan,  y tal o cual   hermano considera que le incumbe dar toda su voz para suplir  a los hermanos que cantan débilmente   con el fin de “sostener el canto”. Podríamos entonces preguntarnos, en casos semejantes, si hay una manera de servicio particular en la asamblea donde algunos piensan ser los encargados. Sin embargo, cualquiera que sea  la buena intención,  es la asamblea la que está reunida y el canto debe ser el de la asamblea. […]
                                                                
                                                                                                                

(M.E. 1962. pág. 164-166)

EL CULTO

[…] Proceder con la aspersión de la sangre, hacer arder  la gordura sobre el altar constituían dos partes esenciales del servicio sacerdotal, prescritos a lo lardo de todo el libro de Levítico (cap.1, 3, 4, 7, 8, 9,16 y 17 especialmente). Las dos eran ordenanzas tanto para el sacrificio por el pecado como para el holocausto y el sacrificio de prosperidad. Abel presenta « la sangre que hace propiciación por el alma»  y  no se detiene allí, su fe discierne la excelencia de la Victima  cuya deberá   ser derramada: el ofrece la gordura (Levítico 17:11 y 6), imagen de lo que  ha sido hecho por  Dios, en su sacrificio perfecto, Aquel que ha sufrido en nuestro lugar su justo juicio del pecado. Es de este momento supremo que hablaba el Señor cuando le decía a sus discípulos: « Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él » (Juan 13:31). La gordura, la parte mas excelente de la víctima, eran solo para Dios: « toda la grosura es de Jehová. » (Levítico 3:16). En el sacrificio por el pecado, donde el resto de la víctima era quemado « fuera del campamento » (Levítico 4:12), solo la gordura  era   « olor grato a Jehová » (v.31), ella expresaba toda la energía interior del corazón de Cristo, santa y pura Victima, aceptando sufrir el juicio que nosotros merecíamos, «, por nosotros lo hizo pecado »,  Él que « no conoció pecado » (2ª Corintios 5:21).

[…]  Ignoramos, o perdemos de vista las verdades importantes que la Palabra nos enseña a propósito de la adoración; la mayoría de las veces, estimamos que estamos convenientemente pagados de lo que debemos a Dios porque hemos expresado algunas palabras de reconocimiento por la liberación de la cual hemos sido  los objetos, olvidando que en el altar de bronce, tipo de la cruz de Cristo, debía ofrecerse el holocausto entero , la gordura del sacrificio de prosperidad  e incluso el del sacrificio por el pecado ( Levítico 1:9 ; 3:3 al 5 ; 4:8 al 10). Este olvido nos conduce a hablar mucho de nosotros mismos, mostrando en alguna medida nuestro egoísmo, hasta en el culto. […]

Sin olvidar la aspersión de la sangre, el verdadero culto que somos llamados a dar  es venir al altar de bronce para presentar el holocausto, y hacer arder la gordura del sacrificio de prosperidad y el sacrificio por el pecado, aproximarse al altar de oro para hacer quemar incienso; es el olor agradable para Dios ( Levítico 1:9; 3:5; 4:31). ¡Que perfume para El cuando el incienso, imagen de lo que  es Cristo en sus perfecciones insondables,  exhala su buen olor bajo la acción del fuego! Venir al altar del bronce, ir hasta el altar de oro, hablarle a Dios no de nosotros sino de Cristo, recordar lo que Cristo  es para Aquel de toda eternidad, su aniquilamiento, su abatimiento, su humillación… Recordar el camino del Hombre de dolores, el que caminó  aquí, exaltar sus perfecciones manifestadas en tal sentido, a lo lado del cual El fue la verdadera ofrenda de la torta, hecha de flor de harina sobre la cual se derramaba aceite, el incienso puesto arriba con sal. Hablará aun de El cuando, al final del camino,  deja su vida, dándosela a su Padre, motivo nuevo para que El le amara. Repetir los sufrimientos de la cruz, lo que El sufrió  de parte de los hombres, de la tercera a la sexta hora, colmado del oprobio y menosprecio, sufriendo los profundos dolores en su cuerpo  en su alma santa…  ¿Como hablar de las tres horas de tinieblas, del momento supremo donde El bebió  la amarga copa, tomada de la mano de su Padre en el jardín de Getsemani, y que de la sexta hora hasta la novena soportó por El, el abandono de su Dios? De una sola vez El es el verdadero sacrificio por el pecado y  el perfecto holocausto, El está allí  para glorificar a Dios: « Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él » (Juan 13:31). ¡Escena de gloria infinita  para Dios y para Aquel que entregó  su vida, acabando la obra que el Padre le había dado a hacer!  Su resurrección, su ascensión, su reunión  a la derecha del Padre, todo está iluminado de las glorias nuevas… ¡Aun un poco de tiempo y El vendrá a buscar los frutos de su victoria! El nos introducirá entonces en la casa de su Padre, donde nuestros lugares están listos y donde celebraremos eternalmente las glorias de Dios, las glorias del Cordero. ¡Todo dirá la grandeza del Obrero, la perfección de su obra!

[…] ¡Que podamos, desatados de nosotros mismos, estar ocupados de Cristo, para presentarle  a Dios un culto que subirá hacia El como un perfume de olor agradable! […]
                                                                                       
                                                                                                           (M. E. pag.226-227, 229-230)

[…]  ¿No se ha hecho a la salida de una reunión de culto, una reflexión de este género entre aquellos que profesan entregar  un culto según las enseñanzas de la Palabra de Dios : “¡Que buen culto hemos tenido! ¡Como hemos sido bendecidos!”, pero  que sin embargo la Asamblea no   sobrepasó  el altar de bronce?  Luego Dios podría decirnos: ¡Pero no habéis dado culto como conviene! ¡Habéis venido al altar de oro! ¡No habéis hecho arder el incienso sobre el altar! ¡ ¿No he sido frustrado en lo que me han dado? — No sucede que estamos convencidos totalmente de que hemos dado un culto según la Palabra  — porque hemos estado gozosos y bendecidos en la  reunión, ¡gracia infinita de nuestro Dios por  la cual tenemos por cierto un buen motivo  de estar agradecidos ¡ — que podamos hacernos esta pregunta: ¿había algo para Dios? — ¡Cuan cierto es que pensamos sobre todo en nosotros mismos y que en lugar de venir con  las canastas llenas, venimos a buscar bendición y  frescor!  ¡Creemos así haber dado un culto según Dios!

De María de Betania, alguien ha escrito: “Ella no vino para oír un sermón, aunque le primero de los doctores estaba allí. Que precioso que estuviera en su lugar, ese día su motivo  solo era estar sentada a los pies de Jesús para escuchar su Palabra” (Lucas 10:39)

Ella no venia  para presentarle sus peticiones. Fue el tiempo cuando, en la mas completa sumisión a su voluntad, ella se arrojo a sus píes, diciendo: « Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano »”(Juan 11:32)…

Ella no había venido a reunirse con los santos, aunque hubieran allí amados hijos de Dios, se dice: « Y amaba Jesús a Marta…y a Lázaro » (Juan 11:5). La comunión con ellos era algo precioso…pero por el momento la comunión no era su objeto.

“Ella no había venido, después de una semana de trabajo y fatiga recorrida en medio del combate con el mundo, buscando ser refrescada por Él, aunque sabía, como cada fiel, lo que eran las pruebas del desierto, y que probablemente nadie conocía mejor que ella los recursos de frescor que estaban en Él.”

“Sino que ella había venido, y en el momento mismo cuando el mundo mostraba su odio a contra El, derrama lo que tenía por largo tiempo reservado (12:7)… sobre la persona de Aquel cuyo amor había cautivado su corazón y absorbido sus afectos.  . Ella no piensa en Simón el leproso; ella pasa por el lado de los discípulos; su hermano y su hermana en la carne y en el Señor no atraían en ese momento su atención; solo Jesús llena su alma —ella fija sus ojos sobre el; su corazón late solo para El…

“La adoración, el homenaje, el culto, la bendición, era su único pensamiento; Ella honra así a Aquel que es todo para ella, y para el corazón del cual tal culto era un frescor… Un recuerdo perdurable de lo que es el culto está señalado en  la Palabra por  Aquel que lo recibió, y en memoria de aquella que lo rindió.

“Dime, querido lector, ¿es este culto el vuestro?  ¿O bien vais cada Domingo a oír un sermón, a decir vuestras oraciones,  a reuniros con los santos, o vais  a refrescaros después de seis días de trabajo?  ¡Oh!  Si todas las miradas estuvieran fijas solo en El, si toso los corazones estuvieran llenos de El. Si cada uno de nosotros estuviera resuelto a  no ver “a nadie sino a Jesús”, ¡como abundarían las alabanzas!”(M.E.1882, pag.418. […]
                                                                                                                 

 (M.E. 1951, pag.172-175)

 

Nosotros « rendimos culto por el Espíritu de Dios» (Filipenses 3:3 versión J.N.D) Esto no desea decir que podamos actuar con tal  libertad dejando  de lado las enseñanzas dadas por las Escrituras sobre el tema del culto. Una libertad así no sería de «verdaderos adoradores» y el cristiano que piense poder usarla  estaría en un gran peligro de ser conducido por la carne y no por el  Espíritu.  El culto dado por el Espíritu debe ser también según las enseñanzas de la Palabra; ¿porque como podría la libertad del Espíritu  ir a la par con la independencia de Dios? Puede suceder que nos engañemos a nosotros mismos,  persuadiéndonos  que somos dirigidos por el Espíritu, mientras que de hecho presentamos solo « fuego extraño » (Levítico 10:1). La  piedra de tope, es la Palabra: se puede dudar que un culto sea dado por « el Espíritu de Dios» cuando se  desconoce lo que la Palabra nos dice con respecto a la adoración, aunque hay que observar que Dios tiene en cuenta la ignorancia y la debilidad.  Dios  lo tiene en cuenta, pero también El se place en instruir y fortalecer, a fin de que pueda serle presentado, en el poder del Espíritu, un culto según su pensamiento expresado en su Palabra […]

Deuteronomio 26 contiene numerosas enseñanzas a propósito de la adoración. Los dos primeros versículos del capítulo nos muestran que antes de  ir al lugar escogido por Jehová para hacer habitar su nombre, el Israelita tenía ciertos deberes que cumplir: una preparación era necesaria   antes que el fuera y llevara a Jehová  « las primicias del fruto de la tierra» ¿Podemos pensar que no lo es para hoy  día, bajo pretexto que damos un culto de otra manera?  Lo es tanto, que  sin duda a menudo lo olvidamos. Puede ser que seamos tentados a sustituirlo con una preparación  que conviene, una cierta  preparación de servicio — una búsqueda de cánticos para cantar, porciones de la Escritura para presentar — que esta invalidada totalmente, porque  no es según la enseñanza de la Palabra: entre otras cosas,  desconoce la libre acción del Espíritu en la asamblea.[…]

De la misma manera que el Israelita no podía llevar « las primicias de todos los frutos de la tierra » hasta después que « hubiera  entrado en la tierra » nosotros no podemos adorar si primeramente  no hemos « entrado » en el cielo, porque para nosotros « la tierra » es celestial. Dios « nos dio vida juntamente con Cristo… y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús» (Efesios 2:5,6). Tal es nuestra  posición […]

Seremos  tentados  a veces  de creer que después de haber tenido seis días en el olvido de nuestra posición celestial, podemos enseguida, el primer día de la semana, entrar en los lugares santos y adorar en todo el poder del Espíritu. ¿Podríamos  hasta suponer que, del momento que tenemos « plena libertad para entrar en el Lugar Santísimo » (Hebreos 10:19), podemos usarlo cualquiera que sea nuestro estado espiritual y moral?  Si hemos vivido en la  semana solo para nosotros y para la tierra, si nuestros corazones no han sido preparados para la alabanza, si no hemos llenado nuestras canastas porque no hemos ni poseído ni habitado la  tierra (celestial), ¿estaremos en el estado, espiritualmente y hasta puede ser moralmente, de aprovechar de la libertad que nos ha sido dada en los lugares celestiales  para dar culto «por el Espíritu de Dios»?

[…] Establecidos en la posición celestial, conviene realizarlo prácticamente, gozando efectivamente del cielo mientras que atravesamos la tierra. Solamente así podremos« tomar de las primicias de todos los frutos », y « ponerlas  en una canasta » antes de ir al lugar que Dios ha escogido para hacer habitar Su nombre.   « Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra » (Colosenses 3:1,2), es lo que debe caracterizar la vida del creyente, cada día, si desea poder realizar el servicio y el privilegio de los   « verdaderos adoradores». […]

El Israelita  acudía con los frutos dispuestos en una canasta al lugar escogido por Jehová,  para hacer habitar allí Su nombre y  se  « presentaba  al sacerdote».  Nosotros  tenemos « un gran sacerdote sobre la casa de Dios » (Hebreos 10:21) y somos exhortados a aproximarnos porque tenemos « plena libertad para entrar en el Lugar Santísimo » y el  « gran sacerdote sobre la casa de Dios ». Es «por  El» que podemos sin cesar ofrecer  « a Diossacrificios de alabanza»  (Hebreos 13:15), porque somos adoradores para Dios: Cristo « que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre»  y ha hecho de nosotros « sacerdotes para Dios, su Padre» (Apocalipsis 1:5,6). […]
 
 Y si el Israelita llevaba algo, no era algo que viniera de el, sino del fruto de la tierra que Dios le había dado (Deuteronomio 26:10). ¡Lo que venía de Dios retornaba a Dios! ¿Podemos presentarle a El,   que pueda aceptar, otra cosa que El nos lo haya dado, a El mismo? Nos dio el don de su Hijo  y esta persona excelente de su Bienamado es la que  nosotros le presentamos como un perfume de grato  olor.

«Adorarás delante de Jehová tu Dios. Y te alegrarás…» (Deuteronomio 26:10,11). El Israelita  no tenía nada que agregar, solo se podía postrarse… Es sin duda la nota más elevada de la alabanza, el éxtasis mudo de un adorador que ha respondido al pensamiento de Dios en el culto que ha ofrecido y donde le  gozo llena el corazón. Esto no es para regocijarse de que el Israelita venía al lugar escogido por Jehová para hacer habitar allí Su nombre, sino que  esto le fue concedido porque había venido  y había testificado   su reconocimiento de la manera que le había sido demandada. Podía así gustar plenamente del gozo de la comunión. […]
                                                    
                                                                                                          (M.E. 1956, pag.281-286,288)

Referencia
M.E. 1978, pag.174-146

 

 La reunión de oraciones

[…] En las reuniones de la asamblea para la oración, aquel que ora no debe  perder de vista que es el órgano de la asamblea (Hechos 4:24: «Y ellos,… alzaron unánimes la voz a Dios »  —es la voz de la asamblea haciéndose oír por aquel  que es la boca), que por consecuencia no es una oración individual que pronuncia en público. El se abstendrá  entonces de formular una petición si no está seguro del pleno acuerdo de la asamblea sobre aquello que pide. Deberá limitarse  a hacerlo un tema de oraciones  en privado,   « en el secreto», o aun orar con otros hermanos con los cuales ha realizado la comunión del Espíritu., lo que demanda prudencia y sabiduría, porque es necesario evitar que esto  sea mal interpretado y que así se encuentre agravada una falta de comunión en la asamblea.

La oración de la asamblea siendo un acto colectivo de la asamblea, debe tener, hasta antes de la reunión, un ejercicio espiritual del tema sobre cada hermano y cada hermana concerniendo a las necesidades que la asamblea será conducida a presentar — lo que es una «preparación» de la reunión, el Espíritu Santo en cada uno conduciendo los ejercicios individuales.[…]
                                                                                                                         

(M.E. 1974, pag. 149)

[…] He aquí tres observaciones sacadas de Hechos 4:24-30,  la oración de la asamblea no implica ciertamente una exposición de doctrina — como la oración individual por lo demás — pero ella puede, como lo fue en el caso en la circunstancia relatada en este capítulo, apoyarse sobre la escritura, citada con inteligencia y a propósito. Por otra parte, vemos aquí a la asamblea pedir no el ejercicio de una acción poderosa contra los jefes del pueblo o por la liberación de los apóstoles  amenazados, sino la intervención de Dios para que la Palabra pueda ser anunciada «todo valor »: el objeto de la oración, no es el castigo de los enemigos, no es el deseo de circunstancias mas favorables para los siervos, sino la obra del Señor. La asamblea ora para que ella pueda proseguir con poder, cuales sean  las circunstancias.  En fin, esta oración es una corta oración: en un momento difícil, una corta oración, presentada en las condiciones que hemos recordado, permitió hacer el llamado al poder divino: ella fue oída y otorgada. […]

Considerando un tema, se puede  lamentar que ciertas asambleas —   aunque es raro  — no tengan reunión  de oraciones; mientras que en otras —  numerosas, ¡por desgracia! — la reunión de oración  es abandonada prácticamente por muchos hermanos y hermanas […]
                                                                                                                (M.E. 1968, pag.263-264)

Referencias:
M.E. 1950, pag.89-90
M.E. 1967, pag. 3-11
M.E. 1970, pag. 256-257
M.E. 1981, pag.116-119

 

La reunión de edificación

[…]   Siempre  el servicio de la Palabra es  algo extremadamente serio,  pero en la Asamblea de una manera particular,. 1ª Pedro 4:11 da a este respecto una enseñanza que conviene meditar a menudo. . Hablar « como oráculo de Dios » no es solamente hablar conforme a las Escrituras, sino  es dar   lo que Dios desea dar en el instante mismo. ¡Que responsabilidad para aquel que abre la boca en la Asamblea!  ¿Y estamos atentos?

La Palabra de Dios es una espada (Hebreos 4:12), pero es la espada del Espíritu    (Efesios 6:17). Debemos entonces servir solo en la dependencia y bajo la acción del Espíritu Santo.  Es necesario realizarlo  prácticamente  para ser guardados  de presentar lo  que vendría solo de la carne — para ser guardados sobre todo de dar improvisaciones que generalmente  son  el fruto de nuestra imaginación. Esto agrada al corazón natural: ¿no habrá algún  “ídolo” escondido del cual sería necesario separarse?

Puede ser que las cosas nuevas pinchen la curiosidad, pero no edifiquen. Luego, ¿el motivo  de toda acción en la reunión de los santos, no es la edificación de la asamblea? (1ª Corintios 14).

Después de haber insistido sobre el hecho de que todo en la asamblea debe ser hecho  para la edificación, uno de nuestros recordados conductores escribe esto: “Podría decir que esto debería en principio guardarnos de la envidia  de discriminarnos   entre los  santos; como, entre los jóvenes, la vanidad de hablar sobre pasajes difíciles. Sin duda, insistiendo sobre porciones de la Palabra de Dios que revisten este carácter, se creará pasando  por un tipo de interés artificial, e incluso  dando  de un texto sencillo  una aplicación de la cual nadie había soñado antes. Esto me  ha parecido  siempre muy mezquino; estoy persuadido, además, que esto muestra  a la vez una ausencia de juicio de si mismo y del serio deseo de edificar a los santos.  Es necesario buscar aquello que hará conocer a Dios… en cuanto a las novedades (noticias) en la predicación tendiendo la pretensión de ser original, esta puede ser ingeniosa e inesperada como un fuego de artificio; ¿ pero podemos fiarnos de ello , o saber si es verdadera o  falsa )?. ¡Cuan diferentes son los caminos de Dios en Cristo! He hablado de esto con el propósito de dar una forma práctica sobre el principio mismo que era un problema en los Corintios.  Ellos estaban ocupados, de lo que podría golpearles o sorprenderles, y no de lo que debía ayudar en el crecimiento del alma en el conocimiento  de Dios.”  (La acción del Espíritu Santo en la Asamblea, por W. Kelly; M.E. 1930, pag.324 [...]
 
Comprendemos entonces la importancia del alimento que damos a nuestro espíritu. Aunque las lecturas interesan, porque ellas presentan sucesos nuevos, son  el alimento de la carne religiosa,   éstas  no  son « la leche espiritual no adulterada»  que nos hará crecer « para salvación » (1ª Pedro 2:2). Recordémonos de 2ª Reyes 4:38-44: cuando se aleja de Gilgal, cuando la carne no es juzgada y puesta de lado,  cesamos  de oír al Señor para ser alimentado  por El, y con temeridad, vamos  en busca de  «calabazas silvestres» ¡No se les conocía! Alimento nuevo, pero el resultado es seguro: ¡la muerte está en la olla! Es necesario  aportar, en figura, que el hijo de Dios en su humanidad perfecta está para  que el alma sea alimentada de nuevo. Contraste sorprendente: aquel que lleva el verdadero alimento al pueblo de Dios, es aquel de la actividad del cual no hablamos, que ha permanecido en Baal-salisa, sin duda en el secreto y la comunión con Dios, y que aporta,  en figura, «a Aquel que es desde el principio », Cristo en sus sufrimientos y en su muerte, Cristo resucitado y glorificado, Cristo el pan de vida. ¡Ahora,   el pueblo está saciado! […]
                                                                                                                   (M.E: 1949, pag.198-201)

[…] Los hermanos, y solo los hermanos, tienen […] el privilegio, la libertad de acción. Pero este privilegio, por lo demás como todos los privilegios, lleva sus responsabilidades; la libertad de acción esta lejos de ser sin límites. Actuar en la asamblea, en la presencia del Señor, es algo extremadamente serio; ¿no arriesgamos a veces de perder de vista esto? Solo puede ser realizada según el pensamiento de Dios  en la dependencia del Espíritu Santo: una acción que no tuviera al Espíritu Santo como fuente debería ser excluida, ella no tiene ningún lugar en la asamblea.  Es siempre e con mucho temor que un hermano debería contemplar  el abrir su boca en una reunión y sería mejor que se abstenga si no tiene el sentimiento de actuar bajo la dirección del Espíritu.
El motivo de toda acción, 1ª Corintios 14 nos lo enseña, es la edificación de la asamblea. Solo el Espíritu de Dios puede dar lo que es propio para  edificar lo que puede responder a las necesidades de los santos, a las necesidades del momento como también a las necesidades permanentes. Luego si  la acción ejercida por un hermano, de manera habitual, no edifica a la asamblea,  bien se puede pensar que no es el Espíritu Santo que lo dirige y, en consecuencia, conviene detenerlo. Es un deber de amor hacia ese hermano, hacia la asamblea, hacia el Señor. […]
Ciertamente  toda acción es difícil de ejercer, pero en particular  hay  una, es la acción inicial,  la indicación de un cántico, oración, lectura de la Palabra, con la  que un hermano comienza la reunión. Muy por el contrario, algunos la consideran como la más fácil: porque no ha habido ninguno que lo haya precedido, piensan que no hay ningún peligro de alejarse de la corriente del Espíritu. Esto es olvidar que,  la hora «llegó»,  que la reunión comienza en el silencio: el Espíritu  Santo  actúa en el seno de la asamblea recogida, actuando en los corazones, y la primera acción ejercida debe estar en  acuerdo con  la corriente de  pensamientos así producida, que solo el Espíritu Santo nos hará discernir. De tal manera que la primera acción puede muy bien no ser espiritual, lo que  es grave en consecuencia porque esto a veces puede torcer todo el curso de la reunión. […]   
Cuando un hermano esta de paso en otra asamblea donde el tiene a cargo una reunión, sea que la asamblea haya sido convocada especialmente, sea que la responsabilidad de una reunión habitual le haya sido dada, un cántico indicado fuera del pensamiento del Espíritu  corre peligro de extraviar al siervo, puede ser que impidiéndole, si su espiritualidad momentáneamente defectuosa, de presentar lo que le había sido dado para la edificación de la asamblea.  Notemos además que cuando se trata de una reunión a cargo de un hermano es conveniente dejarle   escoger  un primer cántico. — Todo esto sin perder de vista  que un hermano llamado  a presentar la Palabra estará  a la vez muy feliz de tener una indicación, que le será  dada por el cántico propuesto, si está bajo la dirección del Espíritu Santo. […]
Uno de los pensamientos dominantes presentados por el apóstol en los capítulos 10 al 14 de la primera epístola a los Corintios es la unidad. Tanto la cena del Señor celebrada en su mesa, la presencia  y los dones de Espíritu están en relación con la unidad del cuerpo y a este respecto   cada creyente es responsable  del empleo de los dones que le han  sido repartidos , como en cuanto a su participación en la cena.  No realizamos, prácticamente, la unidad del cuerpo cuando un miembro no toma el lugar que le ha sido asignado por  el Espíritu Santo. Es indispensable que cada uno de  los miembros del cuerpo guarde su lugar, cumpliendo cada uno su función, cada uno poniendo la fuerza en su fuente y recibiendo del Espíritu Santo las  direcciones necesarias.
 Si esto es así, estaremos guardados de acciones precipitadas o sacadas de lugar, susceptibles de producir un cierto malestar mucho más que la edificación de los santos.  Que ninguno de los hermanos pierda de vista su propia responsabilidad para toda acción a ejercer. « y los demás juzguen » ( 1ª Corintios 14:29). Si un hermano habla en la asamblea y que, de manera habitual, su acción no aporta ninguna edificación, aquellos que lo dejan hacer son responsables de este estado de cosas tanto como el, aunque las responsabilidades no sean las mismas de una parte y de otra. […]
¡Que deseo es que en una asamblea cada uno permanezca en su lugar y cumpla el servicio que  le es dado, sin sobrepasar su medida y sin restar del otro lado! […] Una vida individual caracterizada por la piedad  y el temor de Dios, el apego al Señor, tendrá felices repercusiones en la vida y en las reuniones de la asamblea. Si la Palabra  ha sido leída con oraciones, meditada, estudiada, habrá en la reunión instrumentos para la disposición del Espíritu Santo. […]

Existe entonces un doble peligro: por una parte, guardar silencio mientras  que hay «cinco palabras» para la edificación de la asamblea; por otra parte, estar siempre dispuestos a colocarse por delante sin tener la seguridad de ser conducido por el Espíritu Santo  y mientras que los hermanos, llamados a «juzgar» (1ª Corintios 14:29), tienen, ellos, el sentimiento de que la acción ejercida no es espiritual […]
                                                                                                           (M.E.1968, pag.235-230,232)

Referencias:
M.E.1974, pag.173-175    
 M.E.1979, pag. 37-42

La reunión de administración
[…] Sobre todo es  una reunión donde la presencia del Señor parece a veces poco realizada: es la reunión de los hermanos para la administración de la asamblea.  Sobre este tema, alguien ha escrito: “la falta de consideración por la  persona del Señor es la causa de toda suerte de desordenes. Si se trata de la edificación de la Asamblea, se tomará sobre sí la libertad de actuar o de callar. Si se trata de la administración…  pero aun. A menudo se toman las decisiones más solemnes a través de discusiones odiosas donde cada pensamiento tiene el derecho  de hacer valer su opinión, a menudo influenciado por consideraciones personales.”  (M.E.1914 pag.281)  Esta reunión a veces ni ha comenzado, ni terminado con una oración; a menudo, no es más que una conversación susceptible que deja la  impresión — más o menos justa — que la administración de la asamblea  es hecha  como cualquiera  asociación humana. A pesar de toda la buena voluntad que podamos aportar en esto, ¿cuales serán los resultados? Tantas dificultades, sobrevienen aquí y allá, ¿no tienen su origen en la administración de la asamblea, tal como ésta ha sido realizada? « La buena voluntad»  — aunque buena — es aun la voluntad del hombre. No es esto lo que Dios pide: El espera una obediencia  total a su Palabra. […]

(M.E. 1942. pag.298)

El capítulo 15 del libro de  Hechos  nos da  enseñanzas importantes sobre el tema de la administración de la asamblea […] Una falsa doctrina se había impuesto en Antioquia: ella socavaba los fundamentos del cristianismo, atentaba contra la perfección de la obra de Cristo y de las glorias de su Persona: pretender que  no se podía ser salvo sin ser antes circuncidado,  era decir que la muerte  y resurrección de Cristo no eran suficientes para la salvación de quienquiera que  cree y que Cristo no había podido cumplir la plena y total liberación del pecado, porque era necesario agregar la circuncisión. Los falsos doctores venidos de Judea, deseaban  colocar a  los creyentes de Antioquia — primera asamblea formada entre los gentiles (Hechos 11:19-26) —  bajo el  yugo  de la ley del Dios de Israel; era preferible que el asunto fuera tratado por la asamblea en Jerusalén —asamblea formada por creyentes de entre los Judíos — lo que evitaba todo riesgo de incomprensión y conflicto entre Jerusalén y Antioquia.  Pablo mismo, a pesar de la autoridad apostólica que tenía, se abstiene de  reglamentar en este asunto.

Es así que los hermanos de Antioquia «dispusieron  que subiesen Pablo y Bernabé a Jerusalén, y algunos otros de ellos… para tratar esta cuestión »  (Hechos 15:2). Pero ya en el versículo 2 nos dice que el asunto debía ser examinado no por la asamblea entera —aunque  incluso  es  ella quien tendrá que tomar una decisión —  sino por los hermanos competentes para esto: hermanos enviados de  Antioquia « suben,…para tratar esta cuestión» . El versículo 4 nos habla del arribo de ellos a Jerusalén; Cuando se trata de un simple acogida  de hermanos enviados de otra asamblea, la asamblea es notificada, e incluso notificada  primero: « Y llegados a Jerusalén, fueron recibidos por la iglesia y los apóstoles y los ancianos » Pero  en presencia de la asamblea no dicen nada del asunto por el cual  habían venido: «y refirieron todas las cosas que Dios había hecho con ellos »; ellos hablan  en la asamblea de Jerusalén  de la obra del Señor, del trabajo de la gracia divina, de los alientos que ellos habían tenido y  pudiera ser también  de las dificultades sufridas.
Ya no era  un asunto para tratar  de toda la  asamblea, como en el versículo 4, sino solamente de los hermanos competentes para examinar  el  tema  de la misión de los hermanos venidos de Antioquia, « se reunieron los apóstoles y los ancianos para conocer de este asunto» (v.6 —cita final del v.2),  Parece sin embargo que este examen ha tenido lugar en presencia de todos los hermanos — la expresión del verso 12: « toda la multitud calló» permite pensarlo — pero hermanos varones solamente, así  se resalta en las primeras palabras de Pedro y Santiago: «Varones hermanos » (v.7 y 13). En el curso de tal reunión, los hermanos que tienen el pensamiento del Señor sin duda lo expresan bajo formas variadas pero que permite desempeñar lo que será enseguida presentado a la asamblea  en vista de la decisión  tomada.  Pedro, Bernabé y Pablo no se apoyan sobre un texto de la Escritura, pero tienen en cuenta la misión que han recibido del Señor y de las condiciones en la cual  ha sido cumplida; Santiago, por el contrario, cita el pasaje de Amos 9:11,12 donde la enseñanza confirma lo que ha sido dicho por los tres primeros hermanos, especialmente por Pedro (Hechos 15:14,15). No  es necesario tener siempre  un «texto formal» (ver M.E 1952, p.212 y la nota p.252*),  pero siempre es necesario que el pensamiento  expresado sea un  pensamiento espiritual (v.28: « Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros…». El pensamiento dado por Pedro, Bernabé y Pablo — también por Santiago, óigase bien —era el pensamiento del Señor, pensamiento en la dependencia  y el poder del Espíritu Santo. — Los hermanos que no tenían nada  que aportar guardan silencio  confirmando que el pensamiento venía del Espíritu Santo: « Entonces toda la multitud calló, y oyeron…»  (v.12); parece que se habían  hecho oír  a principios de esta reunión, de modo que hubo una    «gran  discusión » (v.7), pero es probable que todo lo que fue dicho entonces no era de mucho valor para ser repetido. En todo caso, nada de esta «gran  discusión » está consignada en la  Escritura; mientras  tenía lugar  esta  «gran  discusión », los hermanos espirituales y competentes tomaron la Palabra y lo que fueron conducidos a decir  ha sido conservado en la Palabra inspirada.  Después de haber oído las palabras pronunciadas por Pedro ( v.7 al v.11) , «toda la multitud calló »: parece entonces que los que habían tomado parte en la «gran  discusión » en principio comprendieron  que les convenía guardar silencio y escuchar a los apóstoles que comunicaban el pensamiento del Señor. La reunión para la administración de la asamblea no es el lugar donde pueden expresarse las opiniones o pensamientos personales  a lo largo de  «grandes discusiones »; solo hay lugar para  lo que es dado por el Espíritu Santo, ningún lugar para la carne, bajo cualquier forma que pudiera presentarse. No perdamos de vista también que no nos podemos ocupar de los asuntos de la asamblea fuera de la presencia de Aquel que es la Cabeza y esto debe guardarnos en un  santo temor.
Enseguida, pero solo  enseguida, la asamblea se reúne: « Entonces pareció bien a los apóstoles y a los ancianos, con toda la iglesia» (v.22) La asamblea, hermanos, y hermanas, es informada de las conclusiones a la que ha llegado  la reunión de hermanos y, en la feliz confianza  dada a los hermanos — sería grave que esta confianza no exista — ella decide.  En la practica, un cierto plazo es previsto entre la información y la decisión — pertenece a los hermanos apreciar lo que conviene a este respecto — a fin de que, por ejemplo, una hermana pueda poner al corriente  en  un hermano de confianza hechos de cuyo conocimiento ella tiene,  que los hermanos pudieran ignorar y que  serían   capaces de modificar su juicio. Esta observación concierne sobre todo a las peticiones  para la Mesa del Señor.

A propósito de esto, tendría que insistir sobre el carácter solemne que reviste una decisión de asamblea. Posiblemente como no lo hacemos con bastante fuerza, en particular con una admisión a la Mesa del Señor.  Limitarse  en anunciar que tal persona podrá en lo sucesivo  participar en el partimiento del pan no es suficiente, porque   la asamblea  que toma  una decisión en el nombre del Señor, y  en Su presencia, es  conducida a  atar sobre la tierra  y también en el cielo y que, haciéndolo, ella tiene la conciencia de recibir a un creyente a la Mesa del Señor « para gloria de Dios »( Mateo 18:20; Romanos 15:7). ¡Velemos para no debilitar en nuestros espíritus y en nuestros corazones el carácter de la asamblea y de una decisión de la asamblea!

Luego  la administración de la asamblea  es de la competencia de los hermanos y de los hermanos varones solamente. J.N.D. escribió en una carta de Octubre de 1877, como consecuencia   del atardecer  de su larga vida, rica en experiencia cristiana. “No he visto nunca  a una mujer mezclarse en los asuntos de la iglesia, sin que ella lo haya hecho mal. Ellas son benditas y muy útiles en su lugar, pero este lugar no le pertenece”   (Fragmentos de cartas pag.118) Las hermanas, en efecto, “son benditas y muy útiles en su lugar”: ellas pueden cumplir en la vida de la asamblea un servicio de un valor inestimable, por medio de la oración decisiva y constante. Hay, entre ellas, algunas que tienen percepciones espirituales muy desarrolladas y que, viviendo en comunión estrecha con el Señor y en su temor, tienen el conocimiento de « su secreto» (Salmo 25:14 —«secreto», es decir; las comunicaciones  intimas,  nota al pie de la pag  [Biblia francesa]); pero su sabiduría y su espiritualidad son demostradas notoriamente por el hecho de  que ellas no se salen de su lugar, no salen de la posición  de reserva  dada  a la mujer y muy particularmente  a la mujer cristiana […]  Un hermano debe ser extremadamente prudente en lo que puede informar a su esposa sobre  los asuntos de la asamblea, en el curso del examen hecho  por los hermanos, sobre  todo si sabe que ella tiene la tendencia de hablar a veces sin consideración,  donde pierde de vista los caracteres  indicados en 1ª Timoteo 3.11. Una esposa debe buscar  ser útil a su marido, aconsejándole — en aquello que es de su competencia — con sabiduría e inteligencia espiritual y guardándose muy bien de tener reacciones carnales: debe ser para  una «ayuda» para él, sólo una ayuda pero verdaderamente una ayuda […]

Notemos que en la primera parte del capítulo 15 de los Hechos  (v.1 al 35) solo en tres ocasiones el asunto  a tratar es de la asamblea toda: 

  1. en el v.3 — La  asamblea de  Antioquia « encamina» a los hermanos enviados de Jerusalén, puede ser que durante los primeros pasos de su viaje, muy probablemente por al oración;
  2. en el v.4 — La asamblea de Jerusalén, con los apóstoles y los ancianos, reciben a los hermanos venidos de Antioquia;
  3. en  el v.22  —  por la decisión a tomar.

Fuera de estas tres circunstancias, no se hace mención de la asamblea, lo que puede detener nuestra atención y sin ninguna duda permitir una enseñanza.

Este capítulo  15  de los Hechos nos da también una instrucción relativa de  la manera en la cual una decisión de la asamblea es comunicada a otra asamblea. No es la asamblea de Jerusalén que escribe a la de Antioquia; leemos: « Los apóstoles y los ancianos y los hermanos, a los hermanos de entre los gentiles que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia, salud. » (v.23). Los hermanos, responsables de la administración, se dirigen a los hermanos que, de la manera que les parece mas conveniente, informan  a la asamblea de su localidad. Agreguemos que, si comparamos el comienzo de esta carta con el primer versículo de la epístola de Santiago —era  por otra parte  era el pensamiento general de los hermanos (v.19 al 21)  Notemos igualmente que no se hace mención de ninguna discusión entre los hermanos sobre el texto de la carta a enviar.
 
Sin duda podemos apoyarnos en los versículos 3 y 4 para explicar que una carta de recomendación  sea, al contrario, dirigida para una asamblea (en el  nombre de la cual es señalada por dos o tres hermanos)   a otra asamblea.  Para la entrega  de esta carta, la asamblea «acompaña» en alguna manera a un hermano (o una hermana) en la asamblea donde se entrega — asamblea que es así conducida a «recibirla »  en el afecto fraternal y, en particular, para el partimiento del pan a la mesa del Señor.

Aun esto : un mensaje importante debe ser llevado, entregado a los cuidados de los hermanos espirituales, capaces de dar, si es necesario, las explicaciones complementarias y  responder a las preguntas susceptibles  que se pueden dar en aquellos a los cuales es destinada. Es lo que aquí sucedió: la carta de los hermanos de Jerusalén  le fue confiada « Pablo y Bernabé: a Judas que tenía por sobrenombre Barsabás, y a Silas, varones principales entre los hermanos »  (v.22), ambos encargados de acompañar a Pablo y Bernabé en su viaje de retorno a Antioquia. Al llegar a esta localidad, « reuniendo a la congregación, entregaron la carta » (v.30). La  carta al ser dirigida a los hermanos, es a los hermanos que la remiten: la expresión “la multitud”, ya empleada en el versículo 12, lo confirma, como también lo que leemos en el versículo 32: « Y Judas y Silas, como ellos también eran profetas, consolaron y confirmaron a los hermanos… ».

 La lectura de la carta de Jerusalén llevó gozo y « consolación » (v.31), el ejercicio del ministerio profético de Judas y Silas, exhortación y edificación (v.32). Después de las dificultades sobrevenidas por los falsos doctores en Antioquia (v.1)  e incluso en Jerusalén (v.5), ¡que feliz liberación y que bendición! […]
                                                                                                                      (M.E. 1973, pag.85-93)
 
[…] Si  no hay un solo hermano  que, en el seno de una asamblea local, pueda conocer el pensamiento del Señor, ¿deberíamos entonces  satisfacernos  de pensamientos personales, mas o menos escriturales,  que no tienen un sólido fundamento  escritural o el sello del Espíritu, estimando que esto es suficiente para exhortar a la asamblea, e igualmente a todas las otras asambleas reunidas sobre el terreno de la unidad del cuerpo de Cristo? Ciertamente no. Nos conviene, en un caso semejante, dirigirnos al Señor  en una profunda humillación y, ejercitados ante Él,  buscar, individualmente primero, la comunión con Él.  Puede ser que haya  un largo tiempo de ejercicios, pero no será un tiempo perdido y vale más esperar siempre con paciencia que el Señor de las direcciones necesarias, antes que actuar con prisa y según pensamientos puramente personales.— En tales circunstancias, puede ser que el llamado sea hecho a los hermanos espirituales de otras asambleas ( guardándonos de pensar que las asambleas son independientes las unas de las otras, porque dejaríamos entonces el terreno escritural de la reunión de los santos ) , sin embargo esta ayuda exterior no debe en ninguna manera sustituir o trabar  los ejercicios de la asamblea local.

Puede suceder también que el pensamiento del Señor habiendo sido expresado por un o dos hermanos, no sea recibido por un cierto numero  y que, por esto, ningún acuerdo pueda ser realizado. 

Transcribimos aquí un extracto de una carta ya publicada (M.E. 1950, pag.158): “Me parece que, cuando en una «reunión de administración», se comprueba  que no se llega a un entendimiento,  de una manera mas o menos general,  debería concluirse que sería necesario suspender toda administración y reunirse para humillarse todos juntamente, hasta que el corazón de  cada uno sea aclarado por el Señor.  Aquellos que poseen ya su pensamiento serán confirmados en ella, y aquellos que ven de otra manera serán conducidos a juzgar las cosas de otro modo  como hicieron hasta entonces. Así  se realiza 2ª Timoteo 2:24 al 26 y poco a poco, después de una, dos o diez reuniones, si es preciso, para la humillación, la asamblea está  preparada para ocuparse  de administrar en el nombre del Señor. Esta necesidad de administrar en el nombre del Señor conlleva una gran responsabilidad muy grande que, en la mayoría de los casos, perdemos de vista Es lo que marcamos en esta ultima frase porque pensamos que es preciso ver allí  una de las principales causas de muchas debilidades y muchas miserias sobre las cuales lloramos. […]

No pretendemos arreglar enseguida todos los casos que pueden presentarse en la vida de la asamblea. Uno de nuestros  ancianos hermanos, conductor  cuya memoria recordamos, ha escrito esto: “Desear arreglar todo no es nada mas que orgullo y una buena dosis de satisfacción de yo. Tal pensamiento es por lo tanto malo y peligroso que bajo pretexto de santidad de  la Asamblea, ella quita  al Señor el cuidado de intervenir, reemplaza la dependencia de El por nuestra actividad, y nos sustrae  de la obligación de soportarnos los unos a los otros. Ha menudo estoy muy oprimido por esas tendencias donde veo tanto peligro para una asamblea como en el relajamiento y la mundanalidad” (M.E.1949, pag.308). […]
                                                                                                                   

(M.E. 1973, pag 33-34,36)

Referencias:
M.E. 1963,  pag.172-177
M.E. 1970,  pag 211
M.E. 1973, pag.253-256

La reunión de humillación

Un muy grande pecado se había cometido en el seno de la asamblea de Corinto: que «ni aun se nombra entre los gentiles » tal caso semejante. Los que el apóstol reprocha a los Corintios, no es tanto el no haber arreglado este caso — puede que ellos hubieran tenido ignorancia de la manera como convenía actuar —  sino  que no  lo habían     « lamentado » (1ª Corintios 5:1,2)

¿No sucede que  una asamblea se encuentra en presencia de un caso difícil y que los hermanos permanecen perplejos, no sabiendo mucho como  sería necesario actuar? Generalmente,  no hay allí nada que sea censurable en si: Dios comprende nuestra  ignorancia, la soporta tantas veces y se agrada en instruirnos.  Pero si a veces  espera para aclararnos, nos abre un camino y  nos conduce, es porque desea   vernos, ante todas las cosas, tomar el lugar que debe ser el nuestro en las circunstancias semejantes, aquella que los Corintios habrían debido tomar  desde que el mal se había manifestado. Conviene siempre comenzar por medio de la oración, por la humillación, la confesión de nuestras faltas y de nuestra ignorancia, mirando al Señor para que El venga en nuestra ayuda y nos muestre El mismo lo que conviene hacer y como es necesario hacerlo.  Puede que esto ejercite nuestra fe, nuestra perseverancia en la oración… ¡No  dejemos de clamar a El  hasta que intervenga!   — La mayoría  de  las veces, sería deseable tener sobre este tema reuniones especiales de oración y de humillación, sea reuniones de asamblea, sea reuniones de hermanos solamente, según el caso. La Palabra nos da, en Hechos 4 y 12 particularmente, ejemplos de reuniones especiales de oración y señala cada vez el despliegue  del poder de Dios ejerciendo en respuesta a la oración […]

A veces es tan profunda  la división de los espíritus en el seno de una asamblea , que pudiera  ser que se objete que tales reuniones de oración y  humillación son imposibles,. Muy por el contrario, tal estado de cosas hace más necesario la humillación, el «duelo », de la asamblea.  ¿Los hermanos y hermanos no  podrían (¿no aman al Señor, los unos como los otros?) reunirse  para llorar juntamente sobre su miserable estado y para estar de acuerdo — a menos en esto— para decir al Señor: ¡Tu ves que estamos en desacuerdo! ¡Por favor, tu mismo actúa, por diferentes medios que encontrarás  bueno utilizar, para colocarnos de acuerdo, dándonos el tener « el mismo pensamiento, teniendo el mismo amor », « unánimes, sintiendo una misma cosa », concediéndonos no hacer nada « por contienda o por vanagloria », conduciéndonos cada uno en  « humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo »?  ( Filipenses 2:1 al 5) ¿Qué habría que   decir para  que  el Señor quedara insensible y dejara que tales oraciones quedaran sin respuesta? ¿No puede quebrantar nuestros corazones y traspasar nuestras conciencias? ¿Y quien otro que El podría hacerlo?

Si incluso —aquello que podría considerarse como imposible —semejantes reuniones  no pudieran tener lugar en una asamblea  victima de la división y el desorden, ¿no deberían hacerse  en las otras asambleas, mas particularmente en las asambleas vecinas, con el  sentimiento de solidaridad de los miembros del cuerpo como también de las asambleas reunidas sobre el terreno de la unidad del cuerpo? Esto debería conducir a estas asambleas a «llevar  duelo» a humillarse profundamente ante Dios de lo que es, en hecho, para vergüenza de todo el cuerpo. Allí aun, sería bueno que estas reuniones presenten el carácter de reuniones  especiales de oración y de humillación, y convendría continuarlas hasta que el Señor responda y  conceda la liberación. El escollo a evitar — allí como en otras partes en las diversas reuniones de asamblea — es en que se llegue a una suerte de rutina. Pertenece a los hermanos calificados, ejercitados, el despertar la conciencia de la asamblea para que ella no se arriesgue en caer en un vano formalismo. […]                                                              
                                                                                                                         (M.E.1970, pag.71-73)

 […] La humillación — sea individual o colectiva — no debe ser de labios solamente. Sin duda, en el bajo estado donde hemos caído, las reuniones de humillación son necesarias y deberíamos multiplicarlas. Pero, guardémonos de lo que nos permita  llamar humillación obligatoria, obedeciendo a un rito sin que el corazón sienta la necesidad, simple observación de una forma que sería casi la hipocresía « Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos » (Joel 2:13). Guardémonos también de una humillación expresada en términos vagos y generales: deseamos reconocer mejor que somos solidarios con el  mal que está en la asamblea, pero somos poco inclinados a pensar que tenemos cada uno, sobre esto, faltas personales que confesar. ¡Empleamos el “nosotros” para una especie de condescendencia  de la cual seríamos incluso llevados a glorificarnos, comparándonos por ejemplo a un Daniel! Ciertamente, nos conviene llevar el duelo en cuanto a la ruina de la asamblea, de llorar cuando vemos acentuar la decadencia, pero actuar sobre todo respondiendo a esta pregunta: « ¿no habéis pecado vosotros contra Jehová vuestro Dios? »(2ª Crónicas 28:10). Somos convidados   cada uno  a  un profundo juicio de nosotros mismos delante Dios. El libro de Jueces nos muestra  que mayor se acentúa decadencia, más profundamente  debe ser el trabajo de la conciencia.

Este ejercicio nos conducirá a una humillación que se traducirá en las acciones. Es lo propio de la verdadera humillación. No es solamente de labios, ella es  seguida del rechazo a los ídolos. Como alguien lo ha expresado un ídolo es todo lo que impide a un inconverso  el venir a Cristo y  a un creyente  ser fiel. Que cada uno de nosotros, hermanos y hermanas, examine en la presencia del Señor cuales son los ídolos de los que se debe separar. Tal es el camino que nos es propuesto, Es a su término  solamente que Dios podrá dejarse ablandar  y dar rienda suelta a su gracia. « Y Él fue angustiado a causa de la aflicción de Israel » (Jueces 10:16) Si, su alma tuvo pena de la miseria de su pueblo, después de que sin embargo hubiera dicho: « yo no os libraré más » Se retractó  de su ira  porque el pueblo confesó su pecado con humillación y quitó  enseguida a los dioses extranjeros.

Aunque  es verdad que la Iglesia, no será jamás restaurada como un conjunto sobre la tierra,  y que  permanece  en el seno de la ruina, Dios desea poder considerar a un residuo fiel, en un espíritu contrito y temeroso a su Palabra (Isaías 66:2). ¡Que podamos manifestar estos caracteres!  
                                                                                                                       (M.E. 1948, pág. 30-31)

Referencia:    
M.E. 1974, pág. 211-214

 

La reunión con la ocasión de un matrimonio

[…]   Para la ocasión de un matrimonio, se puede pedir sin duda a un hermano que tome la responsabilidad de una reunión  que es  convocada especialmente; el presentará lo que el Señor le de para esta circunstancia y pedirá la bendición divina sobre los  jóvenes esposos. ¿Pero no tendrá  la reunión  un carácter más elevado si es una reunión de asamblea? Los hermanos y hermanas en comunión, que se casan, deberían estar seriamente ejercitados  sobre esto y sentir la necesidad de las oraciones de la asamblea.  ¡Cuan necesario es, mientras  se abre un nuevo camino,   tener los socorros del Señor! ¿No deberían  desear la comunión de la asamblea, de la asamblea reunida en oración para implorar sobre ellos la bendición que suele enriquecer? En el curso de esta reunión de asamblea, un hermano, o dos —incluso tres — podrán  ser conducidos a dirigirles un mensaje de parte del Señor.  Los que han asistido a semejantes reuniones — y gracias  Dios,  hay a menudo — pueden testificar: la presencia del Señor es realizada, la acción del Espíritu Santo  se siente, los corazones son llenos de gozo y paz.  Es el verdadero gozo del cristiano en este día solemne, el gozo puro, calmo, profundo de aquellos que se saben cuidados de un buen y tierno Padre, que pueden entregarle  a El todo con  confianza, contando con El para todos los días de su peregrinaje,  los días apacibles y  los días de prueba. […]

Cuando un matrimonio no es « en el Señor »,  ¿podría la asamblea  tener comunión con tal acto? Sin duda que no.  Es generalmente un hermano que va a hablar, bajo su propia responsabilidad, y una reunión tiene lugar en la casa. Parece  conveniente que esto sea así.  Pero   dos puntos importantes deben ser observados en un caso semejante.  En primer lugar, el hermano que acepta la invitación no debe actuar en independencia, sino por el contrario en plena comunión con los hermanos de la asamblea local.  En seguida, debe comprender muy bien que es el “ir bajo su propia responsabilidad”. Tener la responsabilidad de una reunión   es una expresión empleada comúnmente, pero  donde el sentido  algunas veces  se pierde   de vista. Esto no implica la libertad de actuar a su modo, muy por el contrario es algo extremadamente serio que demanda mucho ejercicio con el Señor.  Nos parece que la responsabilidad de un hermano que presenta la Palabra en tal reunión de matrimonio debe ser el  de atraer la atención de los jóvenes esposos sobre los puntos particulares que han sido un obstáculo para la comunión de  la asamblea y que han impedido así la convocación de  una reunión de asamblea.  El Señor solo puede dar la sabiduría y el discernimiento para decir lo que debe ser dicho.  Conviene hablar en el amor, ciertamente, pero también «hablar la verdad».  

 Si un hermano actúa en independencia, sin consultar a la asamblea local, y  va a tal matrimonio para pedir la bendición del Señor, hablando como si todo estuviera en orden, la verdadera bendición se pierde. En efecto,  puede ser que involuntariamente, la asamblea local es pasada  a llevar. Y esto será un aliento para los demás  para caminar en un camino donde no hay ni la comunión de los hermanos, ni de la asamblea.

Muy por el contrario, si este hermano comprende verdaderamente su responsabilidad y esta presto a hacerle frente, la asamblea local, aunque no pudiendo tener comunión con los esposos en el matrimonio, tendrá sin embargo comunión con el en su servicio.  Hablará de parte del Señor para advertir y exhortar y, en lugar de ser debilitados, la punta de la espada será punzante. Por lo demás  tendrá el sostén de las oraciones de la asamblea que pedirá al Señor   que pueda dar  un mensaje que convenga y toque los corazones y las conciencias. Así,  todo será según el pensamiento de Dios y, en el camino, habrá bendición para todos.  De otra manera, esto será  desorden […]
                                                                                   
                                                                                                               

    (M.E.1946 pag. 273-285)

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